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La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

Mensaje por Invitado el Lun Mar 05, 2012 5:41 am

No tenía mucho que hacer. Solo aovillarme intentando tocar lo menos posible mi enorme brazo. ¿Estaría inflamado?

Probablemente.

Mi cuerpo estaba para tirar y no molestarse en reciclarlo. Ya ni sabía a qué podía prestarle atención. ¿A mi cabeza? ¿A mi codo? ¿O mejor intentaba abrigarme? ¿Y si me evadía del mundo? Mi mente al menos me chantajeaba con enviarme a la negrura de la inconsciencia… Tentaba.

- ¡Ey! –escuché a Lucas chasqueando los dedos. Busqué casi aciagas de dónde provenía en sonido. Mis fuerzas estaban al 1%. Casi no podía ni con mi alma.

Por lo poco que pude ver, presentí que quería venir a por mí. ¿Pero cómo iba a permitírselo? ¿Iba a dejarle que muriese? ¡Ni de coña! Antes visitaba yo el otro mundo…

Intenté hacer todo lo posible por evitarlo, por su bien. Gruñí miles de protestas y me llevé mi brazo a la cabeza, pretendiendo que de esa forma se alejase de mí. Reptar ya estaba descartado. Sería demasiado esfuerzo para mí. No supe si mi queja dio resultado, mis párpados se me estaban cerrando contra mi voluntad.

- No… no te voy a hacer nada. Silvia estás muy mal… te tengo que tomar la temperatura. –se escuchaba en la lejanía, a millones de años luz…

- ¡No me toques! –sentencié con potencia.

O al menos eso sería lo que me habría gustado. Quizás mis palabras fueron más un débil susurro convertido en sonidos parecidos a “No e toes”

Luego ya no supe qué más pasó. La oscuridad me abrazó.

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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

Mensaje por Lucas Castillo el Lun Mar 05, 2012 8:00 am

Silvia balbuceó algo parecido a “No toques” con voz muerta. Tuve que suponer que se refería a si misma.

Y tras expulsar su último deseo, cayó roque, dándome un susto de muerte que sustituyó al resquemor del rechazo que tanto me dolió. Yo sabía que no era momento para sentirme herido. Era yo el que la había estado esquivando la tarde entera y gran parte de la noche… de una forma infinitamente más sutil, por descontado. Pero lo había hecho.

Me pregunté si repudiaba mi cercanía para protegerme, como de costumbre, o porque me tomaba por un pervertido y ya no quería saber de mí. Habría sido un tema conveniente a tratar en cualquier otra ocasión. No cuando su vida pendía de un hilo.

¿Cuántas veces la había visto desmayada? Supongo que tantas como se me había sentido estrujado el corazón hasta dejarlo inservible.

Parecía tener un radar que atraía las desgracias. Era como un imán. Pasaba algo malo a cien kilómetros a la redonda y tenía que encontrar a Silvia. O ella tenía que ir a buscar el sufrimiento por su propio pie, como en esta ocasión.

Todo aquello había sido culpa mía. Todo.

- ¡Silvia! ¡Silvia, por favor! –gemí, mientras la recogía como buenamente podía. Joder, la entrepierna me seguía escociendo mazo – No me hagas esto… otra vez no.

Sintiéndome sacudido por oleadas de espanto, puse una mano en la frente. Ardía.

Importaba más bien poco si a esas alturas si me merecía tocarla o no (es de suponer que ya lo había hecho) y tampoco era trascendente si me odiaba o me tenía miedo. Todo eso se podía guardar en un cajón hasta el momento en el que este se abriera y me golpeara en la cara.

Ahora me veía impotente ante, otra vez, la posibilidad de perderla. Algo mucho más abrumador y doloroso. Apurado, la arrastré de nuevo hacia la cama, quejándome continuamente del rodillazo que me había dado donde yo me sé…

No sabía por dónde empezar con ella, cualquier parte de su cuerpo parecía propensa a romperse con el más leve de los roces. Pero su codo en especial. De lo hinchado que estaba, me vi forzado a romperle la manga que cubría su brazo malo para poder llegar hasta su herida. Ojalá no lo hubiese hecho. Quitarle la venda y observar el truculento espectáculo que había debajo, me revolvió las tripas y aumentó la culpabilidad. Sentí que me ponía malo de nuevo.

