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Un mes y dos funerales (Silvia)

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Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Miér Mar 21, 2012 10:15 am

Resoplé, obcecado como causa y producto de esa cancioncilla que me había acompañado todo el camino, desde el colegio hasta casa de mi novia.

Era una sintonía parecida a “Tengo algo para ti que te va a gustar mucho” y tenía un ritmo cargante y juguetón tipo canción del verano, esa que al cabo de nada te cansas de oír y te vuelve un poco loco. Me sacaba de mis casillas. Normalmente, yo acompañaba esas estrofas cantadas por Silvia por un irritado “Te dije que no quería nada” o “Como sea muy caro te obligaré a devolverlo”. Me frustré aún más al ver como con eso solo conseguí una sonrisilla traviesa que erizó el tramo de pelo que caía por mi nuca.

- Eres imposible, de verdad –bufé cuando entremos en su cuarto, después de asegurarnos de que no había Marta a la vista. Entristecía saber lo poco que seguía apreciando a Silvia…bueno, en realidad entristecía la falta total de cariño hacia ella, pero ya se convertía en un incordio cuando además me observaba como si fuera el Doctor Jekyll, a milésimas de convertirme en un espantoso Mister Hyde. Habíamos hecho lo posible con tal de esquivarla desde lo del hospital, y lo cierto es que cumplíamos con bastante eficacia nuestra promesa.

Solté la mochila sobre la cama de mi novia, suspirando con un punto de dramatismo.

- Yo quiero darte mi regalo primero –declaré con rapidez, peleándome por abrir mi cremallera lo antes posible. Me faltaba poco para ponerme a rezar, invocando a todo el poderío de la crisis para que no me hubiera comprado nada demasiado caro. El estómago se me revolvía solo al imaginarme los billetes de color verde volando de su monedero.- Seguro que tu regalo es mejor que el mío y luego me sentiré fatal por ser un cutre…


Por primera vez desde que habíamos salido del Astoria, Silvia dejó de sonreír, dedicándome una expresión exasperada mientras yo sacaba aquel paquete de vivarachos colores de mi mochila. El peluche de Lima, aquel que había elegido con Ilta.

No era suficiente para demostrarle todo lo que ella significaba para mí, pero era un comienzo. Sonreí de medio lado, levantándome y tendiendo los brazos para poner el regalo a su alcance.

- Nunca antes había tenido novia, así que… bueno, no sé muy bien que se dice en estos casos ¿Felicidades, tal vez? –me encogí de hombros, retraído. Preferí esquivar su mirada mientras tomaba el envoltorio entre sus finos guantes blancos.

Desde luego, era para decirle mucho más. Pero es que un “Gracias por darme el enorme privilegio de estar conmigo durante un mes entero” me sonaba cursi en exceso. Además de volver a ser insuficiente.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 24, 2012 6:47 am

Menos mal que mi regalo no era comprado, de no haber sido así mi Lucas habría llegado a ser un martirio.

Me tendió su regalo.

¡Por fin! Ese bulto de la mochila no había hecho más que preguntarme qué diantres podría ser…

Me senté en mi cama, apartando el regalo envuelto a un lado para así poderme quitar los guantes. Era muy complicado despegar el celo si no…

El frescor que sentí entonces incrementó mi ilusión. Parecía una niña pequeña a punto de descubrir qué regalos le habían hecho los Reyes Magos.

- Qué será, qué será… -musité divertida para darle más misterio.

Poco a poco fui destripándolo, hasta encontrarme con un peluche, más concretamente con un Beagle… Miré a Lucas, sorprendida.

- ¡Es Lima! –me emocioné.

Empecé a acariciarle la cabeza, el lomo, las orejas, todo su pelaje. No era igual, pero era suave y era inofensiva…

Llamé a mi nuevo perro como al que maté, Lima.

Me quedé mirándola, reviviendo los viejos momentos…

Cuando Lima se ponía a ladrar persiguiendo a las mariposas, cuando se lanzaba a mis piernas para sentarse, cuando estaba haciendo los deberes pero entonces me lamía los tobillos para que la hiciese caso, cuando me agradecía sonriente por haberla dado de comer, cuando me recibía al llegar del cole.

Ese último momento era el mejor… En cuanto me era posible lo dejaba todo para revolcarme con ella para después jugar al pilla-pilla… Adoraba aquellos instantes…

- Gracias, Lucas… -susurré.

Abracé a mi nueva Lima, llevándomela al cuello, la besé. La echaba tanto de menos…

Me fue imposible reprimir dos lágrimas. Una por cada ojo.

Ese peluche era lo más parecido a un perro que podría tocar en la vida. Gracias a Ilta lo había comprobado y dolía. En exceso…

Miré a mi novio de nuevo. Eso era… ¿preocupación?

Apenada, dejé en mi regazo a Lima y volví a ponerme los guantes. Luego le sostuve la mano a mi novio.

- Es muy bonito –quise sonreírle, pero se quedó en el intento. La nostalgia había podido conmigo…

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Mar 24, 2012 9:44 am

- Es muy bonito –me confesó con voz rota, rodeando mi mano con la tela de su guante, como gesto de agradecimiento.

Suspiré al verme reflejado en sus pupilas abnegadas por las lágrimas. Silvia lloraba demasiado. Prácticamente en vano, intenté recordar algún día, imágenes en que sus ojos no se hubiesen visto cristalizados. Eran dolorosamente escasos.

Tomé asiento a su lado, dejándome caer en peso afligido sobre el colchón. Odiaba ser yo el que provocara esas reacciones en ella. Hubiese preferido una sonrisa, un sorpresivo “¡Vaya!”… pero era de esperar que aquello la abocase demasiado contra su pasado. O al miedo que le tenía al futuro.

Observé al perro que había sobre su regazo con aire distendido, desgastándome una uña.

- Ammm… ¿E-estás segura de que te gusta? Porque si no, aún estamos a tiempo de…ya sabes…devolverlo–sugerí de forma atascada.

Su inmediata y contundente negación de cabeza bajó varios grados la inquietud que rondaba por mis piernas. Y que apoyara la frente contra mi pecho, acabó por convencerme de que había acertado con el regalo, además de recordarme que era el tío con más potra de todo Valle Perdido.

Seguía pareciéndome absolutamente flipante que me hubiese escogido a mí. A mí justamente.

Anclé un brazo alrededor de su cintura. Aquel feroz hormigueo seguía atormentando a mis partículas cada vez que entrábamos en contacto. Mucho me temía que eso no iba a cambiar ni en mes, ni en dos, ni en tres…

Silvia se achuchó más contra mí. Por costumbre, sentí la carga electroestática que producía el contacto de sus labios contra mi corazón. Que me besara justo ahí era lo equivalente a acercar un mechero a la dinamita que está apunto de estallar. Atrapé aire.

- Ojalá pudiese... hacer más. Devolverte a la auténtica…

Mi frase, a camino de ser muda, se quedó pendiendo en el silencio. Un silencio que se extendió a lo largo de unos minutos ondulantes a nuestro alrededor. Pero me negué a que la pendiente nos precipitara hacia el fondo. No ese día.

- Bueno, tendríamos que animarnos un poquito ¿No? Se supone que estamos de celebración, no en un velorio –la liberé de mi agarre junto a una sonrisa de oreja a oreja, haciendo que el peso del colchón se desequilibrara al separarme con un enérgico bote. Enseñé las palmas de mis manos, entusiasta- Me toca –declaré con alegría. Silvia arqueó una ceja, un punto descolocada- Quiero mi regalo –expliqué en tono cansino-Y quiero que sea algo de los chinos, pequeño, barato y a ser posible, feo.

Mi novia soltó una risilla de diversión entre dientes. Ese sonido molaba muchísimo más que el de sus sollozos. Sentaba como una caricia.

- ¿Y bien? ¿Dónde está eso que me tiene que gustar tanto? –pregunté, expectante.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Vie Mar 30, 2012 3:46 am

- No es algo material, tonto –contesté dulce- sabía que te pondrías en este plan así que esto es algo de mi propia cosecha… -cambié mi registro para sonar misteriosa- algo que he estado ensayando para ti…

Me levanté de la cama, invitándolo a que se sentase en el colchón de nuevo.

