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El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

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El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Feb 25, 2012 3:39 am

En el tiempo que llevaba ahí encerrado, solo, había llegado a una conclusión: Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar su pensamiento sin morir. De todos los mecanismos de escape que había estado tramando, que Juliette acabara conmigo era, de momento, el único factible.

No se me ocurría que más podía hacer para huir, para no abandonarme al dolor sin presentar pelea. Parte de mí ya no se sentía con fuerzas ni ganas de soportar latidos en mi interior. La otra estaba aterrada al pensar en desprenderse de mi propia existencia, aunque ya no quedase nada de ella. Filosofía de cobarde, que se dice.

Usaba todas las fuerzas que me quedaban en no pensar, porque cada imagen esporádica, subiendo a mi cabeza, me provocaba una angustia interna feroz. Imágenes sobre Juliette y sus ojos color sangre. Sobre Silvia, chillando. Sobre todos los Castillo metidos juntitos en una misma sala, presos como yo.

Pam. Mario muerto. Pam. Jimena muerta. Pam. Culebra muerto.

Apreté ambos brazos contra las costillas, prohibiéndome respirar para que no se desatara un nuevo ataque de pánico, ya burbujeando en mi interior, y abrí los ojos. Vi lo de siempre. Cuatro paredes y ninguna ventana, ni posibilidad de huída. Lo más interesante era el maldito pilotito rojo de la cámara de seguridad, vigilando mis movimientos desde una esquina.

Sólo pensar que Padre podía estar observándome en su despacho, cómodamente sentado, fumándose un cigarro y sonriendo, se me llevaban los demonios. Le gruñí un insulto y di media vuelta sobre la cama, estirándome boca abajo. Había comprobado que pasarse horas caminando de arriba para abajo no iba a provocarme más satisfacción que la de gastar las baldosas del suelo, así que lo dejé correr, apretando la nariz contra la almohada como si pretendiese ahogarme. No caería esa breva…

Fue algo que descarté cuando oí el movimiento que había frente la puerta de mi celda.

El espasmo que recorrió mi nuca me hizo saber que no iba a recibir una visita de cortesía.

Ahí dentro no es que tuviera muchos amigos.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Lun Feb 27, 2012 3:46 am

Había sido un día interminable, aunque completamente bipolar, por llamarlo de algún modo.

Supongo que podría sonar algo extraño llamar "bipolar" a una jornada, pero realmente había sido así. Aquella mañana, cuando me había ido al conservatorio, no imaginé que iba a acabar ejerciendo mi clásico trabajo de criatura despiadada y desalmada surgida de lo más oscuro del infierno. Tenía planeado pasar la mañana en el conservatorio, como al final acabé haciendo, y luego pasarme por la tienda de música a agenciarme algunas partituras y cuerdas de violín que necesitaba. Pero no llegué a pisar ese establecimiento, ni siquiera a pasear por la calle que daba a él.

Y el motivo era muy simple: en mi mente tan revuelta, había aparecido como si de un chispazo se tratase, el recuerdo del "juego" que estaba teniendo con Lucas, y la necesidad de añadir una nueva ronda más complicada, por llamarlo de algún modo. Era necesario darle un empujoncito a aquello, y hacer que fuera más... interesante para ambas partes. Y sabía muy bien que lo que nos faltaba para que fuera más entretenido era la presencia de un ser querido, y por suerte o por desgracia, dependiendo del ángulo desde el que se mirase, yo conocía la residencia de la persona que actuaría como catalizador: aquella pavisosa que Lucas tenía el valor de llamar novia.

Por eso dejé mis planes para otra ocasión, agradeciendo de paso a mis escasas estrellas de la suerte que a Ben le hubiera dicho que iba a pasar todo el día por ahí, realizando asuntos relacionados con mi trabajo en la ópera. De ese modo me lo había quitado de encima, por denominarlo de alguna manera, de tal forma que no corría el peligro de encontrármelo marcando mis pasos, como solía hacer para gran irritación mía. Sabía ser un pesado cuando se lo proponía, ciertamente.

Así pues, me encaminé hacia aquel barrio que tan familiar me era, después de unas pocas visitas, por diversos motivos, al mismo. Las casitas blancas eran ya para mí una imagen bastante habitual, y ya no poseían ese viejo encanto que en un principio creí ver tras sus grandes ventanales de madera clara y cristales opacos. A mis ojos no era más que una urbanización más, aunque dolorosamente parecida a un barrio berlinés que me traía demasiados recuerdos de mi infancia. Tal vez ese detalle era el causante de que no pisase aquella zona tan de seguido como Padre pretendía para que marcase a los Castillo; los fantasmas de la mente son realmente peligrosos en esos detalles.

Conocía la casa de Silvia gracias a la información que me dio la chica que le entregó el DVD que yo misma había grabado. Pude llegar a tiempo de ver como la rubia pava de turno salia de la vivienda y se encaminaba en dirección al lago, lugar donde yo misma la citaba al final de la grabación. Ciertamente, ese hecho me sorprendió, pues no esperaba que la mosquita muerta fuera capaz de reunir el valor suficiente como para acudir a una cita que yo misma le había propuesto. Una de dos, o estaba loca, o era una insensata. Aunque claro, no era yo precisamente la más indicada para juzgar a aquella chica de ambas cosas, cuando yo era un claro ejemplo de ambos casos, un verdadero caso perdido de locura e insensatez.

La seguí a una distancia prudencial, divertida de ver como caminaba hacia el sitio fijado. Me habría sido muy fácil atacarla por la espalda, pero sabia que, seguramente, ella estaría dando el paseo más angustioso de su vida, y no iba a privarme de poder ver en vivo y en directo como su nivel de angustia iba in crescendo. Era una diversión cruel, ¿pero qué esperar de alguien como yo, que consideraba los gritos de dolor más armoniosos que los mismos trinos de los pájaros?
Cuando la chica se paró en las orillas del quieto lago, conté mentalmente hasta 100, mientras que me concentraba en el aire de su alrededor, calentándolo, haciendo que se tornase más y más caliente. Mi objetivo era que ella llegase completamente lúcida a la celda, donde ya se quedaría ronca de chillar como una posesa cuando sintiera mi fuego por sus venas. No quería privar a Lucas de ni un solo segundo de diversión.

No bien acabé de contar, cuando la niña cayó al suelo, desmadejada, convirtiéndose así en un fardo un tanto incómodo pero fácil de trasladar. Sin apenas mucho esfuerzo, me la cargué a hombros, encaminándome hacia la casa donde había dejado a Lucas hacía cosa de horas, para que se recuperase de mi ígnea presencia. Podría haberme ahorrado el tener que ir acarreando ese peso muerto, pero no estaba segura de que si solicitaba la ayuda de algún esbirro, iba a poder culminar aquella idea que se paseaba por mi mente. Y es que seguramente, a Padre no le gustaría mi plan de hacer enloquecer a un par de niños con poderes. Seguramente no me dejaría ni rozar los límites que yo previamente ya me había establecido. Pero claro, lo cierto es que yo estaba comenzando a pasar de Padre y a hacer lo que me venía en gana.

Cuando llegamos a la casa, me dirigí directamente a la celda de Lucas, abriendo la puerta con lentitud, recreándome en el sonido de esta, un tanto chirriante, al abrirse. Quería dar una impresión inmejorable de diablesa, por lo que hasta mi entrada debía ser completamente correcta bajo esa imagen. Una vez abierta de par en par la entrada, penetré en el lúgubre interior, dejando mi fardo en el suelo con un golpe un tanto más violento de lo necesario.
-Mira que te traigo, chico freak-canturreé-Una nueva compañera de juegos.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Miér Feb 29, 2012 5:31 am

Me encontraba en la más absoluta oscuridad. Aunque claro, eso no era complicado si uno se ve incapaz de abrir los ojos. ¿Qué había pasado?

De lo único que me acordaba antes de caer al suelo inconsciente en el lago, era de haber sentido en muy poco tiempo un calor espantoso. Era como si el desierto del Sáhara hubiese decidido abrigarme… y he de decir que en exceso. Me moviese adonde fuese, no tenía forma de escapar a aquella temperatura, me quitase los guantes o no, el resultado era el mismo, e incluso si me remangaba. El calor era sofocante y el odio también. Quería matar a esa tía tan inhumanamente cruel. Nadie podía maltratar a Lucas de esa forma y que encima saliese impune de sus actos. No; me negaba. Ella lo iba a pagar. En cuanto pudiese, me lanzaría a por ella. Lo tenía clarísimo.

Pero por el momento debía resignarme a sentirme como en un barco. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda… Siempre igual, con el mismo movimiento. Mi cuerpo aún se sentía demasiado débil como para saber reaccionar ante lo que había a mi alrededor, pero ello no impedía que mis oídos escuchasen lo que me rodeaba. Solo había pasos. Eran discretos y, quizás, algo pesados. Luego dejaron de escucharse y, al mismo tiempo, el barco regresó al puerto. No había más movimiento oscilatorio.

Poco a poco iba recuperándome, trasladándome a la realidad. Escuché cómo una puerta se abría, degustando el chirrido de las bisagras. ¿Qué estaría pasando? Empecé a abrir poco a poco mis ojos, adaptándome al ambiente, pero entonces volé. O al menos eso creía yo hasta que impacté de lleno contra lo que supuse que eran unas baldosas… Estaba frío.

Fue irrefrenable soltar un grito seco, pero al menos ya estaba cien por cien despierta. Iba a cagarme en aquella persona que me hubiese tratado así. Mi espalda se había llevado todo el golpe.

Pero claro, entre pensar y actuar hay una gran diferencia. La principal era en saber quién te había tirado. En cuanto habló, lo supe.

¡Era ella! ¡La psicópata pirómana y torturadora! Quise ir a por ella, tocarla y asesinarla. Pero mi columna vertebral me lo impidió. Necesitaba unos minutos más para poder recobrar la compostura. Tampoco importaba demasiado el tiempo, tres minutos antes o tres minutos después tampoco suponían una gran diferencia…

¿O sí?


