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Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Lun Ago 06, 2012 8:58 am

- Será mejor que no os volváis a ver en un tiempo, ¿entiendes?

¿Qué? ¿Ya? ¿Tan pronto? ¿Ya se ha cansado de mí? ¿Y yo qué hago? ¿Qué será de mi vida? No… no, no, no… no me puede hacer esto… Sí, lo acordamos. Se lo dije. Pero…

No, no puedo…

Sin él no volveré a sonreír…

No voy a querer vivir…

A medida que recordaba todo lo que me quedaría sin su presencia, mis oídos, al igual que mi calor corporal, iban abandonándome; como si ya me estuviese preparando para cruzar el otro mundo.

Sabía que alguien hablaban pero es que eso ya no era lo importante. Lo primordial era saber cómo reaccionar, cómo hacer que tus pulmones quisiesen respirar, cómo hacer de pronto que tu pulso dejase de ir tan rápido. Quería vivir, ser feliz. Pero me faltaba el instrumento: Lucas.

Él. El único que me daba todo a cambio de nada, el que se preocupaba por mí, el que hacía todo lo posible porque sonriese todas las mañanas. Querías sus locuras, sus atrevimientos, su mirada… Lo quería todo de él.

Lo amaba.

Pero, según Sandra, él no sentía lo mismo por mí.

Algo completamente lógico.

¿A quién le gustaría estar con alguien como yo? Una persona sin padres, sin sueños, llorando por cada rechazo de mi tía, lamentándome de mi vida. De mis traumas, de mi poder, de mis discapacidades. Yo era el problema.

Yo tampoco querría estar con alguien como yo…


- ¿Qué hace él aquí? –cuándo pronunció esas palabras con aquél tono fue el momento en el que salí de mi aturdimiento. Quise saber a qué se refería o como mínimo qué ocurría cuando noté como un velo lacrimógeno cubría mis pupilas. Me las limpié a duras penas con mi guante derecho. Reponiéndome todo lo posible- ¿Qué le has hecho?

Observé a la razón de mi vida. Estaba a mi lado, durmiendo en paz.

No supe a qué se refería hasta que no se rascó en sueños: varicela.

La mía.

Quise defenderme. Decirle que había sido él, que yo no se lo deseaba. Que quería su salud por encima de todas las cosas. Pero fue ese pensamiento lo que me echó para atrás. Porque no tenía perdón. Porque YO le había hecho eso. Porque como me tocase de nuevo le mataría.

Y no podría hacer que regresase de la ultratumba. Yo no poseía ese don…

Mi respuesta fue mirar la alfombra, sin argumentos.

Tenía razones para tratarme así. Yo misma me trataba de tal forma.

Pero aquello no impedía el dolor…

- Yo… -lo intenté de nuevo. Era complicado comenzar- Él… -Abandoné. Llorando súbitamente, de rabia, de dolor, de impotencia…

Yo no estaba creada para tener a alguien en mi vida…

- Lo siento –musité a duras penas con un hilo de voz mientras que corría directa a mi baño, a mi santuario.

Corrí pasillo a través, con las lágrimas sujetándose a mis párpados, negándose a regresar a su lugar de origen, cuando al fin, palpé mi ansiada puerta. La cerré de golpe, con un sonido seco que incluso podría haber despertado a Lucas.

Fue una pena no escuchar si él estaría despierto. Mi caja torácica no me lo permitió; mi llanto era demasiado extremo como para preocuparse en otra cosa que no fuese respirar…

Sabía que de un momento a otro mi burbuja de amor explotaría. Tan solo esperaba que no lo hubiese hecho tan pronto.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Sandra Castillo el Mar Ago 07, 2012 4:04 am

Con el portazo que dio Silvia durante su lacrimógena huída, era imposible que Lucas no se despejara. Mi primo favorito frunció el entrecejo y dio una vuelta sobre la cama que resultó más brusca que las anteriores, refunfuñando algo entre dientes, molesto por el escándalo que le impedía dormir.

Debía actuar. Actuar rápidamente antes de que todo aquello se me escapara de las manos. O de los guantes.

Conseguí seguir la trayectoria de la desequilibrada novia de Lucas, todo gracias al sonido de los sollozos secos que salían de una de las puertas que se situaba hacia el final del pasillo.

