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La condena de la Educación Física (Silvia)

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La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Feb 14, 2012 8:22 am

No me lo podía acabar de creer. Era libre.

Libre para salir a la calle, por donde yo quisiera, para usar mi poder a mi antojo, para ir al cole, para estar con los Castillo... Libre. Era una palabra que acariciaba con incrédula ansia mis oídos. Difícil de asimilar. Demasiado bonita para aceptarla al poco de haber salido de aquella prisión de fuego.

Solo habían sido unos pocos días, pero para mi representaba una barrera de siglos. Milenios, prácticamente. El peso de cada minuto con Juliette, sufriendo ese dolor extraordinariamente intensivo, me doblaba la edad. Me la triplicaba. Era inevitable haber perdido parte de mi energía, como si me hubieran extirpado temporalmente la vida... eso venía en pack.

De cara al resto de Valle Perdido, Lucas Castillo no había estado de nuevo en las manos de Padre, secuestrado y reiteradamente torturado durante un corto pero infernal periodo de tiempo. No. La versión oficial era más común. Había pillado unas buenas anginas. Una excusa más que creíble si teníamos en cuenta que aún no me había recuperado. Seguía estando demacrado (la ansiedad no me dejó comer prácticamente nada), con la piel pálida y con la garganta cascada por haber gritado más tiempo y a más volumen del recomendado.

Era algo que no había dejado que Silvia me curase. Los síntomas le daban fuerza a la trola, así que ahorraría su toque mágico hasta que todo el mundo viera lo hecho polvo que estaba. Luego vendría ese desesperadamente anhelado contacto. Sabía de sobras que mis instintos no me permitirían contenerme demasiado, de todos modo. Esa tarde mismo, cuando el cole entero me hubiese echado un ojo crítico, lo enviaría todo a la porra y le comería la boca.

Lo tenía todo calculado.

Ignorando el ajetreo del resto de la clase, llené mis pulmones de añorado aire fresco, disfrutándolo más de lo normal. No me había dado cuenta de lo mucho que me gustaba el olor de la graba del patio, de la hierba y de todo el cole en general...Incluso había añorado las clases de Educación física, y eso que siempre las cateaba por patoso.

Entonces, en el colpaso de los olores, justo al abrir los ojos, pasó el encontronazo. La vi. Se me dibujó una sonrisa automática. Ella me gustaba muchísimo más que todo lo anterior, por descontado, muy a pesar de esa marca, de esa línea rojiza que pintaba su mejilla de forma transversal, queriendo apagar su belleza pero sin lograrlo en ningún momento. Lo único que conseguía fundir era mi alma. Se me bajó a los pies. Tragué grueso.

Silvia había salido al patio después de haberse puesto el chandal en el vestuario femenino como el resto de chicas. Hice una mueca al ver de que guisa iba. Al contrario del mundo. Um ser humano sensato, a esa temperatura y sabiendo que habría posterior sudoración, iria con manga corta y algunos incluso con pantalon a juego, pero ella nada... Chandal de manga larga, guantes y cremallera hasta el cuello. Ideal para otro golpe de calor.

- Vas a morir frita en cuanto nos pongamos a correr ¿Sabes? -la escarmenté con mi voz cascada, exhibiendo media sonrisa amable cuando la tuve enfrente. Intenté ignorar, por encima de todo, la herida expuesta en su pómulo.

Era un alivio poder decir "Morir frito" sin que represente algo literal.


Última edición por Lucas Castillo el Sáb Mar 10, 2012 8:42 am, editado 1 vez


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Miér Feb 15, 2012 4:00 am

Maldita educación física… ¿Por qué tendrá que existir esa asignatura? Es más… ¿por qué tendrán que existir mis poderes? Gracias a mi estúpido don solo había sufrido desgracias… Pero la última de todas era la peor… aquella organización era de lo peor que había conocido… Y la psicópata esa…

Un escalofrío involuntario me había recorrido toda mi piel. Todavía no lo había superado del todo y me daba a mí que, a juzgar por el recordatorio que me había hecho ella a mi cuerpo, sería bastante complicado…

Intentando meter en un cajón esos tristes pensamientos, me recubrí entera con ropa. Esta vez incluso me abrigaría más que en la disco. Hoy solo era visible mi cabeza y me daba la sensación de que me pasaría factura… y el primero fue sin siquiera tener que salir de los vestuarios. Un cúmulo de risitas contenidas sonaba por toda la sala. Al parecer el querer salvarle la viga a esa panda de superficiales no estaba bien visto…

Intenté relajarme. Por lo general cerrar los ojos y soltar bruscamente el aire funcionaba ¿no? Así que lo intenté.

Paciencia… pasa de estos estúpidos… luego te arrepentirás si cometes alguna tontería…

Sí, lo mejor sería pasar de todos y volver a ver a Lucas. No hacía ni cinco minutos que no nos veíamos pero ya tenía ganas de volver a verlo…

Así pues, decidida, salí al patio. Y ahí estaba él. Mi novio favorito exhibía una de sus mejores sonrisas de enamorado.

- Vas a morir frita en cuanto nos pongamos a correr ¿Sabes? –me recordó con su voz cascada y sonriente.

Me indignaba que no me dejase curarle. Al fin y al cabo, para eso sí que me sentía útil… pero claro, lo de su papel de aparentar era esencial. Y más teniendo a aquella mujer tan cotilla de vecina… Seguro que era un calvario…

- Lo sé… pero no puedo hacer otra cosa… -musité intentando ocultar lo mucho que me molestaba- el profe ya me advirtió que no me pasaba una más y dejar mi piel descuidada no pinta demasiado bien, ¿no crees? Y más desde que… -Tragué saliva a la vez que reprimía un gesto de dolor debido al tormento. Y más desde que esa insensible mujer ojos-rojos nos torturase de las peores formas posibles- ya sabes –dije apartándome de su mirada. Creo que él hizo lo mismo. A ambos nos había afectado tanto que hasta resultaba difícil hablar de ella en alto.

Un incómodo silencio se apoderó del ambiente. Como alguno de los dos no cambiase de tema, la tristeza volvería a apoderarse de nosotros…

Me elegí voluntaria para desempeñar esa acción.

- Pero no te preocupes –contesté con un tono algo alegre y quizás demasiado chulo- Antes de que me pasase esto –alcé las manos refiriéndome a mi poder- jugaba al baloncesto y al parecer me defendía bastante bien. –me fue imposible no dejar escapar una sonrisita algo prepotente- Así que estas palurdas se van a enterar de lo que significa moverse.


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Feb 17, 2012 12:02 am

Me esforcé por elevar livianamente la comisura de mis labios al verla pavonearse como una gallinita. Silvia debía sentirse muy segura de sus facultades, a pesar de que yo no las tenía todas conmigo… Para mi martirio constante, seguía herida.

Me sentía derrocado. Ella también, daba igual que dijera lo contrario, que fingiera…cómo si no la conociera de sobras.

Suspiré con un deje amargo y, con lenta timidez, rodeé con mis dedos los guantes que mantenía en alza. Apreté, procurando delicadeza, como si fuera un cristal. Un cristal especialmente exquisito y ya resquebrajado.

- Aham… ¿Y si esas palurdas te hacen daño? –tanteé, cargándome la fingida felicidad que ella parecía querer inculcar. A tiempo que decía eso, hice deslizar mi mano, desde su muñeca hasta el pliegue de su codo izquierdo. No me pasaba por alto el tacto de las vendas bajo la ropa. Eso nunca, se me acumulaba un trabazón más que doloroso en la traquea cada vez que recordaba que le quedaría una reseña de por vida. Por mi culpa. Yo, el causante de todo. Endurecí el rostro al ver cómo reprimía una mueca adolorida- Las quemaduras son demasiado recientes…No creo que te convenga “enseñarles lo que es moverse”, porque podrían moverse dirección a tu brazo. Y…tampoco creo que te haga mucho bien estar aquí. Ahora mismo deberías estar en casa, descansando.

Era lo mínimo después de que te torturen salvajemente, ¿A que sí? Yo podría haberme aplicado el mismo cuento si no me diese pánico estar de nuevo encerrado más de unas pocas horas entre cuatro paredes. Clautofobia extrema, iba a acarrear con ello unos días, seguro.

