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Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

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Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Mayo 31, 2012 7:28 am

Me he vuelto loco. Tiene que ser eso, estoy volao, ido, neurótico. Qué le vamos a hacer. Se veía a venir, era cuestión de tiempo que se me desatara la pinza.

Volví a llamar al timbre, con impaciencia, preguntándome por enésima vez porqué tardaría tanto en abrir. Sofoqué mi ansiedad contra una uña, por mantener la costumbre.

- Venga, venga, venga –canturreé entre dientes. No era normal que tardara tanto… o puede que sí, cuando se despierta a uno a las cinco de la madrugada suele comportarse de una forma lenta y torpe. Demasiado lenta.

Estaba paranoico.

Pero no, no era yo el desquiciado. Yo no había intentado suicidarme. Nunca se me pasaría por la cabeza. Había sido ella. Ella, no yo, luego la pirada era Silvia.

Empecé a hiperventilar de una forma más alarmantemente pronunciada a medida que los segundos pasaban. Sobrepasado, hundí ambas manos en la espesura de mi pelo, despeinándolo. Tenía la sensación de que me faltaba aire. Sentía como los latidos llegaban precipitadamente a mi garganta, demasiado rápidos para detener su ritmo. Los escalofríos de terror iban en alza.

Por favor que no esté muerta… por favor que no esté muerta…por favor…Todo menos eso…

Entonces pasó lo que debía liberar todos mis miedos. El sonido de la puerta al abrirse me alarmó exageradamente, y el susto trajo consigo una ráfaga de renovador alivio.

Con una camisa ancha, de manga corta, más adecuada para un tío por su anchura. Con las hebras de su cabello de color crudo deslizándose por sus párpados entrecerrados y con su nueva Lima en una de sus manos.

Silvia estaba ahí.

Solté el aire acumulado y dejé caer las manos de mi coronilla.

- ¡Ay, menos mal! –bufé sin fuelle, relajando mis hombros por fin- Sigues viva…

Ni siquiera le dejé que acabara de asimilar lo que había dicho. Creo que técnicamente ni le di ni tiempo para salir de su estupor. Yo ya la había atrapado en un abrazo urgente antes de que pasara. La estreché en mi pecho, sobreponiéndome al miedo que había pasado.

Silvia estaba bien. Los planetas ya podían volver a girar. Mi alma tenía permiso para regresar a mi cuerpo.

Gracias a Dios… si esa pesadilla hubiese sido real…si lo que soñé por segunda vez en la cocina llegara a cumplirse… me daría un chungo. Ni siquiera me atrevía a pensar en ello. Era demasiado.

Por eso me había plantado en casa de Silvia, a las cinco de la madrugada, con el uniforme puesto y sin ninguna intención de volver a casa. No. No hasta que me jurara sobre la tumba de sus padres que no intentaría jamás volver a quitarse la vida. No me separaría de ella hasta ese momento, lo había decidido. De repente, esta nueva promesa dicha a mi mismo hacçia que la que había hecho con Sandra careciera de sentido.

No me valía la posibilidad de tocar a Silvia sí para ello su vida se iba al traste. Eso nunca.

Tragué saliva.

Chachi. Mi prima me matará…


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Vie Jun 08, 2012 11:20 pm

Estaba en la cama, tumbada, soñando…
El peluche de Lima había pasado de ser achuchable y blandito a tener, además de todo eso, vida. Era ella de nuevo, feliz, jadeando y pidiéndome que jugase con ella. ¿Quién podría resistirse?

Alegre como nadie jugué a peleas con ella, riéndome. Me puse encima de ella, como haciéndola ver que yo era más fuerte y al poco se revolvió y consiguió librarse de mí. Ahora quería que jugásemos al pilla-pilla. Ladró por primera vez, pero a la segunda su sonido fue distinto, lo hacía con el tono de un timbre. Y otra, y otra más…

¿Pero qué narices?

Luego lo capté. Era un sueño del que debía despertar…

Ya consciente, apretujada contra mi almohada y el peluche de Lima, escuché dos veces más el timbre. Intenté pasar y volver a dormirme, quizás el graciosillo que estuviese intentando gastar una broma absurda se cansaría y me dejaría dormir a mí más de tres horas…

Pero no caería esa breva.

Fastidiada ante tanta insistencia, no me quedó otra que abrir la puerta. Ese era el inconveniente de tener que ejercer de adulta en esta casa, que el “que lo haga otro” no me podía servir como excusa…

Bostecé como si de un hipopótamo se tratase y busqué a tientas mis zapatillas de andar por casa.

Una vez puestas me deslicé escaleras abajo. El insistente timbre no me afectaba para que fuese más rápido, tan solo me despejaba un poco más. Lo justo para percatarme que tenía a Lima en una mano…

Bueno, daba igual…

Abrí la puerta, adormilada, más por obligación que por interés.

- ¡Ay, menos mal! –escuché de pronto cuando alguien se abalanzó para abrazarme.

Luego todo fue más confuso.

Cuando la figura me dejó ir ya pude identificarla. Era mi novio…

- ¿Lucas? ¿Qué haces aquí? –se palpaba mi sueño sin ningún esfuerzo.

Entonces me fijé. Iba con el uniforme.

- ¿Y qué haces vestido ya así? –le di espacio para entrar por la puerta y, una vez ya en el recibidor, la cerré- ¿Ya es hora de ir a clase? –me sorprendí.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Jun 16, 2012 8:52 am

- ¿Y qué haces vestido ya así? –me colé a toda prisa por el hueco de la puerta, con la cabeza gacha- ¿Ya es hora de ir a clase?

- Amm…

Y ese fue el momento. El momento en que pasé de “uf, qué aliviado estoy” a “uf, qué gilipollas estoy hecho”. Me encogí todo lo que pude sobre mí mismo, intentando mimetizarme con el color de mi uniforme. Tenía la sensación de que la cartera empezaba a pesarme una tonelada. Ahora todo parecía tan ridículo…

- No. En realidad… son las cinco de la madrugada –cuando me atreví a dirigirle una mirada de soslayo a mi novia, pude comprobar el efecto desconcertante que habían tenido mis palabras- Lo siento. No quería...despertarte –me apresuré a decir.- Es que… bueno, he tenido una pesadilla muy chunga… además que… que no sabía muy bien…que creí… -acabé por abastecer mi atropellado discurso con aire. Se había vuelto irrespirable desde mi posición.

Sabía que no tenía sentido contarle todo aquello. Que me tomaría por un obseso, un maníaco, un controlador o tal vez algo peor. Pero había sido ella la que me obligaba a comportarme así. El dolor de llegar a perderla me volvería más loco todavía y no quería arriesgarme a ello, ni por un segundo.

Lo tenía decidido.

Me escapé con la mirada, mordiéndome el índice con gesto distraído.

- Da…da igual. Lo importante es que tú estás bien –forcé una sonrisa, a pesar de que ella seguía mirándome como si acabara de salir catapultado de uno de nuestros cómics de Marvel. Posiblemente no le encontrara sentido a ni una de esas frases sueltas y sin nexo de unión, pero me traía sin cuidado.

Lo único importante era no quitarle ojo de encima. Cuidarla. Le gustara o no.

Sin añadir mucho más, deslicé una mano hasta la parte más estrecha de su espalda, empujándola suavemente escaleras arriba.

- Puedes seguir durmiendo si quieres –musité, dulce, una vez traspasamos la puerta de su cuarto.

Me senté en los pies de su cama, guiándome solo por la luz rosada que parecía querer asomar entre los tejados de Valle Perdido. Dejé la mochila en el suelo, dejando más que claro que no pensaba moverme de ahí.

- Tú pasa de mí. Haz como si no estuviera… -le sugerí.

Eso. Haz como si no estuviera mientras veo como duermes y controlo tus respiraciones.

Dios. Suena mazo siniestro hasta dentro mi cabeza.



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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Mar Jun 19, 2012 6:03 am

- No. En realidad… son las cinco de la madrugada.

¿¡Que qué!?

- Lo siento. No quería...despertarte –saltó de pronto al interpretar mi expresión.- Es que… bueno, he tenido una pesadilla muy chunga… además que… que no sabía muy bien…que creí… -paró un momento para respirar, pero luego en vez de seguir con su explicación me esquivó la mirada acompañando ese gesto con su típica manía.

¿Y qué pesadilla podría haber para querer despertarme? ¿Sería grave?

- Da…da igual. Lo importante es que tú estás bien –entonces sonrió de manera forzada, como si me estuviese ocultando algo.

Entrecerré los ojos, intentando saber en qué pensaba exactamente.