- ¿Silvia? –hice amago de chocar los nudillos contra la madera, dubitativa. No hubo respuesta. Solo más gimoteos. Intenté girar el pomo. Cerrado.

Suspiré. Esa chica era de lo más frustrante. Puede que sí se pareciese a mí, a mi anterior yo. Viéndome en retrospectiva, me definiría como…difícilmente soportable. Llorona. Irritante.

Estaba demasiado preocupada como para sentir compasión por ella, por muy bien que entendiera su dolor. Era algo por lo que yo ya había pasado y no podía ocuparme de eso en un momento así, solo en salvar a mi primo. No podía concentrarme en nada más.

Sabía la mejor manera para hacerlo. Golpear la conciencia de aquella agente del contagio.

- Oye, a ti Lucas te importa, ¿no? Pues a mí también. Él me dijo que… que iba a distanciarse de ti, pero está claro que no tiene valor para hacerlo –más que claro. Si así fuera, no estaría ahí. No habría roto nuestra promesa. Intenté enterrar el rencor en un rincón. Ya habría tiempo para eso- de modo que… vas a tener que hacerlo tú –cerré los ojos y tomé una bocanada de aire, para hacer mi ruego más consistente- Silvia, por favor te lo pido: Déjale antes de que sea tarde. Sálvale la vida –su llanto paró un segundo, supongo que por la sorpresa. Luego volvió. Con más fuerza- Ya sé... Es una mierda y es injusto, pero a veces…a veces para hacer lo correcto tenemos que renunciar a lo que más queremos.

Es curioso como mi mente transmutó esa frase para adaptarla a mí y a Culebra. Para empaparla del dolor del sacrificio que yo tenía que hacer cada día. Si yo podía, si yo podía hacerlo por él, Silvia debía ser igual de desprendida que yo. Era su obligación.

Era el destino de la gente como nosotras. Había ciertas cosas que nos estaban prohibidas. Quién sabe si la felicidad fuese una de ellas.

Yo había renunciado a todo por el bien de los otros. A mi familia, a la de verdad. A una vida normal. A tener más amigas. A poder estar con mi verdadero amor. A todo eso y más.

No podía ser que esa niña fuese tan egoísta. No cuando podía elegir no serlo, como hice yo.

- Sabes que tengo razón –insistí, esta vez con un punto de dureza- Sabes perfectamente lo que acabará pasando si no cortas esto de raíz... ¿Qué prefieres? ¿Un ex novio vivo o… un novio muerto?

La acritud de mi propia frase me encogió el corazón. Era inevitable, porque era la verdad.

Las luces pestañeaban por doquier.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Mar Ago 07, 2012 7:55 am

Durante un momento, creí que estaba soñando. Alucinando como poco.

Sandra no cuadraba para nada en casa de Silvia. Ella no debería estar ahí. Sandra no diría esas palabras tan crueles. Ella no era así. Sandra no…no me haría tal putada. Ella no.

Era mi amiga. Mi prima. Mi confidente. No podía hacerme eso.

Las luces se volvieron inestables, consiguiendo que me acabara de despejar. Ni sabía cómo había ido a parar al pasillo, medio despierto y medio dormido, pero una vez mi cerebro consiguió volver a desplegar neuronas, me horroricé al oír la conversación que tenía Sandra con la puerta. O dicho sea de paso, con Silvia, vuelta al cuarto de baño, vuelta a llorar.

- N-no… no puedes hablar en serio –tartamudeé, conmocionado. Sentía la piel fría cuando mi prima dio la espalda a la puerta, fulminándome con una severidad que me estrechó el pecho. No. Era peor que eso.

Era decepción lo que había en sus ojos. Una decepción que tenía escrita un “No me lo esperaba de ti”. La peor frase que pudiese haber pronunciado nunca. La que más me dolió. Recordaba esa exacta expresión en ella cuando le plagié el cuerpo. La primera y la única vez que había hecho algo a sus espaldas.

No. La segunda. Ésta era segunda vez que le fallaba.

- Lo… lo siento. No podía dejarla sola. No podía –era una justificación muy pobre, pero era la verdad. Ni siquiera me atreví a levantar la vista de mis calcetines.

Me acerqué a la puerta y probé a girar el pomo, aunque sabía que era tarea inútil. Desde el otro lado, los sollozos intentaban ser inútilmente sofocados. Y lo supe. Se lo había contado. Todo.

Gemí, sintiendo piedras en el plexo solar.