- Quédate aquí, que tengo que hacer unos preparativos…

Y, más rápida que la luz, preparé mi equipo de música con la canción de Fever, de Elvis Presley. Ya solo me quedaba cerrar la puerta de mi cuarto con Lucas dentro, visitar el baño para echarme la colonia que más le gustaba y cambiarme de ropa interior. El azul y el rojo se transparentaba bastante para una vulgar camisa blanca de uniforme. Tras esto, ya solo sería cuestión de pulsar play con mi mando a distancia.

Sabía que por la intriga que mi novio presentaba en su rostro había acertado con el regalo… Sí, seguro que le gustaba…

Lentamente, empecé a abrir el picaporte de mi habitación. Asomé la cabeza, él estaba intrigadísimo. Sonreí, feliz de poderle dar una grata sorpresa.

Pulsé la tecla para reproducir la canción.

Una música de lo más sugerente entró en escena. Ya era mi turno. Empecé a chasquear los dedos al compás de la canción. Era fácil ya que mis guantes me los había dejado en el baño.

Con calma, me aproximé a la pared que mi novio tenía frente a él, contoneando mis caderas, con gracilidad. Si no se había fijado antes, es porque era un hombre, pero le había dado unos retoques a mi cuarto para poder hacer bien mi regalo.

La pared a la que me dirigía estaba despejada a excepción de una silla. Era una silla de madera normal y corriente. La había extraído de la cocina poniendo especial cuidado en que mi tía no me viese. Al fin y al cabo, un trato era un trato.

Una vez apoyada en el pladur, saqué pecho, haciéndole ver de qué iba exactamente mi sorpresa por haber cumplido nuestro mes. Desabotoné un botón partiendo de mi escote. Le miré, seductora.

Su reacción fue encantadora. Tenía toda la vista puesta en mí.

Seguí con mi coreografía, siempre a tres metros de distancia de él.

El siguiente botón en caer fue el más próximo a mi falda, y otro, y otro más… mi obligo quedó al descubierto, quedando mi camisa de tal modo que solo dos botones seguían cohesionados con su ranura. Los únicos que impedían que se viese mi sujetador.

Un nuevo cambio de ritmo me indicó que debía darme la vuelta, jugando con mis curvas.

Poco a poco me fui acercando a la silla, mirándole. Posé mi pie derecho para exhibir mi pierna. Me la acaricié, dándome expresividad con el rostro. Era muy divertido ver cómo se despendolaban sus hormonas.

Me quité el zapato, pero mantuve mi calcetín. No era necesario que viese la venda de mi quemadura. Perdería el efecto que estaba consiguiendo.

Seguí con mi juego repitiendo los mismos gestos con mi otra extremidad. Parecía que le fascinaban mis suaves piernas.

De nuevo, otro cambio en la música gracias a la batería. Elvis, esta vez más sexi, me indicaba que debía jugar con la corbata.

Fui a la pared, ayudándome de ella para que mi pelo quedase pillado y que de esa forma se me viese todo el cuello. Con mi mano derecha acaricié el nudo de mi corbata, siempre mirándolo a él. Una mueca sugerente trepó hasta mi rostro. Lucas estaba degustando mi bailecito…

Empecé a correrlo hacia abajo, hasta su tope, con suavidad. Una vez conseguido, le mantuve en esa posición.

Otro redoble. Ambos estábamos que echábamos chispas. Quería devorarle con pasión pero no, debía seguir con mi estreeptease. Resistí en la pared, esta vez arqueando la espalda a la vez que mordía ligeramente mis labio inferior. Un gesto que en esta canción repetía bastante a menudo.

Cambio de ritmo, ahora eran cada vez más frecuentes.

Pum. Primero mi cadera se giró hacia la derecha. Pam, luego hacia la izquierda. Bajé mi falda ligeramente, mostrándole el lateral de mis bragas. Luego lo subí.

Aquello le volvió loco. Lo disfruté.

Redoble de batería.

Volví a darme la vuelta, contra la pared y, puse el culo en pompa, moviéndolo quizás con excesiva desvergüenza. Con lo pequeñas que nos dejábamos las faldas en el Astoria, la imaginación apenas había que usarla. Únicamente esperaba que no llegase a ver mi ropa interior del todo. Quería que la viese en conjunto, no por partes.

Otro cambio de ritmo.

Me di la vuelta. Lucas tenía a Lima en su regazo, sonreí con prepotencia.

Avancé de nuevo hasta la silla con el objetivo de plantar mi pie en ella. Empecé a acariciarme mi pierna derecha, desde donde no había calcetín hasta donde se iniciaba la falda. Y así al cabo de un rato acabó como tablero de juego únicamente mi muslo. Mis dedos llegaron a dejar al descubierto lo poco que cubría mi saya.

El entorno se estaba caldeando y tenía que quitarme ya mi parte inferior. Para aquella ocasión empleé uno de los mejores redobles que tenía Fever y así, moviendo las caderas de forma continuada, dejé resbalarla con el fin de que me cubriese mis pies. Ese era uno de los movimientos que más había tenido que ensayar.

Llegado aquel precioso momento, desabroché los últimos botones que seguían impolutos. Y así, sugerente y grácil, regresé a mi zona de espectáculo y seguí con mi baile, enseñando el hombro izquierdo, volviéndolo a cubrir. Y ahora el derecho. Y así sucesivamente… varias veces.

Ambos estábamos que no podíamos más. Nuestros ojos requerían nuestra cercanía y no quise retrasarlo más. Me aproximé hasta donde se encontraba, cubriéndome la corbata mi escote. Me mantuve a dos pasos de distancia y me apoyé por el otro lado de la cama. Me puse de rodillas, cada una más separada que la distancia que señalaba mis hombros. Y así, con toda la seguridad del mundo, empleé la punta de mi corbata para recorrerle la cara: desde lo que supuse que era su frente (era complicado con el pedazo de flequillo que tenía) hasta su barbilla.

El último cambio de ritmo me sirvió para despegarme de él y eliminar, de la forma más sugerente que fui capaz la camisa. Esperaba que la venda de mi codo no nos cortase el rollo. Ya solo me quedaba la corbata y Lucas me estaba devorando con los ojos, extasiado, conteniéndose.

El final de la canción ya estaba haciendo acto de presencia y la disminución de la espectacular voz de Elvis también.

Así pues, poniéndome frente a él, despacio, sin prisa, me quité con gracia mi último accesorio, la corbata y se la coloqué en el cuello de manera que le quedase suelta. Después me acerqué a su oreja con cuidado de no rozarnos y sugerente le dije:

- Voy a refrescarme… ¿vienes?

Y dicho esto, lo dejé plantado en mi cuarto. Ni siquiera noté si me seguía o no. Me apetecía ir en plan diva y así me mantuve hasta recorrer el patio trasero y zambullirme en la piscina.

Una vez dentro me quedé haciendo el muerto. Estaba de lo más satisfecha. Había conseguido que sus ojos chispeasen.

De momento no necesitaba más.

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Mar 31, 2012 7:59 am

Me vi obligado a pellizcarme la rodilla izquierda una media docena de veces, solo para cerciorarme de que aquello realmente estaba ocurriendo de verdad. Tenía muchos números para que fuera solo otro sueño, pero rápidamente, concluí que mi imaginación no podría llegar a crear eso de la nada. Mi mente no daba para algo tan palpablemente extraordinario.

Desde que Silvia se desabrochó el primer botón de la camisa del uniforme, yo ya había empezado a perder baba, podía apostarme cualquier cosa. Lo siguiente se veía a venir incluso por encima de mi sorpresiva incredulidad… no se iba a detener ahí. Ni de lejos.

Ella quería matarme de una taquicardia, urgiendo más mis latidos a cada tramo de carne que me dejaba ver. Si mis pupilas hubiesen estado más dilatadas, habrían invadido mi córnea por completo. Y si hubiese estado con la vista más fija en su ombligo, se lo habría borrado. La habría borrado a toda ella.