Estaba claro que su fiebre había alcanzado unos límites insospechadamente crueles. Más claro estaba aún que eso lo había causado la infección de esa maldita quemadura. Y lo que quedaba ya niquelado era el hecho de que, yo solo, ya no podía hacer más por ella.

Si no me odiaba entonces, lo iba a hacer muy pronto. En cuanto descubriera lo que tenía listo para ella.

- ¿Hola? ¿Urgencias? Sí, soy… Me llamo Marta Fox y-y…m-mi sobrina Silvia está –mordí mi uña, apretando el teléfono contra mi oreja con nerviosismo. No me gustaba convertirme en Marta. Nunca me había molado el pelo grasiento y el olor a litrona barata, pero era el único personaje que podría usar sin demasiados riesgos. Seguía roque en el sofá. Ni se enteró de que le había estado cogiendo la mano durante cinco segundos- está fatal. Ha llegado a 41 de fiebre, no hay manera de que baje y yo… yo n-no sé que hacer, tiene una herida en el codo y creo que… Sí… Exacto ¿Mandan una ambulancia?... Gracias.

Darle las coordenadas de la casa fue lo último que hice antes de colgar. Lo siguiente fue volver a mojar la cara de mi novia con la esponja húmeda que había rescatado del cuarto de baño en una de mis ajetreadas carreras por la casa.

- Silvia ¿Silvia me oyes? Te vas a poner bien. Ya verás. -gimoteé con angustia reprimida, creo que más para mí que para ella.

Eso sí estaba claro. Me odiase ella o no, ya era impepinable: Yo me detestaba. Más que de costumbre.


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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

Mensaje por Invitado el Mar Mar 06, 2012 5:31 am

Buceaba entre la oscuridad, en busca de la nada. No había ni principio ni fin, solo la negrura del vacío.

Pero entonces, unas oleadas de sensaciones vinieron en mi busca, cabalgando a toda velocidad. Estaban mojadas. Gracias a eso empecé a apreciar el deslumbramiento. Había luz tras mis párpados. Y dolor. Demasiado para que lo soportase mi cuerpo nuevamente.

Todo mi brazo derecho palpitaba insultos sin pudor. Mi cabeza igual. Luego, el frío me inundó. Decidió que sería su invitada por excelencia. Me sería imposible escapar de ese reino tan gélido.

Parpadeé, intentando enfocar la vista en algo. Una luz cegadora provenía del cielo. Mal asunto… ¿estaría muerta? No, imposible. Tanto sufrimiento solo era para los vivos…

Cuando conseguí distinguir las sombras, me percaté de una figura rubia que me miraba con dolor.

- ¿Mamá? –Pregunté extrañada.

Ella estaba muerta, así que si yo la podía ver era porque… ¡Yo también lo estaba! Yo no era una persona muy cristiana que se diga, pero mis padres sí. Esa era la razón de por qué estaba al tanto de esta religión. Y teniendo en cuenta que al parecer sí que había vida después de la muerte, era plausible la existencia del cielo y del infierno… Pero la gran pregunta no era otra que… ¿Qué hacía ella aquí?

- ¿Qué haces en el infierno? –Este lugar solo podía ser ese porque… ¿Cómo Dios te va a dar sufrimiento en el cielo? Era impensable. Así pues… ¿qué pintaba ella ahí? En mi caso era lógico porque había causado mucho dolor y muerte. Ella era una muestra de ello. Pero ¿y ella?

Quise cogerle la mano, pero descubrí que mis dedos ya lo estaban haciendo. Nuevamente se me empezaron a cerrar los ojos, quise impedirlo. Pestañeé repetidas veces.

- Lo siento. Perdóname, Mamá –Lloriqueé sacando todos mis remordimientos- Te quiero…

Era muy fuerte esto que estaba pasando… si venía mi madre… ¿por qué mi padre no? ¿Me odiaría por lo que le dije antes del accidente?

