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Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

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Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Nov 15, 2012 10:28 am

Cada paso que me acercaba a esa puerta me daba la seguridad de que no debía estar ahí. Ni yo ni Silvia.

Tenía unas ganas insanas de dar media vuelta, cargar a mi novia bajo el brazo y salir corriendo hacia algún lugar en que estuviéramos a salvo. Un bunker resistente a bombas atómicas, por ejemplo. Ahí me sentiría mejor.

Desde que había llegado a Valle Perdido, había tenido que asumir muchas cosas. Demasiadas.

Que acababa de traicionar una poderosa organización. Que, en consecuente, iban a por mí y a ir a por mi nueva familia.  Que quizás ya no tuvieran suficiente con encerrarnos  y esperar que fuésemos obedientes. Que me iban a quitar todo lo que quería y luego acabarían conmigo. Y por, último, gracias a ese hombre que me raptó en las sombras, había asumido que tenía que actuar rápido, lanzándome contra las mandíbulas del lobo antes de que todo eso ocurriese.

Mi propia vida no me pertenecía. Me la podían quitar en cualquier momento y, en consecuente, la de Silvia igual. Cada día había algo que me recordaba lo inestable que era nuestra existencia, que cada latido amenazaba con ser el último. Y ahora cualquier sonrisa o momento de felicidad se quebraba bajo los dedos de una mujer  de melena peligrosamente flameante y muy pocos escrúpulos.

Sentí el vacío de ese hecho carcomiéndome el alma cuando mi novia, tras coger aire, llamó con suavidad a la puerta de esa casa. La de Elisa.

No deberíamos estar ahí. No después de las amenazas de aquella psicópata. Quién sabe si  ella estaba cerca, esperando, observando...

Se me levantaron los pelos de la nuca al son de un escalofrío con solo pensarlo.

Y lo peor por el momento es que me sentía como un mierda por no decirle nada sobre ello a Elisa.  Jamás pensé que me vería obligado a dejarla desprotegida, caminando alegremente bajo la espada de Damocles sin ser consciente de que en cualquier momento caería sobre su cabeza. Ese riesgo lo corríamos todos nosotros, en realidad. Pero al menos yo lo sabía.

Suspiré, decaído, queriendo convencerme de que hacíamos lo único que podíamos hacer. Ser sus amigos. Estar cerca de ella por si las cosas se ponían chungas. E ir a su casa cuando éramos invitados, aunque no me hiciese especial ilusión tentar a la suerte.

- Deberíamos intentar contárselo... –dejé caer lo que llevaba pensando desde aquel día, sin llegar a saber si se lo estaba diciendo a Silvia o conversaba con mi mal de conciencia. Luego la imagen de Erika, lamiendo la yema de su dedo ensangrentado, asaltó mi mente y me clavó cantos en el esternón.

Me arrepentí enormemente de haber abierto la boca.

- ¡Mucho habéis tardado en llegar! A ver, ¿qué hay que contar? –una voz cantarina dio pie a la irrupción de una muchacha de pelo bruno y sonrisa indestructible donde antes no había habido más que una puerta. Pestañeé, sorprendido de lo rápida que había sido a la hora de abrir.

O bien nos había estado esperando acurrucada en el felpudo, o nos había oído llegar de lejos. Me decantaba por la segunda opción. Malditos sean sus sentidos súper desarrollados...

Tragué, echándole una mirada de auxilio a mi novia un momento antes de recorrer a mi uña.

- Emmm... que... que no... no te quería decir queeee...
- ¿Qué eres extremadamente elocuente a la hora de hablar? –me vaciló, encarnando una ceja.
- No. Bu-bueno que... yo... que lo que decía es q-que... que no me quedaré demasiado porque mis tíos no... no me dejan, así que...–así que en el tiempo en el que empleo para volver a casa puedo pensar mejores excusas. Qué patético, Lucas...

Eli hizo rodar sus pupilas.

- En ese caso, ¿qué tal si pasáis antes de que puedas conjugar una frase entera? No podemos desperdiciar aquí la tarde entera y esto parece que te va a llevar tu tiempo, ¿eh, Bambi?

Se retiró del resquicio de forma amigable, con los labios humedecidos en una sonrisa cálida y los ojos chispeantes haciendo un escáner mi novia, faltos de pudor.

- Bienvenidos, señores. Las rubias van delante –canturreó.


Última edición por Lucas Castillo el Vie Jun 28, 2013 8:28 am, editado 1 vez


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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 17, 2012 10:03 am

Era curioso cómo Eli podía influir tanto en mi estado de ánimo. No hacía ni cinco minutos que estaba igual de preocupada y de tensa que mi novio. Pero es que era normal. Esa tía, Erika, daba miedo. Demasiado como para obligarnos a guardar silencio delante de Eli. Pero lo peor de todo es que ella no parecía darse cuenta de la verdad... ¿Cómo podía ser posible que ella, con su habilidad de perro policía, no se pispase de que la tía esa estuviese para ingresar en el hospital? Y lo cierto es que era casi clínico. Aún hoy me arrepiento de haberla ayudado a escaparse del hospital...

Pero todas estas preocupaciones, que además me añadían más dificultades para dormir, desaparecían por leves espacios de tiempo en su compañía. Con sus piropos tan de tío o de directamente chabacanos. Solo en esos momentos, me hacía enrojecer. Todavía no me había acostumbrado a su desparpajo. Y ya puestos a que me recordase continuamente que le gustase... A cualquier tío le habría dado un corte horrible, y en cambio a Eli le daba lo mismo.

Hice caso a su invitación a la vez que ponía los ojos en blanco, disimulando todo lo posible mi color de cara.

- ¿Algún día cambiarás? -pretendí que fuese en plan de molestia, pero fue girarme para verla y acabar sonriendo. Siempre me pasaba igual. Su burbuja nunca explotaba, pero además se encargaba de meterte dentro de esta.

Eli acompañó mi alegría desenvolviéndose con completa naturalidad por su casa, guiándonos hasta llegar a su habitación.

En el recorrido no habíamos visto demasiado, pero sí lo suficiente como para saber que las mudanzas llevaban su tiempo. Sin embargo, había algo que me llamó especialmente la atención.

En una esquina de su cuarto se encontraba un piano en perfectas condiciones. Tanto mi novio como yo nos acercamos, como si fuésemos presas de las sirenas de la Odisea. A Lucas no sé por qué le interesaba tanto, pero a mí me recordaba mucho a mi madre... Al fin y al cabo ella lo tocaba de vez en cuando, aunque siempre la misma canción: Sonata claro de luna. La única que se sabía o que, por lo menos, era la única que siempre había escuchado yo de sus manos...

- Qué bonito... -susurré todavía en trance. Me quité un guante para notar aquella madera tratada. Sabía que era absurdo, que no tenía por qué significar nada. Pero era verlo y recordar a mi madre, maravillada por esa canción que compartía contadas veces con nosotros para que, según ella, no la aborreciésemos.

No desperté de mi ensimismamiento hasta que no escuché el sonido de la primera tecla en manos de mi chico. Era increíble que se atreviese a hacerlo sonar. Y más aún que lo hiciese con ese arte o, al menos, yo pensaba que eso era arte... Eli no opinaba lo mismo.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Lun Nov 19, 2012 3:42 am

Dejé que mis invitados curiosearan por el cuarto con total libertad. Yo tenía otras distracciones.
Siempre las tenía.

Me quedé mirando los ácaros de polvo, las minutas e invisibles (para el resto) virutas blancas, microscópicas, flotando despedidas desde un rayo de luz que entraba por mi ventana, ahogado en gran parte por la bendición de las cortinas. Su máxima intensidad no me habría dejado estar ahí dentro tranquila.

Ni eso ni la voz de mi madre, proveniente de la modesta cocina del piso de abajo. Resoplé con disimulo. Sabía de sobras por qué hablaba por teléfono ahí. Más aún, sabía con quién.

Su voz atravesaba el techo y se colaba por el suelo de madera de mi cuarto, de forma inevitable.

Soy un maldito radar. ¿A qué esperará la CIA para contratarme?

- ¡...pues porque no, Jorge! Te lo he dicho miles de veces... La custodia de Elisa es mía, ¿entendido?
- ¿Desde cuándo decides tú por ella?
- ¡Es mi hija! Elijo por ella porque sé lo que le conviene, ¿y sabes una cosa? Tú no le convienes.
- ¡Ah! ¡No me digas! Siento decirte, bonita, que también es mi hija. Colaboré en algo en el proceso, si no recuerdo mal... Y, además, creo que quedaste bastante satisfecha con mi aportación... eso o malinterpreté tus gritos de “¡Más, oh sí, más!”...

Oculté una sonrisa de media luna, divertida por el descaro de mi padre. Estaba claro que mi sentido del humor había salido gracias a su fantástica aportación.