Pero su contestación fue algo todavía más extraña. Me puso una mano en mi espalda y empezó a guiarme en dirección a mi habitación.

¿Pero qué narices le pasa?


- Puedes seguir durmiendo si quieres –y así sin más se apalancó en mi cuarto dejando a un lado su mochila.

Por mí encantada de que se quedase, pero su comportamiento era más que sospechoso.

¿¡Pero qué cuernos le pasa!?


- Tú pasa de mí. Haz como si no estuviera…

- ¡Pero qué dices! –me exasperé- ¿Me despiertas en plena noche, me dices que has tenido una pesadilla muy mala, te apalancas en mi cuarto y luego me dices que haga como que no estás? ¿Te has vuelto loco o qué? –iba a replicar, pero pasaba de escucharle- mira… -le di la espalda a la vez que levantaba la mano dándole a entender que no me importaba lo que me dijese. Y así empecé a bajar las escaleras- da igual… quédate aquí si quieres… yo voy a la cocina…


Sí… ya es complicado dormir con el estómago lleno, como para que encima lo intente cuando me rugen las tripas…

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Miér Jun 20, 2012 3:13 am

Espera un segundo… ¿Cocina?

El corazón se me saltó del pecho, como propulsado a catapulta.

¡Cocina! ¡Cuchillos, trituradoras, picadoras, microondas, sartenes!

Vale. Cierto es que hay pocas posibilidades de que Silvia intentara quitarse la vida a base de sartenazos o metiendo la cabeza en el horno cual pernera de pollo, pero es que yo no quería arriesgarme, y menos con la parte de los cuchillos, que resultaba ser la más terrorífica.

Me levanté de un salto, corriendo tras ella como alma que lleva al diablo.

- ¡No! ¡Espera! –mi grito ahogado casi le cuesta una caída libre por las escaleras. Respingó, girándose a mirarme con un revuelo de alarma en el rostro. Ups. Tal vez me había pasado de exagerado. Carraspeé, forzando a mi cerebro a encontrar una excusa. Y rápido- Que… quiero decir… que yo también tengo hambre…y… te acompaño.

Tenía la suerte de que eso no era del todo mentira. A pesar de que cuando Sandra me dejó a solas en la cocina casi aniquilé el paquete entero de galletas, seguía sintiendo cierta gula. Es lo que tiene que te dejen seco por dentro. Había que recobrar proteínas.

Suspiré, apoyando la espalda contra la pared más cercana a Silvia, mientras ésta se dedicaba a revolver la nevera y a refunfuñar entre dientes algo que no llegué a entender, pero que no me inspiró demasiada confianza. Me quedé mirando mis rodillas largo rato. El que necesitaba para tomar valor antes de hablar.

- Te has enfadado –confirmé en tono derrotado.

Solo por decirlo me entraron ganas de pegarme a mí mismo ¡Por supuesto que se había enfadado, cretino! ¿Quién no lo haría si le despiertan a las cinco de la mañana por una paranoia? Raro sería que se lo hubiera tomado a cachondeo.

Había sido una santa estupidez ir hasta ahí. Pero curiosamente, era una estupidez que volvería a repetir. Tantas veces como hicieran falta. Era Silvia. Esa era suficiente escusa para perder el miedo a quedar como un idiota.

Por fin, clavé mis ojos sobre los de ella, y sentí que mi cara adoptaba la expresión propia de un niño pequeño escarmentado. Noté que iba a hablar, pero me adelante. Deseaba cambiar de tema y la luz de la nevera contra su rostro me acababa de dar la excusa perfecta para hacerlo.

- Tienes…tienes algo… ahí. En la cara –tartamudeé, tocándome mi propia mejilla a falta de poder acercarme a la suya.

Me incliné un tanto sobre la mancha roja que se había dibujado en su pómulo, analítico.

Prefería debatir sobre si eso era alergia o acné juvenil antes de tener que enfrentarme a la vertiginosa pregunta de “¿Y qué has soñado?


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Jue Jun 21, 2012 12:40 am

Entrecerré los ojos, escrutándole.

- Esto no va a quedar así –susurré más para mí misma que para él.

Sabía que era una estratagema para que le dejase en paz y, por el momento, lo conseguiría. Al fin y al cabo era mi cara y como fuese un grano lo pasaría fatal… ¡Maldita adolescencia!

Me fui directa al baño, lugar en el que podría contemplarme sin ninguna complicación.

Lo que vi me sorprendió. No era ni un grano, ni una espinilla como tal… era como una pequeña –pero aun así bastante perceptible- mancha roja.

Fue un autorreflejo; cerré la puerta y eché el pestillo.

Estando así de horrible no me dejaría ver… Con el tajo que me dio la odiosa de Juliette no me quedó más opción porque pensaba –menos mal que me equivoqué- que me quedaría así para siempre. Pero esto era distinto… seguro que podía quitármelo…

Escuché la voz de Lucas, pero le ignoré a él y a sus golpes contra la puerta. Iba listo si pensaba que me dejaría ver ante él…

Comencé a presionar, estrujar, rascar la irritante mancha roja… pero nada… lo máximo que conseguía era que me picase más y más… Justo como si fuese una picadura de mosquito… Pero no lo era…

Me senté en la taza del váter, pensando qué podría ser… y entonces descubrí que, inconscientemente, me rascaba en mi vientre…

Me destapé la camiseta del pijama y lo supe; varios granitos rojos recorrían todo mi estómago, quise mirarme si era en todo mi cuerpo, pero no me atreví ¡Tenía varicela!

Yo con… varicela…

¡Mierda! ¿Por qué yo? ¿Por qué estas cosas siempre me tocan a mí? Voy a estar horrible durante muchos días…

- Lucas… –le llamé al borde del llanto- ¡Vete, por favor! ¡Vete a tu casa!

Estaba en shock. Solo pensaba en una cosa: ¿¡Por qué siempre a mí!?

Off. Siento volver a nombrarte, Juls ¿Pero qué quieres? Silvia te odia a muerte Razz

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Jun 22, 2012 9:31 am

Oí a mi cerebro reaccionar con una punzada de alarma cuando el pestillo del baño quedó cerrado, mucho antes de que yo pudiera alcanzar la puerta. Rápido como un rayo, me abalancé a retorcer el pomo de la forma más compulsiva posible, con el corazón latiéndome en las sienes, trémulo.

Mierda. Mierda. Mierda.

El baño no. Las pastillas no.

- ¡Silvia! –para ser justos, he de decir que más que llamar a la puerta, parecía que me hubiese propuesto darle una paliza. La aporreé con la palma de mi mano, histérico- ¡Silvia! ¡Silvia qué haces ahí dentro! –más golpes. Frenéticos, desesperados- ¡Abre! ¡Abre! ¡Por favor! ¡Por favor ábreme!


Por favor no te mates. Por favor.

Tardó en contestar lo que parecía una eternidad, mientras yo seguía en mi particular forcejeo con mi rival imperturbable e inanimado. Me detuvo momentáneamente oír su voz, tomada, pronunciando mi nombre.

- Lucas… ¡Vete, por favor! ¡Vete a tu casa!

Se me cerró la tráquea.

Cojonudo. Se va a matar.

Yo también tenía ganas de echarme a llorar y la idea de irme cuando Silvia estaba apunto de sufrir otro ataque suicida, no me hacía la más mínima gracia. Esa no era una opción.

Me separé de la puerta, hiperventilando, desgarrando mis uñas con los dientes. Se me acababan los recursos. Y solo se me ocurrió una cosa en medio del caos que se había apoderado de mi entero ser.

Había una ventana en el lavabo de la primera planta. Eso creía recordar.

No me costó nada salir fuera, rodear la casa y llegar hasta ella, satisfecho al poder comprobar que mis férreas súplicas habían sido escuchadas. La ventana estaba abierta.

- ¿Por qué me pegas estos sustos? -rezongué cuando llegué a tener la vista parabólica del baño. Solté todo el aire al verla sana, a salvo, solo que compungida por un motivo que no parecía querer contarme. Sus desequilibrios emocionales acabarían conmigo, en serio.

Me intenté encaramar al alfeizar, angustiado.

Lástima que mi novia siempre hubiese sido la más veloz a la hora reaccionar a amenazas. Apenas pude procesar que se había dirigido hacia mí de un revuelo y, por lo visto, cabreada. Tenía que estarlo para cerrar la ventana, con un portazo seco, contra mis dedos.

Y a la fuerza, con mi grito yo tuve que haber despertado a medio vecindario.

Quien sabe si hasta a Rosa Ruano.

No. Esa nunca duerme.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Sáb Jun 23, 2012 10:29 am

Me mantuve en aquel sitio, mi sitio de los dramas: el váter.