- Silvia…pasa de lo que diga Sandra. Abre –me forcé a pedir, con poquedad. Mordí mi uña, mientras mi mano libre se peleaba con el pomo- ¿No podemos… hablar? –al parecer no. Sería imposible comunicarse con ella si no dejaba de llorar. Me angustié mogollón- Tía, no te pongas así ¿eh? Quería contártelo, pero… pero luego tuve una pesadilla en la que te morías y… y vine aquí pensando que… bueno, esa parte ya la sabes. No quería dejarte sola.

Sandra suspiró, ofuscada. Vi que sus brazos se cruzaban, su mandíbula se tensaba y que las luces seguían con su baile particular y anómalo.

- Le pedí a mi prima que… que te enseñara a controlar –tuve el mal tino de echarle una ojeada dócil a Sandra, de reojo. Desvié la vista de nuevo, raudo. Se me hacía rarísimo tenerla enfadada- Y a cambio yo… yo tenía que –tragué saliva. Si decirlo ya suponía aquél desazón brutal… ¿qué sentiría al intentar hacerlo? No creía poder aguantarlo. De verdad que no- tenía que separarme de ti y mantenerme a salvo, hasta que tuvieras tu poder dominado. Y créeme, la idea no me molaba nada, pero… lo hubiese hecho por ti. Para que pudieses... tocar.

Por su felicidad. Y también por la mía, para qué engañarnos.

Noté que al rascarme el brazo (lo único que se me ocurría hacer ante el nerviosismo) el ceño de Sandra se fruncía más y las palpitaciones de las bombillas aumentaban. Me encogí.

- Esto me ha pasado por idiota. No ha sido su culpa –la justifiqué de inmediato, refugiado en mi flequillo. Como un auténtico miedica, di que sí.

Estaba sacando a mi prima de sus casillas, podía verlo.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Lun Ago 20, 2012 3:33 am

Tenía razón… Lucas debía estar sin mí. Ya me lo había dicho millones de veces en mi cabeza, pero… ¿Por qué mi corazón se desquebrajaba de dolor?

Hipé, tratando de sobreponerme.

Todo en vano.

Me levanté del retrete y avancé hasta el lavabo, para verme.

Una calamidad. Eso era lo que había ante mí. O al menos lo que parecía ante los continuos parpadeos de su prima.
Resoplé sarcástica.

Controlar… Ella me iba a enseñar, claro… ¡Por favor! –rugí exasperada en mi mente. Alguien que dominase su poder no dejaría las luces en ese estado.

Era algo totalmente obvio: nuestros poderes no podrían ser nunca controlados.

Jamás.

Y justamente por eso Sandra me hería tanto con sus palabras.

El trato que había hecho Lucas con ella era completamente inútil. Pero era lo correcto…

Debíamos cortar y todo gracias a mí. Como siempre.

Me quedé pensando todas nuestras vivencias: cada sonrisa; cada helado compartido; cada vez que le sacaba la lengua, alegre; los abrazos, el apoyo…

Pero de pronto, el baño rugió con electricidad amplificada, estallando las bombillas en pequeños pedacitos.

Me asusté, chillando ante la sorpresa. Pero entonces un dolor se expandió en mi brazo.

Siseé, buscando a tientas el pestillo para explorar mi herida. Al fin y al cabo, ahora había una absoluta oscuridad…

Cuando abrí lo primero en lo que me fijé fue en cómo la sangre trepaba por mis pequeños sarpullidos, productos de la varicela. No era gran cosa, pero sí que impresionaba… o al menos eso me pareció hasta que me topé con ellos…

O con él… Yo no era lo importante. Nunca lo había hecho. Mis sentimientos –pese a que me doliese- no debían importarme…

Le miré a los ojos y tragué saliva, preparada para mi dura prueba, para ejecutar mi duro deber.

- L... –y eso fue todo lo que pude pronunciar. Una cascada de llantos lagrimales se adueñaron de mí.

Era demasiado. No, no podía. ¿Cómo podría querer separarme de lo único que me daba ganas de vivir?

No podía.

Así pues, me dispuse a emprender mi huida hacia mi segundo santuario: mi habitación.

Lástima que las cosas no me saliesen tan y como yo esperaba.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Miér Ago 22, 2012 12:27 am

Conocía a Silvia tan bien como si se tratara del relieve de mi cadena plateada. Esa que había aprendido a memorizar a fuerza de no quitármela, ni de noche ni de día. Era algo parecido.