- Jorge –la voz de mamá se convirtió en un rugido de tensión contenida.- Hazme el favor de no sacarme de quicio hoy, ¿vale? No quiero que Eli me oiga pegándote gritos –suspiré. Ese era el puto problema. No era necesario que gritara para que me enterase de que estaban peleando... otra vez.- Y créeme, tengo ganas.
- No lo dudo. Pero creo que también tengo derecho a ver a Lizzie. La echo de menos...
- ¿Y qué pretendes que hagamos con ella, eh? –los esfuerzos que hacía mi mami por mantener el rollo zen se evocaron hacia el fracaso más estrepitoso- ¿La metemos en un avión que vaya hacia Canarias cada fin de semana? ¡Oh, claro, sería muy cómodo para ti, ¿no?! Porque está claro que no piensas mover un dedo... ¡Ni por ella ni por nadie!

Podía dar por sentado que la contestación de papá caldearía todavía más el ambiente... Pero no pude comprobarlo.

Un sonido vibrante y poderoso substituyó a su voz, estrellándose contra mis oídos en una honda expansiva que ocupó toda la casa y cada partícula de mi ser. Lo reconocí enseguida. Un fa. Un fa sostenido de mi piano.

A esto le siguió un breve acorde en el que cada repiqueteo resonó como la bala de una metralleta, dejando en el aire un rastro de eco insufrible. Llegué a pensar que había metido la cabeza dentro de una enorme campana de iglesia que tocaba los cuartos y las horas. Fruncí el ceño y llevé las manos a sujetarme la cabeza, solo para asegurarme de que la tenía aún ahí. La oscilación de las notas continuaba formando reverberación en mi cerebro mucho después de que extinguiera el sonido.

Adolorida, elevé un solo párpado para degollar ocularmente al culpable.

- Escucha, Lucas Amadeus Mozart, como se te ocurra volver a presionar una sola tecla, juro por todos los compositores que te comerás una octava entera, de do a do, ¿estamos? –no me permití el lujo de apartar las palmas de mis manos de mis orejas. Bambi pareció cazar mi ferocidad al vuelo. Pegó un respingo y recogió su brazo, raudo, como si el instrumento quemara.
- ¡Oh! Yo... yo... lo siento...No pensé...

Y a pesar de que sentía que por su culpa me habían aplastado la cabeza entre dos platillos imaginarios, no pude seguir molesta al ver su expresión de niño pequeño escarmentado. Mordió su uña. Tenía un punto de adorable, aunque no pudiese hacerle, ni por asomo, la competencia a la rubia que estaba a su lado.

Cambié mi mala leche por una sonrisa de medio lado, acercándome al objeto que tan embelesados tenía a mis amigos... y a mí misma.

Imitando el gesto de Silvia, deslicé la mano por la cubierta de madera pulida, con delicadeza, dejándome acariciar. Su tacto resbaladizo, su olor a pino, sus pequeñas imperfecciones...

Lo añoraba. Todo.

- ¿Tocas? –susurré, distraída. Lucas pareció no darse cuenta de que le hablaba a él. Tardó en responder.
- Lo hacía... antes. Bueno, más o menos. Mis padres me llevaron a un conservatorio de música durante un par de años...

Detecté, por la expresión curiosa de Silvia, que aquello también era una novedad para ella.

- ¿Y por qué lo dejaste? –me torné hacia su olor a menta, curiosa, y más todavía al ver que me esquivaba con más énfasis del habitual.
- Emmm...Bueno... Llámalo problemas familiares.


Solté una risilla, sorprendiéndome a mí misma de que contuviese un punto de tristeza llegado de mi garganta.

- Yo lo llamaría más bien “Un marronazo de mucho cuidao”. Sé lo que es...

Me deprimí a mí misma. Aquello era patético. Sacudí la cabeza.

Había decidido que a partir de ese momento recuperaría mi buen humor. Fuera coñas, de verdad que sí...

Lástima que cumplir con mi cometido me fuera imposible. Mi cuerpo jugó en mi contra. Mis vísceras de contraían, más allá de donde acababa el ombligo. Sentí un revoltijo espantoso. Y, tras ello, una oleada de puro pánico al saber qué significaba.

Jadeé, llevándome una mano a la tripa. Dilate las pupilas, separé los labios. Me vi reflejada en la mirada de alarmada preocupación de Silvia.

- Ay Dios... ay no...
- ¿Qué? –Lucas parecía tan asustado como yo, aún sin saber qué me iba a comportar aquello. Me temblaron las rodillas. Sentí frío por toda la columna.

Hasta entonces no me había preocupado. Y debería haberlo hecho.

Lo relacioné todo con una sola idea que me hizo tener ganas de aporrear las teclas de mi piano hasta morir por derrame cerebral.

Sangre...

- Me va a bajar la regla –gemí. El factor de ansiedad quedó marcado en cada tilde.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Jue Nov 22, 2012 7:58 am

Oh, mierda... oh, mierda...

Una nota de pánico se adueñó de mi cuerpo. Sabía cómo reaccionaba ella ante la sangre; cuando nos conocimos me lo demostró. Se había puesto histérica. Completamente.

Prensé los labios, intentando pensar deprisa para detener el brote psicótico que estaba a punto de emerger. Era imposible no compararme con ella cuando yo me tenía que enfrentar a un vehículo de cuatro ruedas.

Tenía que ayudarla.

Me puse mi guante con rapidez, cogiéndole las manos para que se centrase en mí.

- Corre al baño y ponte un tampón, ¿vale? -Pobrecita. Había que ver cómo cambiaba cuando había sangre de por medio- e inúndate a colonia también, corre -la insté. Ella obedeció a toda velocidad, sin decir siquiera una palabra.

Me mordí el labio inferior, preocupada. No sabía qué más hacer por ella. Esa sangre no era producto de una herida; quedaba fuera de mi terreno...

Lucas me miró con una mezcla de curiosidad y miedo, inquisitivo.

- No le mola la sangre -aclaré- Le da pánico. -Él se quedó asimilándolo, pero yo tampoco tenía ganas de hablar. Decidí sentarme en su colchón y jugueteé con mis guantes en lo que nuestra amiga regresaba.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Nov 24, 2012 6:16 am

Cerré la puerta del baño tras de mí, espiré aire y apoyé a frente contra la madera, temblando de forma frenética.

Céntrate. No me seas gallina, Elizabeth Espel Bertrán. Céntrate.

Cerré los ojos.

Sabía que Silvia le estaba contado mi pequeño problema con la hemoglobina a Lucas. Sabía que mi madre seguía discutiendo con su ex marido abajo y que, por culpa de ello, se le quemaba el suflé que había empezado a preparar para la noche. Sabía que acababa de ducharse hacía menos de dos horas, porque el olor de su champú flotaba por el aire, inconfundible.

Avellanas y miel.

Gemí, sintiéndome asustada e impotente. Odiaba saber tantas cosas. De verdad que sí.

Más todavía cuando podía vaticinar, sin medio a equivocarme, que lo que más temía, de forma absoluta e irracional, iba a estar acechándome los siguientes días, sin tregua ni cese. No me lo podría quitar de encima. No podía ni evitarlo, ni correr. Gritar tampoco parecía una buena idea, aunque tuviese ganas.

Nada.

La terrible expectativa era peor que el hecho en sí, creo.

En un arranque de locura transitoria, corrí a abalanzarme contra el elegante armarito adosado junto al espejo, queriendo hacer caso a los consejos de Silvia. Desgarré de forma escandalosa (o eso me pareció) la caja de tampones por estrenar, sintiendo más pánico que nunca.

Recuerdo que la primera vez que me vino la regla monté un buen drama, chillando, histérica, proclamando que iba a morir desangrada delante la mirada atónita de mi madre... pero sospechaba que la que estaba a punto de liarse no tenía ni punto de comparación. Al fin y al cabo, antes solo tenía que enfrentarme a la sangre en el momento de cambiarme. Luego conseguía olvidarme de ella, cosa que ahora me veía incapacitada hacer por su olor.

Ese olor...

Gruñí y me subí las bragas a toda prisa una vez estuvo puesto todo en su lugar. Alargué la mano en dirección al perfume de Adriana. Era tal mi desesperación por aplacar lo que estaba por venir que ni siquiera me paré a pensar en las consecuencias que podría tener aquello para mi organismo. A la mierda con él.

Una sustancia húmeda, fresca y pegajosa se derramó al instante sobre mi cuello. Varias veces, tantas como mi dedo, frenético, presionaba el difusor. Y el olor vino a mí. Un aroma tan cantoso que, solo con inhalarlo una vez, mis fosas nasales quedaron colapsadas. Picaba. Me irritó la piel, los ojos, la garganta. Parecía que me hubiese metido en una bañera de queroseno. Y ahora este me llenaba los pulmones, sin dejar ninguna posible entrada al aire.

- ¡Hostia puta! –maldije entre tosidos. Me aguijoneaba. Tenía cristal en la carótida. Las lagrimas subieron a mis ojos, confirmando algo que empezaba a pensar desde hacía rato. Soy idiota.