De nuevo tenía otra complicación en mi vida… debía mantenerme clausurada, si poder hacer la compra, sin ir al colegio, sin Lucas… No, de eso estaba segura, él no me podía ver… Dentro de nada iba a estar horrible y… muy poco atractiva. Le iba a dejar de gustar y querría cortar conmigo… Con esa enfermedad según había leído uno acababa espantoso y con picores en todo el cuerpo. Y si encima te rascabas mucho, se te podían quedar marcas… ¿Cómo de pronunciadas serían?

Solo con pensarlo me empezó a picar todo el cuerpo…

¡Maldición!

- ¿Por qué me pegas estos sustos? –dijo mi novio.

Salté al instante.

¿Dónde narices estaba?

Lo descubrí cuando me lo encontré intentando entrar por la ventana.

Una oleada de pánico se apoderó de mí. No, no podía verme en este estado. Así no… Así pues, rápida como el viento me encargué de que así fuese. Lo único en lo que no caí fue en el tremendo grito que pegó cuando por accidente le pillé los dedos con la ventana; con saña.

- ¡Lucas! –me angustié.

Abrí la ventana con la misma rapidez que lo había cerrado antes y salí del baño en dirección hasta donde él se encontraba con una velocidad muy poco propia a tales horas de la mañana.

- ¡Lucas, lo siento! ¿Estás bien? -pronuncié tendiendo sus manos con suma delicadeza- De verdad… perdóname –me angustié al ver el lamentable estado de sus dedos. Para mí que se le estaban hinchando…

No pude evitarlo, pensar en que todo eso había sido producto de tener varicela hizo que esta se incrementase… le solté con tanta suavidad como lo había hecho antes y, casi de forma mecánica, me empecé a rascar con una mano el cogote y con la otra mi tripa…

- Lo siento –susurré sin apartar la vista de sus dedos.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Jun 24, 2012 4:29 am

Joder… Hay que ver las situaciones por las que tengo que pasar por esta chica.

Cuando Silvia me liberó de la dolorosa trampa de la ventana, fui semiconsciente de que había salido a toda pastilla del lavabo, alarmada. La verdad es que la gran parte de mí solo se dedicaba a sacudir ambas manos contra el aire de la noche, al compás de “au, au, au”, así que no pude darlo por seguro hasta que la vi abalanzarse hacia mí, con la cara contraída de desasosiego.

- ¡Lucas, lo siento! ¿Estás bien? –se lamentó agarrando mis manos con dulzura, para comprobar la magnitud de los daños causados en mis huesos.

No sabía bien qué contestar. Que me machaquen los dedos contra la ventana no suele sentarme bien, así que preferí guardar silencio, siseando discretamente por las horribles palpitaciones que sentía en las yemas.

- De verdad… perdóname.

Su preocupación me enterneció. Nadie hubiese dicho que hace un minuto estaba molesta conmigo…

Estuve a punto de hacerme el valiente y soltar alguna patochada del palo “No ha sido nada”, pero me interrumpí a mi mismo cuando mi novia soltó mis manos para empezar a rascarse tras la cabeza y en la barriga, casi de forma que se podría considerar frenética.

- Lo siento –insistió, aún mirando mis dedos.

Fruncí el ceño, confuso. Y así permanecí hasta que el dolor empezó a disiparse y me permitió encajar piezas. La de las manchas rojas, el encerrarse en el cuarto de baño y los picores.

Entreabrí la boca, pasmado por mi propio descubrimiento. Por eso me había querido enviar de una patada a mi casa...

- Tienes varicela –mi susurro no componía ninguna pregunta y ni siquiera iba dirigido a ella. Era una afirmación a media voz.

Silvia elevó al fin la vista, claramente fastidiada. Iba a replicar algo, algo que podría echarme atrás en mi empeño, así que decidí detenerla de la mejor manera que se me ocurrió.

Pegando mis labios contra los suyos, sin darle margen para reaccionar. No pudo ni defenderse cuando se encontró aplastada en mi pecho, anclada a mi boca, presa de mis hormonas adolescentes. La sorpresa la dejó inmóvil hasta que, o bien por instinto o por pura costumbre, se puso de puntillas para facilitarme el acceso a su piel, rodeándome el cuello con los brazos. Pletórico, repasé concienzudamente toda su boca con la lengua, embriagado de su aliento, con el corazón tronando. La fricción de nuestros labios siempre se convertía en mi mundo.

Puse toda mi alma y toda mi carne en intentar que olvidara el tiempo limitado que teníamos. Y esta vez, no fue por un estúpido empeño romántico. Estaba calculado milimétricamente para darme el tiempo de curar mis dedos, llevándome a cambio un bonito regalo: El contagio de la varicela.

Puede que me estuviese pasando en mi plan obsesivo, pero claro estaba que Silvia no podría ir al colegio enferma. Tenía claro que si ella no iba, yo tampoco. A partir de ahora, y hasta que renunciara al suicidio o bien aceptara terapia, no me despegaría de ella ni por un segundo. Y si para eso hay que contraer una enfermedad vírica… adelante con ello.

Intuí que habían pasado nuestros preciados cinco segundos cuando ella deslizó sus manos hasta mi pecho, dejándolas reposar ahí con dulzura antes de aplicar una suave presión. Lo que solía hacer para recordarme que el tiempo había acabado, para separarse sin herir mis sentimientos y ahorrarme, dicho sea de paso, un billete de ida a tumbavilla.

Respondí a ello como nunca lo había hecho. Apretándome más férreamente a ella.

El cuerpo de Silvia se tensó. Presionó más fuerte. Sentí que sus labios dejaban de amoldarse a los míos para volverse de hielo. Quizás debí haber pensado los riesgos del asunto antes, pero ya era tarde. Subí la mano a su nuca, incándola con vehemencia, con la firme intención de no dejarla escapar hasta haber cumplido mi objetivo.

Sentí que mi novia se revolvía, asustada, histérica. Que le acariciara el pelo en un intento tranquilizador no le valió de nada. Cada vez se debatía con más desespero, jadeando en mi boca, peleándose por librarse de mi abrazo.

Pero no la dejé. No hasta que sentí que sus labios no podían estar más rígidos ni mi cerebro más congestionado. Todo daba vueltas tras mis párpados cerrados cuando, con un definitivo y violento empujón, Silvia consiguió separarme de ella.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Lun Jun 25, 2012 8:49 am

Habiéndole empujado con todas mis fuerzas hasta un metro de distancia, no pude más: exploté.

- ¡Pero estás loco o qué te pasa! –grité, histérica y al borde del llanto- ¿¡Por qué lo has hecho, eh!? ¿¡Por qué!? ¡Podría haberte matado, pedazo de subnormal! –no era yo; la furia me consumía y el miedo todavía me dominaba, las lágrimas ya se encargaban de demostrarlo- Ayer casi lo consigo… ¿Y vuelves a intentarlo? ¿Pero qué pretendías, eh? –me quité las lágrimas que estaban saliendo a borbotones.

Le di la espalda y, con la excusa de querer apoyar mis manos en la pared exterior que ofrecía la casa, conseguí que no me viese llorar. Nunca me gustaba enternecerle a base de lágrimas.

Lucas estuvo callado durante todo este proceso, hasta que al fin escuché sus pasos y su tacto al querer consolarme…

¿Consolarme? ¿¡Consolarme!?

- ¡Pero de qué vas! –le grité, volviéndome hacia él y alejándolo de mí con severidad- ¿¡Te quieres alejar ya y dejarme en paz!? –vale, sí; lo admito… para querer distanciarlo de mí por su propia seguridad había muchas mejores formas, pero merecía este trato por las sucesivas tonterías que estaba haciendo Lucas desde que me había despertado.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Jun 26, 2012 11:38 am

Comprobado.

Silvia había reaccionado tan mal, o incluso peor, de lo que yo había predicho en mi interior.

Deseé con todas mis fuerzas convertirme en un estatua de sal, un ser inanimado que fuese inmune a los histéricos e intimidantes gritos de mi novia, la cual no hacía otra cosa que tacharme de gilipollas para arriba, con las mejillas sonrosadas de rabia reprimida, caladas por un torrente de lágrimas que me partió el alma en dos. Me sentí despreciable.

A pesar de que me dijo de todo menos guapo, no fui capaz de sentir otra cosa que no fuera lástima por ella. Mucha.

Ni ofensa ni enfado. Nada. Solo pena.

Mi corazón se replegó sobre si mismo al ver como me daba la espalda, frágil y asustada, con el propósito inútil de que no la viese llorar. Los espasmos que hacían vibrar su columna eran más que delatadores. Me dolían.