Pero era necesaria esa excesiva atención. En la vida me habría perdonado perderme ni una solo de esos movimientos reptantes y jodidamente provocadoras que trazaban sus caderas, al ritmo de la vieja canción del rey del rock. Su coreografía me tenía el alma en vilo, la respiración averiada ¿El cerebro? Fuera de cobertura.

Usando una silla casualmente bien puesta a pocos metros de mí, Silvia me plantó en primer plano una de sus piernas. Ella sabía mejor que nadie el efecto que habían tenido en mí desde el primer día. Lo aprovechaba muy bien. Mis hormonas adolescentes tomaron el control y me dejaron la mandíbula en cuelgue, delirando fervientemente. Delirando por ser yo el que repartiera esas caricias por la superficie de su piel.

Estaba acalorado.

Los ojos de mi novia tintinearon de forma insoportablemente sensual contra los míos, unos momentos antes de que el ritmo de la canción se volviera más elástico. Fascinado, sintiéndome en plena efervescencia, seguí el movimiento de su espalda al rodar por la pared. Su pelo se esparció como un abanico rubio por la superficie de yeso, dando más evidencia a su escote, a esa chillona ropa interior que casi conseguía entrever. El casi, ese matiz insinuante y sutil, era lo que me estaba trayendo de cabeza. Me llenaba de impaciencia.

Aflojó su corbata. Encorvó su espalda. Se mordió el labio, sugerente. Una bestia enjaulada en mi subconsciente ronroneó, complacida.

Me estaba poniendo a cien. A doscientos. Me salía del marcador, porqué no decirlo. Las corrientes electroestáticas lo envolvían todo y yo no podía apartar la vista de cada tramo de su cuerpo, aún y sabiendo que eso me daría todavía más hambre. Un hambre voraz.

Era muy imaginativa, a la vez que muy poco indulgente a la hora de infundirme más deseo. Con coqueta gracia, contoneando sus caderas, llegó a mostrarme el lateral rojo y azul de sus bragas.

Y mi bestia interior rugió. Con más potencia cuando Silvia se ayudó de la pared para mover su trasero, descarada. Gracias a sus excitantes oscilaciones, pude entrever el símbolo de una “S”. Empecé a entender de qué guisa iba y me pareció sexy hasta la exasperación. Dios… ¡Por qué tiene que estar tan buena, la muy…!

Aunque hubiese querido, habría sido inútil intentar reprimir mi excitación. La única opción era disimularla, por eso me apresuré a agarrar a Lima y apretarla contra mi “te-has-emocionado-demasiado”. Los pantalones apretaban cosa mala. Y el pulso me apremiaba para que me lanzara a comérmela. Consumirla, besarla, morderla…

Y Silvia no era tonta. Me caló, sonriéndome con la superioridad propia de alguien que sabe que puede causar un efecto huracanado en otra persona. Si mi sangre no hubiese estado ocupada en otra zona de mi cuerpo, me habría sonrojado. Mucho.

Pero ella no se cortaba un pelo, qué va. Después de mostrar sin ningún pudor la tentadora carne de sus muslos, se deshizo de su falda con un círculo de cadera mareante y se limitó a serpentear hacia mí, agachándose con una leve separación de piernas que viró todos mis demonios.

Sentí un tacto de seda recorriéndome la nariz y un posterior estremecimiento en mis costillas. Nunca pensé que una simple corbata pudiera ser tan fastidiosamente erótica. Lo mismo puedo decir de su conjunto de Super Man. Silvia me conocía demasiado bien.

Cuando esa fantástica interpretación se acabó, mis ojos ya habían memorizado por completo cada insinuante curva, cada tramo de su piel destapada y de tapada también. Ardía de fiebre, como bien había predicho Elvis. Una fuerte colisión interior me tomó entero cuando Silvia me pasó su corbata por el cuello.

Al agacharse cerca de mi oído, se me olvidó de nuevo como se respiraba. Tenía que dar gracias de estar paralizado, si no mi vida hubiese peligrado de la manera más tonta. Comiéndole la boca por ejemplo.

- Voy a refrescarme… ¿vienes?

Tragué. No habría podido contestarle.

Estaba demasiado empanado con la estampa de Super Man exhibida en su culo, claramente visible al darse la vuelta y marcharse, más chula que un ocho. Yo flipaba. La tía me había dejado ahí, alucinado, más caliente que una estufa y con una sensación picante en la nuca que no sabía quitarme. Pero, contradictoriamente, me encantaba.

- Jo-der –acabé por flipar, mirando al perro de peluche que seguía apretado contra mi regazo.

Tardé bastante en seguirle los pasos. Tuve que concentrarme un buen rato para recuperarme del shock, tanto físico como emocional. Desde luego, no esperaba para nada esa clase de regalo, pero tampoco me imaginaba uno mejor. No existía uno mejor…

Si me hacía eso al cumplir un mes ¿Cuándo lleváramos un año qué? Me moría por descubrirlo.

- Estooo… yo… -me asomé tímidamente a su jardín. Esa era una de las ventajas de estar forrada hasta las cejas. Piscina propia.

Silvia flotaba en el agua, exhibiendo su traje de superhéroe. Bueno, en realidad no era ni cuarto de traje…

Dubitativo, dejé la toalla que había supuesto que necesitaría al salir sobre la hierba.

- Yo… -no sabía bien qué decir, así que me decanté por lo evidente- No puedo meterme… no he traído bañador.

Mierda. Ropa interior mojada.

Eso no puede ser bueno para mi salud cardiaca. Tampoco para mi concentración.

Me la quedé mirando… y he de decir que no precisamente a los ojos.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 31, 2012 10:23 am

- Yo… No puedo meterme… no he traído bañador.

Panza arriba, me deslicé por el agua hasta aproximarme al bordillo más cercano a Lucas.

Lo observé, sin cambiar de posición, divertida por sus miradas. Había sido un tremendo éxito este conjunto.

Pero había algo que me mosqueaba. ¿No se iba a meter? ¿En serio? ¿Pero qué excusa es esa? Ni por asomo se iba a salir con la suya…

Dejé de flotar para erguirme, alcé la vista hacia arriba, hacia sus ojos. Le notaba nervioso pero me daba absolutamente igual. Él se iba a meter sí o sí.

Puse mis manos en el bordillo y flexioné los brazos, sacando pecho.

¿Me estaba pasando de provocativa? Lo mismo…

- ¿Y qué pasa por que no hayas traído bañador? –dije haciéndome la tonta- Yo tampoco llevo… -¿era cosa mía o más que tono sugerente parecía una auténtica pordiosera?

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Abr 01, 2012 9:12 am

- ¿Y qué pasa por que no hayas traído bañador? Yo tampoco llevo… - ronroneó en cierto tono que volvió a subir mi testosterona de forma feroz.
- Bueno… de eso ya… ya me he dado cuenta –conseguí pronunciar.

Todo yo palpité. De vergüenza, de ansia.

El problema no resultaba estar solo en sus insinuaciones, sino en esa curvatura que le había dado a su espalda para apoyarse en el bordillo de la piscina. Su escote se marcaba cosa mala… y claro, de forma inevitable, ahí me fue a parar la vista.

Estaba tan embobado con sus tetas que difícilmente habría podido negarme a nada. En realidad, difícilmente habría podido mover mis ojos de ese concreto lugar. Haría falta una distracción tipo bomba de Hiroshima para conseguirlo.

Creo recordar que me dijo algo. Y creo recordar también que yo contesté como un zombi salidorro y retrasado, usando una frase épica como “Ammm… ¿Qué?”

Pareció hacerle mucha gracia, a la muy condenada.

Sentí mis mejillas marcadas con hierro caliente mientras Silvia se reía. Para evitar el bochorno de sus burlas, le di la espalda con la rapidez de un torbellino, cruzándome de brazos. Total, el color de mi suéter rojo y mi cara debían ser el mismo.

Estaba claro que ella disfrutaba a mi costa, como ocurría siempre que me ponía de un color tinto de verano.