La solté con la misma suavidad con la que había atrapado sus manos. Ya no podía sostenerla mucho tiempo, ni posar la vista en sus ojos, ni siquiera respirarla sin sentir un alud de remordimientos viniendo directo hacia mi. No podía. No podía ni permitirme observar su rostro, porque el corte de su mejilla estaría ahí, revolviendo mis demonios.

- No es nada justo –acabé por mascullar, resentido ¿Con Juliette? Mucho. Pero sobre todo conmigo mismo. Embuché las manos en mis bolsillos- Yo estoy jodido, pero me recuperaré en cuanto me pongas una mano encima. En cambio tú… Tú no. Tú tendrás estigmas en la piel toda tu vida solo porque… -me paré a coger aire, frustrado. Triste. Y iracundo- porque fui lo suficientemente estúpido como para dejarme atrapar y tú lo bastante idiota como para querer buscarme. No me lo voy a perdonar.

No. Al menos, no en mucho tiempo.

Mordí mi uña, observando un punto fijo entre un árbol que había tras Silvia y el contorno de su rodilla. Me prohibí bajar más la vista, aunque me hubiese encantado. Si lo hacía, corría el riesgo de toparme con su otra quemadura: La del tobillo.

Ni esa, ni la del codo se iban a poder borrar, quien sabe si ocurriría tres cuartos de lo mismo con su cara. Lo mío , en cantraposición, iba a ser un trabajo limpio: Sin ni una marca, ni una secuela, ni una herida en el momento en que decidiera hacer chocar nuestros labios.

No sentía que lo mereciese en absoluto.

El sonido del silbato del profe me alteró más de lo normal.


Última edición por Lucas Castillo el Sáb Mar 10, 2012 9:09 am, editado 1 vez


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Vie Feb 17, 2012 7:47 am

- Aham… ¿Y si esas palurdas te hacen daño? –cuestionó don Sabelotodo.

Había dado en el clavo. Adiós al disimulo. ¿Por qué tenía que conocerme tan bien? Fruncí el cejo a la vez que me escapaba de su mirada. Siempre veía en mis iris la verdad y en este momento no pudo fastidiarme más. Al parecer estaba intentando en vano el que no se preocupase por mí. Lo que tenía tampoco era para tanto…

Quise argumentar que estaba bien, pero ni siquiera me dejó pronunciar la primera sílaba. Tal como pasó delicadamente la mano por mi codo tuve que demostrarle a mi pesar que estaba mintiendo. Reprimí el dolor todo lo posible pero para mí que no fui muy convincente. Aún tenía las heridas demasiado recientes…mi estómago y mi mejilla pronto volverían a la normalidad, y la del tobillo casi no la sentía. Pero esta del codo… esta sí que debía ser mucho más seria que la otra. Al menos eso me decía el ardor continuo… El vendaje que llevaba apenas me aliviaba, aunque al menos me libraba de las posibles infecciones…

En cuanto llegase a mi casa iría directa al baño. Meterme en la bañera llena de agua fresquita haría sentirme en el paraíso.

Acabó por dejar ir mi brazo en cuanto me dijo lo que me convenía. ¿Pero él qué sabría? Había sufrido muchísimo y más al observar obligatoriamente las continuas torturas a las que le había sometido ella por mi culpa. ¿Cómo iba a quedarme en mi casa? Era impensable. Lo que de verdad necesitaba era verlo a salvo y que estuviese conmigo…

El descanso era secundario. Sabía que mi orgullo me negaría la opción de mantenerme al margen en un partido de baloncesto, pero quizás me frenase el hecho de que cojease cuando corriese y que no podía mover apenas el codo malherido… No. Me estaba mintiendo. Me conocía demasiado bien para saber que en esta clase iba a dar lo mejor de mí. Además, el haber vivido una tortura hacía tan pocos días te enseñaba a clasificar el dolor mucho mejor… Lo que ahora sentía apenas eran heridas para quejarse… y si recibía golpes, tampoco lo podría considerar como daño. Notar cómo a mi cabeza le quedaban microsegundos para explotar del calor flamígero era algo de otro calibre. Esto era como cortarse con una hoja si lo comparábamos.

- No es nada justo. Yo estoy jodido, pero me recuperaré en cuanto me pongas una mano encima. En cambio tú… Tú no. Tú tendrás estigmas en la piel toda tu vida solo porque… porque fui lo suficientemente estúpido como para dejarme atrapar y tú lo bastante idiota como para querer buscarme. No me lo voy a perdonar.

Ignoré el silbido del profesor indicando el inicio de la clase, me olvidé de todo y me centré solo en él, en mi novio. Mi dolor había sido incomparable al suyo. Mi tortura había sido más bien psicológica, en cambio, la de él se había caracterizado por ser perturbadoramente física.

- Pues yo espero que sí que te perdones, Lucas porque no hay nada que perdonar. –Le apreté su mano con mi brazo bueno. –Te cogieron porque hiciste un acto heroico. Te convertiste en un verdadero superhéroe –le miré con una sonrisa de verdadera admiración. Gracias a él, la tipa esa había atrapado a uno y no a tres.- Y me alegro de poder curarte. En eso sí que estoy feliz de poseer este don. En estas situaciones no lo cambiaría por nada. –Lo decía totalmente en serio. Gracias a esta habilidad, mi novio podía estar ileso. ¿Quién no lo querría?- Y bueno… en cuanto a mí -¿Qué decirle? ¿Qué no me importaban mis nuevas marcas? Por supuesto que lo hacía, pero tampoco hasta el punto de querer llorar cada vez que las veía. Sí, la de mi mejilla era la que más me afectaba estéticamente hablando, pero quizás se fuese con el tiempo…–he tenido suerte –concluí. Lucas alzó unas sorprendidas cejas- Podría haber sido mucho peor… -me excusé- Estoy viva, libre, con todos mis miembros más o menos intactos y a tu lado. ¿Qué más puedo pedir? –volví a darle de nuevo un leve apretón en su mano a la vez que le absorbía con mi mirada. Estaba feliz por tenerlo y sin verlo suplicar la muerte cada vez que doña Sádica lo torturaba.

- A ver, los tortolitos… ¿vais a correr como el resto de la clase o no? –me pilló por sorpresa gracias a su sonoro silbato. Era tan molesto ese chisme…


Última edición por Silvia Fest Fox el Sáb Mar 10, 2012 7:33 am, editado 1 vez

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Feb 17, 2012 11:32 am

El profe nos llamó la atención, alarmándome y consiguiendo un bonito tinte color borgoña en mis pómulos. Tortolitos...

Carraspeé y, de inmediato obediente, me dirigí a trote hacia la masa estudiantil que había empezado a dar vueltas por el patio, seguido de cerca por Silvia.

Era inusual en mí, pero me apetecía correr, y mi cuerpo ya podía quejarse todo cuanto quisiera respecto a eso. No tenía motivo, pero lo hacía ¿Por qué un perro se persigue la cola? Porque puede hacerlo. Yo necesitaba sentir que podía correr, ir adónde me apeteciera, sin límites. Que podía estar al aire libre, que nunca más me quedaría sin tierra por la que caminar, que no me iba a volver a despertar en el suelo, inconsciente por el dolor… No, ya no más.

Sonreí, acelerando el paso cuando nos pusimos al final de la fila, siguiendo ese circuito cerrado que marcaban nuestros compañeros.

La idea de que Silvia me tuviese como un héroe por haber salvado a Anne y Lucía me complacía más de lo debido. Hacía trepar un hormigueo de orgullo de lo más agradable hacia mis pulmones, llenándome de aire para continuar la carrera. Entonces me sentía henchido… hasta el momento en el que recordaba que había evitado eso, pero no el sufrimiento de mi novia. Nadie había impedido que la quemaran, ni tampoco había sido capaz de contenerme para no gritar delante de ella. La habíamos hecho llorar, entre Juliette y yo mismo. Me odié de nuevo.

El cosquilleo de gozo se convirtió en bilis atravesando mi traquea. Suspiré, mirándola de reojo.

- Cojeas –aprecié, fastidiado y angustiado a partes iguales. En casa, debería estar en casa. Me dejaría mucho más tranquilo.