Sirvió de poco abrir la ventana para que el ambiente no estuviese tan jodidamente recargado. Bebí del aire que me llegó del exterior, calmando la carne quemada. No podía dejar de toser, ni apartar las oleadas de pavor que estremecían la parte subconsciente de mi cerebro, insistente, ineludible. Era súper angustiante.

No sé por qué cuando volví a mi cuarto llevaba aún los ojos cristalizados: Por la frustración que comportaba ser lo que soy, por el miedo a la sangre o por los efectos de la cantidad desorbitada de perfume que me acompañaba, atontaba y anulaba el resto de olores en su gran mayoría. Es más, es que no me dejaba ni respirar.

Dos pares de ojos se pusieron en mí de forma inmediata. La parejita estaba muy callada. Preocupada, expectante.

- E-eli... ¿Estás bien? –inquirió Bambi, tímido. Fruncí el entrecejo. ¿Bien? Grandísima gilipollez.
- ¡Oh, claro! ¿No me ves? ¡Nunca he estado mejor! ¿Por qué no descorchas una botella de champán y nos corremos una buena juerga? –ladré. El sarcasmo hizo índole en cada una de mis palabras. Estaba mosqueada con él, pero no por su pregunta innecesaria y bienintencionada. Qué va. Era porque era un hombre. Tenía la gran suerte de que nunca, en la vida, le fuese a suceder lo que a mí. Menuda envidia.

Me pasé la mano por el pelo y respiré fuerte, volviendo a rasgarme la garganta. Me disculpé, con la voz endeble. No conseguía ordenar ideas. Solo pensaba en rojo.

Quería sentir la proximidad de alguien que me hiciese sentir mínimamente, como decía el metamorfo, bien. Lo necesitaba desesperadamente. La necesitaba... a ella.

- Silvia –gemí. No tardé demasiado en alcanzar un hueco a su lado en la cama y aferrarme a su contorno. Mi exceso de perfume y su olor a rosas se mezcló.- Tía... Me harías un favor muy grande si me dices que acabas de curar a un comatoso y yo puedo ser la siguiente en caer –intenté bromear, con voz ronca. Un sollozo me rompió. No me veía capaz de enfrentarme a eso. Oía algo molesto y regular por encima de mis latidos y los suyos. Pronto descubrí que eran mis dientes castañeando. La presión en el estómago, ignorada hasta entonces, era cada vez mayor. Cerré los ojos con fuerza y hundí la nariz en mi pequeño jardín. En su hombro.- Joder... joder, que ya viene...

Empezaba a intuir ese olor.

Era abrumador, como estar al filo de un precipicio y saber que estás a punto de caer a un vacío en el que te vas a romper todos los huesos. Uno a uno. No, no, no...

Por favor, por favor. Aún no.

No estoy preparada. No me veo capaz.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Dom Nov 25, 2012 11:43 pm

Pobre Eli, era descorazonador verla así: tan indefensa, tan distinta a lo que acostumbraba ser.

Intenté calmarla recogiéndola en mi cuerpo. Yo estaba tensa, como siempre. El coma no iría a ella, sino un esguince. Pero tampoco me agradaba la idea de que me tocase. Además, con la llegada del verano, no iba con demasiada ropa que digamos... Una camiseta de manga corta y unos shorts no iban a protegerla demasiado de mi piel... Tan solo tenía mis calurosos guantes a mi disposición... Esta era la razón por la que estábamos en una posición bastante artificial: Eli me tenía bien cogida por mi cintura, aplastando su oído en una de mis tetas; lo más lejos del escote de mi camiseta. A mí me habría gustado haber podido aunque fuera apoyar el mentón en su coronilla, pero no debía... Eso era demasiado peligroso. Esa fue la razón por la que decidí poner solo mis manos en su espalda, tratando de que solo pudiese tocarla a ella por los hombros, una de las zonas por las que no la dañaría.

Pensé en pedirle una chaqueta. De esa forma todo sería muchísimo más seguro para ella, pero dudaba de que me escuchase siquiera. Esta muy afectada.

Intenté usar el tono con el que mi madre siempre me había tranquilizado, o el de Lucas.

- Tranquila, Eli. Yo estoy aquí ¿vale? -le froté la espalda en señal de apoyo. Eli no parecía calmarse, es más, parecía que todo iba a peor. Ella gimió y yo me preocupé todavía más. Nunca se me habían dado bien tratar estos temas. La siseé en un intento de ofrecerle tranquilidad, aunque dudo de que lo consiguiese. -Esto no durará mucho, ya lo verás -o al menos no tanto como el celo de los perros, por ejemplo... Algo era algo, ¿no?

Eché una mirada a mi novio. El pobre no sabía qué hacer ni dónde meterse.

- Quizás prefieras marcharte... -le ofrecí. Estaba clarísimo de que esto eran asuntos de chicas.

Pero de pronto recordé algo: ella. Erika... ¿Le haría algo si lo viese solo? Visualicé en mi mente aquella escena en el centro comercial. Sus amenazas, sus delirios...

Tragué saliva, poniéndome pálida.

Aunque... ¿acaso no había dicho que me iba a matar a mí primero? ¿No se suponía que la tarada esta no había dicho que lo que quería era matarme a mí delante de Lucas?

Sí... ese era su plan... Así que no había problema... No le cogería...

Volví a la realidad cuando noté el perfume de Eli más próximo a mí. Me tensé más que las cuerdas de un piano -Cuidado, Eli... -susurré nerviosa cuando se acercó demasiado a mi cuello. Era demasiado peligroso.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Lucas Castillo el Sáb Dic 01, 2012 5:24 am

Suspiré profundamente, con los ojos angustiados y hundidos en la cabellera oscura de Eli. Su cuerpo arrapado al de Silvia, trémulo, sucumbía a un terror que iba más allá de lo que podía entender.

Tenía razón. Mi chica me conocía lo suficiente como para saber que toda aquella situación se escapaba a mi rango de conocimiento de causa y me hacía sentir profundamente incómodo. Los temas femeninos nunca fueron de mi agrado... Es más, casi pude sentir como mi cerebro se relajaba ante su ofrecimiento, habiéndose librado de la molesta presión que lo almidonaba desde que se había pronunciado la palabra “regla” y la habían relacionado con el término “pánico”. Sí, quería irme. Solo había una cosa que me retenía anclado en la cama.

Curiosamente, esa “cosa” siempre resultaba ser la misma que me hacía apretar los dientes para superar mis límites y no sucumbir ante mi parte más cobarde. Ella.

Observé los estudiados gestos de Silvia, acariciando la espalda de su amiga lesbiana como quien arrulla a un gato especialmente travieso que promete afilarse las uñas en tu jersey nuevo: en la más precavida distancia. Estaba tensa. Yo igual.

No me hacía gracia alejarme de ella. Cierto, a veces no tenía más remedio, pero... seguía sin hacerme gracia. Y menos teniendo en cuenta que desde que empezó el verano, nos habíamos hecho todavía más inseparables, si es que eso es posible. Libres de obligaciones, pasábamos casi cada en el que respirábamos juntos, demasiado ocupados disfrutando el uno del otro como para contar las horas... Solo cuando el sol moría me recordaba a mí mismo que debía volver a mi hogar, con los Castillo. Aunque a veces también me saltaba ese paso. Últimamente, había tomado la mala costumbre de quedarme a dormir con ella, a veces hasta varios días seguidos, a veces por mi capricho, a veces por el suyo. El caso es que eso le beneficiaba en materia de horas dormidas y a mí me complacía al respecto de gastar yema contra su piel.

Ambos ganábamos. Por eso, lo peor es que en ese instante era la sensación de que podía perderlo todo si la dejaba sola a merced de esa loca. Me sentía demasiado responsable de su seguridad. Y, de nuevo, demasiado incómodo.

- ¿Estás...? ¿Estás segura? –dudé, frunciendo levemente el entrecejo.- Quiero decir... ¿Tú vas a estar bien? Ya sabes...

Callé. No podía darle más pistas con Eli delante, pero sí podía dar por sentado que me había entendido perfectamente. Silvia no tenía un pelo de tonta.

Focalizó su atención en mí para sonreír, haciéndome un leve asentimiento de cabeza. Preciosa y tranquilizadora. La analicé, dándome cuenta de que su rostro no dejaba denotar rastro del miedo que yo sentía... era tan valiente...y tan perfecta...

Tuve que convencerme de que, al estar Elisa, se encontraba totalmente a salvo. Que esa mujer pelirroja y diabólica no querría hacerle daño, porque, por algún motivo, no le interesaba que aquella muchacha hipersensible y extremadamente feliz fuera testigo de su potencial.

Me pregunté si era porque quería sorberle los sesos y reclutarla para Padre. Sentí un escalofrío.

No. Silvia estaba a salvo, a pesar de que la mayor parte de mí quisiera asegurarse de ello estando presente. Lo que no podía saber es si Eli también.

- Está bien –tomé uno de sus guantes, alejándolo de la espalda de su amiga. Apreté y me vi reflejado en sus ojos de tinte cálido.- Pero llámame si algo va mal, ¿vale? Tendré el móvil a mano en todo momento.