- ¡Vale! ¡Cállate ya! Me meteré en la dichosa piscina… -acabé por mascullar, para poner fin a sus denigrantes carcajadas.

Salirse por la tangente para meterte en otra que equivale a pasar más o menos la misma vergüenza es de idiotas, pero no se me ocurría nada mejor.

La verdad es que desnudarme delante de Silvia no estaba en mi lista de ese día… ni de ese año. Pero no podía decirle que me daba corte que me viera en calzoncillos cuando ella me había montado un numerito digno de una peli porno de alto standing.

Resoplé, cohibido. Me sentía inferior a mi chica en muchos sentidos, pero en el físico era el más palpable. Ella tenía el cuerpo de una super modelo y yo no (a no ser que me convirtiera en una) Ella era guapísima, deseable, atractiva… y yo ni me acercaba a nada de eso.

Solo en el instante que una voz en mi cabeza me dijo “cuando antes lo hagas, antes se acabará”, fue en el que me atreví a quitarme mi corbata (bueno, las dos) y deshacerme de zapatos, calcetines y derivados. Tan rápido como me permitieron mis abochornadas facultades. Yo no me iba a andar con numeritos.

Echaba humo por las orejas cuando conseguí desabrocharme el dichoso pantalón, la única pieza de ropa que me quedaba si no contamos con los calzoncillos. El camaleón de mi cadena metálica, en pleno contacto con mi piel, se calentaba a cada uno de mis latidos. Puede que sí necesitara refrescarme.

Pronto.

Intentando ignorar en medida de lo posible la mirada de mi novia, di media vuelta y me lancé al agua de palillo, permitiéndome el lujo de hundirme hasta el fondo de una densidad que en un buen principio me heló. Eso esclareció mis ideas. Ligeramente.

Al emerger, lo hice a poca distancia de Silvia. Y lo solté a bocajarro, antes de poder recuperar el aire. Porque si no, no me atrevería jamás.

- Gr-gracias por el regalo. Ha sido… flipante. El regalo más flipante que me han dado nunca –después de recuperarse de la sorpresa de mi declaración atropellada, pareció sentirse muy satisfecha. O eso me dijo su despampanante sonrisa. Solté una risilla, apartando la mirada- Ropa interior de superman… Menuda friki estás tú hecha.

Le salpiqué, divertido.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Mar Abr 03, 2012 9:49 am

Me reí ante su comentario.

- Di lo que quieras pero sé que ese detalle te ha encantado –una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro.

Le devolví la salpicadura, juguetona y rápidamente me alejé de él impulsándome con la pared.

- ¡A que no me ganas! –le grité ya a tres metros de él.

Él me siguió, haciendo caso de su costumbre.

Llegamos hasta el otro extremo de la piscina, al lado donde menos cubría, donde el bordillo quedaba más cómodo. Y allí me quedé a esperarle, jadeante, feliz.

Cuando llegó, yo ardía de cariño. Ansiaba abrazarlo y besarlo y que me fuese devuelto… Creo que los ojos de Lucas decían lo mismo.

Sonreí. Acababa de tener una magnífica idea.

- Hazte el muerto, corre –le apremié con energía.

La cara de rareza que me puso él fue digna de campeonato.

- Por favor… -le supliqué sin perder mi optimismo. Me había concienciado de que este día debía ser magnífico y así tenía que ser.

Él, a regañadientes, accedió.

- Por tu propia salud ni se te ocurra dejar de hacer el muerto, ¿vale? –Eso era serio. Lo que iba a hacer no era muy ortodoxo, por lo que más me valía andarme con cuidado…

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Abr 05, 2012 3:52 am

- Hazte el muerto, corre.

Su petición me dejó pasmado… ¿A que leches venía eso?

- Por favor…

Apreté los labios. Y, como siempre, si la cosa se trataba de ella… cedía.

Poniéndole un gesto de inconformismo resignado, dejé relajar mis músculos, con lo que logré que la densidad del agua me empujara, hasta dejar a flote mi cuerpo.

- Por tu propia salud ni se te ocurra dejar de hacer el muerto, ¿vale? –me advirtió con cierto toque de severidad.
- Lo que tú digas, mami –me cachondeé, usando un tono cansino por encima de la diversión.

Me salpicó de nuevo, casi consiguiendo que me volviera a hundir. Reí entre dientes, manteniendo la compostura.

Los rayos del sol, impactando de lleno en mi cara y haciendo brillar la fría cadena en mi pecho, ayudaban en mucho a mantener la relajación necesaria para estar a mismo nivel del agua… pero sentir que Silvia me pasaba por debajo no tanto.

Fue raro. Y agradable. Agradablemente raro.

Las pulsaciones se precipitaron en todo mi ser cuando la sentí bucear a escasa distancia de mi espalda. Unas vivarachas burbujas originadas por sus movimientos se dedicaron a acariciarme la nuca y a dibujar sinuosas líneas en mi huesuda columna.

Sentí unos fieros escalofríos estremeciéndome.

No era como una caricia. Pero era un buen comienzo y se sentía bien. Con Silvia, todo se sentía bien. Sonreí para mismo emergió a mi otro lado. Durante un momento, solo oímos las ondulaciones del agua.

- Somos la pareja más jodidamente rara que hay –acabé por declarar confortadamente, todavía con los ojos cerrados. – Pero… me gusta.

Nah. Me gustaba ella. Me encantaba. Entera.

Silvia se tomó mi contestación como una vía libre para repetir su resultona ocurrencia. Conmovía saber que me daba todo lo que me podía dar. Era la mejor.

Nos fuimos turnarnos en nuestro juego privado, haciendo uno el muerto mientras el otro deslizaba burbujas desde las profundidades… y a medida que los minutos pasaban, más me daba cuenta de que Silvia era de lo mejor que había en mi mundo.

Se había convertido en parte de mí. La parte que más me gustaba.

- ¡Uy! –me sorprendí al sentir un escozor, después de haber vuelto a cruzar el espacio de sus curvas. Quizás me hubiese entusiasmado en exceso. Había tocado fondo y, acaba de darme cuenta, mi pie lo había pagado.

Sonreí de oreja a oreja.

- ¡Me he hecho un corte! –exclamé, triunfal. V como los ojos de mi novia se entornaban, suspicaz- Y no ha sido a posta, pero sepas que me alegro.

Me incliné, para poder atisbar la imagen de color rojo que se había dibujado en mi piel. No era gran cosa. No más de dos segundos. Pero los quería aprovechar.

No había día mejor para hacerlo.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Jue Abr 05, 2012 10:43 am

- ¡Uy! ¡Me he hecho un corte! –ya, claro… de casualidad, ¿no?- Y no ha sido aposta, pero sepas que me alegro.

Me fue imposible no corresponder su sonrisa. Era de estúpidos decir que no quería tocarle…

Otra idea descabellada me pasó por la mente… Esperaba que al menos fuera a disfrutar mi ocurrencia.

Salí del agua con naturalidad y estiré en el césped una de las tres toallas que había en una tumbona. Vi cómo Lucas se encontraba confuso. Normal…

- Ven, túmbate… -le indiqué. Vi cómo ya se preparaba para soltar otro de sus comentarios- y ni se te ocurra llamarme mami porque esto que voy a hacer nunca lo haría una madre con su hijo…

Ver su intrigada expresión picarona hizo irrefrenable desprender una amplia sonrisa de oreja a oreja.

Tenía un poco de frío, pero no me cabía la menor duda de que el sol y el cuerpo de mi novio harían que me abrigase…

Lucas se tumbó, obedeciéndome. Había pegado sus manos a su cintura, al estilo palillo. Me quedé mirándolo intentando ver cómo podría colocarme… Él era más grande que yo, de eso no cabía duda… A pesar de todo encontré una postura… un tanto rara, pero era la única que se me ocurría, al fin y al cabo…

- Abre las piernas y ponte como si fueses a hacer un ángel en la nieve… -Él flipó- Hazlo y calla –ordené sin esconder mi traviesa sonrisa.