Última edición por Silvia Fest Fox el Vie Mar 02, 2012 4:14 am, editado 1 vez

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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Mar 01, 2012 4:01 am

Cualquier rastro de pigmento en mi cara se esfumó a una velocidad de vértigo.

Siempre solía alegrarme ver a Silvia. Era saber que llegaba, sentir su presencia, observar esa sonrisa capaz de comerse al mundo y todo se llenaba de un nuevo brillo. Cegador y absoluto.

Jamás pensé que hubiese una excepción que confirmara la regla, pero esa ocasión se adecuaba de forma escabrosa al dicho. Mi cuerpo dio un brinco sobre la cama al tiempo que el suyo impactaba toscamente contra el suelo, con un ruido seco que me traspasó por dentro.

Me agradó que gritara. En serio. Venía a significar que estaba viva, cosa que en un principio, con pavor, había llegado a descartar.

Sentí todos mis huesos en punción un instante. Un instante antes de levantarme precipitadamente, corriendo hacia el cuerpo de mi novia, desmoronado en el suelo. Le lancé un vistazo horrorizado a Juliette.

- ¡¿Qué coño le has hecho?! –me horroricé con un timbre de histerismo, subiéndome la voz varias octavas. Sentía vibraciones sacudiéndome en el pecho cuando me arrodillé frente a Silvia, buscando su mirada perdida con la mía.- ¿Silvia? ¿Silvia, estás bien?

Apreté mis dedos, palpitantes, en sus finos brazos, sacudiéndola con suavidad hasta que logró enfocarme. Gemí, de alivio. De disgusto.

- Dios… lo siento muchísimo.

Ella estaba ahí por mí. Me negaba a seguir con ese pensamiento. Asustaban demasiado, daba fobia. Puse una mano en su maltrecha espalda, ayudando a que se incorporara con lentitud.

Entonces lo supe. Más me valdría haberme muerto ya.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Jue Mar 01, 2012 9:52 pm

Vi la clásica escena de el reencuentro con cierto aire hastiado en mi mirada. Había planeado aquella sesión hasta los límites más insospechados, y tenía que medir todos mis actos, so pena de perder el control y echar todo por tierra. De momento, más me valía quedarme en un discreto aunque palpable segundo plano, viendo como aquellos dos se reencontraban, y comenzaban a pasarse su propia angustia de uno al otro. Que disfrutaran ese momento, porque no pensaba dejarles ningún otro; el juego empezaría mucho antes de que pudieran comenzar a lamentarse de su suerte. Iban a gritar de forma inimaginable, de eso no me cabía dudas, e iba a tensar su cordura hasta que llegasen lo más cerca de la pérdida de la razón.

-No te quejarás, chico freak-repuse con suavidad en la voz-Te he traído un regalito. Soy una santa, realmente.
Me reí suavemente por mis palabras, como si mi comentario fuera algo excesivamente divertido. Yo, por lo menos, le encontraba una gracia un poco retorcida, ciertamente. Una santa por llevarle a alguien a quien iba a torturar delante de sus narices. Bueno, todo dependía del punto de vista, ¿no?. Al menos ya no iba a estar solo, iba a poder compartir su dolor con su "querida parejita". Oh, sí, prometía aquella tarde, y eso que ni siquiera había comenzado la sesión de juego.

Suspirando como si aquello no fuera más que algo rutinario, clavé mis ojos en las manos de Lucas, volviendo a hacer correr fuego por sus venas. No iba a hacer nada que a mí no se me pasase por la cabeza, y sujetar a Silvia entre sus brazos no formaba parte de mis esquemas mentales para la sesión de la jornada. Ya la podría tocar cuando ella intentase curarle las heridas que iba a infringirle, pues hoy no solo íbamos a jugar con el fuego. La sangre también sería un elemento partícipe, gracias a un retorcido plan que tenía en mente. Siempre llevaba conmigo una navaja, regalo de mi familia hacía ya años. No era un mal momento para darle uso y, de paso, adornarles a aquellos dos un poquito la cara con un par de cicatrices.

-Si eres obediente, te ahorraras dolores innecesarios-le dije a Lucas, sin dejar al fuego retirarse-O de lo contrario, ambos pagaréis.
Y para reforzar mis palabras, le propiné una fuerte patada a Silvia. De momento no iba a quemarla, aún quedaba mucho por hacer antes de llegar a esa fase.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 03, 2012 11:35 pm

Lucas acudió a recogerme a la velocidad de la luz.

Menos mal… ¡él estaba bien! ¡Aún vivía! En mi trayecto para ir hasta el lago no había dejado de preguntármelo una y otra vez… hasta se me habían ocurrido ciento y un maneras de encontrarme a mi chico muerto. Y, sinceramente, no era algo demasiado tranquilizador…

Habría preferido un encuentro algo más romántico o como mínimo, que no fuese penoso. Aquella tipa nos había atrapado a los dos y por el adelanto que me había hecho con el video, parecía que la estancia no sería excesivamente agradable…

No, estaba claro que, si no hacía algo pronto, íbamos a descubrir el verdadero significado de dolor…

Pero de momento, dentro de lo que cabe, no se estaba tan mal. Estaba en los brazos de la razón de mi vida, estábamos juntos, vivos, y angustiados. Me fue imposible no percibir una clara preocupación latente en su mirada. Quizás sería una mezcla de todo. Un revuelto de emociones contradictorias en las que yo significase para él alivio y angustia. Y dolor. Sí, probablemente a ambos nos tocaría sentirlo también en profundidad…

Aún así había que centrarse en lo bueno. Lo había encontrado y no parecía encontrarse mal… o al menos no demasiado… Era estupendo. En cuanto me la cargase, no tendríamos demasiados problemas en salir de aquel sitio…

Y no iba a tardar en hacerlo. Juliette era de lo más injusta. Ni siquiera nos dejaba intimidad con momentos como estos… ¿Por qué tenía que estropearlos?

Supongo que la respuesta era fácil. Porque era una andrófoba. Al menos era lo único que se me ocurría…

Ya estaba a punto de levantarme e irme contra ella cuando algo sucedió. Me quedé sin sujeción en la espalda y por tanto me desequilibré. Gracias a mis reflejos pude caer con los codos a toda velocidad, un punto a mi favor. Me había librado de un golpe en la cabeza.

Observé a mi novio. ¿Qué le había pasado? ¿Por qué me había hecho eso? Lucas estaba reprimiendo lo que parecía un agonizante dolor. Sufría por… ¿sus manos? Quizás… estas estaban insultantemente rojas…

¡Mierda! ¿Ya le estaba torturando? ¿Delante de mí? Quise reaccionar, lanzarme sobre ella y terminar con esto, pero me había quedado helada. Lo único que podía hacer aparte de notar cómo mi corazón se iba desquebrajando, era seguir en la misma posición, estando medio recostada con ayuda de mis codos…

-Si eres obediente, te ahorraras dolores innecesarios -le dijo, con una malvada sonrisita- O de lo contrario, ambos pagaréis.

Y dicho esto, se acercó hasta mí y no con muy buenas intenciones que digamos… Lo único que me dio tiempo a hacer fue llegar al punto de estar casi incorporada para evitar el golpe. Pero como de costumbre, no tuve suerte. A pesar de haber plantado mi mano izquierda y mi rodilla derecha en el suelo, estando dispuesta a salir por patas y después lanzarme sobre ella, no tuve tiempo. Juliette me dio una espantosa patada en el estómago, con saña. Sin escrúpulo alguno. De haber habido algún hueso en esa zona, lo habría roto, estaba segura de ello. Ni siquiera mis tristes abdominales tuvieron tiempo para contraerse en vista del ataque, me dejó KO en un segundo ¿Se podría vomitar sangre? A mí al menos me daba esa sensación…

Con esa patada, me fue imposible no soltar todo el aire gritando. Fue tal que me costó ser capaz de respirar de nuevo

Vaya par de enamorados… éramos lamentables. Uno gritando por sus manos y la otra abrazándose la tripa. ¿Acaso esos reflejos no resolverían algo? ¡Ni de coña!

Debía acabar pronto con ella. ¿Pero cómo hacerlo si en cuanto iba a incorporarme me lo hacía pagar caro?

Sin rodeos. Estábamos jodidos… y lo peor de todo es que ni siquiera sabía la razón de todo aquello.

Mi novio seguía torturado con el indiscriminado fuego recorriéndole. ¡Que lo dejase ya de una vez! ¡Iba a matarlo!

- ¡Para! –le grité agonizante ante el dolor de mi novio- ¿Qué te hemos hecho para merecer esto? –susurré intentando, en vano, no reflejar el profundo dolor que sentía. Mi mente reflejaba lo mismo que mi cuerpo: impotencia. ¿Qué más podía hacer si no estar aovillada e intentar calmar las protestas de mi estómago? No podía levantarme. Mis maltratados abdominales no me lo permitirían…


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Mar 04, 2012 12:54 am

Era una escena puramente encarnizada.

Sentía como mis venas volvían a burbujear, como si estuviera bañando ambas manos en una olla llena de agua hirviendo. Puro ácido en mi carne.

Me notaba impotente y especialmente patético. No podía hacer nada más que apretar las manos en forma de puño, contra mi pecho, intentar comerme ese prodigioso dolor sin gritar. Lo triste es que lo segundo no lo conseguí. Ardía, quemaba ascuas. La cabeza me daba vueltas y tuve que dejarlo ir.

No pude hacer nada por mi mismo, ni por Silvia. La patada que le dio Juliette me dolió más a mí que a ella, estoy seguro. Me prohibí moverme. Si lo hacía, corría el riesgo de gritar con más fuerza, de retorcerme, de llorar y suplicar.

No delante de ella.

- ¡Para! ¿Qué te hemos hecho para merecer esto? –gimió mi novia, con la voz queda por el aire que le había robado el golpe

¿Según Juliette? Simplemente haber nacido en su mismo continente. Y con poderes. Ese era nuestro único pecado.