Decidió ignorarme, he de decir que con remarcable gracia. Levantó la barbilla, con presunción, evitando mirarme. No iba a parar de correr, yo lo sabía. Rodé los ojos, profundamente exasperado.

Era demasiado competitiva.

- ¿Por qué te pones siempre tan difícil? –me lamenté, disgustado. Terca hasta la estupidez, lo había demostrado en cientos de ocasiones. Si cojeaba al correr, si estaba luchando ahí contra si misma, era básicamente culpa mía. Ella no lo vería de ese modo, desde luego, pero estaba convencido de que todo habría salido mucho mejor si jamás me hubiese ido a buscar. Ya podía cantar misa- Silvia… Entre la quemadura del tobillo y que vas tapada como si acabaras de salir de un convento…vas a acabar mal ¿Y si te da otro golpe de calor?

Me dejó de lo más descolocado con su contestación. Una gran y sarcástica risotada, que no le hizo disminuir para nada el ritmo de nuestra marcha.

- ¿Te hace gracia? –murmuré, perplejo.

En la vida la entendería.


Última edición por Lucas Castillo el Sáb Feb 25, 2012 10:16 am, editado 1 vez


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 18, 2012 7:12 am

- Cojeas –contestó el muy Sherlock.

Decidí pasar de ese comentario. Quizás de esa forma dejaría de preocuparse. Estaba bien. Cojear no era grave pero al parecer Lucas opinaba lo contrario. ¿De verdad creía que era tan frágil? Pues yo le iba a demostrar que no era así. Me sentía estupendamente.

Indignada a que me viese como a una muñequita de porcelana erguí la postura, orgullosa. Y para que comprobase mi perfecto estado, empecé a correr a más velocidad. Vale, sí. Mi herida me estaba insultando a base de bien, pero es que era un quejica. Ni el calor que empezaba a notar mi cuerpo ni mis heridas eran importantes. ¡Había sobrevivido a algo mucho más terrible! Que te quemen viva no mola nada y que hagan arder tu cerebro lentamente mucho menos. ¿Qué era esto si no unas molestias insignificantes?

- Silvia… Entre la quemadura del tobillo y que vas tapada como si acabaras de salir de un convento… vas a acabar mal ¿Y si te da otro golpe de calor?

Me fue inevitable desprender una risa de lo más sarcástica. ¿Calor? ¿Hablaba en serio? Con todo lo que habíamos pasado, sufrido ¿Y pensaba que me daría un golpe de calor como en la discoteca? Doña Pirómana había jugado conmigo hasta dejarme moribunda, pero mi cuerpo había aguantado. ¡Lo había hecho! Yo no paraba de suplicar porque acabara con eso de una vez pero ella había hecho que mi cuerpo aguantase. ¿Cómo iba a tener un golpe de calor?

Era imposible. Y si no lo creía, se lo iba a demostrar. Avancé a mayor velocidad, aventajando a Lucas y superando a las palurdas. Disimulé como podía los efectos de mis quemaduras. Con un poco de suerte mi novio no se daría cuenta.

Estaba dispuesta a dar más vueltas pero el profe nos paró y nos hizo calentar los músculos que íbamos a utilizar.

- ¿Lo ves? No me pasa nada. –le restregué orgullosa mientras estiraba mi brazo sano.

Su respuesta no me gustó. Resopló. No se lo creía. Esto era desesperante… ¿Qué más tenía que hacer para que entendiese de una vez por todas que mi salud física estaba casi al cien por cien?

- ¿No te lo crees? –pregunté retóricamente. Cambié de brazo. Me quejé. Vale… con este miembro no era tan fácil.

- No es nada… -contestó mi orgullo- ahora te lo demostraré con el partido de baloncesto.

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Feb 18, 2012 9:43 am

Suspiré, frustrado. Me ponía negro. Abandoné la idea de estirar, tomándole el brazo bueno para hacerla parar a ella también

- No necesitas demostrarme nada ¿Vale? Sé de sobras que eres una chica de armas tomar -era evidente.Si no, ni de coña habría aguantado todo lo que había tenido que aguantar. La muerte de sus padres, sus poderes, su vida junto a una alcoholica... Ya eso se le podía incluir, sin duda alguna, la terapia de persuasión que usaba Juliette. La peor experencia que un ser humano puede sobrellevar... sobrellevar a duras penas.

La única parte buena (si se puede llamar así) de todo el asunto es que la loca alemana se había ensañado más conmigo que con ella. Que yo había gritado más y me había retorcido, agónico, delante sus ojos y no al inrevés. La parte mala estaba a la vista. Había presenciado la creación de esas quemaduras, lo vi cuando la marcaron como si fuera ganado. Era lo que me preocupaba.

- Silvia... No juegues al baloncesto -le supliqué- Di...di que no estás en condiciones. Tampoco estarías mintiendo -abrió la boca, dispuesta a protestar- ¡Ya, ya! -bizqueé socarronamente- Que tú estás perfecta... A otro perro con ese hueso, Fest. Vi lo que te hacía ¿Vale? Estaba ahí. Y fue todo por mi culpa.

Una culpa a la que podía acceder de diferentes maneras. Casi podía remontarse a "si no me hubiera escapado, no me habrían vuelto a coger ni habrían torturado a mis seres queridos como escarmiento". Pero yo simplemente lo achataba a que Silvia era corta de luces y que lanzarse a mi busca, sola, sin plan y a lo loco, no había sido la idea más brillante de su vida.

- Por favor -acabé con un ronroneo angustiado. No quería comprobar la potencialidad de las secuelas. No estaba listo para cargar también con ello. Me quedé mirando sus ojos avellana y, automáticamente, elevé una mano, de su brazo hasta su pelo, retirandole unos mechones color arena mal colocados. El tacto de su pelo era de la suavidad del vapor. Se escapaba - No juegues. Házlo por mi...

Normalmente, conseguía que se tensara un tanto al hacer esa clase de acercamientos temerarios. Pero esta vez no. Supongo que porque no importaba si nos rozábamos, simplemente me curaría el dolor de espalda, la tensión general en mi cuerpo. Pero habría sido estúpido malgastar nuestros segundos de esa forma.

Por las líneas lechosas que empezaban a dibujarse en su iris, fundiéndose, supe que estaba a nada de convencerla.

¡Vaya! Estaba mejorando muchísimo en lo referente a la manipulación... Claro que no era de extrañar. Tenía una gran maestra.


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Dom Feb 19, 2012 2:25 am

- A otro perro con ese hueso, Fest. Vi lo que te hacía ¿Vale? Estaba ahí. Y fue todo por mi culpa. –Apreté la mandíbula, desviando la mirada. No quería que se fijase cómo sabía lo verdaderas que eran sus palabras. A excepción de que había sido por su culpa, tenía razón en todo. ¿Pero cómo iba a hacerle sufrir más de la cuenta?

- Por favor. No juegues. Hazlo por mí... –sonaba angustiado y terriblemente preocupado. Maldición…

Y entonces me derritió. Alzó su mano hasta los mechones de mi pelo. Pude sentir los cosquilleos que provocaba en mi melena. Volví a inspeccionar sus ojos, haciendo que me deshiciese lentamente. Otra vez esa mirada que era clavadita a la que ponían mis padres…

Iba a caer, a arrastrarme a su voluntad pero alguien me hizo cambiar de parecer.

- ¡Pero qué dices, profe! ¿Cómo vamos a jugar de forma mixta? ¡Que las tías juegan fatal! –se quejó el anormal de Pablo– Y él también –continuó señalando a Lucas.

Apreté los dientes y mis puños, reteniendo de alguna forma mis instintos competitivos.

- Sí, es verdad –se unió la más palurda de todas a las gracias de Pablo con el objetivo de ridiculizar al pobre Lucas- Seguro que Silvia es malísima… ¡y más con ese modelito de lo más antiestético! –se carcajearon a su comentario el grupito con menos neuronas de la clase.

Ya está, me habían tocado la fibra. Puede que no les pudiese demostrar a esos estúpidos cómo jugaba Lucas pero en lo que se refería a mí, sí. Mi ojos ardían, la furia combinada con el orgullo se había apoderado de mí.