Mantuve la distancia todo lo que mi parte más cobarde me permitió, hasta que no pude soportar más verla así de rota y tuve que recurrir al acercamiento. Calmarla. Darle calor. Lo que fuese con tal de que dejase de lado esos hipidos reprimidos.

Pero por desgracia, apenas tuve ocasión tantear su cintura con mis dedos. Su reacción inmediata fue girarse hacia mí de un revuelo furibundo, sobresaltándome.

Me empujó. Otra vez.

- ¡Pero de qué vas! –vociferó Silvia, fuera de sí. Sus ojos acuosos me exterminaron, a mí y a toda mi familia- ¿¡Te quieres alejar ya y dejarme en paz!?


Plaf. Golpe bajo.

Otro pinchazo en el pecho.

Aquellas palabras y en especial su rechazo, me afectaron mucho más de lo que jamás me atrevería a admitirme a mí mismo. Mi reacción inmediata fue hacer decaer la mirada al suelo como mecanismo de defensa, dolido.

- Yo… yo solo… -no supe seguir. Mordí mi uña, todavía fijándome en su césped. Me vi forzado a darme un espacio de silencio sepulcral para articular un “No” como respuesta a su pregunta.

No pude ver su reacción. Seguía sin atreverme.

- No puedo irme –aclaré. Me sorprendió a mi mismo el hecho de que, para aplacar la angustia, había sustituido el morder uñas por el rascarme la barriga.

Solo entonces me di cuenta de que me picaba todo el cuerpo. Pero que picaba cosa mala.

- Me has contagiado –informé con diplomacia, mientras me encargaba de acabar de gastar mis uñas contra el brazo izquierdo. Silvia adoptó una pose que me daba a pensar que bien podría estrangularme sin sentir remordimiento alguno. Al menos en ese momento. Di un paso atrás- ¡Vale! Tiempo muerto… -pedí, elevando las manos en señal de paz- De-desde que he llegado estamos como el perro y el gato… ¿Por qué no…por qué no enterramos el hacha de guerra y nos metemos en casa?

Señalé la entrada con un golpe de flequillo, a tiempo que ella entrecerraba más los párpados. Podría haberlo asegurado si llego a tener el poder de Lucía, pero juraría que en ese momento, mi novia se estaba planteando seriamente la posibilidad de darme portazo en los morros.

- ¿Me vas a dejar aquí? Sabes que… que no puedo volver a mi casa. Si contagio a mis primos se lía la de María Morena. Y tampoco voy a ir al cole de esta guisa… ¡No me mires así! –me exasperé, rodando los ojos- ¿Algún día tenía que pillar la varicela, no?

No esperé respuesta. Decidí que era mucho más productivo empezar a caminar hacia la entrada de su casa.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Jue Jun 28, 2012 2:24 am

- Me has contagiado.

¿Qué le he contagiado? ¿¡Yo!? ¡Pero será caradura! ¿¡Encima de que trato salvarle su vida va y me dice eso!?

Mi rabia ascendía en vez de decrecer, apartando con gran rapidez mi miedo. Cerré mis manos formando un puño, con fiereza.

- ¡Vale! Tiempo muerto… -pidió pacíficamente, yo en cambio me crucé de brazos, conteniéndome. Conteniéndome de pegarle- De-desde que he llegado estamos como el perro y el gato… ¿Por qué no…por qué no enterramos el hacha de guerra y nos metemos en casa?

Fruncí el cejo, observándolo con auténtico rencor.

¡Pero de qué iba! ¿Se creía el dueño de la casa o qué? A que lo dejaba en la calle por graciosillo… ¿Levantarme a las cinco de la mañana solo para esto?

Merecía que lo pagase duro, con un coma por ejemplo.

- ¿Me vas a dejar aquí? Sabes que… que no puedo volver a mi casa. Si contagio a mis primos se lía la de María Morena. Y tampoco voy a ir al cole de esta guisa… ¡No me mires así!

Perdona… ¿¡Qué!?

- ¿Algún día tenía que pillar la varicela, no?

¿Y encima tenía la cara de meterse dentro de mi casa?

Resoplé, accediendo a duras penas su asqueroso chantaje…

Lucas se metió dentro y yo le seguí, recordándome que debía estar alejada de él, únicamente para que mi amenaza interior de matarle no se convirtiese en una realidad… Pero si necesitaba desahogarme de alguna manera… Tenía que lanzarle algo, algo con lo que pudiese desfogarme…

Lucas iba tan pancho a mi cuarto, a sus anchas…

Por mí vale, pero se iba a enterar, esta se la guardaba.

En absoluto silencio me dirigí hacia la entrada del salón, tomándome como premio una rascadura en mi tripa. Mi tía se habría ido a su cuarto, por lo que sustraje un par de cojines…

Mi inoportuno novio se había quedado en la parte superior de las escaleras, supongo que debatiéndose entre bajar y ver qué hacía o subir y quedarse ahí de tranquis… No me fue difícil animarle a que empezase a subir, con una mirada –intentando por todos los medios ocultar los cojines- que lo desintegraba por completo le bastaba…

En cuanto estuve en el marco de mi cuarto exploté.

Un cojín sobrevoló aterrizando de lleno en su cara.

Él se quejó, pero pasé de él; estaba furiosa.

- ¡Que en tu vida se te vuelva a ocurrir hacerme algo así, me entiendes! –y le aticé con mi segundo proyectil.

No, un susto como el del jardín me sería imposible de olvidar…

- Es que… ¿se puede saber qué narices te pasa? –pregunté molesta pero ya mucho más calmada.

Me senté en mi cama, a dos cuerpos de él, intrigada y aún con algo de rencor en mi cuerpo.

Él guardó silencio, pero yo necesitaba respuestas de inmediato.

- De verdad… -supliqué- ¿Por qué lo has hecho? –pero no me mantuve inmóvil aguardando sus explicaciones. Rascarme la piel era muy reconfortante.



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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Jun 28, 2012 9:44 am

Apenas había tenido oportunidad de aposentar el trasero en la cama de Silvia cuando un objeto volador no identificado (un OVNI, según la jerga friki), fue a precipitarse sobre mi cara. No me hizo daño, pero si me sobresaltó lo bastante como dar un respingo.

- ¡Ey! –me quejé, con el ceño a medio fruncir hacia la francotiradora. Mi novia.
- ¡Que en tu vida se te vuelva a ocurrir hacerme algo así, me entiendes! –amenazó, tirándome el segundo cojín. Tuve la suerte de tener los reflejos de taparme la cara.

Tampoco me sirvió de mucho. El impacto esta vez fue en el estómago.

Joer. Menuda fiera.

A ver quién es el listo al que se le ocurre “hacerle algo así” otra vez.

Retorcí mis dedos, incómodo. Empecé a temer que detrás la espalda ocultara otro proyectil. O que esta vez eligiera uno más pesado. Tipo lámpara o mesita de noche.

- Es que… ¿se puede saber qué narices te pasa? –bufó. La ferocidad en su voz bajó varios grados, cosa que me animó a elevar tímidamente la mirada, mismamente como si fuera un chucho recién apaleado, esperando las nuevas órdenes de su amo.

Silvia se sentó a mi lado. Bueno, técnicamente, se sentó casi a la otra punta de la cama, pero preferí no tomárselo en cuenta. Observé con impoluta seriedad mis rodillas.


- De verdad… -esta vez no me lo ordenó. Me imploró que le contara la verdad, cosa que era peor- ¿Por qué lo has hecho?

Mantuve mis dos manos ocupadas mientras meditaba la respuesta, una mordiendo mis uñas y la otra rascándome un costado con saña ¡Santa madre de todos los picores…!

Demoré la respuesta por el simple hecho de que había muchos matices en ésta, y que todos se reducían a un simple “Porque te quiero”.

Pero no podía decirle eso. Pasaba de enseñar mi corazón a pecho descubierto. Al menos mientras siguiese enfadada.

- No lo sé –improvisé finalmente, entre susurros- Supongo que… lo he hecho sin pensar. A veces las cosas se hacen sin pensar y… no es culpa de nadie. Lo siento.

Sentí sus ojos clavados en mí, todavía guardando cierta severidad. Intercambiamos una mirada. Eterna, llena de un significado sobrecogedor.

- Lo que…lo que pasó ayer –conseguí articular- No fue culpa tuya ¿Lo sabes, no?

Pude percibir, incluso en la penumbra, como su rostro era recorrido por una oleada de dolor. A mí tampoco me apetecía recordarlo, porque en realidad, sí había una parte de la que era culpable. La del suicidio.

Eso no había sido por accidente.