Sabía que no se la podía dejar sola en un momento así y esperar a que no se rompiera. Demasiado arriesgado. No estaba bien.

- ¡Ey! ¡Para! ¿Dónde crees que vas? –intervine con suavidad, interceptándola antes de darle la oportunidad de enfrascarse en una nueva huída. Conseguí agarrar uno de sus brazos, reteniéndola conmigo a los dos pasos de distancia.

Opuso mucha menos resistencia de la que cabría esperar, a pesar de que sus sollozos afligidos me indicaban que desearía desahogarse, purificarse sin público. Al principio lo atribuí al agotamiento. Porque estaba enferma, machacada psicológicamente y no había dormido ni gota. Pero luego lo entendí.

No retorció el brazo para evitar abrir una nueva grieta en su piel. La carne, estupefacta, se me contrajo como si la herida fuera mía. Jadeé. Una tremenda sensación de horror se agolpó en mi pecho mientras seguía con la mirada el recorrido de una fisura de llamativo carmesí, que se hundía en la suave piel de mi novia, expandiéndose entre los sarpullidos como si se tratara de la vereda trazada por la lava de un volcán en erupción.

Y el siguiente paso, sin reparos, me lanzó directo de la preocupación al estado de rabia. Las luces tintineantes me resultaron irritantes, más molestas que nunca. El llanto de mi chica me parecía más remarcable.

Entendía cómo había pasado. Dolía e indignaba a partes iguales.

Silvia ya tenía demasiadas cicatrices. Tanto emocionales como físicas.

No iba a permitir que nadie añadiera ni una más, y menos alguien de mi familia. Me enfrenté a Sandra, acuchillándola con una mirada ensombrecida y llena de inquina, de ceño fruncido. Por primera vez, me di cuenta de lo mucho que había llegado a superarla en altura. Por primera vez, noté que llegaba a detestarla.

Era la culpable. Quien había entrado en esa casa sin derecho. Quien había atentado contra los pocos momentos de paz que tenía mi novia. No tenía derecho. Ninguno.

- Me parece que aquí Silvia no es la única que resulta un peligro en potencia para la vida de los demás –rugí.

Logré sorprenderme a mi mismo. Aquel tono feroz y congelado que dejó el pasillo en silencio sepulcral (excepto por el zumbido de las luces) no parecía provenir de mi voz. Tensé la mandíbula, apretando los puños, aguantando el tipo hasta que sentí que el cráneo me iba a explotar de furia si no golpeaba algo.

Esa sensación duró poco. Solo hasta el instante en que mis palabras, crueles, parecieron perforar la piel de Sandra, hasta infectar sus órganos internos. Tocada y hundida, en el pleno centro de su alma.

Vi su gesto transmutar en una mueca de dolor que me hizo sentir despreciable. Otra vez me dolió la cabeza, pero de ganas de esconderla bajo tierra por puro bochorno. Por remordimiento.

Había sido un golpe demasiado bajo y rastrero, entonces me di cuenta. Lo equivalente a que ella me hubiera recordado que mis padres no me querían. No se deben atacar los puntos débiles de la gente si sabes con premeditación el daño que vas a causar.

Gemí.

- Sandra…yo no quería…yo…

Tarde. Había metido la gamba hasta el mismísimo fondo.

Las bombillas que alumbraban el pasillo estallaron con violencia en lo que mi prima me dedicaba una última mirada, herida y rebosante de resentimiento. Silvia soltó un chillido de espanto, encogiéndose en mi costado.

- ¡Sa-sandra! ¡Por favor, no te enfades! –angustiado, me solté del agarre de mi novia, para echarme a perseguir a mi prima escaleras abajo. No se detuvo en ningún momento. Ni se digno a mirarme ¿Por qué todas huyen de mí? - ¡Lo siento! ¡De verdad! Yo… lo he dicho sin pensar…yo… ¡Espérame!

Intenté detenerla como había detenido a Silvia antes. Craso error. Y más teniendo en cuenta que acerté a sujetar un tramo de su cuerpo que no estaba cubierto por ningún tipo de tela. Así era fácil que se me escapara.

Mi grito sordo de dolor se vio acallado con el sonoro portazo que dio al marcharse, sin dignarse siquiera a mirar atrás. Fue desolador. Me quedé ahí quieto, mientras el dolor que sentía en mi mano y en mi conciencia se regodeaba a sus anchas.