- Lo siento, Lucas. Pero yo juego. No me voy a achantar por esos… -mi tono desprendía de todo menos amor. –Y esas tías se van a enterar… -gruñí, observándolas.

Creo que intentó atraparme delicadamente, pero me aparté de él antes de darle esa opción..

- ¿Y tú qué sabes si soy mala o no, eh? Ahora vas a saber cómo se hace…

¿Cómo narices podía estar tan segura de eso? Seamos realistas… tenía a una tía que a saber cómo jugaba y luego estaba yo… que vale, que sí; mis triples me marcaba pero no siempre que quería… y encima estaba coja, asfixiada de calor y con el codo malo…

Vale, era idiota. Me iba a freír viva… pero me dio igual. Lo dicho, dicho está. Ya no había vuelta atrás.


Última edición por Silvia Fest Fox el Dom Feb 19, 2012 8:55 am, editado 2 veces

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Feb 19, 2012 7:05 am

Tomo nota para mi glosario: Silvia es la tía más orgullosa del planeta tierra y además, podía volverse insufriblemente competitiva en situaciones límite.

Tanto que actuaba de forma completamente irracional. No atendía a razones, ni siquiera a mí. Era grave.

Recta como un gato de pelo erizado, fue a enfrentarse a quien había cuestionado su habilidad a la hora de jugar al básquet. No entendí a que venía darle esa transcedental importancia. La opinión de Ainoa debería resbalarle. Era una simple cotorra que repetía todas las gracias de Pablo a la mínima oportunidad, la típica pija rematada que no tardaba nada en criticar a cualquiera, a lo mejor impulsada por celos.

Creo recordar que fue una de las que se pusieron color verde envidia cuando Silvia exhibió su cuerpazo en la piscina, llamando la atención de cualquier macho de la fiesta ¿Una especie de vendetta femenina? Puede. El caso es que mi novia se habría hecho el harakiri antes de dejar que se confirmaran esas infámias. No había quien la parara.

Resignado, me coloqué en la fila horizontal que habían formado el resto de nuestros compañeros para elegir equipos. No me enteré demasiado de las instrucciones del profe, pero logré captar que los equipos serían de cuatro. Parecía qué íbamos a hacer un mini-torneo, para ver qué equipo era el mejor. Cojonudo. Aquello iba a conseguir motivarla más.

Yo miraba a Silvia con delatadora preocupación, ella, fulminante, observaba alternativamente a Pablo y Ainoa, mientras que ellos intercambiaban frases entre sí, que no podía oír, pero que juraría que no estaba hechas de alabanzas. Menudo cuadro.

La ironía fue puñeteramente curiosa, porque justamente me tocó estar en el equipo que Silvia había jurado machacar. Con Pablo, Ainoa y otra tía, Sonia, que querría estar en cualquier lugar menos en ese. Apoyaba la moción.

-¡No es justo que nos haya tocado el friki! –se volvió a lamentar Pablo, mientras íbamos a la cancha. Se le notaba de lo más fastidiado por su suerte.
- ¿Me ves a mí dando saltos de alegría? –me quejé a media voz.
- El partido durará quince minutos. Quien más puntos marque antes de que suene el silbato gana, -el profe hizo un breve resumen antes de exponer la pelota entre los dos bases de cada equipo, que resultaban ser Pablo y Silvia, enfrentados cara a cara. Casi me río al recordar que un base, por definición, es el jugador más bajito que hay. Claro que no me atreví a recordárselo al enano- ¿Alguna pregunta?
- ¿Por qué hay tres tías en mi equipo en vez de dos? –chilló Pablo, con una sonrisa sardónica. Cabronazo.

La frase vino seguida de una avalancha de risotadas que me subió los colores y la mala leche. Me crucé de brazos, negándome en rotundo a contestar a su provocación. Yo sabía contenerme, a diferencia de otras.

Nuestro profe gruñó algo parecido a “Compórtate Pablo” y sin perder tiempo dándole más vueltas, lanzó el balón al aire, para que solo uno de los dos lo atrapara. El enano y Silvia saltaron. Se me removió todo al pensar en su tobillo.
Allá vamos…


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Lun Feb 20, 2012 12:21 am

Estaba preparada. Esa panda de memos iban a comprobar –o al menos eso esperaba- quién era yo.

De mi grupo parecía que yo era la única interesada en enfrentarme al imbécil de Pablo y a esa estúpida de Ainoa. Lo sentía por Lucas porque pensaba dejarlo, junto a los demás, a la altura del betún.

Por lo menos mi grupo parecía relativamente cooperativo…

El profe aceptó que Pablo y yo compitiésemos por el salto. Lo bueno de no tener a Lucas en mi equipo era que no podría decirme que me sentara y descansase. Por una vez que estaba obligada a participar, iba a aprovechar la ocasión. Racionalmente hablando no me convenía en absoluto, pero mi cuerpo había aguantado mucho y sabía que podría resistir mucho más. Así pues… ¿Qué importaba el resto?

Pablo y yo nos situamos en la marca, tal como dictaban las reglas. Nos mantuvimos a la espera, sintiendo cómo la adrenalina corría por las venas. Ya no noté dolor alguno. Mejor; así podría emplearme a fondo.

El profe dio la señal lanzando al aire la pelota. Ambos saltamos a la vez pero claro, por muy “enano” que fuese, me ganaba en altura y fuerza. Alcanzó el balón y se la pasó sin dificultad a Ainoa. Mi grupo no se movió. Caí. No sé si la caída afectó a mi tobillo o no, con la adrenalina me era imposible de saber.

Una vez que mis deportivas hubieron tocado el suelo, la fulminé. Tenía el balón exhibiendo una sonrisita prepotente. Perfecto. Fui como una flecha a por ella, arrebatándosela con mi brazo izquierdo (el bueno). Se sorprendió al verse de pronto sin nada en las manos. Mejor. Empecé a moverme para realizar una entrada pero entonces observé de reojo cómo venía don Gallito a por mí -Mierda… debería moverme más rápido…- Miré a mi alrededor. Todo mi equipo se mantenía alucinando pepinillos sin moverse. –Maravilloso…

- ¡Vamos! –les grité para que se espabilasen.

Me seguía Pablo de cerca, así que debería jugar “sucio”. Avancé hasta donde se encontraba mi novio, es decir, cerca de la canasta. No se movía. Solo desprendía una cara de lo más angustiosa. –Estaba jugando estupendamente… ¿Por qué no se enteraba de que me encontraba bien?- Le esquivé con facilidad haciendo que mi el enano tuviese que rodear a su compañero. Ya estaba preparada, iba a realizar mi entrada más básica.

Salté, enfocando mi visión en el tablero. Deslicé el balón a mi mano derecha y… Grité. Entre que el codo me dolía y que el mamón de Pablo me había hecho un tapón impactando en la quemadura, me fui imposible recobrar la compostura.

Estaba claro, la adrenalina había quedado fuera de combate. Caí primero con mi pie derecho. Más dolor. El codo me ardía como nunca y el tobillo no me ayudó. Para mi sorpresa me desequilibré. El codo malo impactó de lleno contra el asfalto. Otro chillido contenido se escapó de mis labios. El dolor era la mitad de malo de lo que soporte con la pirómana trastocada.

Genial… seguro que la ampolla que me había provocado Juliette había explotado…

Inconscientemente me llevé mi mano izquierda a mi herida. Reprimí las lágrimas como pude.
Lucas acudió a mi auxilio tan pronto como pudo. El silencio, a excepción de él, inundó a toda la clase.

- Estoy bien –susurré terca. Me negaba a escuchar un “te lo dije” o algo mucho peor. Algo como… “todo esto es culpa mía” porque era mentira… yo era la única causante de todo esto.

La mueca que expuso Lucas dejaba claro que ya no había forma de convencerle. Lógico... Lo mejor que podía hacer ahora era cerrar el pico.


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Lun Feb 20, 2012 3:24 am

Horrorizado, la vi caer como una muñeca de trapo, por culpa el tapón bestial que le hizo el anormal de Pablo. Por si no se pudiese tener más mala pata, aterrizó de lleno con su tobillo malo y, casi simultáneamente, su codo sufrió un efecto dominó, estrellándose contra el suelo con un golpe seco que removió mis entrañas.