Cuando obedeció, me acerqué a él con cuidado de no rozarle. Planté las palmas de mis manos bajo sus bíceps y mis rodillas fueron a parar en el centro de la amplitud de sus piernas.

Me puse un poco nerviosa. Esto era algo arriesgado e infantil, por no hablar de que tenía que aguantar mi peso sin poder moverme en demasía, pero me dio igual. Él se merecía todo y más.

Mi pelo, empapado, fue desprendiéndose de gotas de agua resbalando en su estómago. Lo tenía plano. ¿Habría comido algo, este chico?

Me olvidé de mi papel de madre y me dispuse a ejercer de novia.

Lentamente me aproximé a la parte inferior de su tripa y empecé a soplarle despacio, de arriba abajo, de forma continuada. Su gruñido de sorpresa me hizo entender que ya había pillado de qué iba la cosa. Y creo que le gustó.

Seguí con mi recorrido, desde su abdomen hasta su cuello. Cuando me tocaba ascender en exceso, sustituía la sujeción de mis rodillas por las de mis pies y viceversa. Menos mal que mi tobillo ya no estaba resentido (o al menos no en exceso).

Así, poco a poco, ofreciéndole caricias airadas… Lucas cerró los ojos, supongo que disfrutándolas en su mente. Yo no, yo inspeccionaba cada uno de sus movimientos. Primero por seguridad y segundo por contención. Lo quería, quería rendirme en su pecho, besarlo, devorarlo…

Pero no, todavía no.

Jugué también con las gotas que desprendían los mechones de mi pelo. Vi que una de ellas iba a caer, por lo que elegí su mejor lugar. Cayó en su corazón. En vista de que ni siquiera en ese lugar podía besarlo, decidí que podría significar algo como que a pesar de todos los impedimentos que tuviésemos, una parte de mí siempre estaría con él.

Seguí desprendiendo más agua por su cuello, quería que me ayudasen a crear el ambiente que tanto ansiaba… y creo que lo conseguí porque cuando volví mi vista a su rostro, noté cómo me miraba, con deseo.

No pude resistirlo, sin mover ni una extremidad de la toalla, cerré los ojos y lo besé.

Luego todo se descontroló.

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Abr 06, 2012 2:00 am

Debía darle la razón a mi novia… eso no era algo que hiciera una madre, ni de lejos.

Tenerla encima, tan cercana, tan insufriblemente lejos a su vez, conseguía despertar un eco en mi piel que no podía ser sano. Demasiado potente.

Ruborizarme fue inevitable. Porque mi vista volvía a perder el rumbo por el contorno de su cuerpo y porque me avergonzaba del mío. Tuve que lamentarme de nuevo, por no parecer un super modelo como ella. Me habría gustado ser mejor…

Pero en ese momento, Silvia no pareció darle importancia a mi insuficiente atractivo físico. Tenía otro juego preparado para mí. Algo excitante y encantador que empezó con la consistencia efímera de un soplido por debajo mi ombligo.

Me noté a estremecer mientras dejaba escapar un gruñido de asombro. Sentía sus labios ascendiendo con exasperante y deliciosa lentitud por mi torso, dejando marcas de aire caliente que, en contraste con los rastros de agua helada, dejaba mi carne chisporroteando. De placer. De hambre por ella.

La dejé hacer, cerrando los ojos con un suspiro que me llevaba cerca del éxtasis. De esa manera, podía concentrarme mejor en la consistencia de sus caricias fantasmas. Mi piel, de gallina, había adoptado una sensibilidad más marcada a medida que los segundos pasaban. Lo hacía todo más real. Más estimulante, provocador.

Costaba restar inmóvil. Mi corazón iba tan rápido que casi podía asegurar que la gota de agua que dejó ir Silvia sobre mi pecho se evaporó en milésimas. Su aliento llegó a mi cuello. El agua también, resbalándome garganta abajo con una connotación sensual que solo ella sabía dar.

Era efervescente. Afrodisíaco. Enervante.

Abrí los ojos, dejando que toparan directamente con los suyos. Brillando como brea fundida en su iris.

Estoy seguro que, si no llega a hacerlo ella, habría sido yo el que se hubiese abalanzado contra su boca. Porque nada más importaba. Porque la deseaba de una forma tan intensa que rozaba a lo hilarante.

Dos segundos. En teoría ese debía ser el trato…pero a ella pareció olvidársele y yo lo agradecí. Mis brazos dejaron de hacer la cruz para enmarañarse a través de su cintura, de su espalda desnuda. Presioné con vehemencia, haciéndola perder su punto de apoyó. Quería sentirla.

Pecho contra pecho, estómago y estómago. Fue un choque glorioso. Abrí la boca, aspirando su resuello. Ese mismo beso que había empezado para acabar casi de forma simultánea, se acabó por convertir en un contacto marcado de ansiada desesperación. Se produjo un estadillo al compás de la fricción constante de nuestros labios, en movimientos moldeables y cada vez más acelerados. Por primera vez en mi vida, tomé el control. Di una voraz vuelta sobre mi mismo, haciendo que fuese ella la que quedara atrapada bajo mi peso. Como en mi sueño.

Mejor, incluso.

Me hundí en su cuerpo, en su alma. Su brazo se anclaba a mi espalda, atrayéndome hacia ella, transmitiéndome la necesidad ferviente que yo mismo sentía. Su otra mano comprobaba la constancia de mis ensordecedores pálpitos. Sonaban estridentes en mis tímpanos.

Habían pasado diez segundos. Más. Mucho más.

Pero no me preocupó. Las hormonas me podían. Adrenalina en estado puro. Testosterona bochornosamente dominante.

Mis manos acuraron un recordatorio constante de sus curvas, de su vientre contraído, unos momentos antes de hacer una muestra extraña de valentía al atrapar sus muñecas, aplastándolas en la hierba, dejándola anclada. Inmovilizada a mi entera disposición y no fue algo que pareciera disgustarle

Nuestras lenguas mantenían una fricción constante en la boca del otro. Jadeando a la mínima separación que hubiese. Silvia mordió mi labio inferior.

Me ponía a cien.

La quería. Quería sus caricias, sus besos, su calor, su cuerpo. Necesitaba su cariño. Sexo. Con ella.

El aire se me había acabado hace rato. Puede que fuese por eso que sentía un zumbido, un malestar que no venía a cuento, un dolor acorazado en lo más profundo de mi subconsciente. Y se marcó.

Fue como un… un drenaje interno. Como si estuvieran vaciando y mi sangre no fuese tan espesa como debería. Mis células chillaron a modo de alarma. Debería haberlas escuchado. Debería haberlas escuchado hacía rato.

Gemí, intentando separarme de Silvia sin muy buenos resultados. Quise hablar, pero me enmudecí cuando el dolor aumentó en dos puntos clave una vez fui consciente de lo que ocurría. Intenté abrir los ojos, enfocar la vista… tomé una bocanada de aire.

Quien hubiese dicho que esa iba a ser la última.

Era aterrador. Confuso.

Todo oscureció.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Vie Abr 06, 2012 10:24 pm

Lucas me atrapó por mis muñecas, dominado por sus hormonas. Y me encantó. Significaba que mis ocurrencias habían dado su fruto. Quise sentirlo más contra mí, que nos fusionásemos.

Nos besamos, con ahínco, con desesperación. Estábamos locos de amor, nos necesitábamos. Nuestras lenguas no se despegaban y, cuando lo hacían, era para encontrar nuestros labios. Estaba que echaba humo y no me importaba, quería más.

Como no podía mover mis brazos, decidí emplear mis piernas. Las enrosqué en su cintura, con pasión, con fogosidad. Quería más, quería llegar hasta el final.

Pero él se separó de mí levemente, parándose a respirar, sonreí. Yo me sentía igual, pero no quería parar.

Pero él lo hizo.

Cayó sobre mí con violencia. Estábamos desesperados por sentirnos… pero no de aquella forma.

- ¿Lucas? –Era una llamada inocente, juguetona.- ¿Qué? –me corté ipso facto.