Me quedé en suspenso, esperando que cayera algún comentario incisivo por parte de Elisa. Algo como que, ya puestos, le instalara un microchip, o que podía irme tranquilo, que no violaría a Silvia en los próximos diez minutos, o que...

Pero no obtuve ni burla ni gesto alguno por su parte. Estaba demasiado ocupada aferrándose a mi chica, intentando tragarse el pánico. Me inspiró mucha lástima. De verdad. Esa no era ella. Es más, hasta ese momento, jamás me la habría imaginado en ninguna actitud que se separara de la absoluta alegría.

- Cuídate Elisa... –le susurré, aferrando su hombro con la mano libre, en el más suave de los toques, antes de dar un beso de despedida sobre los nudillos de Silvia.- Hasta mañana...

Me tornó el gesto de cariño con una suave caricia en mi mejilla, y una vez nos separamos, me fui sintiendo su hormigueo en mi pómulo, más una mezcla extraña de alivio por haberme podido marchar y preocupación por la seguridad de ambas. De nuevo, estaba siendo profundamente cobarde.

Solo espero que estén bien...


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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Sáb Dic 01, 2012 9:59 am

Seguí con la mirada su marcha y la puerta al cerrarse con delicadeza tras él.

Luego ya no hubo más ruido. O al menos no durante un breve espacio de tiempo. Con aire ausente seguí frotando mi guante en su espalda, pues trataba de frenar su pánico o lo que fuese que sintiese en esos momentos. La lástima es que no duró demasiado. Eli gimió levemente, tratando de refrenarlo a tiempo, y en ese instante se aferró a mí con mayor intensidad, como si solo yo fuese capaz de salvarle la vida en vez de arrebatársela.

Su lamentable estado hizo que mi rigidez fuese más palpable todavía, inexperta. Nunca había tratado temas de esta índole, y mucho menos estando limitada por el contacto físico. Pero ella no parecía notarlo y, si lo hacía, lo obviaba; Su fino olfato quería perderse entre mi olor corporal. Quise complacerla todo lo posible, pero no podía hacer mucho más. Ya ni siquiera estaba segura de poder controlar la situación, no sabía si podría apartarme a tiempo si me rozaba accidentalmente.

Resultaba curioso cómo cada una intentaba tragarse sus particulares problemas. Ella necesitaba sentir mi piel y yo en cambio trataba de evitarlo. Era paradójico que su bienestar fuese tan contradictorio... En esta ocasión estaba clarísimo que cuerpo y mente eran algo distinto. Demasiado para mi gusto.

Me asusté mucho cuando de pronto dejó de contenerse o, si lo hacía, no se notó. Llanto y dolor se juntaron en uno solo y nos desgarraron a ambas. Eli se aferró con mayor fuerza si cabe a mi cintura. Mi empatía se fusionó con la suya. Sabía perfectamente lo que estaba sintiendo; era lo mismo que me pasaba a mí cuando me montaba en un coche. O quizás en mi caso era un dolor más psicológico. No estaba muy segura de por qué lloraba ¿Acaso todo era producto del incipiente pánico a que la sangre hiciese acto de presencia? Lo mismo esa era la razón... Al fin y al cabo, cuando yo entraba en crisis sentía una presión insistente en el pecho, en mi corazón latiendo tan fuerte que parecía que quisiese reventar mis costillas, al igual que mis pulmones, que hacían esfuerzos inútiles por que el oxígeno entrase en mi organismo.

Era duro verla así: tan desvalida, tan diferente... Tan... yo. Mi vida había sido cortada de cuajo, tan solo Lucas había conseguido que no se cortase ese hilo que hacía que todo cobrase sentido. Él era el único que me daba motivos para vivir; razones para aguantar todos mis miedos o mis penurias. Y ahí estaba Eli en contraposición. Una mujer fuerte, que le pone una sonrisa a la vida y es capaz de olvidarse de su poder, de su desdicha. Consigue vivir, divertirse, gastar bromas y ser feliz. Costaba imaginar que esa persona fuese la que ahora mismo tuviese en mis brazos. Estaba llorando, luchando consigo misma por mantener el control, me necesitaba a mí más incluso que a su madre.

De pronto un escalofrío hizo que me quedase de piedra. Todo producido por la garganta de mi amiga, desgarrándose por el dolor. Mis lágrimas acompañaron la velada y constataban mi impotencia. Ella sufría y yo estaba segura de que no podría hacer nada, de que no le sería útil porque lo que le pasaba era un proceso biológico. No era una lipotimia, un coma etílico o una parada respiratoria. Era dolor del duro producida por la menstruación. Y a pesar de todo casi me imaginaba un parto sin epidural.

Me quité las lágrimas en un rápido movimiento, aunque sabía que no vería nada. Estaba con los ojos cerrados y demasiado sumergida en su mundo como para recibir algo de su alrededor. Sin embargo, no era capaz de no disculparme.

- Lo siento. Lo siento mucho -ya no susurraba, aunque no estaba segura de si lo habría entendido porque me temblaba la voz demasiado.- lo siento-. Repetí de nuevo.

¿Por qué? ¿Por qué había dolores incurables? ¿Por qué mi poder era inútil para estos casos? ¿Por qué ella debía soportar todo ello? Elisa no era mala, no había hecho daño a nadie, y estaba segura de que tampoco se merecía esto que le estaba pasando.

- Lo siento -dije sin voz. No sabía qué más hacer por ella sin suponer un riesgo para su salud. Poco me importaba en esta ocasión las altas temperaturas provocadas por el verano; si hubiese podido la habría estrechado contra mí, más incluso de lo que me gustaría hacer con Lucas. Todo por que ella no estuviese así, solo para fuese de nuevo la de toda la vida. La vacilona que sonreía a todos sin fingir.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Dom Dic 02, 2012 4:54 am

No pienses en la sangre, no pienses en la sangre, no pienses en la sangre, no pienses en la sangre...

Fui repitiendo este mantra al compás de la aceleración de mi corazón, que desencadenaban a un agujero negro nada acogedor.

No pienses en la sangre, no pienses en la sangre, no pienses en la sangre, no pienses en la sangre... No pienses en el color carmín, no pienses en su espesa liquidez, no pienses en el terror que te paraliza, no pienses en que se está deslizando a través de ti, no pienses en el olor...

Sangre. Sangre contra mi piel. Hiperventilé, aterrada, impotente.

Daba igual lo mucho que me esforzara por fundirme en Silvia, daba igual que el olor a rosas quisiera enmascarar ese tufo metálico, sórdido y absoluto, completamente nauseabundo. Yo sabía que estaba ahí y chocaba directamente contra mí. Lo tenía encima. En todo mi ser.

Fue absolutamente imposible desprenderme de esa horrorosa sensación que se aferraba a mi pecho con uñas y dientes, extendiéndose como un cáncer. Lo sentí deslizándose, contagiando partícula a partícula hasta cubrirme de un frío que nada tenía que ver con la temperatura exterior.

Erradiqué el sentido de mi propia existencia con el llanto. Mis lágrimas olían a sal.

No podía ignorarlo. No podía fingir que no existía esa presión en el pecho cuando este iba a implosionar.
Y tenía miedo. Ese tipo de pánico que sientes al experimentar algo que se escapa de tu control, más grande, más poderoso. De repente, tu perfecto mundo se desmorona al chocar una pieza contra la otra, empezando así un efecto dominó que acaba tumbando todos los componentes de tu vida. Lo destroza todo. Cerré los ojos, apreté los párpados, dejando que mis pestañas se empaparan.

Desaparecer. Que se me tragara el olvido, solo pido eso, ¿tanto es?

El tumor creció, se retorció desde mi pecho, bajó por mi estómago, demasiado grande para dejarme respirar. Creí que nada podía ir peor, sabía que era imposible. Ya no más. Pero me equivocaba...

Una vez ahí, con sádica lentitud, empezó a florecer algo nuevo. Cuchillas. Punzaron mi carne, la cortaron fibra a fibra. Se entretuvieron a destripar mi estomago, mis riñones... y pude experimentar una sensación de dolor que iba más allá de lo que había vivido hasta entonces.

Convulsioné, al principio por la sorpresa. Anclé mis brazos al tronco de mi amiga, más fuerte... pero eso no me calmó. Me seguían cortando. Mi segundo impulso fue gritar, pero no encontré voz para ello. No sabía ni dónde estaba mi cabeza, de lo único que era consciente es ese terrible alfilerazo. Llegué a pensar que me estaban operando sin anestesia. Sí. Puede que se sintiera así...

Y volví a maldecir con todas mis fuerzas mis sentidos súper desarrollados. Gemí.

Aquello me superaba. La necesitaba. El ángel de la curación era lo único que podía ayudarme a sobrellevar aquel infierno interno.

- M-me duele... –no sé si me entendió, era bastante difícil articular entre sollozos. No podía ver su reacción, seguía con los ojos tapados y los sentidos colapsados en sangre, dolor y rosas. – Si-silvia...