Habría gritado en respuesta al grito de dolor de Silvia si mi garganta no estuviera tan resentida. Hice una carrera hasta agacharme a su lado, lívido de preocupación.

- ¡Silvia! ¡Joder... menudo castañazo! -gemí, angustiado- Déjame ver, anda...
- Estoy bien -murmuró, a pesar de que crispaba el rostro, haciendo evidentes esfuerzos por no llorar.

De forma automática, fruncí el ceño a disgusto, sintiendo de nuevo la esencia de la culpabilidad flotando en mis pulmones. Muy bien ¿Ella no se quería bajar del burro? Pues habría que hacerla descabalgar a lo bestia. Determinado, me puse en pie, como si llevara una especie de resorte. No tardé en localizar a la persona que podría echarme una mano.

- Fest ¿Está bien? -el profesor se acercó a ella justo después de que lo hiciese yo, con preocupada profesionalidad.
- No -contesté rápidamente por mi novia, antes de dejarle oportunidad de poner su orgullo por delante su salud- En realidad... está fatal ¿Eh? No creo que debiera seguir jugando... parece que...que se ha torcido el tobillo -buena excusa. Más que buena- Mejor que descanse¿Verdad?

Él observó un par de segundos a Silvia, con ojo clínico, antes de asentir y dar su consentimiento para que la llevara a sentarse en un tramo de hierba. Supongo que fueron concluyentes en su decisión las muecas de dolor irreprimibles de Silvia y su color salmón, producto del calor sofocante que le daba ese conjunto a prueba de roces.

En cuanto el profe me lo consintió, actué más veloz que el ya.

Pasé el brazo bueno de Silvia alrededor de mi cuello y la elevé en aire, sujetándola en volandas gracias a tener mi otra mano en sus muslos. Su cuerpo pegado al mío siempre despertaba un torrente de emociones parecido a un tsunami interno. Por eso me costó ver lo evidente. La había cabreado. Cuando la tuve arrimada en el pecho, pude apreciar como me fulminaba con ojos envenenados. Si las miradas matasen, yo me habría fundido en un charquito.

Pero pasé. Ya habría tiempo de pelearse cuando estuviese a salvo.

Pablo y Ainoa se partieron la caja al ver como llevaba en volandas a Silvia, tipo marcha nupcial. Parecían la mar de satisfechos de haber acertado en su pronóstico de que mi chica no aguantaría ni una ronda.

- ¡Eso, princesitas! ¡Dejad que los hombres se ocupen del trabajo de los hombres!
- ¡Y cuidado no te rompas, Silvia! -añadió Ainoa, con prepotencia- ¡Que quiero que me digas dónde has comprado ese atillo de monja para jugar al basquet!

Gruñó algo entre dientes como respuesta. Yo, simplemente, me decanté por hacer oídos sordos y continuar caminando, hasta dejarla en un lugar seguro. En nuestro rincón. La obligué a que se sentara bajo la protección de un árbol, con acurada delicadeza. Quería evitar por encima de todo que usara para algo su tobillo resquemado. Sería lo que faltaba, vamos.

En ese momento, me importaba más bien poco lo que pensaran esa panda de gilipollas, o lo ofendida que se pudiera sentirse ella. No iba a dejar que se hiciera más daño.


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Lun Feb 20, 2012 10:04 am

De no haber sufrido la tortura del fuego, habría jurado y perjurado que lo que estaba sintiendo en este momento era el dolor más horrendo al que uno se podría enfrentar. Ya no había foco de dolor. Mi brazo entero ardía, mi pie también y además toda yo sudaba. Me encontraba en un situación horrible. Y encima la pandilla de Pablo riéndose de mí. De no haber sido porque estaba demasiado concentrada en reprimir mis lágrimas, le habría fulminado con la mirada y tal vez habría hecho algo más subidito de tono como… una buena patadita donde yo me sabía…

Pero mi situación tampoco era tan grave. En cuanto remitiese un poco el dolor, se iba a enterar de quién era la mejor…

- Fest ¿Está bien? –me preguntó a voz de pronto un poco preocupado el profe.

-S-pero no pude acabar. Cierto metomentodo se interpuso…

- No –contestó como si él fuese el aludido. ¿De qué iba? - En realidad... está fatal ¿Eh? No creo que debiera seguir jugando... parece que... que se ha torcido el tobillo.

¿¡Torcido el tobillo!? ¡Pero será…! Mi indignación crecía por momentos. Quería jugar. Pablo y Ainoa se merecían un escarmiento…

- Mejor que descanse ¿Verdad?

Nada; Lucas a su bola, como si le hubiese dado permiso para decidir por mí. ¿Pero qué podía hacer yo? En cuanto abriese la boca me sería imposible reprimir lágrimas de todo el ardor al que me estaba enfrentando. Casi podía asegurar que no habría diferencia entre tener al fuego incrustado en mi codo o no. La voracidad con la que me hacía estremecer era brutal. ¿Conclusión? Para mi desgracia solo podía tener la boca cerrada.

Por lo menos el profe me analizó para ver si eran verdad las palabras de mi sobreprotector novio. - ¡Ese sería mi momento! – Aguanté como pude mi pose de “estoy más sana que una manzana” pero al parecer estaba hecha una piltrafa para su valoración…

Menuda mierda.

Y entonces, antes siquiera de poder sorprenderme, me vi en volandas en manos de Lucas.

¡Esto ya era el colmo! ¿Ahora pensaba que no podía caminar? ¿Me veía como a una minusválida o qué? Apreté la mandíbula. Más por el orgullo herido que por el dolor ya que a esto último ya me estaba acostumbrando desde hacía rato…

Me sentía de lo más abochornada. A los ojos de los demás parecía una absoluta quejica… Empecé a mirar con odio a mi novio. Estaba consiguiendo degradarme como persona… Y encima no podía protestar y soltarme porque haría más obvio mi dolor… Pero lo que más me cabreaba era que… Si sabía que estaba aguantando el sufrimiento en silencio… ¿Por qué quería que lo mostrase al público? No era justo…

La gota que colmó el vaso fueron Pablo y Ainoa…

- ¡Malditos estúpidos y anormales! –gruñí, intentando en balde desfogarme cuando siguieron con sus bromitas.

Y ahí estaba yo, siendo transportada como una niña pequeña, como si tuviese tres años en vez de quince. Sentí unas ganas inmundas de pillarme un berrinche típico de esa edad. ¡Estaba quedando como una absoluta palurda! De haber podido, me habría cruzado de brazos…

Al final decidió que el mejor sitio para mí sería nuestra sombra. En eso sí que no iba a protestar. Me dejó en el césped con suma delicadeza, sin ningún resoplido por su parte. ¿No se dejaba las lumbares? Eso sí que me impactó un poco. Era más fuerte de lo que aparentaba por lo visto…

Tal como me permitió recuperar lo poco de mi dignidad que me quedaba, me remangué los pantalones, intentando bajar la temperatura de alguna forma. Como ya había dicho antes, no tenía forma alguna de engañarlo, así que había decidido ir a lo práctico.

Fuera de la vista de aquella pandilla de capullos, empecé a volver poco a poco en mí. Sabía que a veces me pasaba un pelín con mi orgullo pero es que en estas ocasiones me negaba a comérmelo…

Intenté quitarme la chaqueta de forma autónoma, pero me era imposible. Lo máximo que conseguí fue bajarme la cremallera y quedarme a medias liberando mi brazo izquierdo. Lo malo es que para sentir el frescor del viento en mi piel, necesitaba mover el codo derecho, el malo. Intenté hacerlo, pero el leve grito de dolor no podía omitirlo. Así pues, me quedé como una retrasada a medio poner o quitar la chaqueta.

- ¿Me ayudas? –le pregunté cansada, dejando de lado en mucho tiempo el orgullo.

Quitarme aquella cosa tan angustiosa me era esencial para bajar la temperatura de mi cuerpo. Desde luego, el haber decidido ponerme manga corta había sido algo bastante inteligente por mi parte.