Y me daba pánico preguntar el porqué… porqué había querido despojar a la tierra de alguien tan maravilloso como ella sin ni siquiera arrepentirse de ello después. Las respuestas posibles me ponían malo.

Por culpabilidad.

Por estar harta de la vida y de su suerte.

Por desesperación.

Supongo que no quería oír nada de todo eso brotando de sus labios. Por eso callé. Ambos lo hicimos. Largo rato.

- Siento haberte asustado –repetí, con calma forzada. Me remangué de un brazo, chasqueando la lengua ante la molestia de unos picores que rápidamente me encargué de exterminar a base de rascar sobre aquellos puntos rojos que habían aparecido por doquier. Observé de reojo a Silvia, alarmado al ver que le hacía lo mismo a su pierna.

- ¡Eh! –rescaté el cojín del suelo y, ni corto ni perezoso, se lo tiré sobre la cabeza, con mucha más suavidad de la que ella había usado conmigo- ¡No te rasques, que te saldrá marca!

Reírme fue inevitable. Primero por la cara que me puso y segundo porque aquello me recordó de forma mecánica a la noche en que me declaré.

O mejor dicho, la noche en que me obligó a declararme.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Sáb Jun 30, 2012 3:34 am

Una bala con relleno blandito impactó contra mi cara que, por descontado, esta sería de lo más estupefacta.

- ¡No te rasques, que te saldrá marca! –rió.

¡Pero será!

Divertidamente vengativa le imité con mi almohada sin deshacerme de ella; preparada para más futuros ataques. Fue un golpe al estilo capón, de arriba a abajo, aunque por supuesto con mucha menos fuerza que las veces anteriores.

- ¡Pues tú tampoco lo hagas, tramposo! –que al menos se solidarizase conmigo, ¿no?

Reí al ver cómo se había quedado tras mi inesperado ataque.

Luego se desató una pelea de plumas en toda regla. Lucas recogió uno de aquellos cojines y me lo lanzó, pero su puntería no superó a mi flexibilidad y lo esquivé sin dificultad.

- ¡Ja! -indiqué con el dedo de manera infantil- ¡Has fallado! –me burlé de él con socarronería.

Pero luego la cosa se complicó cuando, juguetón, lo cogió de nuevo con ganas de revancha. Fue entonces cuando emprendí mi huida por mi cuarto alegre, feliz.

Revolvimos mi cuarto, correteamos y, sobre todo, reímos.

Y ya, exhaustos, ambos nos derrumbamos en mi más que deshecha cama en la que apenas quedaban rastro de las sábanas por culpa del destrozo de nuestras armas de combate. Las plumas se habían roto a mitad del juego, poco antes de nuestra ocurrencia de convertirnos en aves…

Había sido un duro juego, aunque eso sí: ¡divertidísimo! Me gustaba esto de hacer las paces con él, sentaba tan bien…

Tumbada a dos cuerpos de él me colapsé mirando sus ojos. Lo quería, lo quería tanto…

Hasta que me empezó a mirar de forma severa el brazo.

¿Y eso? ¿Qué le pasaba?

Enfoqué mis ojos hacia la dirección que él marcaba.

- Ups… lo siento –me disculpé despreocupada al percatarme de que me estaba rascando.

Maldita sea… ¡Cómo pica!


Intenté resistir a la tentación de aliviarme momentáneamente la piel, pero era tan difícil…

¿Y si lo hacía? Total… serían unas pequeñas marcas de por vida… ¡Pero habrían merecido la pena! Observé a Lucas de reojo que, disimuladamente, no me quitaba el ojo de encima…

Mierda… ¡encima no podría rascarme a gusto!

¿Y si me encerraba en el baño? Tendría pestillo para impedirle la entrada a mi novio… ¿Pero cómo me lo montaba?

Inconscientemente me incorporé un tanto en la cama, observando algo de mi habitación que me sirviese de excusa, con desesperación. Quería pirarme lo antes posible.

Otra mirada furtiva en dirección a Lucas me dio la respuesta: las plumas…

Tenía todo su pelo recubierto de ella, por tanto yo también.

Sonreí ante esta maravillosa situación…

- Voy a mi baño a quitarme las plumas del pelo… –pronuncié con prisa- Ahora vuelvo… -y ya en el marco de la puerta miré hacia atrás- tú no te muevas de aquí –musité.

No ¡Que no viniese, por favor!

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Lun Jul 09, 2012 9:31 am

Me avergüenza confesar que una frase tan simple como “Voy a mi baño a quitarme las plumas del pelo” fuese detonante más que suficiente para volver a acomodar todos mis miedos entre las costillas, dificultando así la llegada de sangre a mi cara. La parte más protectora que había en mí (prefería atribuirme un instinto protector antes que uno obsesivo) tocó la corneta de alarma cuando mi novia se alejó de mi alcance, hasta el marco de la puerta. Desde ahí se lo dejaba demasiado fácil para echarse a correr. Echarse a correr hacia el baño con intención de dejarme para siempre.

Ahora vuelvo… tú no te muevas de aquí –murmuró.

Contuve un estremecimiento. Sabía que era mentira. No iba a volver.

Pe-pero... ¿Por qué? Quiero decir... Que ya te las quito yo, mujer-improvisé la mejor sonrisa que podía sacar a relucir en ese momento. Algo que la retuviese. Sabía que no convencía a nadie. Ni siquiera a mí.

El caso es que a Silvia, esa excusa, además de pobre le pareció de un gusto pésimo. En cuanto hice ademán de deslizar mis dedos por su pelo, se apartó con la misma brusquedad que había usado para romper ese beso forzado que tan poco le gustó y que tan caro me había salido.
Sus ojos se enfrentaron a mí, fulminándome, severos, desafiadores. Asustados, hasta cierto punto. Pero sobre todo decididos. Decididos a ir “a quitarse las plumas del pelo”, por lo que se ve. Venga, no me jodas...

La observé con detenimiento, mostrando mi disgusto al arrugar el entrecejo. El estómago se me llenaba de piedras al recordarme sus verdaderas intenciones. De piedras con cantos afilados como cuchillas.

Mierda, Silvia -hubiese querido sonar enfadado, o como poco, algo menos destrozado. Pero no pude evitar que mis palabras se convirtiesen en gemidos de súplica- N-no... No puedes, ¿Vale? No puedes hacerme esto. Yo...yo creí que...-desvié la vista. Tenía que hacerlo antes de que la presión en la garganta arrastrara lágrimas a mis pupilas. Sería el colmo de las humillaciones- Creí que podía hacerte feliz… Aunque fuera un poco. Ahora nos lo estábamos pasando bien y... y parecía que... Es que...

No sabía por dónde tirar, así que ni lo intenté. Por otro lado, su expresión de total desconcierto no ayudaba en nada.

Tomé aire, mirando a través de sus ojos. Ella tenía que vivir. Le gustara o no.

Mira, sé perfectamente a qué vas a ir al baño y... no. Me niego. Estás como una chota si crees que dejaré que lo hagas.

Silvia pestañeo de perplejidad, como quien se equivoca de dirección o se topa con una pregunta imposible en un examen. Era flipante que se hiciera la loca a tales alturas. Casi indignante.
Bufé de frustración, aprovechando para revolverme el pelo, cosa que me fue de perlas para aplacar la crisis nerviosa que me asolaba, despejar algunas plumas y aliviar aquel picor inhumano. Consideré seriamente la posibilidad de ponerme de rodillas para darle más efectividad a mi ruego.
Por poco lo hago. Me preparé, tragando saliva.

Por favor, Silvia. Te lo pido por favor -quise acercarme a ella, cogerle las manos, algo. Pero no me apetecía ser rechazado de nuevo, así que me limité a mirar aquellos ojos que me volvían loco y que, por algún motivo, ella quería cerrar para siempre. Era horrible. Era sacrilegio- No te suicides. No voy a poder con eso.

Eso lo tenía más que claro.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Vie Jul 13, 2012 12:42 am

Espera un momento... ¡¿Qué!?

¿Suicidarme? ¿Yo? ¿¡Pero por qué!?


Entonces todo empezó a cobrar sentido, todo el comportamiento de Lucas en realidad: el despertarme a las tantas de la noche sabiendo lo que me costaba dormirme, el que estuviese tan controlador...

Era idiota.

Me llevé una mano a que reposase sobre el vientre a la vez que la otra la llevaba a la frente. Todo por intentar reprimir mis ganas de atizarle.

- A ver... -me crucé de brazos sin desviar mi vista de él. Estaba hecha una piltrafa, el pobre- yo no me voy a suicidar... -sin embargo estaba escéptico. Vaya... habría que ser más precisos...- o no todavía -aclaré- Mira... te lo explicaré -hice un leve carraspeo, intentando estar todo lo tranquila posible.