- ¡Y a Papá también! –le revelé rápidamente- Dile que no le odio, que lo decía sin pensar… Yo… os quiero…

Luego sonaron unas campanas celestiales. La estaban llamando. Nuestras manos se separaron.

- ¡No me dejes! ¡Por favor! –grité, revolviéndome. El dolor proliferó, me dio igual.- ¡No quiero estar sola en el infierno! –Sería desolador… ni siquiera tendría ahí al amor de mi vida. Él estaba ahora en otro mundo.

Por muy catastrófica que se hubiese convertido mi existencia, solo esperaba que al menos fuese feliz…

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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Mar 06, 2012 7:33 am

En mi vida, me habían pasado cosas mazo de raras.

Pero que mi novia me confundiera con su madre… eso ya es la rehostia. Voy a tener que apuntarme otro tanto para el psicólogo y, ya de paso, para un “idiotólogo”. Es una profesión que tendría que inventarse para la peña con tendencia a meter la pata, como mi menda.

No debería haberme convertido en la gemela de su progenitora en una situación así. Soy peor que los catetos de una hipotenusa, macho.

Cuando balbuceó algo parecido a “mamá” creí haber entendido mal. Pero lo repitió. Varias veces, entre balbuceos que apenas lograba entender, pero que me crispaban los nervios y el alma.

Tomé rápidamente su mano, con intención de tranquilizarla. Tenía que hacerla comprender… pero no estaba seguro de si sería capaz de oír o aceptar nada de lo que intentara decirle. Tampoco estaba convencido de que fuese cosa buena sacarla de sus delirios.

- …ento. Perdóname ma-má…te ero…

Me tembló el labio inferior, conmocionado. No sabía que hacer conmigo mismo. Silvia empezó a chapurrear de forma más ajetreada, como si tuviera urgente prisas y ya no pude seguirla. Me da que nombró a su padre.

Verla así me roía desde dentro con despiadada saña. Ella no se lo merecía. No se merecía lo que yo había provocado. Sofoqué un gemido. En cuanto volviera a ser ella, en cuanto supiera todo lo que había pasado… la perdería. Y con razón.

Oír el sonido del timbre fue una bendición. La solté a toda prisa, dispuesto a saltar de la cama para ir a abrir a los de la ambulancia. Pero la desesperación que bañaba la voz de Silvia me dejó anclado donde estaba.

- No me ejes... favor...No quiero... sola... infier-no...

Pestañeé, confuso y pasmado en dosis iguales ¿Infierno? ¿Acaso creía que había muerto?

Desde luego eso le daría un enfoque más lógico a todo… con el matiz de que un angel no debe arder en llamas eternales. Al menos, yo no lo consentiría.

Volví a tomar su mano, dulce. Los ojos de Silvia se emborronaban, incapaces de caer de forma certera en ninguna parte.

- Escucha…escucha, hija –muy bien Lucas. Ahí te has coronao- Tú… no estás en el infierno ¿Entiendes? Estás a salvo. Todo va bien, Silvia. Todo va bien –intenté imitar, en medida de lo posible, el tono dulzón y soporífero que usaba mamá cuando me consolaba. Casi siempre conseguía ese propósito y fue sorprendente descubrir que se me daba bien adaptarlo a mis cuerdas vocales. Cojonudo. Seré un buen padre- Tu padre y yo… te…te queremos mucho, ¿Sabes? –vale. Definitivamente, eso es raro- Y… y por eso tienes que vivir y tienes que ser muy feliz. Nada de lo que pasó fue tu culpa, cariño y debes… debes quedarte con los vivos, con Lucas, porque si no le dará algo ¿Lo entiendes, verdad?

No supe si estaba asintiendo o simplemente cabeceaba, si me daba la razón o si estaba a milésimas de perder la conciencia otra vez. Le di un fuerte apretón. Si se acordaba de algo de aquello, esa obra de teatro improvisada me costaría cara… y yo pagaría encantado el precio, porque era lo que me merecía. Que se alejara de mí.

Pegué un brinco cuando el timbre volvió a sonar.