La garganta se me empezaba a despedazar. Casi podía sentir que se me creaban ampollas internas. Y ya no sólo me martirizaba el dolor. Ahora tenía que acarrear con el de Silvia.

- ¡Basta! –acabé por sollozar, sin poder contenerme. Soy demasiado débil. Tener los párpados fuertemente apretados era la única opción plausible para que mi existencia no quedara absolutamente aplastada. El problema es que eso me hacía concentrar más en los remolinos de cuchillas candentes, cortando mis manos.- ¡Deja que se vaya! ¡Dile a Padre que me rindo! ¡Trabajaré para él, haré lo que sea! –solté un quejido desgarrado en mi garganta. Y me encogí más. No quería que Silvia me viese. Ni quería verla, tampoco- ¡Por favor! ¡Deja que ella se vaya!

Era lo único que pedía. Yo estaba necesariamente condenado, pero ¿Mi novia? Ella no tenía nada que ver con esa querella que tenía la organización en contra los Castillo. Debía vivir, debía ser libre. Por los dos.

- ¡Haré lo que sea! –gimoteé de forma suplicante. Lamentable.

Cualquier cosa, sí. Aunque sabía que decir esas palabras en tal situación era arriesgarme a pagar más de lo que podía soportar.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Dom Mar 04, 2012 6:21 am

Comenzaba la partida, o al menos a eso me veía impulsada por aquellos dos, que parecían estar representando la versión contemporánea de los Amantes de Teruel, viendo como se comportaban, como si se enfrentasen a un trágico destino. Bueno, eso no se lo iba a negar, pues enfrentarse a mí traía esas consecuencias, pero de ahí a eso... me parecía que estaban llegando a unos límites insospechados a la hora de reunirse, como si representaran un culebrón, donde yo era la mala de turno. Claro que tampoco era de sorprenderse cuando les iba a torturar en menos que canta un gallo.

Aunque, pensándolo con frialdad, ¿por qué estaba haciendo eso? ¿Por qué iba a desobedecer a Padre en aquel terreno? Sabía perfectamente que aquella "partida" no tenía ningún fin productivo, simplemente iba dirigida a producir dolor en otros. Nada más. Solo sería un dolor de cabeza para mí, una forma de perder tiempo cuando podría estar perfectamente atendiendo a otros compromisos. Pero no, allí estaba, dejando a un lado mi agenda y dándole prioridad a algo más relacionado con los niveles de satisfación de mi persona que otra cosa. Porque sabía que aquello iba dirigido a sentirme mejor, a reconocerme a pesar de todo lo que estaba pasando. A marcarme a fuego que pese a todo, seguía siendo la misma de siempre. Y no había mejor manera para comprobarlo que escuchando gritos.
¿Acaso era una sádica irremediable? Visto lo visto, tenía toda la pinta de ser alguien que gozaba con el dolor ajeno, sobre todo cuando lo producía yo. Vaya, era un caso psicológico a estudiar, ciertamente: la persona que goza con el dolor de otros. Creía que incluso había libros sobre ese tema y todo. Por haber, de todo había en este mundo cruel y despiadado.

Aunque, ¿no estaba pasando por alto algo primordial, el verdadero motivo por el que no pensaba dejar de torturar a aquellos dos? Estaba allí mismo, delante de mis narices: el amor que se profesaban, un amor que no parecía conocer barreras o preocupaciones. Un amor que, por mucho que la Tierra girase, me estaba vedado. Tal vez eran los celos los que me impulsaban a todo aquello. O tal vez simplemente la rabia por no poder tener lo que ellos poseían. Fuera lo que fuese, no estaba siendo nada justa, estaba actuando como cualquier dictador que elige de forma aleatoria lo que es correcto y lo que no. Era algo que odiaba a más no poder.

Y durante un segundo, un fugaz segundo, estuve a punto de darme la vuelta e irme sin más. Marcharme y dejarle a otro aquel problema, del cual me desentendería. Pero no pasó de ser un propósito cuando Silvia y Lucas protestaron por el hecho de que los estuviera empezando a torturar. Claro que se lo merecían, sin dudarlo. Necesitaban saber algo de mi dolor interno, experimentar la agonía que llenaba el trascurso de mis jornadas. Y yo necesitaba sacar todo mi odio, toda mi rabia, todo mi rencor, en forma de fuego. Mi mano, de forma automática, se cerró sobre la empuñadura de la navaja, oculta bajo la chaquetilla que portaba. Recordaba aquella frase de un conocido musical "They're all deserve to die!", una frase que me había repetido hasta la saciedad cuando me sentía flaquear. Porque realmente todos merecíamos morir, incluída yo.

Clavé los ojos lentamente en ellos, con toda mi rabia fluyendo a través de una simple mirada. Les odiaba. Les odiaba con todo mi ser, con todas mis fuerzas. Ellos eran la antítesis de mi vida, y por eso los detestaba. Abrirlos en canal y quemar sus entrañas sería para mí como una especie de orgasmo o similar, por el simple placer de verlos muertos. Dos problemas menos en mi vida. Dos dolores de cabeza de los que no preocuparme.
-Esto no es asunto de Padre-dije con rabia contenida-Esto es algo que va más allá de sus asuntos. No vengo aquí cumpliendo órdenes, sino porque así quiero. Es algo puramente personal-añadí, enfatizando la última palabra y aferrando con tal fuerza el mango de la navaja que sentí como mis uñas cortaban mi piel.

Sentía deseos de llorar, pero no me lo permití. Ahora era el momento de dejarles claro a aquellos dos que en este mundo nadie podía ser feliz si yo no lo era. Resultaba un poco egocéntrico, pero estaba harta de ser siempre la desgraciada de turno. Ahora quería ser la idealizada, aquella ensalzada por los demás. Ser algo más que una soprano. Por eso, con el ceño fruncido y un bajo y quedo grito de ira, lancé el fuego contra ellos, simples llamas pero llenas de voracidad. Que ardieran, me importaba un carajo que vivieran o murieran.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Miér Mar 07, 2012 7:24 am

Estaba convencida que con la patada en mi estómago y con los gritos de mi novio sería suficiente, pero al parecer no. Ella quería más. Prefería la agonía, nuestra agonía.

Fue en cuestión de milésimas de segundo la palabra dolor cobró un nuevo sentido, uno más escalofriante… Un calor extremo recorrió por mis venas, provocándome una absoluta incomprensión. ¿Qué me estaba pasando?

Luego lo entendí. Era ella. Juliette estaba controlando mi sistema circulatorio, incapacitándome. Cuando no pude soportarlo más, grité. Lucas me acompañó. De no haber sido porque me encontraba maltrecha en el suelo, habría caído.

Cerré los ojos consistentemente, aun con los brazos rodeando mi estómago. Me dolía todo mi cuerpo, partícula por partícula. Ni siquiera sabía dónde situar mis inservibles manos, toda yo ardía. Empecé a restregar mi cuerpo por medio de la fricción, únicamente por hacer algo, por no sucumbir a la locura o al coma. Lo mismo daba. Pero luego hubo un lugar en el que todo se condensó, profiriéndome pinchazos desgarradores. El corazón. ¿Sería porque ahí se situaba la mayor agrupación de sangre?

No pude pensarlo. Tenía calor, un absoluto y abrasador calor. Quería hacer algo, ir a por ella, escapar de ella, no sentir nada. Algo…

Mi única respuesta fueron el fluir de las lágrimas acompañados de lamentables llantos. Era imposible sentir algo peor que esto. Ni siquiera matando a mi madre pude encontrarme peor…

- ¡PARA! –era lo único que podía suplicar a voz en grito cuando me concentraba lo suficiente como para vocalizar.

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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Miér Mar 07, 2012 9:10 pm

off: pensad con lógica chicos, si el fuego fuera de forma normal, estaríais completamente quemados, sin pelo y llenos de cicatrices de por vida, y creo que eso no entra en vuestros planes, ¿verdad? Por eso el fuego es interno, así no deja marca.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Mar 08, 2012 4:43 am

OFF: Bueno, si una caso, si alguien tendría problemas con eso sería Silvia porque vamos a mi me toca y ni cicatriz ni nah! (bueno, lo del pelo ya te digo que quedaría poco estético XD)

Y de nuevo, ese indescriptible tumulto de hormigas carnívoras se aglomeró a través de mis arterias, devorándome. Abrasando y aumentado mi temperatura hasta el genuino delirio.

El mundo se desdibujó otra vez, dejando únicamente el rastro del dolor en mi existencia. No había cabida para nada más, todo yo giraba entorno a aquella palpitante sensación, que parecía redoblarse por instantes. O así fue hasta que recordé que, en ese cuarto, en esa celda, en medio del incendio, había otra persona que chillaba.

Sollocé con sequedad.

Silvia. No era difícil, a pesar de mis neuronas derretidas, deducir que le estaba haciendo lo mismo que a mí. Que estaba sufriendo como yo. Que la estaban quemando desde dentro.

Ocurrió justamente en el momento en que acabé por declarar internamente que no podía haber nada peor. Eso lo era. Que Silvia chillara conmigo, que llorara y sufriera lo insufrible, aumentaba en creces la sustancial congoja que suponía el juego de “torturar al freak hasta la muere”.

Y la parte todavía consciente de mí, se negó a consentirlo. No podía dejar que alguien tan increíble como ella pagara el precio de haber traicionado una organización de la que, hace poco, ni tenía constancia de su existencia.

Por encima de mi cadáver.

Era de esperar que aquello pudiera convertirse en algo más que una frase hecha.

Mi garganta no soportaba la presión de mis gritos desgarrados, pero, de alguna forma, pude vocalizar palabras entendibles.

- ¡Para! ¡Para Juliette! ¡Déjala en paz! ¡O te juro que lo contaré todo! ¡Juro que lo haré! ¡BASTA! –me retorcí, convulsionando. El último chillido me salió ronco de sufrimiento- ¡Le diré lo de tu novio a “Padre”! ¡Me da igual lo que puedas hacerme! ¡No me importa!