Me había acordado de algo, algo de lo más esencial: yo tenía poderes mortíferos.

- ¿Lucas? –Mi sangre se evaporó, no podía creer qué estaba ocurriendo. -¡Oh, no! ¡Lucas! ¡Lucas, dime algo!

Me revolví, intentando escapar de su peso, intentando salvarle la vida.

Arqueé la espalda, luché contra su cuerpo por hacer movimientos zigzagueantes hasta que al fin lo conseguí. Puede echarlo hasta el césped.

Frenética, fui directa a por otra de las toallas, justamente la que él me había traído.

Se la eché por encima, protegiéndole de mi piel.

- Lucas… Lucas… ¡Lucas, por favor!… -mis llamadas empezaron a convertirse en llanto desgarrado. Le sacudí con fuerza, desesperada- No me hagas esto… ¡Por favor! ¡Respira!

Y no pude soportarlo más, me derrumbé en su pecho, en realidad ya daba igual que le tocase, pero estaba muerto. ¿Por qué sentir a alguien en ese estado?

No sé cuánto tiempo estuve así, hipando desconsoladamente, convulsionándome.

La razón de mi vida, de mi existencia, se había desvanecido. Estaba sola… sin nadie más…

Nadie me quería.

¿Para qué quería vivir?

Tuve una idea. Era perfecta. Yo no pertenecía a este mundo. Es más, el destino no paraba de hacerme invitaciones para pasar al otro barrio. Por tanto… ¿Por qué no hacerlo?

Sin pensarlo dos veces, corrí a toda velocidad al baño de arriba, donde estaba el botiquín. Hubo dos cajas de pastillas que me llamaron especialmente la atención: el ibuprofeno y mis tranquilizantes. Me sonó idílico. Era perfecto.

Rápida como la que más, las deposité junto al inerte cuerpo de mi amado. Ya solo me faltaba el agua.

Una vez que tuve todo preparado, fui engulléndolas una a una, pastilla por pastilla. A partir del número veinticinco perdí la cuenta. ¿Qué más daba? Solo sabía una cosa: por cada comprimido que tomaba, más fuerte y segura me volvía.

Todo me daba igual, incluso las muestras de lo ocurrido en el césped. En realidad era mejor así. Cuando me encontrasen, no tendrían problemas para saber la causa de mi muerte.

Mi suicidio era lo mejor que había hecho en mi vida. Me negaba a cargar con su muerte en mi conciencia. Quería estar con él hasta el fin de los tiempos. Y así lo haría. Me reencontraría con él y con mi familia, Lima incluida.

Cuando no tuve más que tragar, volví con mi amante fallecido.

Ya solo me quedaba esperar a mi aliado oscuro y desear no soltar lo digerido.

Si no, todo se echaría por tierra.

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Abr 08, 2012 12:31 pm

Tenía sueño. Un sueño aplastante y agotador que al parecer se me quería tragar de vivo en vivo. Algo antinatural, de la consistencia del acero. No me gustaba.

Durante un segundo, creo que volvía a encontrarme en manos de la Parca. Como me pasó con Juliette. Solo que esta vez, lo percibía todo de una forma criminalmente aterradora, no como una vía de escape al dolor. La verdad es que me habría gustado sentirlo, solo por el placer de notar algo. Cualquier cosa. Estaba vacío de una forma horrorosamente literal y eso no podía ser bueno. Que no respirara tampoco.

Luché contra la densidad. Me tenía preocupado. Algo me decía que mi deber era mantenerme sobre la negrura, sobre la nada y... luego apartarla.

No sé si fue a base de intentarlo con desgarrado desespero o es que tuve chorra, pero la tela que me envolvía los pulmones se vio disuelta, concediéndome todo lo que había deseado a la primera bocanada que conseguí atrapar: Dolor.

En el codo, en el tobillo, en la cabeza. Agradecía poder identificar esas partes de mi cuerpo y que mis latidos, arrítmicos y tímidos, empezaran a bombear de nuevo mis constantes. No entendía nada, pero me lo tomé como buena señal.

Intenté revolverme. Incorporarme. Pero como no me dio buenos resultados, opté por algo un pelín más fácil. Abrir los ojos.

Lo último que recordaba es haber estado sobre Silvia, metiéndole mano. Vamos, que me lo estaba pasando teta... hasta que algo falló. No acababa de poder entender el qué. Pero sí tenía una cosa por seguro: Ella seguía a mi lado.

Estaba estirada en posición fetal, cerca de mí. Muy cerca. Preciosa, medio desnuda y todavía levemente mojada. Dormía, como lo había estado haciendo yo. Sonreí. La paz que se reflejaba en su expresión me encandiló, e incluso, puede que me animara a volver a echar otra cabezadita. Lo hubiese hecho de no ser porque su calma se vio rota por un mohín, que abarcaba desde dolor a la tristeza más insufrible.

Apretó los labios, prensando su abdomen con ambas manos. Gimió.

- ¿Qué te pasa? -me angustié a media voz. No contestó- Silvia...

Quizás mi voz no fuese lo suficientemente potente. Me recliné, usando como agarré mis rodillas para controlar el mareo que invadía mi aturullado cerebro. Llevaba una toalla encima que no recordaba haberme puesto. No recordaba nada. Sólo el malestar absoluto.

¿Qué...?

Mi mano fue a topar contra un bote que había mi vera. Un bote de pastillas. Vacío.

Lo elevé a la altura de mis ojos, frunciendo el ceño en señal de concentración. Los calmantes de Silvia... curiosamente, no quedaba ni uno. Pestañeé con fuerza.

Mi novia soltó otro gruñido agónico, con los ojos fuertemente cerrados. Se retorció, mordiéndose el labio inferior para mitigar una corriente de espasmos que parecían provenir de sus entrañas.

Y por fin, procesé. Procesé con un choque frontal que me dejó sin aire.

Su voz sonó en mi subconsciente. Clara, reveladora.

Te quiero...

Te has convertido en la razón de mi vida..

Si tú te vas, yo me voy...


Tú eres mi vida.

Solté un grito sordo de alarma. Ahora entendía. Recordaba.

Era tan fácil como que ella creía haberme matado y en consecuencia, por estúpido e imposible que parezca...quería morir. Se había tragado aquellas pastillas para morir.

El terror me tomó como presa. El bote de pastillas resbaló de mis manos, marcando su sentencia.

- ¡No! ¡Silvia! -abalancé la toalla sobre ella, tan rápido como pude. Y la sacudí con violencia, a pesar de que un escozor en mi codo me pedía que no lo hiciese - ¡Estoy vivo! ¡Mírame! ¡Silvia! ¡Silvia por favor!

Me oyó. Esta vez sí. Vi como hacía esfuerzos por elevar los párpados, muy lentamente, como si tuviese miedo. Como si le pesaran. No supe descifrar la expresión que tomó su rostro al poder enfocarme. O fue incredulidad absoluta, o dolor o simple y abrumadora sorpresa, pero se desencajó, como si estuviera contemplando un fantasma.

Duró hasta el momento en que soltó otro quejido, encogiéndose sobre su tripa. La alarma podía conmigo. El desespero me ganó la partida...

- No, no, no...¡No! ¡¿Pero qué has hecho?! -me espanté.

Tenía que actuar rápido. De lo contrario, la perdería y no era algo que estuviera dispuesto a aceptar. No la dejaría irse.

Envolví cada tramo de su cuerpo semidesnudo con la toalla. Y luchando contra mi propio cansancio, la elevé, como si llevara un fardo especialmente pesado. Pasé de todo. De que me sentía medio muerto, que mi cerebro seguía congestionado y que apoyar peso en mi tobillo no era una idea precisamente brillante... pero simplemente me resbalaba. A la mierda yo. Ella era lo importante.

De una forma imposible, me las arreglé para llevarla hasta el lavabo, balanceándome pesadamente, impulsado por la más fiera angustia.

Silvia estaba medio atontada, pero hacía imposibles para no apartar sus perdidos ojos de mi cara. Parecía estar avaluando si realmente me tenía ahí en medio de las contracciones de su vientre. La dejé caer a toda mecha contra las baldosas del suelo, de rodillas, a tiempo que levantaba la tapa del váter.