Miré mi palma. Abrasada.

La quemadura no llegaba a ser comparable (ni por asomo) a las que me había hecho Juliette, pero que la autora fuese mi prima hacían que el escozor en ese trozo de piel rosa pareciese peor de lo que en realidad era.

- Nunca… nunca nos habíamos peleado antes –no sé por qué titubeé aquello.

Quizás porque me había dado cuenta de la presencia de Silvia tras de mí. Quizás por la conmoción. Quizás para llenar el vacío.

No entendía cómo habíamos llegado a ese punto. Mintiéndonos el uno al otro. Hiriéndonos. La familia no se hace esas cosas.

Algo en mi cabeza rezongó, reprimiéndome con un “Deberías haber hecho caso desde el principio. Deberías haberte apartado de Silvia”.

Así nadie habría salido escaldado. Ya era tarde.


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Miér Ago 22, 2012 4:59 am

Una pesadilla. Eso era lo que tenía que ser…

Ver sufrir a Lucas de tal modo y sin que yo lo hubiese impedido… Era imperdonable.

Al igual que lo era el hecho de que ni siquiera me atrevía a cortar con él. Por cobardía. Por necesidad.

No era justo.

Ya no sabía cómo comportarme con él. Que le quisiese con todo mi corazón no era excusa suficiente como para no dejarle vivir. Porque eso era un hecho: si seguía conmigo, su vida se acortaría drásticamente.

Era cuestión de tiempo.

Él estaba conmocionado. Ambos lo estábamos. Solo que por razones diferentes…

Muda y deteniendo el llanto como podía, agarré delicadamente su brazo, examinando las heridas que le había creado su prima. Las mías me importaban bien poco. En realidad a nadie tendrían que importarle.

Su palma estaba completamente enrojecida, casi a punto de llegar a chamuscarse.

Le miré a los ojos. Ambos lo hicimos.

Tenía que decírselo. Nuestro amor debía partir a otro universo; a un sitio donde yo no fuese un arma letal. Un sitio en el que ambos pudiésemos ser felices, sin ningún tipo de temor.

Con delicadeza solté su mano. Había un silencio muy íntimo, pero no por ello faltaban palabras. Al menos a mí no me lo parecía.

Me encontraba fatal, pero no por ello quería se notase. Debía aparentar fuerza y valentía. Algo que no poseía en absoluto. Pero sí, había algo claro. Tenía que dejarle marchar de inmediato. Ya podría derrumbarme más tarde.

Eso fue lo único que me dio fuerzas para poder quitarme los guantes, tirándolos al suelo sin importarme su destino. El deber, el sacrificio. La futura felicidad de Lucas. Eso era lo importante.

Sostuve su mano con cuidado, haciendo funcionar mi poder en el mismo instante que nuestras pieles se rozaron. Era una lástima que esa fuese la última vez que fuese a sentir su tacto…

No tenía mucho tiempo. Esa fue la única razón por la que me atreví a besar su mano, con extremada ternura. Su boca ya debía ser inaccesible para mis labios. No, no me lo merecía.

Y, cuando se sanó por completo, cuando ya era tan bello como siempre, extremadamente perfecto, supe que tocaba la despedida. Le solté e, ignorando mi corazón, pronuncié las palabras que más me ha costado en mi vida pronunciar.

Cerré los ojos, con dolor; preparándome para el fin de mi escasa felicidad.

- Deberías irte –susurré. Tragué saliva, dispuesta para mi perdición- Para siempre.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Ago 23, 2012 11:44 am

El tacto de sus labios, prietos con sufrimiento en el dorso de mi mano, me dejó totalmente anonadado.

Me quedé mirando a mi novia, reteniendo el aliento, sintiendo el alma rozándome con el corazón. Era lo malo de sus besos, me los diese donde me los diese. Creaban adicción.

Y desolación cuando se acababan. Se apartó unos pasos. Me abandonó.

Por algún motivo, decidió esconderme sus ojos. No entendía nada.

-Deberías irte –su voz, trémula, dio una pausa fatídica- Para siempre.

Descolgué la mandíbula.

Es realmente curioso el efecto demoledor que puede causar una sola frase si proviene de… ella. Fue como si una locomotora loca hubiese cruzado una tienda de figuras de porcelana. Lo destruyó todo. Me dejó en blanco.