Desde luego, eso no era cierto.

Sólo que el bienestar de Silvia, me importaba incluso más que evitar el designio eternal del fuego, lamiendo mi carne. Sabía que había ido a por su talón de aquiles, que eso me condenaría, pero iba a estarlo de todas formas. Tenía la esperanza de que ese tío significara para ella tanto como lo hacía mi novia para mí. Que amenazarla con gritar un nombre fuera suficiente para no hacernos estallar en llamas. O que si lo hacía, fuese solo a mí.

Necesitaba que Silvia estuviera a salvo. Era lo único que pedía.

Eso y dejar de hundirme en medio de un mar de roca fundida, brindándome el más doloroso de los abrazos.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Jue Mar 08, 2012 9:25 pm

Sentía el fluir de aquel ígneo elemento desde mi interior, librándome un poco de su constante y abrasadora presencia para ir a por otros. Había personas que siempre presumían de tener la "sangre de fuego", pero siempre lo miraban desde un prisma de exagerado positivismo, como si fuera una bendición el tener magma corriendo por las venas. Y lo cierto es que no era tan agradable como lo pintaban; tener que ir siempre con cuidado, midiendo tus gestos para evitar quemar a alguien, no era lo más divertido, ni por asomo. Tener la sangre de fuego era una preocupación extra a las que ya de por sí traía la vida, y no eran pocas. Se podría decir que más que ayudar, daba problemas, y a mansalvas. En más de una ocasión había hecho daño a aquellos a quienes una vez amé.

Puede que por eso me gustaba torturar. Era una manera de hacer que esa esencia de mi persona saliera de mí e importunase a otros en esos momentos que no fuera yo. Los gritos que aquel par estaba soltado era por experimentar la misma temperatura que yo tenía en mis venas todos los días, aunque a mí no me provocaban esos efectos tan devastadores que veía en ellos; o eso o que estaba habituada a sentirme ardiendo día sí y día tambien. Puede que aquellos dos se acostumbraran a sentir el fuego en su interior si seguía mucho tiempo aguijoneándolos, pero seguramente no resistirían el embite del elemento. Nadie lo había conseguido nunca, salvo yo, aunque eso venía determinado por las estrellas que me marcaron desde mi nacimiento.

Aunque, ¿por qué se me concedió a mí ese poder sobre ese elemento? Podría haber poseído la hidroquinesis, un don que no me habría hecho dañar a la gente por un simple despiste. O la eoloquinesis; habría sido divertido usar el aire para volar o encaramarme a lo alto de la Puerta de Brandemburgo para asustar a los turistas. O incluso la geoquinesis podría llegar a ser de utilidad, aunque en esos momentos me costaba encontrársela. Pero no, a la menda le había tocado la piroquinesis, el dominio del elemento más destructivo de todos. Una maldición, cuando fui consciente de ello, aunque no podía negar que me había resultado útil a más no poder. Me había acostumbrado a él, por decirlo de algún modo, y lo cierto es que me costaba imaginarme ahora dominando otro elemento que no fuera el fuego. Cosas de la adaptación humana, supongo.

Dejé escapar una leve risita, pero carente de alegría. Me reía simplemente de alivio, de liberación, por denominarlo de alguna manera. A veces soportar la tensión causada por el constante control de mi cuerpo llegaba a ser estresante a más no poder. Ver a aquella parejita empalagosa rodando por el frío suelo, pidiendo misericordia, me agradó más de lo que le habría gustado a una persona en sus cabales. Sí, definitivamente estaba algo loca, aunque se decía que las mejores personas lo estaban. Claro que yo tampoco era precisamente un modelo de bondad o similar. Más bien consideraba que era una guerrera que participaba en la batalla que era el día a día en el mundo.

Pero de una forma o de otra, era una especie de subidón lo que estaba sintiendo. O lo era hasta que a Lucas no se le ocurrió nada mejor que sacar el tema de Ben, haciendo que me convirtiera en segundos en una estatua de sal. Sabía que había cámaras o micros, por lo menos, y aquellas palabras acusadoras habían quedado grabadas de alguna manera. Se me vino a la cabeza una imagen en la que Padre me mandaba ir a por Ben, y luego otra en la que este era increpado para unirse a nosotros. Creía recordar con gran nitidez que me había prometido a mí misma que le iba a mantener al margen de todo este fregado, con la esperanza de que no se viera inmiscuído en esta batalla sin cuartel que se había desatado.
Aquellas imágenes hicieron que le dedicara a Lucas una mirada llena del más puro y visceral odio, mientras que mi mano sacaba definitivamente la elegante navaja de debajo de mi chaleco. Se había pasado dos pueblos con esa amenaza, y no pensaba dejar que se fuera de rositas.

Así pues, me acerqué a la chica, apoyé casi con delicadeza el filo de la hoja sobre su mejilla, y con un rápido gesto, hice que el acero mordiera su piel y se tiñera de carmesí. Una "bonita" marca para el resto de sus días, por obsequio de los alemanes, se podría denominar a la línea roja que ahora corría por su mejilla izquierda.
-Vuelve a pronunciar una amenaza contra mí, y el próximo corte será en su cuello-dije con frialdad y calma, como si no me viera en absoluto molesta. Era necesario fingir, ciertamente-A Padre no le interesa en lo más mínimo los menesteres de mi vida privada, aunque será mejor que te lo grabe a fuego, ¿lo captas?
Acerqué mi mano a su torso, haciéndola llamear, como si fuera una verdadera bola de fuego, para luego subirle la camisa de un brusco tirón y apoyar la extremidad sobre su piel.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Lun Mar 12, 2012 10:05 am

Ni siquiera con amenazas se la podía detener. Quería arrasar con nuestra felicidad, con nuestra vida. Le importábamos una mierda y no se esforzaba por ocultarlo, es más, quería demostrar lo poco que significábamos para ella.

En época de Hitler, ella habría sido la dictadora y nosotros los llamados “musulmanes” según la jerga nazi. Nos habíamos convertido en unos parias.

Me entró pavor cuando, hostil, se acercó hasta mí sin ningún atisbo de duda por su parte. Yo era todo lo contrario. Seguía en el suelo, tirada como una pordiosera y todavía débil por sus muestras de “cariño”. No me sentía preparada para otra tanda… No lo soportaría…

Y así, de pronto, un horrible dolor se concentró en mi mejilla izquierda. No pude siquiera gritar ante tal sorpresa. En vez de eso, aturdida, me llevé una mano a la zona más afectada recientemente.

Protesté por el escozor palpitante nada más sentirme. Me miré la mano. Había sangre…

No pude evitarlo, mi cara se traumatizó más cuando, interrogante, dirigí mi vista a su insensible mirada carmesí. La esquivé nada más observarla, dirigiéndola a mi asustado novio.

¿Por qué? ¿Por qué quiere destrozar mi rostro? Y más aún… ¿Por qué quiere acabar con mi vida de esa forma? ¿¡Degollándome!? ¿Ni siquiera la eutanasia le parecía un método de lo más eficaz?

Miles de lágrimas aterrorizadas surcaron por mis mejillas…

Una pesadilla. Esto solo podía ser eso… un espantoso sueño. Una persona no puede albergar tanto odio contra un par de desconocidos… Es imposible…

¿Verdad?

Empecé a imaginar cómo litros y litros de vida resbalarían por el suelo. La esperanza se estaba escapando por el váter…

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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Mar 13, 2012 4:51 am

El color rubí me inundó la vista.

Rojo, escarlata, carmesí…

En la cara de Silvia, chorreante y espeso, brotando de un línea transversal que surcaba su mejilla y que parecía que se me iba a tragar de vivo en vivo por el espanto.

En los ojos de Juliette, que se clavaron en mí antes de dejarme reaccionar, congelándome en mi posición desvalida.

En su mano, cubierta por una llamarada espontánea que estaba seguro que no llegaría a consumirla.

Fue muy rápida. Demasiado.

Me subió la camisa de forma violenta, como si me la fuese a despedazar, y tuve otro encontronazo con el dolor, incluso antes de poner notar el calor del fuego acercándose a mí. La pálida mano de la pirómana, con la consistencia del hierro candente que usan para marcar ganado, se aposentó contra mi abdomen.

Recuerdo soltar un alarido, agudo, estridente. Lo que había sentido recorrer mis venas, desde dentro, ahora se filtraba de forma insufrible en mi piel. Quemaba y arrasaba con mis átomos hasta derretirlos. Causaba un suplicio inflexible.

Me debatí, dando frenéticas patadas, retorciéndome y pegando chillidos, hasta que de algún modo, no sé cómo, conseguía apartarme lo suficiente de ella, rodando por el suelo. Lo bastante para que ácido en mi barriga dejara de hervir.

- ¡Agh! ¡Dios! –creo que me oí sollozar algo así.- ¡Joder!

Intentar contraer el estómago para incorporarme fue una idea muy mala. La peor que había tenido. Aullé de forma lamentable, dejándome caer, despedazado, agotado. Al fin y al cabo, era mi única vía de escape. Gritar y llorar.

Comprendí que no ponerme una sudadera ese día había sido otra ocurrencia pésima. La ropa ancha me habría hecho bien en esa ocasión, lo supe en cuanto vi la extraña forma que se había dibujado por encima mi ombligo. Una extensión de carne achicharrada, falta de piel, vomitivo color cereza que se rodeaba de un contorno calcinadamente negro, con la curiosa forma que había dejado la huella de la mano de Juliette. La primera capa de epidermis había sido aniquilada, puede que la segunda también. La sola imagen me hacía venir nauseas. O quizás es que estuviese mareado por el intolerable escozor.