- ¡Vomítalo! -le indiqué, frenético. Mi pecho temblaba. Más de lo debido- ¡Ahora mismo!

¡Dios! ¡¿Pero a quién coño se le ocurre...?!

Prácticamente la empujé contra la taza. Puse una mano en su espalda, presionando con vehemencia por encima la toalla. La otra la usé para sujetarle el pelo. Tenerlo tan largo iba a ser un problema para ella.

No tardó demasiado en cumplir mis súplicas. Supongo que era algo natural si tenemos en cuenta que se había tragado un bote entero de pastillas, así por la cara. Puse una mueca, mezcla de profundo alivio y de repulsión cuando oí sus primeras arcadas. Esas que indicaban que se iba a salvar. Su columna temblaba, a base de potentes escalofríos, de tosidos, de lágrimas. No fue un espectáculo agradable.

Mi novia estaba hecha un pena.

Cada vez que intentaba decirme algo, le venía otra convulsión y vuelta a vomitar. Lamentable. Acaricié nerviosamente su espalda, animándola a que lo echara todo. A que me dejase respirar tranquilo otra vez. Era insufrible verla así...

- Has intentado matarte... -la acusé, consternado. El retumbo de mi pulso no se había calmado. Reforcé mi agarre a su alrededor, sujetando el peso que ella no podía aguantar. Sollozó, carcomiéndome el alma- ¡Silvia, te haces una idea de...! -sacudí la cabeza, histérico- ¡Joder! ¡¿Cómo has podido?! ¡¿Eh?! ¡Cómo se te ha ocurrido semejante gilipollez! ¡¿Es que te has vuelto loca?!

Puede que la bronca hubiese sido más efectiva si mi voz no estuviese quebrada. O si sus convulsiones diesen una pausa. No conseguía asimilar la magnitud de lo acontecido... Silvia había intentado suicidarse. Ella. La persona más maravillosa del mundo. La más importante en mi vida.

No conseguía entenderlo, pero me sentía desolado.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Lun Abr 09, 2012 10:37 am

Jamás pensé que nuestro cumple-mes acabaría de tal forma: yo potando y él exhausto producto de haber estado hablando con la Muerte, con mi Aliado Oscuro.

¡Hurra por mí!

Intenté decirle que lo sentía, que era culpa mía haberle casi matado, pero no pude. Más pastillas a medio deshacer exigían que abriese la boca. Junto a ellas, unas intensas lágrimas y unos sudores fríos fruto del sobreesfuerzo vinieron a tropel. Odiaba estar en este estado. Daba asco…

A pesar de todo, era para elogiar a mi novio por la manera en la que se lo estaba tomando. Me habría encantado haber sido capaz de poder musitar un “gracias” cuando me sostuvo el pelo. No me abandonó ni un segundo, sentí su mano en mi espalda con ayuda de la toalla: Aquel magnífico trapo de tela que hacía que no le rematase y que además, por otro lado, me ayudaba a entrar un poco en calor.

Parecía mentira, pero intentar arreglar mi suicidio estaba siendo muy duro… y repulsivo… Aunque en cierto modo, esa aversión me ayudaba a vivir… Tener que mirar dentro del váter y soportar ese asqueroso olor no hacía más que inducirme a que expulsara hasta la bilis…

Cuando acabé de echarlo todo fuera fui directa al lavabo, a enjuagarme la boca… Tuve la intención de cepillarme también los dientes, pero Lucas estaba desesperado y quería que le contestase de una vez por todas…

Todavía no había podido tranquilizarle…

Es por ello por lo que lo obvié y me di por satisfecha cuando supe que ya no me quedaban ningún resto entre los dientes y ningún sabor a medicina. Luego cogí los guantes que reposaban en el mueblecito e hice caso a mi espalda para que me tumbase de una vez.

En mi trayecto hasta el colchón con la toalla sobre mi cuerpo, ya pude contestarle. La única pega es que no sabía qué decir exactamente… Algo como “Sí, me he querido suicidar” me parecía una forma un tanto fría…

Opté por algo más emocional, algo que en realidad ya le había dicho más de una vez…

- ¿Y qué querías que hiciera? –Me puse los guantes y, una vez estando disfrutando en el paraíso de la comodidad, me acurruqué. Siempre sin mirarle. Me dolía verle así… estaba demacrado. Y ya no solo físicamente si no también psicológicamente hablando… Seguramente ese había sido mi estado un segundo antes de saber que vivía… - ¿Qué pretendías? ¿Querías que fuese a tu entierro? ¿Qué le dijese a tus dos familias que te había matado? ¿Qué aguantase más repulsión por parte de mi tía? ¿Llamar excesivamente la atención de Juliette y que me atrapara? –Era raro, pero ni siquiera me alteré. Fue todo con un tono monocorde. Parecía incluso indiferente- Lucas… -seguí sin mirarle, pasaba- no sé de qué te extrañas… Te lo he dicho una y mil veces: tú eres mi vida. Sin ti no me queda nada… nada por lo que vivir…

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Miér Abr 11, 2012 3:26 am

- Lucas…no sé de qué te extrañas… Te lo he dicho una y mil veces: tú eres mi vida. Sin ti no me queda nada… nada por lo que vivir…

Me negué apartar mi horrorizada vista de su nuca, pero no sirvió de mucho. Silvia ni siquiera se dignaba a mirarme. Cada golpe de su voz, calmada e indiferente, consiguió neutralizar lo poco de regular que había en mi respiración.

Punzadas de renovado pánico se centraron en mi espina dorsal, mezclándose con una sensación de desorientación total. Porque ella actuaba, hablaba y se justificaba como si todo aquello fuese lo más lógico del mundo. Como si hubiera una extraña ley física que dictaba que si yo desaparecía, ella se tenía que borrar también.

Eso no molaba. Eso no era... no era lo correcto.

Jamás habría imaginado que ser su vida comportara aquello. No me había parado a cuantificar nunca qué suponía ser el motivo de la existencia de alguien. De la suya. Resultaba tan esencial como la pared maestra de un edificio. Una responsabilidad que daba miedo. Pánico.

- ¿Pero cómo puedes...? -empecé, incrédulo, puede que hasta un punto indignado. Quería protestar. Decirle que lo que había hecho era de todo menos normal. Y que me había dolido en sobremanera. Pero la voz se me quebraba de una forma nada recomendable para echar un bulla, así que me decanté por otro método. El que me gritaba cada palpitación adolorida en el costillar. Suspiré.

Agotado, me permití el lujo de dejarme caer sobre la cama. Sería un momento oportuno para examinar mis nuevas marcas. Las mismas cicatrices que ella tenía, en tobillo y codo, ahora se replicaban en mí. Se me ocurrió hundir un tanto la uña en ese tramo de carne rojiza. Siseé.

Y aún así no se movió.

Tardé varios segundos en decidir si era mejor seguir mirando el vaivén de la cadena camaleónica contra mi pecho o centrarme en la desequilibrada chica con tendencias suicidas que descansaba a mi lado. Cogí valor, desistiendo en el intento de tragarme mi uña.

- Joder, Silvia... Yo...es que no puedes depender tanto de mí ¿Vale? No es sano. Además... d-duele pensar que... la persona de quien te has...-tragué saliva- e-enamorado... no tenga ganas ningunas de vivir...Es muy jodido.

Sentía que me pesaba todo. Dejé a mi maltrecho cuerpo tumbarse (o mejor dicho, derrumbarse) cubriéndome premeditadamente con la sábana que cubria el colchón. Sería una buena protección y me cobijaba dentro de mi despedazado estado de ánimo.