- Tengo que irme…

Ella volvió a balbucear algo. Algo parecido a una súplica que se me clavó como una astilla en el centro de la nuca. Besé en un movimiento sus nudillos, por encima del guante.

- Vuelvo enseguida –le prometí.

Me lancé en una carrera escaleras abajo. La auténtica Marta, aún y con el escándalo de los enfermeros entrando a toda castaña con una camilla, no se despertó. Ni ella se dio cuenta de su presencia ni viceversa. Mejor. Me ahorraba explicaciones innecesarias.

Tuve que abrazarme a mi mismo, estrujando mi medalla contra el pecho de su tía, cuando vi como transportaban una mortecina Silvia, delirante y febril, hacia su mayor miedo. La ambulancia.

Por poco soy yo el que me hecho a llorar.

- Usad guantes –les advertí con voz queda, mientras pegaba el salto para encaramarme a la parte posterior del vehículo. - T-tiene la herida muy infectada.
- Tranquila señora, siempre lo hacemos. No se preocupe ¿Eh? Su sobrina se pondrá bien.

Las palabras tranquilizadoras y profesionales de aquel enfermero, me valieron de poco. Sólo hasta el momento en que la sirena empezó a cantar de forma ensordecedora contra mis tímpanos.

Me mordí una uña.


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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

Mensaje por Invitado el Miér Mar 07, 2012 8:42 am

Ángeles amarillos pronto se reunieron a mi alrededor. Mi madre les acompañaba. Balbuceaban un idioma de forma incomprensible por lo que preferí centrarme en mamá.

Me tenía cogida de la mano, con ternura, calmándome con una voz melodiosa, parecía provenir del cielo. Eso tendría más sentido. Era imposible que su lugar estuviese en el infierno.

Pronto me empezaron a trasladar, con prisa. Mi cabeza dio vueltas, alterada, confusa. No sabía cuál era exactamente mi destino hasta que sucedió. Una estridente sirena anunciaba mi destino, mi perdición, mi pánico.

- No… -empecé a musitar lentamente- no… no, no. ¡No! –sentencié con decisión. Me negaba a ir allí.

Intenté revolverme, agotando las escasas energías que me había proporcionado el abandono de mi vida. Todo en balde. Los ángeles eran más fuertes. A pesar de todo, ella aún mantenía mi mano.

- ¡No quiero ir al infierno! ¡Mamá, ayúdame! ¡No me abandones! ¡Por favor! ¡No, no!

Lágrimas mortuorias resbalaron por mi rostro. Sabía que merecía ir a ese lugar, al infierno. Junto a Juliette, pero no quería. Quería ir con mi madre.

Quise escaparme con más fuerza, intentar huir de las desgracias, del dolor e incluso de ella. No quería que me viese así… Lo último lo conseguí. Se había alejado de mí. Ya no sentía su mano… En cambio esos ángeles, con esa luz amarilla, tan cegadora se reunieron en torno a mí. Se encontraban más cerca. Sin ningún titubeo por su parte, empezaron a regocijarse del estado de mi brazo.

Gruñí ante el imperturbable ardor.

Ellos no podían ser seres celestiales. El daño era solo para el diablo, solo él sabía a quién concederle la capacidad de lastimar. El problema es que era yo la víctima. Esa era la única razón por la que pretendían atraparme. Les detuve con mis brazos, agitándolos con fuerza. Pero ellos eran más rápidos. Me atraparon ambas extremidades, propinándome un dolor sin igual.

Quise gritar, pero entonces me di cuenta de que ya lo estaba haciendo. En vez de simples gruñidos, preferí añadir vocabulario…

- ¡No! ¡Dejadme! ¡Al infierno, no! ¡Mamá, ayuda! –Luego recordé que ella me había vendido a esas manos. Cambié de súplica- ¡Papá! ¡Ven a por mí, sálvame! ¡Socorro! ¡Ayuda! Te quiero…

Esas fueron mis últimos esfuerzos. Después la soporífera oscuridad me meció hasta mi nueva eternidad, el infierno.