Por un lado quería defenderme del calor, y por el otro, tenía la curiosidad de examinar mi herida. Había intentado antes curármela por mí misma, pero tenía claro que necesitaría la ayuda de Lucas… y más desde que me parecía que se estaba inflamando…

Odiaba tener que inmiscuirlo en estas historias, solo iba a conseguir que se lamentase de lo ocurrido y que desprendiese compasión… prefería que me insultase. Al menos ahí no podría quitarle la razón si me llamaba inconsciente…


Última edición por Silvia Fest Fox el Mar Feb 21, 2012 11:55 am, editado 2 veces

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Feb 21, 2012 8:55 am

Fue un espectáculo de lo más desgarrador verla de ese modo. Intentando hacer algo tan simple como quitarse la chaqueta sin tener resultados aparentes, aparte de un grito sofocado de dolor que se me clavó en las sienes.

Sentí el cuerpo saturado por un escalofrío horrendo. Y de nuevo esas palabras... Era mi maldita culpa.

- ¿Me ayudas?

¡Vaya! Al parecer había olvidado lo de tener su orgullo flotando a ras de la estratosfera. Eso estaba bien.

- Claro -asentí con voz ronca. No supe si era por mi garganta hecha un ñapo o por la conmoción, la cuestión es que no me esforcé en sonreír. Estaba demasiado hundido.

Deslicé mis manos hasta el cuello de su chaqueta y con cuidado, como si estuviese haciendo una operación a corazón abierto, arrastré con cuidado la tela de algodón a través de sus brazos, poniendo especial interés en no dañar su codo castigado. Silvia soltó una exhalación de alivio justo en el momento en que se vio liberada.

Sus ojos seguían surcados por lágrimas reprimidas, demasiado delatadoras para que colara con sus fingidos “Estoy bien”. Arrastré la vista cansada hacia la venda que le envolvía la quemadura. Lo que me hacía flagearme continuamente.

- Déjame ver –le pedí. No sé de qué serviría, aparte de para hacerme sentir peor. Yo no era médico. Yo no hacía milagros, como ella. Pero me habría encantado. Habría dado una pierna por tener su poder en ese momento.

Usando la propia venda como barrera entre mi mano y su brazo, lo agarré con dulzura, deshaciendo la parcial momificación. Por primera vez, aun sabiendo que podía tocarla, no quería hacerlo. Entre el “poder” y el “merecer” hay un gran barranco. Y si yo lo saltaba, me la pegaría. Era la última persona en la tierra digna de su tacto.

- Oh… joder –no fui capaz de reprimir un gesto mezcla de dolor ávido y profundo martirio.

Por mucho que mires al sol te sigue quemando la vista. Por mucho que me mentalizara sobre lo que me encontraría bajo el vendaje, no estaba preparado para ello. No para ver una extensión de carne calcinada, rosada, falta de piel, con aspecto de cráter que puede soltar lava. La sangre que soltaba la ampolla reventada el daba el toque dramático para acabar de enfatizar mis ganas de pegarme a mi mismo.

Cerré un momento los ojos, tragando con angustia. Me iba a dar un vahído.

- Eso de jugar al básquet ha sido bastante irresponsable por tu parte… Bueno, qué cojones. Ha sido rematadamente estúpido –rugí entre dientes, porque era más fácil enfadarse que sentirse culpable. Silvia no se mostró predispuesta a replicar. Su mirada resignada me hacía entender que pensaba igual… pero eso no iba a pararme. Escarmentarla me daba fuerzas para respirar- ¿Sabes? La competitividad tiene unos límites y tú los has cruzado a lo bestia –chasqueé la lengua de forma reprobatoria, sacudiendo la cabeza- Es lo más inconsciente que has hecho desde que decidiste que ibas a rescatarme. Jamás...jamás tendrías que haberlo hecho…

El último pedazo de frase se hundió más que el resto, igual que mi mirada. Había piedras rasgando mi garganta. De preocupación y arrepentimiento. Demasiado abrumador para elevar la vista.

Me dediqué a cubrirle de nuevo la llaga, murmurando entre dientes algo parecido a “Deberías irte a casa”.


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Miér Feb 22, 2012 8:35 am

- Oh… joder –exclamó al ver mi herida.

Yo también le eché un vistazo, por curiosidad. Y lo cierto es que la cosa no tenía para nada buena pinta… Tenía mucho peor aspecto respecto a la última vez que me atreví a mirarlo… ¿Se estaría infectando? Era muy probable si teníamos en cuenta la difícil localización en la que se encontraba para poder curármelo por mí misma y a que acababa de forzarlo ligeramente con la ayudita de mi gran amigo Pablo… Sí, seguro que con esto último solo la había empeorado…

- Eso de jugar al básquet ha sido bastante irresponsable por tu parte… Bueno, qué cojones. Ha sido rematadamente estúpido –se indignó.

Bueno, vale; sí. No había sido mi gran idea del día… pero tampoco era para tanto, ¿no? Al fin y al cabo no dejaba de ser una herida… Ya se curaría; no me iba a morir por esto… tras lo ocurrido en la fiestecita que nos dio Juliette, ya incluso me parecía imposible poder morirme hasta haber pasado los ochenta años…

Pero a pesar de todo no me encontraba con ganas de discutir. Estaba cansada tanto física como emocionalmente hablando…

- ¿Sabes? La competitividad tiene unos límites y tú los has cruzado a lo bestia. Es lo más inconsciente que has hecho desde que decidiste que ibas a rescatarme. Jamás... jamás tendrías que haberlo hecho…

Con esta reprimenda ya ni siquiera me miró. ¿Odiaba verme el corte de mi cara o se sentía responsable por todas mis heridas? Debía dejarle algo claro… Pero antes de poder hacerlo, ya me estaba volviendo a proteger mi cóncava piel con la venda. Fue entonces cuando se le ocurrió “sugerirme” mi vuelta a casa… ¡Qué listo era! ¡Lo ordenaba cuando sabía que por culpa del dolor no podría protestar! ¿Cómo podía conocerme tan condenadamente bien?

Apreté la mandíbula, omitiendo por todos los medios el intenso dolor que me provocaba el más mínimo hormigueo en mi calcinada piel.

Cuando terminó con mi venda y supe que podría hablar, le respondí lo que me susurraba mi alma. Ella tenía razón, no podía permitirme que siguiese echándose las culpas de todo…

- Lucas… -le llamé con voz débil a la vez que con mi guante izquierdo le tocaba su brazo más cercano. El me miró. Por sus ojos se podían percibir los profundos remordimientos que sentía. Estaba equivocado. –Es cierto que debí haber esperado al grupo para sacarte de allí, pero –dulcifiqué la voz como pude- ¿Cómo iba a permitir abandonarte en esa tortura? Ambos sabemos que lo que tengo yo no es nada con lo que te hicieron a ti… -tragué saliva, intentando reprimir todos aquellas imágenes tan dolorosas- En mi vida hemos podido tocarnos tanto… -dejé caer con tristeza.


Hubo un silencio demasiado amargo entre nosotros. Quise cambiar de tema y, no sé si para bien o para mal, lo único que se me ocurrió en ese momento fue su último comentario.


Sí, desde luego era preciso que me largase a mi casa pero tenía algo muy claro. Lucas debía acompañarme y por varios motivos: el primero de todos es que no quería perder ni un segundo a su lado. Y tras este imperioso deseo le seguían mi actual situación; que el partidillo a medio acabar había hecho que eliminase una considerable reserva de energía y que eso lo iría a notar especialmente cuando tuviese que caminar los veinte minutos que tenía obligados para regresar a mi “hogar” . Sí, seguro que mi tobillo me devoraría en venganza por ese esfuerzo…

- ¿Te vienes conmigo a mi casa? –le pedí, aunque por mi tono de voz sonaba casi a súplica…


Última edición por Silvia Fest Fox el Lun Mar 26, 2012 6:28 am, editado 2 veces

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Miér Feb 22, 2012 12:10 pm

- En mi vida hemos podido tocarnos tanto

Me tragué un suspiro melancólico, intentando por todos los medios ahogar su sonido. Lo conseguí.