No me atreví a volver a bajar mi camisa por miedo al simple contacto con la tela…solo el aire ya actuaba como cuchilla. Como el mismo filo que había cortado la cara de Silvia. Con las convulsiones involuntarias que me daba el llanto y la totalidad de ese calvario impreso en la poca carne de mi barriga, me costó de la cuenta hablar, o arrastrarme hacia ella.

- Lo siento –gemí desolado, reclinándome sobre el codo. Nuevos pinchazos acudieron a mi estómago. Hice una mueca- Te ha cogido por mi culpa… lo siento.

Aún y con la capa lacrimógena que cubría mis ojos y taponaba mi respiración, lo que más destacaba en ella, era de nuevo el rubí.

Rojo, escarlata, carmesí…

Le limpié el espantoso cúmulo de sangre que rodaba por su mandíbula, con una manga de mi camisa. Era un sacrilegio. Había destrozado el perfecto rostro de Silvia y yo ni siquiera… ni siquiera había intentado impedirlo. Ni siquiera tuve esa oportunidad.

- ¿Qué puedo hacer para que esto se acabe? –rogué en dirección a Juliette.

Dolía en todos los sentidos.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Miér Mar 14, 2012 8:54 pm

Sentía el aire entrar y salir de mis pulmones entre mis dientes apretados con fuerza, como si de una presa se tratasen. Inhalaba, expiraba, inhalaba, expiraba... siguiendo un ritmo regular, cadencioso, con el objetivo de mantenerme serena y no ser pasto de mis sentimientos. Sabía que, de ocurrir semejante cosa, iba a acabar matándolos muy pronto, casi sin que les diera tiempo a darse cuenta de que iba con claras intenciones homicidas. Mientras siguiera esforzándome por no perder mi poco auto-control no caería en la tentación de terminar con la vida de aquellos dos miserables. Aunque pensándolo bien, matarlos sería un acto de suprema bondad, ciertamente. Les ahorraría todo el dolor y el sufrimiento que yo misma les estaba causando, les quitaría mucha tortura de encima. Visto así, parecía la salida más humana que pudiera darles. Pero desgraciadamente, mi propio odio contra ellos me nublaba la mente y hacía que esa idea fuera prácticamente descartada. Si los mataba, además de tener algún rifirrafe con Padre, iba a quedarme con las ganas de hacerlos sufrir hasta el límite. No pensaba dejar que se fueran de rositas.

Noté como el olor ácido de la sangre mordía mi nariz, casi con sutileza. No era un olor que me desagradase, más bien todo lo contrario, me resultaba un tanto... atrayente. Nunca había llegado tan lejos como para beber sangre humana, ni estaba tan loca como para pretender semejante estupidez, pues sabía con certeza que no era un vampiro salido de una novela victoriana. Pero que no pensase hacerlo no quería decir que no me regodease con aquel aroma con leves notas de óxido. Definitivamente, estaba un poco zumbada, viendo mis reacciones. O eso, o estaba poseída. Sería gracioso, ¿no? El Exorcista II, con Juliette Müller en el papel de la posesa. Vale, tenía que dejar de leer libros de terror.

Dejando de lado mis preferencias literarias y odoríferas, me giré hacia Lucas, que me miraba con la desesperación pintada en el rostro. Conocía bien ese condenado sentimiento, se podría decir que demasiado. Su rostro solo era una milésima parte de angustiante que el mío en algunos casos. Comprendía perfectamente su agonía interna, el dolor que estaba padeciendo. Había sido lo suficientemente desalmada como para sumar al dolor físico el dolor sentimental al ver a la persona apreciada retorcerse de dolor, con la cara ensangrentada. Eso me hizo cavilar para mis adentros; pues ¿acaso no era más propio de los nazis que de otra gente aquello que estaba haciendo? Vaya, para que luego digan que los alemanes éramos todo sonrisas y servicios. Vivir para ver...

El chico me gritó, con la voz cascada, preguntándome por un final a aquel juego infernal. Lo gracioso es que el final que él buscaba era precisamente la salida que yo iba a intentar mantener cerrada el máximo tiempo posible, es decir, el fallecimiento. Visto lo visto, parecía que el único modo que iban a encontrar como válvula de escape sería la pérdida de la cordura. Sería gracioso tener que enfrentarse a un par de locos, ciertamente. Serían mucho más manejables que cualquiera de los niños de Padre. Quien sabe, a lo mejor en un futuro me hacía con mi propio ejército de chalados y dominaba el mundo, aunque más bien sería un gigantesco manicomio.
-Nada-contesté con calma, acercándome a él con deliberada lentitud-Esto no ha hecho más que empezar. No iba a llegar a métodos tan cruentos por ahora, pero tu intento de chivatazo no me ha dejado otra opción. A los chivatos hay que silenciarlos, pero antes tienen que aprender a no ser tan propensos a revelar información.

Y dicho esto, con una risa leve, me acerqué a Silvia, del mismo modo que antes me acerqué a Lucas, con una mano llameando como si sostuviera una rara variedad de antorcha, la cual posé sobre su tobillo, aferrando la articulación con fuerza con mis dedos.
-Esto os enseñará a los dos a no iros tan rápido de la lengua-mascullé.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Jue Mar 15, 2012 11:08 am

Lucas se acercó hasta mí como pudo, prácticamente agonizante, angustiado por mí.

No merecía su perdón. Yo era la responsable de esta situación. Tendría que haber seguido los consejos de Anne y, quizás, habría conseguido matarla con ayuda… pero no. Era imposible, ya no había esperanza.

A pesar de todo, él estaba ahí, cuidándome. Me quitó restos de mi nueva herida con su manga. ¿Por qué lo hacía? ¿No era consciente de que podía curarlo? ¿Por qué quería sufrir de aquella forma? Lo único bueno que tenía que estuviese yo ahí era que él no tenía por qué sufrir…

- ¿Qué puedo hacer para que esto se acabe? –preguntó con una horrible voz. Pronto me uniría a él, sabía que mi garganta pronto empezaría a fallarme ante tanto grito.

-Nada –era fría, malvada. La odiaba con toda mi alma.

Algún día la mataría. Aún no sabía cómo, pero haría lo posible por cumplir mi deseo.

Si no me torturaba ahora hasta la muerte, por supuesto.

Tras su discursillo “didáctico”, quiso recordarme lo insignificante que yo era para ella al dirigirse en mi dirección, su mirada era casi aniquilidora.

Tragué saliva, sintiendo cómo la sangre dejaba de escaparse por mi cara para verse incapaz de llegar a mi cabeza. Solo tenía una idea clara en todo esto:

¡Oh, oh!

De pronto, su mano empezó a llamear con ahínco. Mi miedo aumentó y como consecuencia mis lágrimas también. Sabía qué me iba a pasar y me negaba a aceptarlo. Aun estando hecha una mierda, empecé a reptar por el suelo, desprendiendo gruñidos desesperados. Mi abdomen seguía afectado y mi cuerpo no estaba para muchos trotes…

Me fue imposible no retrasar en exceso lo inevitable. Ella estaba sin ningún esfuerzo a mi lado. Ya no supe si mi mente me jugaba malas pasadas escuchando su risita retorcida pero aquello me acongojó más. Ya era definitivo, mi castigo por algo que todavía no sabía qué había hecho me había llegado.

Lo noté cuando un brasas agarraron mi tobillo derecho. Chillé agonizante. Estaba boca abajo y mis lastimosas defensas aún eran más débiles. Me sacudí como pude. Ni siquiera me importaban las quejas de mi estómago. Esto era peor. Ella no parecía que quisiese soltarme… y yo era incapaz de quitármela de en medio.

El dolor era tan brutal que ni siquiera pude vocalizar para que me soltase…

Lloré desde lo más profundo de mi corazón. Quise ver a Lucas, ver que él me apoyaba pero tampoco podía. Mis lágrimas me impedían la visión.

Luego me soltó cuando acabó con su palabrería. ¡Al fin me había liberado! Aunque no supe si fue bruscamente o no. Yo ya no era dueña de mi cuerpo. Fui consciente de ese dato cuando, sin darme cuenta, me encontré aovillada, intentando proteger en vano mi chamuscado tobillo.

Solo fue entonces cuando tuve mi primer pensamiento no egocéntrico: Lucas también sentía aquello. Me quité las lágrimas con mi guante, sorprendiéndome de encontrar la tela de un color gris con manchas rojizas y totalmente húmedas. Me desprendí como pude de ellos. No me harían falta. Sabía que mi poder esta vez impartiría justicia.

Sanaría a Lucas y a Juliette la mataría. No tenía ni idea de cómo, pero algo haría al respecto.

O al menos eso quería…

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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Mar 16, 2012 5:18 am

Juliette era… como la sal en la tierra. Arrasaba con todo desde sus raíces.

Aquello no paraba, no. Se duplicaba justo cuando creía que llegaría a mi tope, desbloqueando nuevos niveles de sufrimiento. Tenía unos lindes que superaban con creces a lo que yo creía que podía soportar. Me pregunté cuál sería mi límite.

- ¡Silvia! –me alarmé. Y lo habría gritado más fuerte… si tuviese voz o fuerzas, o voluntad. Pero el entumecimiento en mi garganta lo ocupaba todo.

Mi novia estaba que daba pena. De verdad. Solo era sangre y sudor.

La estaban rompiendo, poco a poco, delante de mis narices. Y mi cuerpo estaba tan doblegado al dolor que me impedía hacer nada al respecto. Conseguí llegar a su vera, a pesar de que sentía mi estómago al punto de fusión.

- Dios… espera, deja que…-no sabía que estaba intentando. Avaluar la gravedad de su herida, quizás, pero me iba a ser imposible con mis manos en continua vibración. Menuda mierda.

Le ayude a incorporarse hasta quedar a mi altura.

La miré. Me miró.

Y me vi expuesto ante la hondura de sus pupilas. Eran más brillantes que de costumbre gracias a las lágrimas que trazaban una mezcla licuada de sangre y agua goteando por su cara. Gemí.