El bisturí se hundió. Más profundo.

Dejé ir un jadeo, abriendo los ojos de par en par.

Me quise acercar, desesperada, a la salvación que comportaba su piel. Pero no me dejó.

El cuerpo que me sostenía se desvanecía de un bote, brusco. Se alejó al otro lado de mi cuarto, o eso me pareció. Estaba todo demasiado borroso. Había demasiada sangre y ahora estaba sola, sin un jardín en el que poder esconderme.

Mis entrañas volvieron a punzar. Era demasiado terrible para soportarlo. Creí que iba a morir.

Caí, sobre la cama, deduzco. No estaba muy segura de nada, solo podía retorcerme y morder la almohada, con ese sabor a tela y plumón sintético, para evitar chillar. Parte de mí era consciente de que mis oídos no lo llevarían bien.

- Ayúdame... –supliqué, hipando.- Me duele... me duele mu-mucho...

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Miér Dic 05, 2012 10:54 pm

- M-me duele... Si-silvia... -Esa fue la sentencia. La sentencia para verme en el infierno como telespectadora. Podía ver todo el dolor en sus carnes, ver cómo el destino se regodeaba de su situación, haciendo que se volviese más insufrible a cada minuto que pasaba. Y ahí estaba yo: contemplándolo todo con extremada impotencia, como si fue alguien atada a una silla y obligada a ver ese canal en concreto: Dolor TV, se llamaría.

Yo ya no podía parar; mis lágrimas nacías sin control sobre mis párpados, negándome una visión óptima para disfrutar de este sádico acontecimiento. Solo por eso no me las sequé. Lo malo era que todo ese dolor se podía percibir también por otros sentidos, como el oído. Gemidos. Eran gemidos agónicos, hipidos. Escucharla a ella me hacía recordar a Juliette en sus sesiones de fuegoterapia. Supe en qué instante sufrió tanto como cuando ella me agarró del codo, marcándome de por vida. Era fácil, justo cuando, sin ser consciente, luchó por aferrarme a mi piel. No sé si en un intento de zanjar ese asunto con salud o con muerte.

Pero yo no la dejé, no podría soportarlo. Ser testigo de otra muerte en mis brazos me destruiría. Solo por eso la impotencia me dejó respirar durante un lapso de tiempo, dejándome luchar contra el cuerpo de mi amiga. Los rechazos que tuve que efectuar eran como puñetazos en mi abdomen: o estaba alerta y contraía los abdominales, o si no me dejaban inmovilizada el tiempo justo como para que Eli pudiese suicidarse contra mi cuerpo a gusto.

Vi el cielo en el mismo instante en que pude separarme de ella. Pero pronto me vi de nuevo en Dolor TV. Pude ver en completa definición como Eli, que se había puesto en pie al haberse pegado a mí como a una lapa hasta que conseguí deshacerme de ella, caía encima del colchón. Parecía especialmente vulnerable en ese instante: perdida y acojonada a partes iguales. Supe que la estaban desgarrando por dentro cuando vi su expresión. Mi impotencia se elevó más si cabe cuando comprendí que mordía la almohada para evitar agonizar con sonoridad: solo para que su poder no la destrozase más.

Mi pobre Eli...

Me mordí el labio inferior con devoción, tratando de evadirme de su dolor tan contagioso. Mi empatía hacía estragos en mi interior. Y más al comprender que si fuese una persona normal podría ser su clavo ardiendo, el peluche encargado de recibir todos los golpes.

- Ayúdame... –sus súplicas me desgarraron más si cabe- Me duele... me duele mu-mucho...

- ¡No puedo! -caí derrotada al suelo. Lloraba. Lloraba por impotencia, por compasión. Elisa estaba sufriendo, ¡Su organismo la torturaba! Y yo ni siquiera podía hacer nada por ella.

Pasé del llanto a la histeria, acompañándola. Ella gemía cada vez más y trataba de no chillar, de aguantar. Pero poco a poco se iba debilitando, conquistándola un tono más pálido en su piel.

¿Eso podía ser posible? ¿Tan rápido la cazaba la menstruación? ¿O se debía al dolor?

En cualquier caso yo era una inútil, jamás podría ayudarla. Pero no sabía cómo hacérselo entender.

Me derrumbé como un flan, con mis piernas flácidas debido a la conmoción. Y ya desde el suelo decidí gatear hasta llegar a la cama de mi amiga. A una distancia que me parecía prudencial para que fuese consciente de sus actos.

- Eli... -la llamé con lo que intenté que fuese una voz entendible. Ella respondió, mirándome con ojos acuosos. Había demasiado dolor en ellos. Parpadeé para que eliminar unas lágrimas que sabía que pronto me devorarían. Puse mis manos como si fuese a rezar, para luego dejarlas caer con desgana, intentando que me cogiese de las manos- Mi poder no funciona así, lo siento... -cerré los ojos, derrumbada por tal hecho.

Pero entonces algo sucedió. Sentí una presión férrea alrededor de mi brazo. Abrí los ojos con pánico, siendo consciente de que Eli había decidido saltarse las reglas y tocar mi piel, sin permiso.

- ¡No, Eli! -aventuré. Quise que fuese un grito, pero salió sin voz. Todo por el susto. Pero cuando lo vi, estaba bien. Se sentía en paz.

Me quedé descolocada. Confusa.

¿Iba en serio? ¿Funcionaba? ¿Podía curarla?

Traté de sonreír, pero me di cuenta de que ya lo estaba haciendo. Su mano seguía aferrada a mi brazo, desesperada por sentir ese bienestar que ya la estaba iluminando. Nuestras posturas no cambiaron en absoluto. Ambas alzamos nuestra mirada a la de la otra. Las dos estábamos que hechas una pena, con nuestras caras rojas y todavía respirando de forma irregular; todo por nuestra histeria de hacía unos segundos. Pero lo bonito era que habíamos descubierto la realidad: era efectivo.

Aunque había un problema: el tiempo corría y su salud iba a contrarreloj.

- Cuidado, el tiempo... -la avisé a la vez que deshacía su tacto de mí con toda la suavidad de la que fui capaz.

Luego todo se descontroló.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Dom Dic 09, 2012 9:52 am

Una vez más, había logrado alcanzar la salvación gracias a ella. Al tocarla, sentí que acababan de verter agua tibia sobre una herida que escocía tremendamente. Se deslizó con rapidez, burbujeando por mi columna, aquietando mi tormento. El dolor ya no tuvo acogida.

Fue substituido por un delicioso y colosal alivio que se midió en mis respiraciones, profundas. Se detuvieron un instante al contemplar la paz que de repente nos envolvía.

Me dio por sonreír, encantada, sobre los ojos del ángel rubio que sostenía mi mano y volvía a ponerlo todo en orden. Esa chica es increíble. Y para más inri, está buenísima...

Todo lo demás, todo lo que no era ella, se había congelado de forma muy oportuna. O al menos eso era lo que yo creía, porque Silvia no parecía compartir mis sensaciones.

- Cuidado, el tiempo...

Fruncí el ceño. Al principio no entendí sus palabras, ni por qué me quería hacerme aquello...

Si hubiese tenido oportunidad de quejarme, quizás no hubiese sucedido. El cáncer se mantendría mudo y podría haber seguido maravillándome con las vistas. Pero no. Tuvo que estropearlo.

Me soltó y el mundo entero se desprendió junto al tacto de su piel.

De forma inmediata, tuve que volver a reprimir el jadeo de horror que luchaba por abrirse paso a través de mi boca. Las cuchillas se desplegaron de forma voraz, como si llevaran insertadas el resorte de una navaja. Listas para apuñalar mis vísceras. Me crispé, clavando las uñas en mi colchón.

Y me di cuenta de que no estaba dispuesta a volver a pasar por aquello. Quería el tacto de Silvia sobre todas las cosas. Quería salvación y alivio. Quería cualquier alternativa a destriparme por dentro y a la sangre, así que... así que, en ese momento, me pareció lógico...

Me pareció que abalanzarme sobre ella como si la existencia me fuese en ello (que me iba), era lo más adecuado. Que abrazarla, aplastando mi mejilla a la suya en busca de consuelo, era la mejor opción. Pero de nuevo, Silvia y yo estábamos en desacuerdo.

Soltó un chillido de histerismo que parecía tener toda la intención de dejarme sorda de por vida. Sentí la tensión en sus músculos, olí su miedo y sin embargo, no dejé que me apartara, por mucha resistencia que pusiera... Porque me sentía genial, libre de cuchillas y, curiosamente, viva.

Solo entonces caí en la cuenta. Deberías haber muerto por impulsiva, me recordaron los latidos de Barbie. Vacié mis pulmones y, procurando mantener el contacto, deslicé la mano hasta tener bien prieta la suya.

Decidí que era buen momento para despegar las mejillas y poder contemplar su mueca de total estupefacción.