Observé a través de su piel, en shock, intentando juntar las trizas que se repartían por mi interior para filtrar la comprensión poco a poco hasta mi cerebro.

Gemí como si acabaran de darme una patada en pleno plexo solar.

- No…no me hagas esto –imploré, sin consuelo.

El cuerpo de mi Silvia tembló, dándome la espalda para recoger sus guantes del suelo. Y oí lo que parecía ser un gimoteo de garganta, difícilmente reprimible. Ni siquiera me había mirado.

Estaba perdido. Desorientado.

No podía hacerme aquello después de… todo. No podía dejar que lo hiciera.

- Mira, a mí… a mí me da igual que Sandra piense que… que no me convienes –me acerqué un par de pasos al calor que desprendía su presencia. La necesitaba. No podía separarme de aquella sensación. No quería hacerlo- Y... también me da igual que lo pienses tú. Incluso me la pela si lo dice mi sentido común.

Silvia, terca como una mula, se mantenía de espaldas a mí. No me atreví ni a ponerle una mano encima. Parecía que se iba a romper tan fácilmente como yo.

Era incapaz de tragarme aquellos pedazos sueltos de cerámica en mi nuez. Dolían cosa mala. Raspaban, me incitaban a llorar de una forma alarmante.

Sin darme cuenta, llegué a estar prácticamente pegado a aquella coronilla rubia. La única que podía sanarme.

- No me dejes –supliqué con voz tupida. El miedo a perderla aumentaba la cantidad de fragmentos cortantes en mi tráquea. Era mazo angustiante- Por mucho mal que me pueda causar el estar contigo… eso no… no se compara a todo lo bueno que me das. Eso lo sabes, ¿no?

No respondió. No se movió. No respiró.

Lo único que me indicaba que seguía viva eran los movimientos que hacía para colocarse los guantes.

Esperé y, con lentitud acordada por mis cobardes músculos, fui deslizando una mano hasta atrapar la suya. Un nuevo sollozó la quebró, a tiempo que la hacía girar con suavidad sobre si misma, como si estuviésemos bailando un lento.

Quedamos frente a frente, en plena colisión de miradas.

El dolor en sus facciones era puramente insufrible. Se estaba hiriendo a sí misma por mí. Y eso tampoco lo iba a consentir.

- Paso de irme –declaré con toda la ligereza que pude, a tiempo que le secaba una lágrima traicionera con el puño de mi sudadera, tierno. Me perdí en su mirar aguado, sacando fuerza de sus orbes marrones para sonreír de forma ladeada- Creo que… ya es un poco demasiado tarde para salvarme. Te...quiero demasiado.

Increíble. Me seguía sonrojando al decirlo, como la primera vez.

Seguía teniendo ganas de besarla hasta quedarme sin aliento, perder el sentido, tocar el cielo…


Última edición por Lucas Castillo el Jue Ago 23, 2012 11:16 pm, editado 2 veces


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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

Mensaje por Invitado el Jue Ago 23, 2012 10:54 pm

¿Cómo voy a hacer lo correcto si a ninguno de nosotros dos le interesa?

Sus palabras -llenas de amor- me derritieron hasta verme completamente incapacitada. Dejé de respirar, mi corazón dejó de latir momentáneamente. No tenía fuerzas para luchar, para hacer el bien, lo correcto.

Pero tampoco las necesitaba.

Sujeta a su mano, ya ni siquiera tendí a la razón.

Lo quería demasiado como para que el sentido común me dominase.

Me hundí en su mano, en su pecho, en él. Y lloré. Lloré pero ahora no de dolor, de sufrimiento, de angustia. No. Ahora lo hacía por alegría. Porque lo tenía. Seguía teniéndolo, conmigo, a mi lado. Prestándome su felicidad a cada segundo que estaba conmigo.

Él era así: bueno, cabezota, tierno. Un ángel. El mejor de todos.

Cuando todo el éxtasis que me invadía disminuyó, pude respirar.

Me encontraba en el paraíso. Seguía teniendo lo más preciado en mi vida, a él. Al amor de mi vida. A la razón de mi existencia.

Feliz, besé su corazón, esta vez más calmada.

- Te quiero –susurré contra su pecho, llena de paz interior.

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Re: Con las defensas bajas (Silvia, Sandra)

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