Sí, tenía razón. Habíamos podido tocarnos continuamente…Pero a qué precio…

Ambos sufriendo. Demasiado. La verdad es que no era así como me imaginaba nuestros momentos más intensos. En mis sueños, en los que la acariciaba sin barreras, Silvia estaba feliz y sonriente, no llorando, convulsionando, mirándome de la forma con la que… con la que miras a alguien con la vida apunto de apagarse. Y la suya justo después.

Dos velas de un soplo.

- ¿Te vienes conmigo a mi casa?


La cuestión me acababa de pillar desprevenido. Mucho más si tenemos en cuenta el ronroneo de ruego que usó para pedímerlo. Me ablandé presto, en cuanto la miré y un ardor, en este caso muy agradable, apresó mi pecho. El enfurruñamiento no tenía forma de competir a la profunda devoción que sentía por ella.

Una sonrisa embobada se extendió por mi cara sin permiso.

- Me encantaría –convení, con sinceridad. Nada me apetecía más que pasar la tarde entera con ella, con mi Silvia. Sería la mejor manera de asegurarme de que haría reposo. De cuidarla como Dios manda. Se lo debía… sólo había un problema- Es decir… me encantaría si supiese cómo voy a salir de aquí. A ti el profe te ha visto hecha un trapo, te dejará irte sin preguntar, pero… no creo que me deje pirar contigo así por la patilla, ¿No? Aquí los únicos que entran y salen cuando les viene en gana son ellos.

Puse los ojos en un fastidioso blanco al referirme al equipo docente. Por norma general, solían dar más problemas de los que solucionaban, estaba más que demostrado... Claro que, por la mirada burlesca de Silvia, supuse que esa no sería una de esas veces.

Me contagió la epifanía.

- ¡Oh! –me di un golpecito en la frente, cayendo en la cuenta. Sólo el equipo sale a sus anchas... el equipo docente y yo. Le devolví el gesto travieso, más que contento por las expectativas- Ya pillo.

Necesité apenas un par de minutos de margen. Tiempo más que suficiente para ir en busca de mi nueva víctima, el incauto dire, y estrecharle la mano, felicitándole por su “gran y respetable trabajo”. La cara que se le quedó al pobre fue digna de enmarcar en una estampita.

Y, con la excusa tonta, poco después estaba informando al profe de Educación Física sobre lo mal que se encontraban el señor Castillo y la señorita Fest. De paso, también acabé por convencerle de que Pablo se había ganado un castigo por ser un cafre y enano, y que el bueno de Lucas se merecía una nota más alta, aunque no rascara ni bola.

Así pues, escaparnos con Silvia fue una huída lenta (por su tobillo), pero relativamente fácil. Ser el director te abre todas las puertas… dentro del Astoria, por lo menos. Apenas habíamos salido y detecté que lo que caminar el trecho que separaba el insti de su casa iba a ser jodido.

El estado de mi chica seguía atosigándome de angustia. Fuese o no fuese nada.

- Emm… ¿Necesitas una manita? ¿Te…te llevo? –el ofrecimiento quedó algo extraño. No por haber sonado demasiado tímido para el rango de confianza que puede tener un novio, ni por el exceso de preocupación. Si no porque era dicho con la voz del dire, la cosa es de lo más hilarante- Emmm ¿Eso te ha sonado tan raro como a mi?


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Jue Feb 23, 2012 8:09 am

Vale… el codo ya no era lo que más me incordiaba… ¡Era el puñetero pie! Cinco minutos… solo llevaba cinco minutos y era de lo más martirizante. Sentía la tela de la zapatilla rozar continuamente con la venda de mi herida. Y así, una y otra y otra vez… Taladrándome los poros, recordándome la causa de aquel dolor. Creo que ya me era muy difícil interpretar el papel de “todo va bien”. Mentiría si dijese que un banco en el que descansar no me vendría mal…

- Emm… ¿Necesitas una manita? ¿Te…te llevo? –Vale… escuchar esas palabras con la voz del director daba un poco de mal rollo… es más, hasta me dio la sensación de que me hablaba un pederasta… -Emmm ¿Eso te ha sonado tan raro como a mí? –concluyó mi novio con una sonrisa ruborizada en su cara robada.

- Sí, demasiado –me reí, divertida por la situación… sonaba de lo más extraño.

Pero a pesar de todo no podía olvidar el motivo de todo ello. Si ya me disgustaba que mi novio siendo él mismo me llevase en brazos, ya no era comparable el que lo hiciese el director. En serio… las transformaciones de Lucas eran extremadamente realistas… si no actuase tan mal me creería por completo su papel. Y en este momento lo que menos me apetecía era –aparte de seguir andando- respirar tan cerca de mí el aroma que desprendía el director. Sería demasiado raro. Y tampoco me hacía excesiva gracia que me tratase como a una tullida. Yo no lo estaba… o no del todo. Podía apañármelas por mí misma. Se me daba bien. Vivir con mi tía me había hecho darme cuenta de ello.

- Y no es necesario que me lleves –le sonreí- Estoy b... –pero al ver cómo empezó a formar esa ruda expresión, me incliné por un comentario menos polémico- no es para tanto… -esta vez preferí no mirarle. Ya el colmo sería que me soltara algún discursillo como qué heridas son consideradas graves y cuáles no…

Yo estaba bien si me comparaba a la Silvia encerrada en casa de Padre. Y esto no era para tanto si teníamos en cuenta que hacía menos de setenta y dos horas que casi me explota la cabeza… No. Comparándome con eso, esto no era para tanto.


Última edición por Silvia Fest Fox el Lun Mar 26, 2012 6:37 am, editado 1 vez

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Feb 23, 2012 10:05 am

Rodé los ojos. La madre que la hizo...

- Joer Silvia… Tú y tu cabezonería –terminé por resoplar, exasperado. Era incorregible, en serio.- Si no me cuesta nada… llevarte en brazos se está convirtiendo en una costumbre, casi.

Era cierto hasta el punto de haberme habituado a las agujetas en los brazos y el dolor de espalda. Al fin y al cabo… ella podía acabar curándomelo ¿No?

Dictaminé que no había discusión posible ante eso. Para mí, se podía considerar una ventaja añadida y ya de paso, amansaría un tanto mi horroroso mal de conciencia. Ni siquiera la dejé protestar.

De nuevo, fui tremendamente rápido, cogiéndola al vilo de un revuelo. La oí soltar un gritito, no sé si de sorpresa o de indignación, pero ya era tarde. Yo avanzaba a paso condescendiente, jactándome cuando la vi más roja que un tinto de verano. La situación pasó de rara a cómica en un plis, en cuanto me fijé en como nos miraba la gente con la que nos cruzábamos.

Muecas de incredulidad, ojos de besugo, bocas entreabiertas y hasta llegamos a encontrarnos con algún malpensado que me puso aspavientos, como si esperasen una violación in situ. Rosa Ruano ya lo habría denunciado. No reírme ante ese pensamiento habría sido pecado. Jamás habría imaginado al dire de ese buen humor.

Parecía hasta antinatural.

Pero lo bueno de poder tener una cara diferente, es que luego no tienes que rendir cuentas sobre nada de lo que hagas. Sabes que va a ser otro el que la pringue, así que me importaba poco que todo el mundo me tomara por un pirado rapta-niñas. Es más, estaba disfrutando con ello, y más al ver la cara de circunstancias que me ponía Silvia.

La pobre no parecía sentirse nada a gusto. Más bien todo lo contrario. Luchaba con todos sus medios por separarse ni que fuera un centímetro del pecho de dire, más incómoda con mis… bueno, sus brazos que con un cactus rodeándola.

Esa era la mejor parte. Por primera vez, era yo quien la metía en un aprieto embarazoso y no al revés. Era de lo más entretenido. Le puse una sonrisilla burlesca.

- ¿Qué? No te pone el dire, ¿Eh? –me cachondeé, tan pancho. Arrugó la frente, aún con las mejillas echando humo y la expresión de aversión en la cara.

Me acuchilló con esa mirada de “te voy a matar” que ponía cuando creía que alguien se pasaba de la raya con su orgullo. Fue por eso que decidí que la broma podía darse por terminada. La había disfrutado durante casi diez minutos; mi columna vertebral, quejándose entre crujidos, me lo recordaba.