- ¡Anda! ¡Qué curioso! –apostillé, observando nuestros dedos entrelazados con gesto inocente. Me di licencia para sonreír de oreja a oreja, despreocupada y agradecida de poder estar sujeta a mi morfina particular.- ¡Sigo viva! ¿No es genial?

¿...e inexplicable?
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Vie Dic 21, 2012 12:00 am

Shock. Así estaba: con un shock feliz.

Me quedé mirando nuestras manos entrelazadas, sin guante alguno de por medio.

- Estás... -tragué saliva, flipando- estás viva.

¿Cómo? ¿Cómo era posible?

- Yo no... ¡No te he matado! -elevé la voz sin darme cuenta, algo de lo que se quejó un poco Eli, pero me lo consintió. Yo estaba feliz, pletórica. Me costaba asimilar aquello, esa era la única razón por la que, sin cambiar en ningún momento la posición de nuestras manos unidas, yo las giraba todo lo posible para verlo desde todos los ángulos posibles.

- Oh, Dios mío...-seguía con mi shock de felicidad- ¡Joder, que estás aquí! -No pude reprimirme más, me abalancé a mi amiga abrazándola como hacía meses que no podía: con naturalidad. Sin preocuparme por la seguridad de nadie. El lado destructivo de mi poder no funcionaba con ella. Ese subidón de bienestar hizo que le plantase un sonoro beso en su mejilla.

Lo malo es que luego me separé, como hacía antes, y provoqué dolor en ella.

- Perdón, perdón -me disculpé reaccionando con rapidez para que algún lado de nuestro cuerpo permaneciese en contacto. Empecé a reírme como una loca dichosa, maravillada por esta situación.

- No lo entiendo, pero me encanta -corroboré. Era alucinante, no había más.

Decidí disfrutar de este momentazo, así que con la mano que tenía libre cogí suavemente su muñeca y luego, como si la estuviese guiando, empecé a deshacer y rehacer nuestras manos entrelazadas. Ahora mismo todo era sencillo y sin el calor de los guantes. Parecía un encaje absoluto: dedos con dedos y sin tela estorbando de por medio. Estaba feliz. Completamente.

No fue hasta al cabo de un rato cuando me percaté de que la charlatana de mi amiga no había abierto el pico desde hacía mucho, así que desvié mi mirada en su dirección, curiosa por saber qué le pasaba. Yo estaba tranquila, sabía que respiraba porque en todo momento había cumplido mi voluntad aferrando nuestras manos todas las veces que lo había hecho. Pero me sorprendió gratamente su expresión. Parecía feliz por verme feliz.

- Gracias -susurré con más énfasis del necesario. Pero es que había cambiado parcialmente mi poder. Ahora mismo ya no era la Muerte, ahora era el alivio. Y eso era extraordinario. En estos precisos momentos volvía a ser la de antes y eso era un regalo. El mejor de todos.

No sabía por qué pasaba esto ni cuándo se acabaría. Pero me daba igual, quería disfrutar del momento. Exprimirlo hasta lo imposible.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Dic 29, 2012 10:08 am

- Gracias –susurró Silvia, de una forma que me pareció tiernamente teatral.

No supe muy bien a qué venía aquella muestra de gratitud desprendida, por lo que me encogí de hombros, socarrona. Sus caricias en el dorso de mi mano eran muy bien recibidas. Observé el deslizar de sus finos dedos entre los míos y me atacaron relámpagos por el espinazo.

- Nací para servirte, rubita...

Y ni me lo pensé. No suelo pensarme las cosas, en realidad.

Soy de las que se lanzan en la piscina antes de comprobar si está llena... y si no es así, después del trompazo, me levantó muy dignamente y suelto algo como “¡Eh! ¡A ver si limpiáis un poco esto, que el agua está tomando cuerpo!”.

Debería haber calculado que era una de esas ocasiones. Pasaron varias cosas al mismo tiempo, tan rápidamente que casi no pude seguirles el ritmo.

La primera es que salté del trampolín para estampar un beso en esos labios tallados en perfecto mármol; la segunda es que Silvia, esforzándose por no soltarme la mano, efectuó un movimiento propio de un lince para esquivarme; a la tercera maldije a Lucas y a la heterosexualidad en general y finalmente... resto que mi madre hiciera su fantástica aparición en escena.

- Elis...¡oh! –se detuvo cuando apenas había dado dos pasos para adentrarse en mi cuarto, con los labios separados de asombro.

Oh, mierda. Debería haberla oído llegar.

Es más, si Silvia y su escote no hubiesen estado distrayéndome tanto, lo habría hecho sin ningún problema. Es su culpa. Está demasiado buena.

Mamá pestañeó, con un desconcierto que me dio el tiempo necesario para separarme un paso de doña curandera. Me negué a soltarle la mano, por supuesto. No quería correr ese riesgo.

Improvisé mi mejor sonrisa, como si nada de todo aquello fuera grotescamente comprometedor.

- ¡Ey mami! ¿Recuerdas que te dije que tendríamos visitas? Pues he aquí nuestra invitada de honor –declaré, animada. Temblad silencios incómodos, no podéis durar en mi presencia.- Se llama Silvia.

Mi desenvoltura pareció ayudar a que mi madre recuperase la entereza faltante. De la rubia no podíamos decir lo mismo. Tenía un color fresón tan marcado en sus pómulos que parecía estar preparando oposiciones para hacer de semáforo.

Escondí una risilla traviesa.

- E-encantada... –mi madre esbozó una sonrisa. A pesar de que su boca (y su rostro entero, a excepción de mi característica peca y de mis ojos dorados) eran una copia bastante afín de mis rasgos, su gesto no quedó ni lejos tan distendido como el mío.

Adriana entornó sus ojos en mi dirección. Por un momento, llegué a pensar que me estaba haciendo un escáner.

- Creí que dijiste que venían amigos... en plural.
- Cierto, pero mi otro amigo se ha tenido que ir... Contratiempos, ya sabes – dese luego, en esos momentos no lo echaba para nada de menos. Es más, el hecho de que no estuviese me inspiró la fantástica idea que me libraría de las oleadas de punzante dolor. Y que, ya puestos, me daría el lujo de poder aprovecharme de ese cuerpo serrano que tenía pegado a mí.- ¡Eh! ¿Se puede quedar Silvia a dormir esta noche? ¡Porfa, porfa!

Arrugué los labios en un puchero suplicante y exagerado que usaba cuando era pequeña para que me comprara mis caprichos. Y siempre lograba alguno. Soy la perfecta manipuladora.

- Eeeemmm... pues...–notaba a mi madre algo azorada. No era difícil adivinar que era por ver nuestras manos sujetas.- Sí, claro. Supongo que habrá cena suficiente para tres... Espero que te guste el suflé, Silvia...

Ella asintió, tímida. Seguía teniendo un color que me recordaba muchísimo al de su churri y una expresión de “tierra trágame bien profundo y ponte cómoda, porque pienso estar aquí debajo un largo rato” que era de más cantosa.

- Espero que te guste quemado –añadí a su oído, con deje burlón. Mamá frunció el entrecejo. Puede que no tuviese los sentidos tan desarrollados como yo, pero de intuitiva lo era un rato. Y lo demostró en el momento en que se fijó en mis ojos.
- ¿Has estado llorando? –apuntó, incrédula. No me extrañó su desconcierto. Que yo llorara era tan poco usual como que te pille un chaparrón en medio de Arabia Saudí, y ambas lo sabíamos. Alcé una ceja, como si aquello no fuese conmigo.
- ¿Y tú? –la mejor defensa es un buen ataque, según dicen. Para mi nariz era inevitable captar el olor a humedad cerca de sus pestañas. Vi que se enveraba y aproveché para dejar caer la bomba.- ¿Ha llamado papá?

Aunque no hubiese sabido que, efectivamente, así era, su silencio resultaba de lo más ilustrativo. Prensó los labios y me aguantó la mirada. Supe que no estaba respirando.

- Luego lo hablamos –acabó por declarar.
- Señor, sí, señor –victoriosa, le hice un saludo militar antes de que saliera por donde había venido, rodando los ojos y recomendándonos que abriéramos las ventanas para combatir el calor.

El aire acondicionado había sufrido un pequeño accidente aquella mañana. Cambia pequeño por “avería muy chunga” y accidente por “le metí un tenedor en la placa base” y cualquiera entenderá por qué no funciona. Había quedado hasta las napias del murmullo constante del viento artificial.

Suspiré, tornándome hacia Silvia.

- Estee... Mi madre no sabe que soy un engendro hipersensible y molaría que la cosa continuara siendo así, por lo que... nos guardaremos el secretillo tú y yo, ¿capisco? –le guiñé un ojo, amigable. Y antes de dejar que mi cerebro recordara que llevaba mi peor enemigo en las bragas, me volví a acercar a su maravilloso jardín de rosas rojas.- ¿Por dónde íbamos? –hice rozar mi nariz con la suya.- ¡Ah, sí! Descuida, tampoco le diremos a Lucas que estás loquita por mí... Tu secreto está a salvo conmigo.