Malditos escozores... ¡Así no había quién se explicase!

Picores y picores me recorrían con ferocidad todo mi cuerpo, por lo que mandé a la mierda esa promesa silenciosa de no rascarme.

- Si tú vives, yo no me suicidaré -había algo obvio: la seriedad se perdía con tanto rascar...- pero si en cambio mueres o... -desvié sus ojos- te mato -susurré- jamás podría vivir con ello por lo que actuaría como hice ayer...

¡Odio la varicela! ¿¡Por qué a mí!?

Fue un autorreflejo: me dejé de sutilezas y empecé a lo bestia...

- ¡A la mierda los guantes, esto es insoportable! -exclamé irritada. Esperaba que al menos supiese que lo que le había dicho iba en serio...

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Jul 15, 2012 2:45 am

- Si tú vives, yo no me suicidaré –musitó, sin dejar de rascarse. Mi corazón se plisó, como si estuviera hecho de papel- pero si en cambio mueres o... –hizo una pausa, esquivando mi mirada herida - te mato jamás podría vivir con ello por lo que actuaría como hice ayer...

Separé los labios, conmocionado. El choque de ideas me pilló demasiado desprevenido. No supe qué sentir. Quizás cierto alivio al saber que no quería morir aún. Lástima que esa sensación no llegase a la altura de la angustia que me roía desde dentro al conocer sus planes de futuro. Ni de los picores que me atacaban desde la piel.

- ¡A la mierda los guantes, esto es insoportable!
-¡Quieta! –me alarmé. Conseguí salir del trance a tiempo para agarrarle las muñecas, impidiendo que se deshiciera de la protectora tela blanca que cubría sus dedos.

Mi novia se quejó, forcejeando momentáneamente para deshacerse de mi agarre. No supe si lo hacía por miedo a dañarme o por el ímpetu de rascarse, pero parecía empeñada en separarse de mí.

- Silvia, para –le pedí, como si estuviese regañando un perro con sarna. Lo peor de todo es que mis ganas de rascarme era más o menos equivalentes a las suyas y como la soltase, sería yo el que me liaría a gastar uñas como un poseso, y esta vez sin necesidad de morderlas. - Vas a tener que aguantarte –la escarmenté con forzada paciencia

Mi novia bufó, frustrada.

Necesitaba sentarme para asimilarlo todo, así que la conduje hacia la cama y la obligué a acomodarse a mi lado, todavía con sus manos atrapadas en las mías. Estaba tensa. Y molesta, a juzgar por las arrugas de su entrecejo.

A pesar de que se negó a volver a mirarme a los ojos, los míos estuvieron hincados en ella en todo momento, filtrándome en su carne. Dejé transcurrir unos segundos idolatrándola. A ella y a su forma de respirar. Eso no se podía perder. Menos por mí.

- Entonces no vas a suicidarte…a no ser que yo…me… muera –recapitulé con lentitud. Repetirlo yo mismo en voz alta me ponía los pelos de punta. Suspiré. Podía estar agradecido de que no se fuera a matar en cuanto pestañeara. Pero aterrado a la hora de pensar en cargar con su destino en mis hombros. Arrugué el ceño- ¿Se trata de un plan “b” por si las cosas salen mal? –apretó los puños, intentando librarse de mí, sin mirarme- Eso es… enfermizo. No puedes hacerlo.

La lista de cosas que no podía hacer se estaba ampliando desde el no rascarse hasta el “incluso si la muerte nos separa”.

Solo con pensarlo me picaba todo. Genial.

Tuve que acabar por soltarle una mano para llegar a mi nuca y desgastarla a base de un friegue desesperado. Ya me había aguantado todo lo que podía aguantar.

Esto no es serio.

Chasqueé la lengua, yendo a por mi hombro esta vez, exasperado. Solo yo podía hacer el imbécil hasta el punto de contraer varicela a propósito. Soy el rey de los paletos.

- Mira Silvia… yo… puedo ser la razón de tu vida, pero… por favor, no me pidas que sea la razón de tu muerte –solo en ese momento conseguí que me devolviera la mirada, puesta directamente sobre mis pupilas. Intenté tragarme el nudo del esternón y, ya dicho sea de paso, dejar de rascarme- Por favor… suficientemente mal me lo he pasado ahora creyendo que ibas a matarte. No quiero arrastrarte a la tumba.

No. No valgo tanto.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Miér Jul 18, 2012 11:29 am

Estaba completamente planchado. No le gustaban mis ideas mortuorias en exceso y, en cierto sentido podía llegar a entenderlo. Al fin y al cabo casi nadie quiere morir.

Pero hay otra verdad: la mía.

Mi vida ha cambiado demasiado de un año para otro hasta llegar a hacerla insoportable. Tan solo Lucas me aporta la felicidad necesaria para hacerme ver que la vida pueda ser feliz. Pero, sin él solo tendría junto a mí a la tristeza, temor, incomprensión, angustia, culpabilidad, somnolencia y depresión. Especialmente esta última puesto que sin él ella me habría vencido.

También había algo bastante evidente: ¿Quién podría vivir sabiendo que tus padres –esos a los que tanto querías por ser tan geniales y únicos en su especie- han muerto? ¿Y si encima el fallecimiento de uno de ellos –más concretamente la que te tuvo en su vientre nueve meses enteros- ha sido por tu culpa? ¿Qué harías? ¿Serías capaz de poder mirar a la cara a su hermana gemela? ¿Esa persona que se supone que está a tu cargo pero que sin embargo ha caído en una depresión de caballo gracias a que la mitad de su alma se ha desvanecido? Por no hablar de que, tras sus continuos recordatorios de quién había sido la causante de su muerte, ahora no quería verme ni en pintura. Por miedo. Todo era producto del temor y la incomprensión. Porque esta capacidad que tenía era un arma de doble filo: sanaba y mataba.

Y esto último lo practiqué con su hermana.

Con mi madre.

No, desde luego mi vida ya no era tan fácil como antes ya que, en cuanto se me complicaba, tan solo tenía que acudir a Lima para que se me quitasen todos los males.

Pero ahora estaba muerta.

Ya no saltaría, ni sonreiría al verme llevando un palo que era casi más grande que ella. Sus ladridos de recibimiento tampoco se escucharían nunca más, al igual de los continuos lametazos ni sus incesantes jadeos y ecos lejanos que producían sus patitas al pisar el suelo cuando me seguía a todas partes; como si fuese lo más importante que había en su vida. Pero es que lo era, al igual que para mí ella era lo más magnífico y precioso que había en la mía.

Pero casualmente yo la había aniquilado.

Yo…

Esquivé la mirada de Lucas.

No, no sabía nada.

Sin él, sin su protección, Juliette regresaría a por mí en un abrir de ojos, asaltándome y “purificándome” con su fuego; quemándome viva.

El suicidio era mejor ante tales proyectos.

Mi pánico a los transportes tampoco me permitía desplazarme a mi libre albedrío, dándome una vida más normal. Algo como poder ir de excursión sin estar drogada me haría tener más amigos, o al menos tener alguno más aparte de Lucas. Pero no; me encontraba excluida. Al fin y al cabo la gente con la que charlaba lo hacía porque eran los amigos de él, no los míos. Tan solo estaba él.

Mi novio. El único capaz de hacerme sonreír en un lago de penas; el único que podía devolverme a la realidad, afrontándolo todo con valor y que no pareciese tan dura la vida. Sí; con él era posible regresar a la adolescencia, donde hacer tonterías estaba permitido y donde las facturas que se amontonaban en la casa carecían de importancia, al igual que el polvo o las pelusas que se amontonaban por los recodos del salón.

Con él se podía vivir, disfrutar de la naturaleza hasta todos mis límites. Tenía vida.

Vida…


Podía explorar cada sentimiento; tanto bueno como malo. Las riñas, los besos, las miradas, las caricias, las palabras y, por encima de todo, el aura de eterna felicidad que se respiraba en torno nuestro eran posibles por él. Solo por su presencia. Por su vívida presencia.

Sí; lo quería más que a nada de este mundo.

Pero sin él… tan solo me quedaría la nada.

- No, lo siento. No abandonaré mi plan –sentencié con voz inamovible- Es demasiado duro vivir sin ti –susurré frotándome levemente la cara; no sé si por el picor o por la leve humedad que ofrecían mis ojos.

¿Por qué tuve que curar a aquél niño con varicela?