No pude retrasarlo más. Ni física ni emocionalmente estaba preparado para seguir aguantando. Rápido, incliné mi tronco hacia ella, rompiendo la espantosa distancia entre nuestros labios. Un beso que parecía una especie de pacto de sangre, lágrimas y saliva. Todo en uno.

Durante ese momento, olvidé incluso que Juliette estuviera delante. El sabor de Silvia, metalizado por la sangre, consiguió provocarme alzheimer prematuro Y se lo agradecí tanto…

La abracé sin contener el ansia en cuanto la quemadura en mi barriga empezó a remitir, alimentándome de su aliento para poder seguir vivo. Sus manos, desnudas, acariciaron con pulcritud mis mejillas antes de bajar a mi pecho, escuchándome latir con paulatina fuerza. El dolor dejó de existir.

Ella podía conseguir cosas increíbles, como hacerme sentir bien en el infierno, por ejemplo. Pero yo no podía devolverle el favor. Era muy frustrante… Descorazonado, deslicé las yemas de los dedos por su cuello, las hundí en la raíz de su caballera, apretándola contra mí hasta no saber respirar.

Hasta que pasaron los malditos diez segundos y me tuve que apartar. Bueno, en realidad, Silvia me tuvo que apartar. Como siempre. La única diferencia es que esa vez, me dio más rabia de la que solía darme. Porque yo ya no sentía esos alfilerazos que te robaban el sentido. Yo ya no... pero mi novia sí.

Esa zorra alemana me las iba a pagar todas juntas.

Dicen que el dolor te hace aprender, te educa, te vuelve más sabio, más sensato. En mi caso, era todo lo contrario. Se me había ido la pinza… tienes que estar ido si de verdad piensas enfrontarte a Juliette.

La adrenalina me arrastró hacia ella, poniéndome de pie de un salto. Estaba sano. No me dolía nada. No sentía nada. Solo odio, bien aplastado entre mis pulmones.

- ¡¿Quién coño te has creído que eres?! ¿Eh? –rugí, colérico. Le di un violento empujón a nuestra captora. Con todas mis fuerzas ¿Desde cuándo esa arrojo en mí? ¿Y esa insensatez? Tenía mi parte racional nublada - ¡No tienes ningún derecho a hacer esto! ¡Ninguno! ¡No vuelvas a acercarte a ella!

Volví a empujarla. Me sentía un punto suicida.

En ese instante, ni recordaba todo lo que podía llegar a hacerme. Me la sudaba completamente porque, por primera vez en mi vida, las ganas que tenía de partirle la cara a alguien eran inversamente proporcionales al miedo.

Éste no existía.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Vie Mar 16, 2012 9:24 pm

Miraba a aquellos dos con gesto ausente, casi perdido, como si no fuera más que una muñeca de porcelana carente de vida, de existencia, de pensamientos, de voluntad... y lo peor de todo, de sentimientos. Puede sonar un poco estrafalario el poder decir que no sentía nada en esos momentos en los que ante mis ojos se estaba desarrollando una escena que a todo el mundo medianamente cuerdo debía tocarle la fibra sensible, o al menos, rozársela. Pero yo no sentía nada de aquello, ni siquiera me apenaba ver a aquellos dos peleando por sobrevivir mientras que yo hacía todo lo inhumano para obligarles a seguirse arrastrando cuan gusanos rastreros y miserables.

Lo peor de todo no era que no sintiera nada, sino el hecho de que sentía algo, pero no lo apropiado. Era imposible que tal imagen pudiera llenarme de odio hasta límites insospechados, hacer que mi estómago se viera lleno de bilis y no deseara hacer otra cosa que romperles el cuello con mis propias manos a aquel par, hasta escuchar como aullaban de dolor y se morían entre mis manos. Los mataría una y mil veces, y no me sentiría mal por ello, ni por asomo.
Pero, ¿realmente conocía la fuente de todo ese odio? Creía conocerla, al menos, pero no estaba completamente segura de ello. Me aferraba con uñas y dientes al hecho de que fueran dueños de su destino, o al menos más de lo que yo podía serlo. Pero eso no era una excusa lo suficientemente fuere como para explicar mi deseo de torturarlos una y otra vez, sin cansarme. Debía haber algo más, algo que se me escapaba, pero que seguramente resolvía el enigma de mi odio visceral para aquellos dos. Sería la pieza perdida de mi rompecabezas mental que acabase por componer la verdadera imagen de aquel sentimiento tan visceral.

Perdida en mis cavilaciones, no me percaté del breve intercambio de palabras que hubo entre los dos, hasta que vi como Lucas posaba sus labios con cuidado sobre los de ella. Y entonces, la pieza perdida, resultó ser hallada.
Comprendí por completo el motivo de mi odio por ellos, la razón por la que siempre deseaba verlos sufrir. Ellos poseían algo que yo siempre había deseado, pero que jamás había podido tener. El poder querer a alguien sin temor a que te pase algo por tener ese sentimiento.
Vinieron a mi memoria todas las veces que yo había rechazado la compañía de alguien por temor a hacerle daño. Podían contarse a miles las ocasiones en las que me había visto completamente sola, sin compañía por voluntad propia. Había comprendido que mi destino era ese, el vivir al margen del desarrollo normal de la vida, debido a que había sido marcada con un don que me hacía ser especialmente destructiva.
Lo cierto es que me había resignado, me había habituado a ello, sacrificando de paso mis sentimientos para no volverme loca. Y ahora tenía que ver como aquella parejita de turno se morreaba delante de mis narices... no es que me sentase especialmente bien. Me sentí terriblemente sola, más que en cualquier ocasión previa. Y la soledad me asustó. No quería esta vida, ni me gustaba ser quien era. En esos momentos daría mi alma con el objetivo de haber tenido una existencia normal, de no haber sido más que una jovencita que soñaba con estudiar canto. Nada de fuego, ni de habilidades extraordinarias. Ser simplemente un ser humano más, del montón, sin nada especialmente distintivo, salvo la voz, claro está.

Sentí deseos de gritar, de elevar mis manos al cielo y clamar misericordia. De pedir a voces una vida mejor a la vivida, de poder dejar de ser un ente especialmente destructivo. De dejar de llevar el pesado fardo que desde que nací me asignaron.
Pero solo lo sentí, no dejé a mi cerebro que ejecutara semejante acción de supina debilidad. No quería dejar que aquellos dos me vieran en mi máximo exponente de debilidad, ni siquiera por asomo. Habría sido tremendamente denigrante.

Mas no esperaba que aquel beso fuera a ir con segundas intenciones. Ahí había sido una idiota al no tener en cuenta la opción que había sido la correcta: Silvia, de alguna forma o de otra, había conseguido curar a Lucas. Eso ya me ponía sobre aviso de que era mejor no dejar que me tocara, o de lo contrario algo podría hacerme. Recordaba como una vez me amenazó con asesinarme simplemente con tocarme. De ahora en adelante iba a tener siempre un ojo puesto sobre ella, para cortar en seco sus posibles tentativas de homicidio.
Aunque debería haber vigilado también a Lucas. No esperaba que fuera a osar levantarse y empujarme, como si yo no fuera más que un simple fardo de arroz que empujase ladera abajo de una montaña. Noté como yo misma soltaba un rugido de rabia al escuchar el tono en que me hablaba, y de forma puramente instintiva, le arreé una bofetada, sin molestarme siquiera en manipular mi temperatura corporal. Había sido un acto de defensa puramente.
-Lass mich in Ruhe, du Idiot!-exclamé en alemán, sin recordar que ellos no entendían mi idioma materno. Estaba tan furiosa que notaba como el autocontrol que siempre me imponía, se iba a tomar viento. Si Silvia había curado a Lucas, quería decir que podía pasarme más aún con él, pues volvía a estar en perfecto estado. Por eso, con una mueca de puro odio, clavé mis ojos en los suyos, manipulando de nuevo sus venas como solía hacer tan a menudo últimamente. Pero ahora no me concentraba en una porción de su cuerpo, sino en toda su anatomía. Que sufriera, que gritara, me importaba un bledo. Incluso que se muriera si quería, pero aquella pequeña porción de piedad que yo siempre tenía, acababa de desaparecer.

-¡Tengo todo el derecho del mundo a hacerlo, pedazo de idiota! ¿Sabes lo que es estar siempre sola? ¿Conoces la agonía que supone el saber que nunca, pase lo que pase, podrán apreciarte? ¡No, claro que no! ¡Solo eres un niñato malcriado, igual que tu estúpida novia, que vivís en un mundo excesivamente bonito a vuestros ojos, sin ser conscientes de que hay personas que nos las vemos y las deseamos para no caer en la locura! ¿Sabes cuantos años he estado aislada de los demás? ¿Cuantas veces he anhelado un mínimo contacto humano? ¡¿Cuántas noches he tenido que abandonar el lecho pues sentía como la soledad me ahogaba, eh?! Llevo toda mi vida soñando con ser diferente, odiándome por todo lo que soy. ¡Y lo peor es que sigo estando sola, y sola bajaré al infierno!

Le contaba todo aquello porque había tomado una decisión: ambos iban a morir allí mismo, así que no importaba que les confesase mis peores fantasmas. ¿A quien se los iban a contar? ¿A sus vecinos de tumba?

TRADUCCIÓN: Déjame en paz, idiota.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Dom Mar 18, 2012 1:52 am

- ¡¿Quién coño te has creído que eres?! ¿Eh? –Furioso, la empujó con gran violencia

- ¡Lucas, no! –mi miedo era palpable sin apenas esfuerzo, aunque quizás mis cuerdas vocales carecieron de fuerza…

- ¡No tienes ningún derecho a hacer esto! ¡Ninguno! ¡No vuelvas a acercarte a ella!

Ya está… iba a ser nuestro fin… seguro.

Aquella mujer era diabólica, insensible, cruel. Y seguro que rencorosa. Nuestro fin se aproximaba…

Como reacción, Juliette le soltó una torta de fuego. Me dolió hasta a mí.