Sonreí. Necesitaba que me distrajera. Y lo necesitaba pero ya.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Miér Ene 02, 2013 11:09 am

Mi timidez había sido superada por mi incomodidad. Sin embargo la compasión seguía doblegándome. Esa fue la razón por la que, aun estando cogidas nuestras manos, la otra que estaba libre aprovechó para sellar sus labios a la vez que le hacía la cobra.

- ¿De qué vas? -pronuncié intentando sonar dura. Aunque no sé si lo conseguí cuando toda mi sangre estaba en mi cabeza y mi corazón me iba a mil. Procuré separarme de ella todo lo posible- Ya te dije que quiero a Lucas -por no hablar de que ella no me gusta ya que no soy lesbiana, pero preferí guardarme ese comentario. Sin embargo mi tono era severo. No me gustaba que quisiese jugar conmigo de esa manera.- Así que ni se te ocurra volver a repetir algo así porque de lo contrario tal vez te deje con tu hipersensibilidad y me vaya a mi casa de inmediato -Vale, es mentira. El cargo de conciencia que después tendría sería de aúpa, pero eso no tenía por qué saberlo ella.

Su reacción no tuvo precio. Seguro que no había esperado que me hubiese puesto de esta forma, pero es que tenía que empezar a entender las cosas... Suavicé mi rostro para tratar de explicárselo. Mi primera mirada fue para nuestras manos unidas.

- Que solo te pueda tocar a ti de esta forma no quiere decir que me olvide Lucas, ¿vale? -esta vez me atreví a dirigir mi visión a ella- Eso no va a pasar porque ni te imaginas lo mucho que me ha ayudado -me permití el lujo de darle un apretón apenas perceptible en su mano- Gracias a él me apetece vivir, así que ni de coña esperes que esté loquita por ti ¿capisco? -terminé mi discursillo, haciendo una burda imitación de ella misma.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Ene 05, 2013 9:49 am

Le puse mala cara. Nadie usa el capisco en mi contra tan gratuitamente...

- ¡Está bien, está bien! Ya lo he pillado, no hace falta ser tan dramática... –inflé los carrillos y nos quedamos mirando, desafiantes, hasta que no fui capaz de seguir sujetando ese pequeño brote de mal humor que había germinado por su rechazo. Ni el aire tampoco. Acabé encogiéndome de hombros, con un punto de derrota y otro de indiferencia.

Caerás en mis redes, Ricitos de oro... dame tiempo...

Silvia puso un brazo en jarra, de una forma que me hizo tener la aterradora impresión de que podía irrumpir en mi mente. Quizás fuese buen momento para retractarse. No me apetecía que me abandonara...

Sin ella no sobreviviría.

- Vaaaale... lo siento. Ya sabes como soy... no tengo filtro, no hay nadie al volante –me llevé el dedo a señalarme la sien.- Soy de traca. Lo que pienso lo digo... Y si pienso que estás realmente buena y que voy a aprovechar esto –elevé nuestras manos entrelazadas con una sonrisa anodina.- para poder arrimarme a ti todo lo que se me permita... ¿no crees que sería realmente hipócrita por mi parte no comentarlo?

La Barbie me puso un gesto de exasperación que pretendía ocultar (estoy casi segura) un amago de diversión involuntaria.

- Además... –moldeé mi tono para que fuera más juguetón.- A pesar de que, lo admito, Lucas es irresistible con ese estilo tímido de potrillo recién nacido –mi ironía consiguió arrancarle una carcajada entonces.- Sé que tú también estás disfrutando de esto... lo grande.

Di un suave tirón de ella, consiguiendo llegar a su mejilla para devolverle el casto beso que me había regalado. Su piel tenía el tacto ideal. Olía de una forma ideal...

Tanto que, si conseguía seguir bien cerca de ella, sería fácil que el espantoso tufo de la sangre quedara del todo enmascarado. Solo tenía que concentrarme en su presencia, en las rosas... y, sobre todo, en darle conversación por un tubo. Para esos casos era bueno tener un tema que se ha clavado en tu subconsciente, de una forma tan sutil que no te has dado cuenta hasta medio minuto después.

Arrugué el entrecejo, fruto de la incredulidad. Empecé a hablar muy despacio.

- Siento cortar el rollito medievo que pareces haber creado con tu novio, pero... ¿Acabas de insinuar que sin él no tienes ganas de vivir o ha sido una alucinación causada por tu perfume?

Y muy pronto también por el sudor. Empezaba a ser preocupante esto del aire acondicionado roto...
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Mar Ene 08, 2013 5:00 am

Entre el calor y la futura conversación que me iba a tocar mantener con ella solo se me ocurrió definir esta situación con una palabra: mierda.

Abrí la boca, pero al darme cuenta de que no tenía ni idea de cómo empezar decidí volverla a cerrar. Fijarme en su rostro tampoco parecía ayudarme demasiado ya que fruncía el cejo más y más. Y, por extraño que parezca calló. Me estaba dando tiempo para que me explicase. Tiempo que decidí gastar en encontrar una forma de refrescarme, aunque la cosa se ponía difícil cuando debía estar en permanente contacto con Elisa… Tiradas en la cama tal y como estábamos guié su mano hasta mi rodilla para que, de esa forma, pudiese tener las manos libres. Si hubiese sido cualquier otra chica (es decir, una que no estuviese diciendo continuamente lo buena que estaba y que me quería catar) le habría plantado su mano en mi muslo, incluso. Pero me negaba a incitarla y luego demostrar que no tenía el valor suficiente para abandonarla con su dolor. Pero como no se llegó a ese extremo pude tener como respaldo la pared y que esta me ayudase a sujetarme el pelo en forma de abanico. El calor ya se estaba volviendo a poner en mi contra…

Tragué saliva, rindiéndome a su pregunta. Al fin y al cabo ya sabía que no lo entendería.

- No es tan fácil, ¿sabes? –ni siquiera tuve la valentía suficiente para aguantar su mirada un segundo. En estos momentos también solía juguetear con mis guantes y no sentirlos ahora hacía que me sintiese desprotegida. Opté por observar mis uñas, uñas que tendría que cortar. –Vivir, me refiero… Ahora estoy algo mejor, pero no mucho más… -Solo en ese momento le devolví la mirada. Y vi en ella una que era completamente nueva a todas las que había visto por su parte- El día en que murieron mis padres me cambió mi vida de golpe… empezando por que fue en ese momento cuando descubrí mis poderes… -aunque claro… para poderes que fastidian, los suyos ¿no? Mi deprimente vida eso le debía de dar igual. Absolutamente. Ella buscaba diversión y felicidad. Algo que yo no podía ofrecer, pero que sin embargo sí necesitaba fervientemente… Me centré en los pliegues de las sábanas a la vez que trazaba dibujos sin sentido en ellas-Y necesito tanto a Lucas porque cuando estoy con él soy capaz en pensar en otras cosas que no sea solo eso. Y… -carraspeé, incómoda. No estaba segura de si esto sería bueno que lo dijese o no, pero ocultarlo sería mentir y no parecía correcto- en fin… aparte de él, solo tú has conseguido que no piense tanto en toda mi mierda… -Lo admito, debía estar, sonrojada no, lo siguiente.

Ya me negué a mirarla en rotundo. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar de ahora en adelante y no quería ser yo la que hiciese el primer movimiento… No me iba ser ese tipo de personas, las que son atrevidas… En eso sí que me parecía mucho a Lucas…

Sin embargo, sí que había algo en lo que podía pensar: ¿qué pasaba en esa casa para que hiciese todo ese calor?

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Jue Ene 10, 2013 6:59 am

Me sentí perdida. Atónita.

Arrugué un tanto los labios para que no se me separaran de forma inconsciente y me permití el lujo de escanear el encantador rubor de Silvia con la mirada, hasta que la grabé lo suficiente como para cubrir mi desconcierto con los párpados y tener su imagen tras ellos.

Carai. Esa chica me recordaba a la metáfora de una matrioska.

De pequeña tuve una. Se trataba de una gran y oronda muñeca rusa, del tamaño de un aguacate. En un principio no parecía tener mucho de especial, hasta que descubrí que se dejaba abrir por la mitad. Y dentro suyo, escondida, había una copia suya de menor tamaño. Y dentro de esta otra, una más pequeña. Y otra, y otra, y otra...

Pues me acababa de dar cuenta que la rubita venía a ser algo así.

Tenía la sensación de haber destapado la primera capa y, como hizo Pandora, haber desatado algo horrible que parte de mí no estaba segura de querer contemplar. Era una auténtica metepatas...

Sacudí la cabeza y volví a abrir los ojos.

- No me dijiste que tus padres habían muerto... –susurré en voz baja, un punto sobrecogida. Silvia elevó de hombros de forma casi imperceptible, mientras seguía ventilando su cuello con la mano. No parecía querer mirarme, ni mucho menos hablar de ello.