Fui terriblemente idiota.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Jul 21, 2012 2:01 am

Sentí que mi ceño se fruncía, que mi disgusto crecía y que la sangre se dispersaba de mi cara para ir a derramarse toda a la garganta, taponándola. No me esperaba una respuesta así de firme e irracional. De verdad que no.

La total indiferencia de Silvia por la preservación de su existencia en fechas de d.l (Después de Lucas) consiguió ponerme los pelos como escarpias. Y me dolía en lo más profundo del alma.

Endurecí el rostro, herido.

- Muy bien. Perfecto –siseé, con la frialdad que solo brotaba en mí en casos de extremo cabreo. Ese era uno de esos casos. Le solté la mano con brusquedad, para poder apoyar los codos sobre mis rodillas y dirigir la vista hacia un lugar que no fuese ella. Elegí la pared del frente- Como siempre, vas a pasar de lo que yo piense o sienta y vas a hacer lo que te dé la gana. Pues estupendo, mátate si me ocurre algo. Conviérteme en tu asesino.

El ronquido final en mi voz sonó más dolido de lo que había planeado. No sabía si sentirme así, (indignado, furioso, triste y lleno de incomprensión) fuese lo correcto, pero tampoco podía evitarlo.

Solo morirá si yo muero antes…

El problema es que tenía muchos números para que eso pasara.

Afrontándolo desde un punto de vista objetivo, mi novia era una enfermedad con patas ¿Cuánto tiempo podía pasar hasta que un descuido, uno solo, me enviara derecho a la fosa? ¿Y mi prima qué? Doña Calambres también era peligrosa si se exaltaba, o si Culebra rondaba cerca. Puede que un día yo tuviese la mala suerte de estar en el peor lugar en el momento menos oportuno. Y no nos olvidemos de Padre, Madre y toda esa jauría de niños diabólicos que clamaba por mi sangre de traidor. Ya había dejado claro que no volvería con ellos, así que lo más probable es que el castigo a la sublevación fuera la eliminación del elemento rebelde. Adiós a la manzana podrida del cesto.

Me estremecí, sintiendo un frío que poco tenía que ver con la temperatura exterior. Este me llegaba desde dentro.

A resumidas cuentas, mis posibilidades de espicharla eran mucho mayores que las que tendría cualquier otro quinceañero del país. Un dato importante a tener en cuenta.

Mi aparentemente cercana muerte me tenía con el alma en vilo, pero la cosa empeoraba en gran medida si Silvia ponía también su vida sobre el tablero. No podía respirar por ella eternamente. No me veía capaz.

La angustia me fue consumiendo, hasta que me encogí sobre mi mismo, enterrando la cara entre las manos. Me quedé en esa posición vencida, rascándome la nariz y las mejillas en un gesto de enajenación mental. Ni me di cuenta de que estaba clavando las uñas en la superficie de mi nuca hasta que mi novia me lo hizo notar, pronunciando mi nombre de forma dubitativa.

Con un hondo suspiro, torcí mi cuello hacia ella. Quedé empapado de sus ojos, iluminados por el tenue reflejo de unas lágrimas que querían escabullirse mejilla abajo. Tracé una sonrisa amarga, antes de soplar con ternura cerca de su frente, haciendo volar la pluma blanca que había quedado enmarañada en su pelo. Cayó entre los dos.

- Sabes que me duele que pienses así –le recordé entre susurros, sin querer despegarme del magnetismo de sus pupilas.- Pero… como no me das elección… intentaré cuidarme –Silvia hizo un amago de sonrisa. Débil, pero ahí estaba. Los halos de gratitud que me transmitía eran del todo innecesarios. No había llegado a la mejor parte- Más aún, voy a hacer lo que pueda para que… seas feliz. Ni idea de cómo, pero lo haré. Y con un poco de suerte, se te sacarán esas ideas chungas de la cabeza.

Acabé rompiendo el contacto visual por algo tan estúpido como tener que frotarme la nariz. Gemí, frustrado.

- Emm… ¿Sabes qué me haría muy feliz a mí? Que me quites la varicela… ¡Joer! Esto no hay quien lo aguante –me enervé.

Ya no me valía con rascarme la pierna. Ahora me la quería que morder.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Dom Jul 22, 2012 1:02 am

Me eché un tanto para atrás, maliciosa.

- Pues… -intenté reprimir una sonrisa juguetona- vas a tener que aguantarte, por listillo –me reí. La expresión que puso no tuvo precio- Tú querías tener varicela, ¿me equivoco? Pues ahora tendrás que fastidiarte… Considéralo el precio a pagar por darme un susto de muerte –me era imposible no sonreír ampliamente- ¿Qué? –le reté ya huyendo de mi cama, por si acaso se preparaba para asaltarme y así curarse automáticamente.

Es cierto que todavía tendría que hacerse alguna herida para que al tocarme no la palmase, pero… mejor estar prevenida ¿no?

Mientras que esperaba me rasqué con dedicación en mi cuello.

¡Qué asco da tener varicela! Y pensar que él se la ha puesto aposta… Hay que estar locos…


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Jul 24, 2012 3:47 am

Mi mandíbula se quedó en cuelgue mientras la seguía con la mirada, atónito.

- Me estás vacilando –apunté con la garganta endeble. No podía negarse a curarme. No sería capaz. Claro que su traviesa sonrisa de superioridad parecía querer desmentir eso último. Gemí- Silvia ¡no me hagas esto! Que pica como un demonio y… ya te he dicho que lo siento –me rasqué le cuero cabelludo mientras me quejaba, igual que si tuviese la edad de mi primo Carlos. Ella soltó una carcajada, saboreando su venganza. Le puse mala cara. Será rencorosa...- Sepas que eso es cruel…

Se encogió de hombros y me sacó la lengua, de una forma tan encantadora que me costó fingir estar enfadado con ella. Solo me quedaba la resignación. Rodé los ojos y, cruzando mis brazos para evitar desgarrarme la carne, di un par de patadas con las que me libré del incómodo calzado escolar.

- Tú misma, pero ahora tendrás que aguantarme aquí –le recordé con diplomacia. Aflojé el nudo de mi corbata a tiempo que me estiraba en la cama, con la misma confianza que cogería para tumbarme en la mía. Estaba claro que ya no podría ir a colegio. Ni regresar a mi casa tampoco, aunque ya no me diera miedo hacerlo.

Bostecé. Ahora que no tenía que estar con todos mis sentidos puestos en la inestable de mi novia, podía relajarme y percatarme, además, de lo mucho que pesaban mis extremidades. Sí. Me sentía agotado. Mi cuerpo se hundía en el colchón, como atrapado en arenas movedizas. Arenas movedizas de lo más confortantes. Los párpados se me habían cerrado sin planearlo.

- Estoy muerto –musité entre dientes- Metafóricamente –corrí a añadir, por si las moscas.

Silvia soltó una risilla. Podía sentir su mirada clavada en mí incluso a través de los párpados, cosa que hacía que el vello se me erizara como con una toma de corriente. Di media vuelta, apoyándome sobe un costado, rascándome el pecho a través del primer botón desatado de mi camisa.

- Podríamos dormir un rato ¿no? –propuse.

Me di cuenta de que estaba camino a hacerlo incluso sin su consentimiento.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Miér Jul 25, 2012 2:59 am

Verle dormido con esa tranquilidad hacía que me dieran ganas de unirme a su lado y abrazarlo. Tocarle el pelo, acariciar su piel, besarle…

¿A quién le importaba que tuviese varicela? Estaba tan guapo como siempre. Yo apenas podía ver aquellos brotes; mi amor era ciego, puro e incondicional.

Riiiiiiiin

Pero no sordo. Alguien llamaba a la puerta, pero ¿quién?

Mi tía, al igual que yo, no esperaba visita. La única persona a la que yo le importaba se encontraba en esa habitación…

Volvió a sonar de nuevo.

Salí rauda de la habitación, sin cerrarla, intentando que no se despertase. Estaba muy cansado y parecía disfrutar durmiendo…

Qué suerte tenía…

Bajé las escaleras, intentando no molestar a mi tía… bastante tenía con tener que acogerme en su casa…

Ya en el recibidor, se podía vislumbrar en la puerta de la entrada a una silueta. Presioné el picaporte y nada más identificarla flipé.

¿Qué narices hacía la prima de Lucas ahí?

- Eh… hola… -musité aún sorprendida. Abrí más la puerta permitiéndole el paso. Me rasqué timidamente

¿Qué haría aquí? ¿Querría ver a Lucas? Aunque si fuese así… ¿no le bastaría con llamarle al móvil?

- Si quieres hablar vayamos arriba para no molestar…

No, en serio… ¿A qué venía?