- ¿Y sabes qué? -continué. Ya que se negaba a prestarme atención, tendría que llamársela de algún modo- Yo habría querido todo eso. Que fueras a mi entierro y... y que lloraras como una descosida. Que se lo contaras todo a mi familia... bueno, a las dos. Te habrían odiado, p-pero... no se lo tienes que tomar en cuenta -me encogí de hombros- Mis padres me abandonaron sin importarles una mierda si la espichaba o no, así que no podrían culparte... y en cuanto a los Castillo... Ellos son flipantes así que... te habrían acabado perdonando -torcí el cuello en su dirección. Seguía de espaldas a mí, obcecada como ella sola. Cada vez conseguía entristecerme más- Incluso te habrían protegido de Juliette, de Padre... de quien hiciera falta, ¿Vale? No te habrían dejado tirada sabiendo que me importas. Luego, con el tiempo... lo habrías superado, Silvia. Me habrías olvidado. Eso es lo que quiero... lo que querría si me pasara algo...que vivas.

No recibí respuesta. Solo un suspiro un tanto dramático, lleno de amargura, que me daba a entender que las expectativas no la contentaban en absoluto.

Arrugué la frente.

Era una tía imposible. En la vida, nadie me había frustrado tanto como ella.

¿Qué se supone que tenía que hacer con Silvia? ¿Enviarla junto al reparto de “Alguien ha volado del nido del cuco”? ¡Estaba pirada! Hacerse eso a si misma podía considerarse un sacrilegio. Algo infame, horrendo y espantoso aparte de ilógico.

Me entraban ganas de darle una bofetada. Dos.

De comerle la boca.

Así que me decidí por lo práctico. Descargar la rabia acumulada y acercarme a ella en solo dos movimientos. Uno fue el golpe que me propiné en la mano, directo contra la barra metálica que se entreveía bajo el colchón, en el esqueleto de la cama.

Fue un impacto lo bastante fuerte y doloroso como para conseguir que mi novia diera una vuelta apresurada sobre si misma, alarmada. El segundo movimiento fue tan fácil como aplastar mis labios en su boca antes de que pudiese objetar nada por romper mi promesa de no herirme. Quedaba sistemáticamente anulada después de lo que había hecho, al menos de momento.

Estaba más centrado en otras cosas.

En su saliva. En el momento en que se apretó contra mí tanto como le permitió la toalla y el edredón, soltando un gemido de angustia. Sus gauntes me arrullaron, al son de un beso profundo, paciente, lento. Trascendental. Lleno de una ternura que se tiñó del sabor de la sal cuando las mejillas de Silvia se humedecieron. Temblaba.

Si lloraba porque eran demasiadas emociones juntas, podía entenderla. Yo también lo sentí. Había desespero,dolor, alivio...mucho miedo retenido. Me empapó de él.

Por primera vez, fui plenamente consciente de lo que había sucedido. De lo que podría haber pasado si no hubiese despertado nunca.

Jamás podría haber vuelto a respirar. A latir.

No hubiese vuelto a ver a Los Castillo. Ni siquiera podría haber hecho las paces con mis auténticos padres. Jamás habría tenido más oportunidades. Lo habría perdido todo de un plumazo y ni tan siquiera me enteraría.

Me inspiró tanto pánico como el que me daba que le pasara eso a ella. No podía permitirlo.

Sollocé contra su boca, secándole sus lágrimas a tiempo que a mí me brotaban otras, producto del escozor en mi yugular. Fui correspondió con la misma intensidad desgarrada. El contraste con la vida que me había quitado y la que me estaba devolviendo lo hacía todo más real.

Por desgracia, llegado el momento de apartarse, Silvia lo hizo con más rapidez de lo normal. Asustada, tal vez.

Con los ojos cerrados, respirando aire contaminado de su perfume, mi cabeza cayó contra el colchón. El dolor (al menos físico) acababa de esfumarse.

- Júrame que no lo volverás a hacer -susurré, con voz áspera.- Que pase lo que pase no se te volverá a pasar por la cabeza la estupidez de... -me estremecí. Había estado muy cerca. Demasiado- suicidarte. Promételo.


Última edición por Lucas Castillo el Lun Abr 16, 2012 3:32 am, editado 1 vez


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Invitado el Sáb Abr 14, 2012 9:37 am

Mi desesperación y mi miedo se fundieron con su beso, con él. La saliva, nuestras lenguas explorándose mutuamente, memorizando con exactitud la boca del otro, lentamente, sin cesar.

Lo quería. Demasiado. Esa fue la razón por la que empecé a temblar, a llorar. Tenía que alejarlo de mí ahora si no quería que muriese.

Costaba demasiado, lo necesitaba hasta el extremo. Era como si me hubiese robado un pulmón y cuando corría lo echaba en falta. Me era esencial. Pero para mi orgullo, pude. Lo conseguí.

Nuestros alientos se aceleraron y Lucas se ancló en la cama.

- Júrame que no lo volverás a hacer –me volví para mirarle la cara ante su susurro -Que pase lo que pase no se te volverá a pasar por la cabeza la estupidez de... –paró. Quizás no sabría cómo seguir- suicidarte. Promételo.

Lo estuve meditando durante un buen rato. Quería complacerle, pero entonces mentiría…

¿Qué decir?

Silencio.


- No puedo prometerte eso… -Contesté al cabo de un rato con un hilo de voz. No podía. Lo mismo tenía razón con eso de que no podía depender tanto de su cercanía, pero si él era lo único que me aportaba felicidad… ¿Qué me quedaba si lo perdía? Nada… -Además… no me arrepiento de haberlo intentado.

Lo había dejado conmocionado, pero ya no podía hacer nada. Todo lo dicho era cierto. Me alegraba de seguir viva ya que él no se había despedido definitivamente, pero tenía claro que en cuanto desapareciese del mapa, le seguiría.

Con Lucas hasta el fin del mundo.

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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Abr 14, 2012 10:31 pm

Había leído, hace tiempo, un reportaje sobre personas con tendencias suicidas. Era un drama, pero se ve que, más del 90% de la gente que fallaban a la hora de quitarse la vida, quedaba profundamente arrepentida de sus acciones.

Vamos, que un tío cayendo al vacío desde la azotea de un edificio de ocho plantas, al llegar a la cuarta desearía volver a atrás, por muy mal que le fueran las cosas. Se llama instinto de supervivencia. Y Silvia no lo tenía.

La observé, sin poder disimular mi angustia tras lo sobrecogido que me había dejado su indiferencia. Ella sabía que me tenía bien acojonado, pero no le importaba lo más mínimo. Ni eso ni su vida.

Sentí que me ponía malo de nuevo. Se ató un nudo en la entrada de mi estómago, dejándome una sensación parecida a haber recibido una patada de kárate en todo el abdomen por parte de Sergio.

Silvia había querido morir... y seguía con la misma idea en mente.

Un escalofrío contrajo cada tramo de mi piel. Pánico, pánico otra vez.

- Pero... n-no puedes... -no podía decir eso. No podía hacer eso. No después de lo mal que nos lo habíamos pasado. Arrugué el entrecejo, sintiendo que me invadía la picante impotencia sobre las otras cosas- Joder...¿Tú de dónde sales? ¿De una obra de Shakespeare?

Se limitó a rodar los ojos antes mis gruñidos. Incluso tuvo la poca vergüenza de sonreír débilmente, con un punto de indulgencia. Como si me tratara de tontito o como si me hiciera ese gesto para que callase la boca.

Tampoco me dejó cabrearme a gusto con su obcecado y enfermizo plan. Me dejó sin armas apoyando el oído en la parte izquierda de mi torso, con dulzura, eligiendo supongo esa zona cubierta por la sábana adrede. Quizás, a parte de un gesto de cariño, fuese una revisión médica.

Yo ya me sentía genial. Vacío, dolido, aterrado. Pero físicamente no había quedado rastro de ese...accidente. Suspiré cuando sus labios se posaron sobre mi corazón, de nuevo palpitante. De nuevo acelerado.

- Esto no queda así -le aseguré con voz débil, rindiéndome a envolverla en un abrazo que necesitaba más que ella.

Normalmente eso es lo que dice el malo de la peli. Pero en esta ocasión, era una frase dicha para salvar a la chica guapa del peligro. Del peligro de sí misma.


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Re: Un mes y dos funerales (Silvia)

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