Intenté acercarme de alguna forma hasta mi gran amor, pero la herida de mi tobillo me obligaba a estarme quietecita…

Pero eso no significaba que ellos lo estuviesen… tras insultarle en alemán, decidió que la mejor tortura como castigo a su valentía sería que la sangre de su interior se deslizase hirviendo a través de sus venas…

El pobre Lucas cayó al suelo como un simple muñeco sin fuerza. ¡Estaba agonizando!

Tenía que hacer algo.

Reptando con todas las secuelas de las últimas horas, conseguí aproximarme poco a poco hasta él. Debía aligerarle el dolor sufrido por aquella nazi.

Pero mientras, ella estaba… ¿Abriéndose a nosotros? Me entró una rabia incontenible, me nubló el sentido común.

-Tú no sabes nada –contesté con odio, sin dejar de arrastrarme por el suelo.- Yo sé lo que es tener una mierda de vida. Mis padres están muertos, he matado a mi perro ¡y él! –le señalé levemente con el dedo índice. Era de lo más patética- es el único que está conmigo.

Al fin lo conseguí, pude tocarle la mano. Esperaba que con ese acto la tortura impuesta por la sanguinaria se mitigase… sería lo único que podría hacer por él…

- Te quiero –le susurré ignorándola. Esperaba que a pesar del tormento al que estaba siendo sometido, pudiese escuchar mi declaración…

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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Mar 18, 2012 6:31 am

Estaba siendo víctima, testigo y juez de una batalla que podría ser bíblica. Un duelo titánico cuyo campo de batalla era mi propio cuerpo, vencido ante fuerzas superiores a mí.

Los poderes de Juliette contra los de Silvia.

Fuego contra curación. Vida versus muerte.

Podía sentir, con bastante claridad, el flujo de sus poderes entrelazándose en mi interior, disputándose entre ellos el control. Era curioso sentir como se complementaban entre sí, anulándose mutuamente, conviviendo, destruyendo mi entero ser.

Uno arrasaba con mis venas, dejándome la huella de un daño insufrible, el otro lo regeneraba todo, en un ciclo que no parecía tener ni principio ni fin. Estaba atrapado.

El poder de Silvia era muy capaz de sanarme, pero eso no ayudaba, porque de forma inmediata, las llamas incandescentes de Juliette se cargaban por completo la reconstrucción de mis células. Era un círculo vicioso, del cual no podía huir. Esta vez, la intervención de mi novia ni siquiera me permitía perder la conciencia como vía de escape.

Supongo que también me salvaba de morir, porque la pirómana había dispuesto esta vez tanta saña en su empeño por acabar con mi espíritu, que algo en mí presentía que justamente eso habría conseguido en un tiempo récord de no ser por su milagroso tacto.

Sentía en los oídos restallaban el sonido de las brasas agolpadas por mis venas. Todo mi cuerpo convulsionaba desde cada latido, cada respiración, cada suplicio. Apreté la mandíbula, abnegado a no gritar. No cuando notaba como la mano de Silvia me apretaba con trémula firmeza.

- Te quiero.

Había estado tan centrado en mi propio cataclismo, en retener todo ese mar ingesto de lava que me quemaba una y otra y otra sin permitirme morir, que tardé en asimilar de dónde salían esas palabras, quién las habría dicho. La frase me pretendía infundir fuerzas y eso hizo... hasta que llegó un punto en el que me superó. Todo. Estoy seguro de que la respuesta que le di, no era para nada la que se estaba esperando.

- ¡Mátame! ¡Por favor, Silvia! –sollocé secamente. Apreté con fuerza su mano, intentando descargarme de algún modo. Una vez abierta la boca, los gritos agónicos fueron imparables. - ¡Mátame ya! ¡Acaba con esto! ¡No puedo más! ¡Por favor! ¡Por favor!

Necesitaba que hiciera eso por mí. Ella me quería. Ella era mi salvación. Podía hacerlo, de una forma tan rápida que ni sería consciente de ello.

Creo que a partir de entonces, todo fue una nube de incoherencias suplicantes. Yo me aferraba a una mano, sentía sus caricias, mi propio llanto (o el suyo, no sé) y todo acababa sucumbiendo a un vórtice mareante. Nada tenía sentido. No existía nada del mundo que compensara seguir con aquello.

Respiraba fuego, queroseno. Gritaba con una voz que ya no era la mía. No sabía que mierda estaba diciendo, ni lo que ocurría a mi alrededor.

Era vital que Silvia me liberara de aquello, por muy egoísta que suene. No sentía fuerzas para seguir latiendo por ella. Ni por nadie.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Dom Mar 18, 2012 7:37 am

No me sentía para nada realizada, ni por mucho que esforzase la sensación de ser la causante de su dolor.

Era extraño que me sintiera así, cuando siempre había venido siendo una actividad que me llenaba de placer, como si se tratase de un orgasmo o similar. Pero ahora asistía con total impasibilidad a la tortura total de una persona, lo cual ni me impresionaba un ápice. Era demasiado anormal en mí misma, lo cual ta me alarmaba. Pues, si siempre he venido saliéndome del molde, en cada uno de mis actos, si cualquier gesto me parecía extraño a mí, ¿cómo sería realmente?

Tuve que retraerme a mi interior, a mi subconsciente más profundo, para comprender, para entender que marchaba mal en mí. Encajar las piezas de mi carencia, de mi fallo, de comprender el motivo por el que no era completamente humana. Y fue Silvia la que me dio la pista necesaria para encontrarlo. Fue su comentario tan desesperado por la rabia, por el dolor al que yo misma la estaba sometiendo, lo que me hizo ser consciente del factor que todos los demás poseían, pero que a mí me carecía. Aquello que me hacía ser un monstruo, que me hacía desear la muerte de todos, puesto que yo, en lo referido a mi alma, ya estaba completamente muerta y mustia, como una flor que cae bajo el fulminante calor de la canícula.

Ella había matado a sus seres queridos. Vale, yo había quemado a mi madre. Ella había asesinado a su perro. Mi conejo acabó igual que si hubiera caído en medio de una barbacoa. Hasta ahí ambas habíamos tenido una existencia miserable.
Pero ahora venía el pequeño detalle que ella tenía, y que a mí me faltaba. Su última palabra había sido determinante. Todo lo que tenía.... pero ya tenia algo, por nimio que fuese. Ya tenía a alguien que la consolase cuando los fantasmas del pasado volvieran. Ya tenía a alguien que la arroparía por las noches, cuando las pesadillas volvieran, amparadas en la oscuridad de la falta del astro rey. Ese todo que ella decía tener en Lucas era aquello que nunca había tenido para mí. La otra mitad de tu ser que encajase contigo y que te completase, como si fuera la mitad de uno de esos colgantes que se unían y que compartían los amigos y similar.

En resumidas cuentas, que no se iba a encontrar nunca más en la angustia de la soledad. Algo a lo que yo no podría escapar. Porque, ¿quién iba a amarme? ¿Quién iba a apreciarme lo suficiente, sabiendo lo que yo era capaz de hacer? La respuesta era más que sencilla: nadie. Sola había vivido, y sola moriría, como una alimaña putrefacta, que se arrastra por el sotobosque, con la esperanza de poder medrar. No, ni siquiera como tal... porque incluso una alimaña podía encontrar una pareja. Yo no. ¿Por qué? Porque era incapaz de amar. Porque no tenía sentimientos. Porque era un puto ser desalmado, que era incapaz de sentir otra cosa que no fuera odio, ira y rabia. Nada más que eso. Daba pena, totalmente, por mucho que yo me hiciera ver ante mis propios ojos como una heroína cruel en un mundo déspota. Lo cierto era lo cierto, por mucho que yo lo maquillase de jodido heroísmo o simplemente lo camuflase como un desesperado intento de supervivencia.

-Ich bin single-musité, con voz trémula. Las palabras sonaban como yunques precipitándose sobre mí, anclándome en el suelo, con brutal efecto. Sola. Completamente sola. Sin nadie que se preocupase cuando yo no estuviese. Sin nadie que me abrazara cuando los recuerdos del pasado me hiciera enloquecer. Solamente yo, sin nadie más. Y era demasiado duro de digerir, excesivo incluso. Sentía mi vida carente de sentido, falta de algo a lo que sostenerse. Me faltaba el motivo para poder moverme, un motivo que no fuera simplemente la venganza o el odio. Ya sabía por que no era humana. No tenía sentimientos. Era un simple ente vivo, que actuaba por impulsos. Impulsos, no sentimientos.

-Estoy sola-repetí, más alto. Notaba como mis rodillas temblaban, y mis ojos se empañaban de lágrimas de dolor. Porque ya conocía el sino de mi vida. Y me daba miedo.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Invitado el Lun Mar 19, 2012 7:14 am

- ¡Mátame! ¡Por favor, Silvia! –Sollozó con fuerza. Me agarró la mano con tanta intensidad que se me encogió el corazón. Era horrible… estaba agonizando… ¡y quería que lo matase! - ¡Mátame ya! ¡Acaba con esto! ¡No puedo más! ¡Por favor! ¡Por favor!

- ¡No! –me uní a sus penas, acariciándole con mi mano libre su cara, su pelo, todo su ser- ¡No puedo matarte! ¡Por favor aguanta! –no podía perderle, que la Muerte se llevara a cualquiera menos a él… no podría aguantarlo…

- ¡Por favor! –repetía continuamente, suplicante.

Mi alma enmudeció. No podía… ¡Cómo podría matarlo! Ni siquiera como acto de buena fe me veía capaz de cumplir tal encargo.

Con los ojos llenos de lágrimas, le negué la petición con la cabeza. No, no podía…

Intenté consolarle besándole en la frente, siempre con nuestra mano fuertemente agarrada. Podía percibir a la perfección los temblores involuntarios de mi novio… Eran imparables hasta que al fin… paró.

Luego pude contemplar cómo sus llantos se iban mitigando a la vez que la torta de fuego desaparecía de su piel.