Hice deslizar a mi novia traje abajo, hasta que sus bambas quedaron sobre los elegantes mocasines italianos que yo llevaba. Asegurándome repetidas veces que estábamos solos en la calle, di paso a que se convirtieran en unas convers.

Mi cuerpo volvió a ser el que era cuando aún tenía las manos en la parte más estrecha de la espalda de mi novia.

- ¿Mejor? –pregunté, amable.

Eso parecía.

Mi sonrisa se tambaleó cuando sus ojos se reflejaron en los míos, con la fuerza atrayente que equivalía a un agujero negro.

Sólo entonces me di cuenta de que seguía sobre mis zapatos y eso me acercaba a ella, a sus labios, a una distancia más que temeraria y milimétrica. Algo en mi interior me prohibía aspirar su aliento. Me quedé estúpidamente absorto, contando la aceleración progresiva de mis latidos…

Cada terminación nerviosa de mi cuerpo cobró vida.


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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Invitado el Vie Feb 24, 2012 6:50 am

- Si no me cuesta nada… llevarte en brazos se está convirtiendo en una costumbre, casi.

¿En brazos? ¿Cuándo me ha llevado en brazos aparte de hoy? Intenté hacer memoria a gran velocidad. Nada, no me acordaba.

- Oye, ¿C… -terminé la frase con un grito de sorpresa. ¡Me había cogido sin consultármelo! -¿¡Pero qué haces!? ¡Bájame ahora mismo! –le ordené.

Su respuesta fue simple. A su rollo…

Esto era humillante, en serio. Intentaba bajarme pero el muy c… imbécil, no me dejaba. Con su nuevo cuerpo no había quien pudiese con él. Y era muy extraño… jamás pensé que el director estuviese tan fuerte… no lo aparentaba.

Forcejeaba y el resultado era el mismo así que decanté por resignarme. En un principio no era algo tan espantoso… sí, sentirme tan cerca de aquel cuerpo era súper incómodo. No olía como a Lucas y… eso me rayaba mazo. Era como estar con dos hombres a la vez, pero con la desventaja que el sustituto de mi novio no era demasiado atrayente…
Dejé de tener este pensamiento en cuanto empezó a transitar la gente. Mi rubor se extendió a todas mi mejillas.

- ¡Bájame, por favor! –llegué incluso a optar por la súplica- Pero qué vergüenza… -me piqué escondiendo mi cara como podía.


Lucas al parecer estaba de un humor excelente porque no paraba de reírse. ¡Será cruel!

- Oye, ¡no te rías! Esto no tiene ni pizca de gracia… -protesté. Me estaba tocando el orgullo.

Intenté separarme de su pecho todo lo posible, pero el resultado era el mismo…

Solté un grito comprimido.

- Idiota…

- ¿Qué? No te pone el dire, ¿Eh?

Le fulminé con la mirada. Se estaba comportando como un imbécil integral… ¿Por qué narices le costaba tanto dejarme descansar unos minutitos para volver a retomar nuestro camino? Vale, sí que era cierto que de esta forma mi tobillo cantaba unas cuantas alegorías de pura felicidad, pero aun así… él no mandaba en mi cuerpo. Mi pie podría resistir mucho más, así que ¡qué se aguantase!

Por lo menos fue considerado al bajarme. Al parecer ya habría notado que me negaba a que mi orgullo desapareciese como si tal cosa…

Me plantó en sus zapatos/converse, mostrándome en un primer plano su transformación y la tentación de sus labios… Su aliento hizo olvidarme de todo mi berrinche.

Lo quería a él, por tanto me vi incapaz de reprimirme y me abalancé sobre su boca, con pasión. Desde lo de Juliette, se había negado a que le tocase para que así pudiese tener una cuartada, pero ya que la había mostrado, no habría peligro alguno.

O eso pensé yo hasta que me hizo la cobra… ¿Qué pasaba ahora?

Extrañada, me retiré de sus zapatillas; quería verlo bien.

- ¿Qué narices te pasa? ¿Estás enfadado? Porque resultaría de lo más irónico teniendo en cuenta que he sido yo la que ha sido transportada como una niña pequeña…

Fui a cruzarme de brazos, pero me quedé en el intento. El dolor era muy fuerte con solo un simple roce… Iba a decirle lo de siempre, que estaba bien y que no me dolía nada. Pero él me conocía y comenzaríamos de nuevo otra discusión. Así que esperé porque no hiciese comentario alguno.


Última edición por Silvia Fest Fox el Vie Feb 24, 2012 11:15 am, editado 1 vez

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Re: La condena de la Educación Física (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Feb 24, 2012 10:55 am

Sentí como Silvia se reclinaba hacia mi mandíbula en un fogoso arranque, intentando alcanzar mi boca. Y yo, presintiendo el posterior roce de nuestros labios, reaccioné haciendo algo que no creí que haría ni a punta de pistola: Me aparté.

Le hice la cobra, echando la cabeza hacia atrás con unos reflejos que me dejaron flipando de mi mismo; a ella igual. Casi de inmediato, mi novia puso un paso de distancia, con una expresión que iba de confusa a herida.

- ¿Qué narices te pasa? ¿Estás enfadado? Porque resultaría de lo más irónico teniendo en cuenta que he sido yo la que ha sido transportada como una niña pequeña…

Ese reproche no me sorprendió en absoluto. En primer lugar porque estaba claro que ese viajecito la había picado, y en segundo porque jamás me había creído capaz de algo así. Jamás antes había tenido ganas de esquivar su boca, jamás lo había querido hacer… y en ese momento, tampoco quise.

Pero al sentirla cerca, al saber que se me iba a nublar deliciosamente la cabeza, que iba a provocar un estallido interno que sería la definición de inmejorable… supe que me la merecía menos que nunca.

Había sido un tremendísimo golpe de suerte que alguien como ella se hubiese pillado por mí. Un maldito milagro. Me sentía más suertudo que el tipo que gana la lotería con expectativas nulas de llevarse el gran premio. Y por algún motivo yo lo tenía. La tenía a ella…a Silvia.

Sus besos colmaban con la luz de una super nova. Era la mejor sensación que hubiese sentido hasta la fecha… por eso justamente me había apartado. Porque después de lo que le habían hecho por mi culpa, no merecía ni mirarla a la cara, y mucho menos que me hiciera sentir esa gamma de sensaciones que parecían querer elevarme los pies del suelo

Que no pudiese ni cruzar sus brazos para demostrar su molestia me hizo sentir todavía más despreciable. Suspiré.

- No estoy enfadado, tonta –le susurré, intentando amansarla con una sonrisa agridulce- ¿Por qué me iba a enfadar? Es sólo que… que… - ¿Qué? Seria de idiotas decirle la verdad. Porque volveríamos a discutir por lo mismo o, tal vez, siendo como era, pasaría mazo de mi opinión y me comería la boca. He de reconocer que la segunda opción era tentadora a sobremanera. Demasiado. Mordí mi uña- emmm… voy a quedarme contigo. Toda la tarde y si hace falta toda la noche también… me quiero asegurar de que no te tengan que amputar el brazo –señalé su herida en un intento de hacer burla, aunque a mi de gracia me hacía la justa- así que… si no es que quieres acojonarte cada vez que me acerque a ti para curarte y tal ¿Te parece que nos reservemos para luego?

Eso me daría un margen. No muy extenso, pero quizás me sintiera un tanto mejor conmigo en cuanto la atosigara con mis cuidados.

Con timidez, di un paso para tomar su mano y tirar de ella, haciéndola avanzar a paso tortuga antes de esperar respuesta. No habría dudado en cogerla en brazos otra vez si su casa no hubiese estado en esa misma calle.

-Y no te quejes. Te recuerdo que normalmente no soy yo el que tiene reparos en besarte –le musité, observándola de reojo con una sonrisa que rozaba a lo desafiante. Luego callé.

No pensaba decirle algo como “Si no nos besamos cada día es porque tú no quieres”.

Primera porque le dolería; segunda porque me podía salir el tiro por la culata en esa concreta ocasión y tercera, porque cuanto más hablaba del tema, menos claro tenía eso de contenerme.

Era extremadamente duro sentir que todos tus instintos reclaman algo a la desesperada, que está a tu alcance y que no puedes tomar. Dolía.


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