Ahora lo tenía claro, ella era otro ángel, pero uno que ayudaba a Dios a alejarme del Paraíso. Por la seguridad de todos.

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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

Mensaje por Lucas Castillo el Miér Mar 07, 2012 10:43 am

Es muy difícil controlar la transformación en momentos de crisis. Sobre todo cuando cada hueso te tiembla de espanto y parece que se vayan a chocar entre sí. Casi no sentía la ambulancia moviéndose debajo mis pies.

Mis ojos y mis sentidos exclusivamente eran para ella.

- Silvia… n-no pasa nada ¿Eh? Te vas a curar. Todo va a salir bien. Tú eres fuerte… no puedes fallarme ahora ¿Vale?

La mano que tenía alrededor de su guante me tiritaba. Cada fibra de la piel de Marta, se contraía de consternación ante los tartamudeos nada elocuentes de mi novia. Parecía haber entrado en pánico.

- No… no… no, no ¡No! –empezó a gimotear sin motivo alguno, con un hilo de voz inexistente.

Tragué, aterrado ¿Se habría dado ya cuenta de dónde estábamos? ¿O seguía en su mundo infernal, junto a su madre? Ninguna de las dos opciones parecía valerme. Ninguna me libraba de la angustia.

- No... quero... ir.. in-fierno...Mamá, yúdame...No m...a-dones...favor..

Ella sollozaba con sentimiento entre palabra y palabra, carcomida, sin consuelo; de tal forma que me hacía sentir próximo a quebrarme. Aquello era insufrible.

- Apártese, por favor –un enfermero me puso una mano en el hombro, haciéndome retroceder. Le miré, soltando a Silvia y echando el tronco hacia atrás con aire perdido.

Contra todo pronóstico, lo percibí borroso. No comprendí hasta que me toqué tímidamente la mejilla, llevándome un rastro húmedo con la yema de los dedos. De puta madre…yo también estaba llorando y ni me había enterado.

Gruñí. Maldita Silvia con su capacidad para contagiarme sus emociones…

- ¿Qué le hacen? –musité. Me sorprendió la voz de Marta. Nunca la había oído así de desesperada, con eso lo digo todo.
- Le administraremos un calmante. Tranquila.

Tranquila unas narices ¿Es que no veía que estaba al borde de una embolia? Ya podía dar las gracias de ir en ambulancia. Me ahorraría otro viaje.

De repente todos pasaron de mí, ocupándose exclusivamente de la herida descarnada que Silvia exhibía en su codo. Mejor. Prefería no llamar demasiado la atención de nadie, de nada. Como me dijesen algo explotaría a sollozar de la manera más humillante posible.

Los enfermeros tuvieron que inmovilizar a mi novia, la cual no parecía entender que nada de aquello por su bien y se revolvía y gritaba (o eso pretendía), llamando esta vez a su padre entre chapurreos de ruego inteligible. A mi se me partió lo que me quedaba de alma.

- Todo es por mi culpa –me lamenté y, sin pretenderlo, en voz alta, clara aunque rota.

Apenas trascurrió un minuto desde el momento en el que una aguja entró en la piel de Silvia y en el instante en que todos los músculos de esta desactivaron su tensión. No sabía si eso debería aliviarme.

Los auxiliares se giraron hacia mí, dejándome percibir que parecían estar de acuerdo con la impulsiva afirmación que había soltado. No supe bien que se estaban imaginando, pero sería lo más humano del mundo considerarme una tutora irresponsable con mi olor a vermouth barato, gintónic y ginebra. El pelo de estropajo ya es algo que se presupone.

- Ella… ¿Va…va a vivir, verdad? –me atreví a cuestionar, sin poder deshacerme del picazón en mi abdomen.

Se miraron entre sí durante un segundo. El segundo más largo del mundo.

- Por supuesto. Guarde cuidado –murmuró uno, aún analizándome.

Con esa afirmación, le volví a tomar la mano a mi “sobrina”. Lo que me traía sin cuidado es lo que pensaran de Marta.

A mi me valía con que ella continuara respirando para poder hacerlo yo.


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Re: La terapia del fuego contra el fuego (Silvia, +18)

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