Ya está… la alemana había hecho que dejase de sufrir…

Le solté la mano, por precaución.

¿Por qué habría dejado de torturarlo?

-Estoy sola –reveló una voz llena de pena…

Me giré hacia ella, sorprendida por la situación. Ella se sentía… ¿mal?

Una oleada de odio y regocijo se adueñó de mí. Me alegraba porque ella estuviese así de mal, se lo merecía. Pero necesitaba más…

Iba a hacerla sufrir como lo había hecho con mi novio.

- Sí, estás sola –sentencié, con una sonrisa maligna. Por primera vez en mi vida iba a ser una cabrona.- jamás encontrarás a alguien que se preocupe por ti porque… porque no te lo mereces. Eres cruel y despiadada y lo peor es que todos lo saben… Hasta el tío ese rubio –sí, le había confesado su amor de una manera un poco extraña. Seguro que decirle eso le dolía en profundidad… Un momento… ¿lo habrían hecho juntos? Decidí probar suerte- seguro que ese ya pasa de ti al conseguir lo que estaba buscando… Se ha aprovechado de ti y me apuesto lo que sea a que ahora mismo se está riendo en tu cara. –la maldad se había aprovechado de mí y no me importaba. ¡Lo estaba disfrutando! Ya solo me faltaba enfatizar lo evidente- Estás sola y siempre lo estarás. –Terminé con una sonrisita condescendiente.

Sí, seguro que la había hecho polvo…

Mejor.

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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Lun Mar 19, 2012 10:41 am

El poder de Silvia, por algún motivo u otro, parecía haber ganado la partida. Y sin matarme. Qué fuerte, yo no habría apostado ni un duro por ello…

Pero ocurrió. El dolor fue remitiendo y, cuando el alivio fue paradisíacamente absoluto, la mano de mi chica me abandonó. Durante los siguientes instantes, ya totalmente recuperado, me dediqué a respirar. Solo a eso. A sentir como el aire entraba en las cavidades pulmonares y me llenaba en vez de herirme. Era agradable.

Me habría quedado concentrado en tal sensación si no fuera por lo mucho que me alarmó el discurso brutalmente despiadado de mi novia, cosa que me hizo incorporarme del suelo como si tuviese un muelle instalado en mi lumbar.

- Estás sola y siempre lo estarás –sentenció sin abismo de compasión alguno. Disfrutó con cada palabra bañada de inquina, sonriendo.

Me quedé pasmado, con las pupilas en su punto máximo de dilatación. Nunca imaginé que pudiese existir alguien a quien Silvia odiase tanto como para hacer surgir una crueldad que yo daba por inexistente en ella. Pero Juliette había conseguido cabrearla y mucho. Demasiado para su propio bien.

- ¿Pero qué dices? –jadeé con un hilo de voz, aterrado. Expedí suplicas, y esta vez mucho menos egocéntricas. El miedo por ella volvió a tomarme el control. Esto es llora y llora y tiro porque me toca - ¡Cállate Silvia! ¡Cállate! ¿Estás pirada? No la provoques -tomé su brazo para que me mirara, para que borrara esa sonrisa de placentera venganza. A Juliette no le iba a molar que le restregara lo que acababa de confesarnos. No le iba a molar en absoluto- Para…te hará daño y yo no puedo curarte. No puedo…

No parecía ser consciente de todo lo que se estaba jugando. Ella podía retenerme en esta vida, lo quisiera yo o no, pero me veía incapacitado para salvarla si pasaba al inrevés. Me daba vértigo pensarlo.

Fue posar una mirada precavida sobre la pirómana y… ¡Un, dos, tres, estamos en el mundo al revés! Por alguna paradoja sin sentido, ahora era ella la que estaba indefensa. Observé, estupefacto, sus ojos rojos, cristalizados, llenos de una pena que la hacía tan… humana. Vulnerable. Triste.

¿Desde cuando ella y Silvia se habían intercambiado los papeles? Me sentía confuso.

Apabullado, limpié el rastro de mis propias lágrimas, intentando enfocarla con más precisión.

- ¿Estás…llorando? –no quise expresar mis pensamientos en voz alta hasta que lo hice.

Espantado por mi impulso, me tapé la boca a toda prisa, como un niño pequeño que acaba de rebelar una gamberrada a sus padres sin ninguna intención de hacerlo. Noté un escalofrío reptando por mi columna.

Era una tía impredecible. Nunca sabía por dónde podía salir.

Era un incendio falto de control.


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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Juliette Müller el Lun Mar 19, 2012 8:39 pm

Mis ojos palpaban el vacío, viendo sin ver. Puede que suene un poco extraño, pero ciertamente no veían lo que tenía ante mí, sino que se perdían en el pasado, en mis recuerdos. En esos fantasmas que tanto me preocupaba mantener a raya.
Se remontaban a mi infancia en Berlín, cuando aún era una niña inocente y cándida, sin conocimiento alguno de todo lo que era capaz de hacer. Jugaba sola, en un parque, sin más niños que me acompañasen, como si mi presencia les diera miedo. Siempre que me acercaba a alguno, salía huyendo del color de mis ojos, o antes o después lo acababa usando para fines propios nada inocentes y se marchaba despavorido, para evitar que volviera a controlarle con mi habitual sed de manipulación.
Había crecido siempre jugando sola. Nunca me había parado a pensar en ello hasta ahora, que comenzaba a entenderme mucho mejor. Ahora, que ya sabía el motivo por el cual jamás había contado con alguien que me acompañase a lo largo de mis días.
Recordaba bien que mi única compañía solía ser mi pequeño conejito, un animal de color gris y que siempre pasaba mis solitarias tardes conmigo. Y me acompañó... hasta que un día lo quemé sin querer. Recordaba como lloré su pérdida, y como no quise reemplazarlo; comenzando a sospechar que era excesivamente peligrosa.

Y con el paso de los años... me recordaba a mí misma luchando en el mundo de la Ópera, plantándole cara a mis rivales, intentando hacerme un nombre en ese mundo cruel y duro, en el cual todos nos enfrentábamos para poder medrar. Del mismo modo que ahora yo era la que martirizaba a las novatas, yo misma fui manipulada y menospreciada por la diva de turno que actuaba aquella temporada en la Ópera de Berlín. Me costó mucho trabajo y muchos desvelos, poder deshacerme de ella y ocupar su lugar en ese y en cada teatro que pisaba. Aprendí que el mundo era un sitio cruel, donde la bondad y la caridad eran lo de menos; que solo si eras cruel y déspota podrías vencer. Y así había venido actuando hasta la fecha.

Fue Silvia la que, "amablemente" me hizo volver al presente, agrediéndome con la afiladas navajas que suponían sus palabras. Había usado la misma técnica que solía aprovechar yo; el meter el dedo en la llaga de mi opresor. Sabía de buena tinta que era un truco infalible, y que la víctima del mismo siempre acababa destrozada. Claro que en esta ocasión, la víctima era yo. Y sus palabras, aunque no me hicieron especial daño, fueron suficiente para sepultarme por completo.
Ben. El único amigo que había tenido a lo largo de mis días, la única persona que se preocupó incondicionalmente por mí. Aunque... ¿y si lo que la pavisosa decía era cierto? ¿Y si solo quería...?
Me odié a mí misma por sospechar, por haber caído en el juego de la chica. Si una persona solo quiere acostarse contigo, es una tontería supina que se dedique a buscarte por toda Europa, sin apenas descanso entre sitio y sitio. Y no debía olvidar que había sido yo la que le había pedido que me llevase al dormitorio. Él ni siquiera lo había insinuado.

Lucas me hizo envararme al añadir un nuevo comentario al de su novia. Que yo supiera, las lágrimas no se habían deslizado aún por mis mejillas... ¡y no pensaba dejar que lo hicieran, ni por asomo! Parpadeé un par de veces, hasta sentir los ojos completamente secos, a pesar de que todavía me picaban. No podía perder el control ahora, que todos ellos me miraban. Ya lloraría en casa, ya me lamentaría por mi aciaga suerte. Pero ahora iba a hacer que la rubia pagase por su osadía, y que el del pelo en la cara (off: me encanta la forma en que llamaba Rosa a Lucas XD) aprendiera a callarse sus inoportunos comentarios.
Así pues, con el rostro contorsionado por un gesto de desprecio supino, me acerqué hacia ella, aferrándola por el codo, clavándole las uñas en la carne, mientras que sentía como mi mano comenzaba a llamear, de toda la rabia que me recomía.
-El chantaje emocional déjaselo a los profesionales, zorra-le espeté-Pues puedes cometer un error garrafal y echarlo todo por tierra, como has hecho. Antes me he mostrado benevolente, pero ahora vas a desear estar muerta. ¿Acaso no sabes que nunca se debe jugar con el fuego?

Dicho esto, mi mano se deshizo de su codo para aferrarla por el cuello, estrangulándola. Seguro que a Lucas le iba a servir esa imagen de escarmiento más que cualquier tortura física que le impusiera.
-¿Vemos cuanto dura mientras la asfixio?-pregunté como si nada. Eso era lo bueno de hacer algo que me distrajera, mi mente no podía recrearse en mis miserias. Ya habría tiempo para ello más adelante.

OFF: ya sé que Silvia no tiene marcas en la garganta, pero no la estoy quemando en esa zona. Os pido de nuevo que no volváis a manejar mi personaje, por favor, que me corta mucho luego a la hora de escribir.
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Re: El peor juego de la historia (Juliette y Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Mar 20, 2012 3:32 am

OFF: Hmmm... Bueno, de todas formas, no creo que tengas tiempo ni a dejarle marcas con los dedos. Le has tocado la piel (porque dudo que el cuello lo lleve cubierto), así que te vas a llevar la última herida que ha curado, que es la gran hostia que me has metido en la cara... y yo no tengo mucha idea de cuánto se tarda en estrangular a nadie (nunca lo he probao XD), pero si prolongas demasiado el contacto, lo más seguro es que la acabes palmando tú antes que ella...


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