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Sandra Castillo el Lun Jul 30, 2012 9:08 am

Observé la puerta, dubitativa, un momento antes de que mi guante rojo presionara el botón del timbre. Me mordí el labio.

No acababa de concebir qué hacía yo allí. Era una situación de lo más retorcida.

Resultaba extraño pensar que iba a intentar aleccionar a la novia de mi primo para que domase un poder potencialmente mortífero, cuando el mío a duras penas estaba bajo control. La verdad es que dudaba hasta qué punto mi presencia supondría una ayuda para ella, pero Lucas y yo teníamos un trato. Debía cumplir con mi parte, porque sabía que la suya sería mucho más dura de efectuar. Necesaria, pero dura.

Aquella mañana se había ido sin despedirse. No se lo podía reprochar. Necesitaría estar solo para pensar. Quién sabe si ya había llamado a su novia para contárselo todo…

Cuadré los hombros. Estaba decidida a ser la mejor profesora posible. Lástima que el estado de mi alumna no fuese el esperado.

Cuando abrió la puerta, apenas tuve el reflejo de levantar momentáneamente la mano, correspondiendo de forma silenciosa a su dubitativo saludo. Había quedado demasiado asombrada al ver de la guisa con la que se me presentaba. La esperaba vestida con el uniforme escolar, dispuesta a ir en breves al Astoria, como yo. En cambio, la salpicadura de decenas de manchas rojas por su cara daba a entender que ese día, las clases estaban de más. Puede que las mías también. Silvia tenía la varicela.

Menos mal que yo ya había pasado esa asquerosa enfermedad…

- Si quieres hablar vayamos arriba para no molestar…
- Claro –asentí, sonriendo un punto incómoda.

Era de suponer que las presentaciones estaban de más. Jamás habíamos intercambiado ni una sola palabra hasta dicho momento, pero la había visto por el instituto más veces de las que era capaz de contar, la mayoría de ellas pegada a mi primo favorito. Hasta que Lucas me lo contó, no imaginaba que su proximidad podría comprometer la vida de uno de mis seres queridos.

- Siento si es un mal momento –me disculpé, mientras la seguía escaleras arriba. Se tornó levemente para negar con la cabeza, con cortesía.- Es que… bueno, no sabía muy bien cómo hacer esto…

Era delicado. Un tema muy delicado.

Llegamos a la planta superior, donde tuve que enfrentarme a una mirada confusa por parte de aquella chica rubia. Parecía inocente. Demasiado inocente para haber estado a punto de llevarse la vida de nadie.

Suspiré. Mira quién fue a hablar…

- Me gustaría poder explicártelo todo antes de que te encuentres con Lucas y te enfades con él. La idea ha sido mía y… de verdad creo que es lo correcto, Silvia –prensé los labios, preguntándome si me odiaría a partir de entonces, por separarla de él. Me imaginaba que le dolería.

Pero si de verdad le importaba, si de verdad se parecía tanto a mí como aseguraba mi primo, haría ese sacrificio. El mismo que yo había tenido que hacer con Culebra.

Le puse una mano sobre el hombro, en la protectora distancia impersonal que daba todo el largo de mi brazo. Era una lección dolorosa que debería enseñarle. Guardar distancias.

- Ya sé que al principio te va a costar, pero acabarás acostumbrándote a ser su amiga y… bueno que… a lo mejor con el tiempo podéis volver a estar juntos, ¿eh?

Mi intento de animarla pareció totalmente infructífero. Es más, produjo un efecto contradictorio, como sacándola de sus esquemas. Quizás Lucas aún no había tenido valor para llamarla…


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Mar Jul 31, 2012 6:50 am

- ¿Qué? –Soné un poco brusca. Estaba desconcertada, pero era normal ¿no?- ¿de qué hablas?

¿Había venido hasta mi casa solo para decirme estas cosas tan raras? ¿Se inventaba conversaciones o qué? No, en serio… ¿de qué iba todo esto?

Negué con la cabeza, confusa. Junto a las escaleras no era el mejor lugar para hablar… podríamos despertar a Lucas…

La cogí de la muñeca sin brusquedad, para guiarla al cuarto contiguo a este, es decir, el de los invitados. Cogerla de la mano me parecía algo más personal para una tía que, aunque la hubiese de visto millones de veces, era la primera vez que nos decíamos una palabra…

Una vez dentro, me senté en la cama. Me era más cómoda que aquella horrible butaca que disfrutaba torturando la espalda…

- Explícate, Sandra… N-No te entiendo… ¿A qué has venido a mi casa? –de la incógnita me empezó a picar todo el cuerpo. Fue un placer rascarme sin Lucas persiguiéndome para que no lo hiciese…

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Sandra Castillo el Sáb Ago 04, 2012 7:00 am

Tomé aire. No se lo había dicho, eso estaba claro.

Desde luego, era un contratiempo que dificultaba de forma problemática mi misión. Agaché la cabeza, usando mi pelo a modo de capa protectora entre las dos, mientras observaba mis guantes como si de repente hubiese surgido un nuevo topo blanco.

Me tomó unos segundos reunir todo mi valor, pero una vez me di el impulso, conseguí levantar la mirada y declarar mi sentencia, hablando de forma lenta y precavida, pero firme.

- Sé que esto te va a doler, ¿vale? pero… de verdad creo, y Lucas está de acuerdo, que… deberíais distanciaros por el bien de ambos –sobre todo por el bien de mi primo, pero no me pareció educado decir eso.- Será mejor que no os volváis a ver en un tiempo, ¿entiendes?

Me quedé sosteniendo sus ojos ocres, esperando. Esperando una respuesta, una señal de disgusto, incredulidad, un berrinche típico de una quinceañera a la que su novio acaba de dejar. Pero no ocurrió nada de eso. El resultado fue mucho más nefasto.

La cara de Silvia, enrojecida por el cúmulo de granitos, empezó a perder pigmento de una forma pasmosamente rápida. Daba la sensación de que la sangre le había caído en peso muerto a los pies, como si su corazón hubiese dejado de bombear para repartirla. Se quedó sin respirar, sin pestañear, con una expresión desencajada por el shock. Me miraba, pero en realidad no lograba verme. Todo me hacía temer que pudiese sufrir un desmayo en el momento menos oportuno.

- Silvia, tranquila que… yo ya he pasado por todo esto y te puedo ayudar ¿vale? De verdad que no es tan malo –intenté animarla, preocupada por la reacción que había causado. Fue una pena que mi voz no tuviera un timbre demasiado convincente.

Porque sí era malo. Era malo y peor. Mejor dicho, desgarrador. No poder estar cerca de la persona por la que te desvives te rompe por dentro, lo sé por experiencia. Cada paso que alejaba a Culebra de mí o cada vez que me veía forzada a escapar de su tacto, una sensación de vacío tomaba forma y se convertía en una estaca, fieramente afilada, que perforaba y atravesaba mi carne.

Dolía más de lo que podría cuantificar, pero hacía tiempo que había decidido que no podía ser toda la vida la niña que lloraba por las esquinas porque no la podían tocar. No podía seguir siendo la víctima de mí misma y de mis sentimientos. Eso me mataría como mataba a Silvia en ese instante.

E igual estaba destruyendo a Culebra. Todo por mi culpa.

La estaca presionó mi diafragma al pensar en él, tanto que llegué al punto de creer que estaba ahí.

Pestañeé. Para el carro… ¡Es que estaba ahí!

- ¿Culebra? –aluciné cuando lo vi entrar por la puerta, con la mirada perdida, borrosa. Más o menos como la de Silvia- Pero… pero bueno, ¿tú qué haces aquí? ¿Vuelves a dedicarte a seguirme o qué?

No respondió. Se limitó a echarse a andar hacia la cama, sentándose en ella como si fuese Pedro por su casa. Iba a reprimirle por ser tan grosero cuando, para mi sorpresa, me encontré a punto de echarle la bronca a…

- ¿Ma-mario? –musité perpleja.

No. No era Mario. Era Antonio Ruano. Y ahora Lucía. Y ahora Leo. Y ahora…yo.

Me vi recostarme sobre la cama y cerrar los ojos apaciblemete, un momento antes de que me creciera un espeso flequillo. Aquel fue el último paso que me ayudó a cuadrar, a pasar de la confusión a la más profunda indignación. Mi mandíbula se descolgó.

- ¿Qué hace él aquí? –mi tono sonó acusador en exceso. Pero me daba igual. Fulminé a Silvia cuando pude comprobar que un rastro de manchas rojas, idénticas a las suyas, se esparcían por la cara de mi primo. Y la irritación pasó a cólera en toda regla- ¿Qué le has hecho?


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

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