¿Qué era aquello, el pueblo de los sinpadres? Primero ojos tristes, luego el chaval que encontré borracho perdido en la central eléctrica y ahora ella... Me sentía en medio de la fábula de Blancanieves y los siete huerfanitos... O algo así...

Suspiré y busqué cubrir la mano que Silvia tenía sobre mi rodilla. La apreté un momento.

- Aun así... ese es el mayor número de tonterías dichas por minuto que he oído en mucho tiempo –acabé declarando, resultona. Me vi satisfecha ante la mirada prendida de sorpresa que me dedicaba ángel de la sanación. Solté una carcajada.- Silvia, lo siento pero... Es que es... ¡ridículo! No puedes depender así de las personas, y menos si es una persona en particular, ¿entiendes? Da igual lo bueno que sea Lucas contigo, lo bien que te haga sentir o lo mucho que te cuide... No puedes dejar que eso sea lo que te sostiene porque... porque él es solo humano... ¡Peor aún! ¡Es un tío! –remarqué eso último poniendo una mueca de desaprobación.- Y es probable que dentro de un tiempo su entrepierna decida que ya no puede esperarte más y se te acabe el chollo... ¿entonces qué, eh? –mi amiga maciza me sostuvo el tipo un segundo. Un segundo antes de bajar la vista y lo que parecía ser un cachito de su alma más allá del suelo. Hasta entonces no sabía que una expresión podía llenarse de una tristeza así, tan rápido. Algo se estremeció en mí. Estando tan rota inspiraba mucha ternura. Por instinto, me incorporé, alargando los dedos a empujar su barbilla, con cariño. .- Silvia... tienes que ser feliz por ti misma. No puedes dejar que él... ni nadie, ni siquiera yo, seamos los que te hagan ver que la vida no es una mierda, porque... ¡Adivina qué! ¡No lo es! –sonreí, conciliadora.- Es cierto que a veces nos dan golpes y nos caemos... Y a veces el golpe es tan fuerte que, simplemente, no tenemos ni tiempo para poner las manos... El avión simplemente cae en picado y se estrella contra el suelo y todo arde... Pero entonces es cuando decides resurgir de las cenizas, cuando todo empieza de nuevo. Siempre tienes opción de levantarte, querida...Tú puedes decidir enfocar esto que te pasa como una maldición o como una oportunidad maravillosa... Y deberías pensar que, ahora mismo, si tú no estuvieras aquí con tus extraordinarias manos... quizás yo tampoco lo estuviese, ¿captas?

Me dedicó una mirada profunda con sus colores ocres. Profundamente desoladora y resplandeciente. Era la viva imagen de alguien con un millón de cicatrices superpuestas, de heridas que aún no han sanado y que, quizás, ni siquiera han empezado a cerrar. Simplemente, ya no sangraba.

A diferencia de mí, claro...

Hice un gesto de repugnancia involuntario.

No quería seguir abriendo la matrioska. Lo único que me interesaba en ese momento es lo frustrante que era ver a alguien que vale tanto y se valora tan poco. Habría que trabajar con ello...

Mi amiga intentó hacerme la simulación de la sonrisa que esperaba. Pero no era tan bonita como solía ser.

Tenía que solucionarlo de algún modo.

- Y, hablando de maldiciones, Barbie... –me pellizqué de nuevo el puente de la nariz, de forma teatral. Era un gesto que usaba bastante últimamente.- No quiero herir sensibilidades, pero desde luego, lo que es una maldición es tener el sentido del olfato realmente desarrollado y estar encerrado en una sauna con alguien que tiene glándulas sudoríparas... me incluyo, por supuesto...

Después del bombazo, fue imposible seguir con ese halo de sepulcral seriedad.

Ambas estallamos a risotadas, divertidas y, durante un momento, olvidando los aviones que habían estrellado por culpa de los poderes. Yo había sobrevivido al peor impacto de mi vida y estaba segura que ella también podría...

Solo era necesario levantarse y echar a andar.

- ¡Eh! ¿Te hace una duchita ahora mismo? –mi tono estaba prendado de ilusión. De pervertida ilusión.- La verdad es que dudo que mi madre pueda arreglar hoy el aire acondicionado... Lo dudo mucho.

¿Cuánto tiempo se tardará en localizar un tenedor en los conductos del aire?
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Miér Ene 16, 2013 9:20 am

Me encantaba Eli. Era tan impredecible que en un segundo podía insuflarme fuerzas para continuar como hacerme sonrojar del apuro. Sin embargo... ¿Qué mierda iba a decir? ¿Lo decía en serio o simplemente me vacilaba?

- Yo... -empecé a balbucear por el aprieto en el que me había metido. Me negué a centrar mis ojos en ella.- Yo... yo... -Eli se rió de mí. Y yo me desesperé- ¿Por qué? ¿No te vale con la colonia? Yo solo huelo a colonia. ¿Cómo puede ser que estés oliendo más cosas? Es una broma, ¡admítelo! -La acusé con mi mirada. Tenía que serlo. Sí, era eso... -¡Oh, vamos... no esperarás que me desnude delante de ti! -Pero no había que ser muy avispado para darse cuenta de que era eso justamente lo que esperaba- No, ni en broma lo hago.

De no haber sido necesario el contacto físico, en este mismo momento me habría cruzado de brazos. Y por supuesto mientras deseaba que se me tragase la tierra, claro.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Jue Ene 24, 2013 10:29 am

Bizqueé, divertida.

Sé que no está bien decirlo, pero empezaba a cogerle el gustillo a torturarla de aquel modo. Era deliciosamente estimulante y explícitamente tronchante ponerla contra la espada y la pared... O contra la espada y la mampara de la ducha, en este caso.

- Me encantan las bromas, tesoro, pero lamento decir que no esta no es una de ellas... ¿Dónde ves tú el chiste? ¡Vamos! Hace calor, el baño está fresquito y nos sentiremos mejor... Yo no le veo pegas, ¿tú sí?

Me clavó los ojos, incrédula y azorada como tantas veces la había hecho sentir aquella tarde. Esbocé una sonrisa llena de traviesa malicia, reafirmando mi agarre a su piel.

- Yo lo huelo absolutamente todo, Silvia. Y hazme caso, dentro de una hora ambas estaremos chorreando sudor con un cierto toque a tigre de la pradera que me hará llorar hasta que me sangre la nariz... Y entonces tendremos un auténtico problema, porque lloraré más, mucho más, lo suficiente para llenar una bañera. Así que acabarás duchada lo quieras o no –mi amiga crispo su ceño, fastidiada ante mi razonamiento lleno de exagerada absurdidad. Solté una carcajada.- Eso sí que era broma... La cuestión es que no solo te pido esto para verte las tetas. Aunque mayormente sí.

¿Me pasaba de sincera? Lo pensé un momento, negándolo mentalmente.

Naaaah... lo soportará...Me va a tener que querer como soy...

Se me soltó de nuevo el muelle de la risa ante su expresión. Era hilarante. Se ponía preciosa cuando la dejaba inmersa en una pelea interna de tal calibre... Y eso era una pega, porque significaba que cada vez me gustaba más... lo que conllevaba que tuviese más ganas de chincharla, lo que hacía que me gustara más, lo que hacía que mis ganas de chincharla crecieran y...

Podría seguir así la tarde entera.

- ¡Venga, dame ese gustazo! Te prometo que no se lo contaré a Lucas... O tal vez sí lo haga, a los tíos les ponen mazo las escenas lésbicas –me quedaban aún muchas frases picantes y miradas que crearan sudor frío para contribuir a la causa, pero sabía que si seguía con el cachondeo, corría el riesgo de que mi buenorra futura esposa saliese por patas. Así que, de repente, decidí ser más compasiva. - Muy bien... ¿Y si te prometo que no tocaré ni... –prensé los labios para buscar un verbo adecuado.- desgastaré visualmente ninguna parte tabú de tu portentoso cuerpazo?

No pude evitarlo. El tono burlón en mi voz parecía haberse arrapado a mí, dejándome las puertas abiertas para ser la nueva promesa del Club de la Comedia.

Así no hay quien se tome en serio lo que digo...
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Mar Ene 29, 2013 10:13 am

¿¡Pero cómo podía ser así!? Siempre sonrojándome, siempre burlándose de mí.

Y siempre distrayéndome de mis verdaderos problemas. Sí, seguramente esa era la razón por la que me caía tan bien, por la que, a decir verdad, era la única amiga que tenía.

Esa tarde ya había dado por perdido el aparentar que no me importaba lo que me decía. No podía mentir teniendo la cara del color de un semáforo en rojo; era imposible. Me aproveché de que fuese Eli la que se agarrase a mí para luchar contra mí misma, contra mi vergüenza.

Opté por descalzarme con mis propios pies, por pura presión, para plantar mis pies encima de su cama y así acercar mis rodillas a mi torso. Por un segundo deseé que no me chinchase más diciéndome que mis pies me olían, pero puede que quizás no lo hiciesen. Eso o que sabía que andaba por un precipicio en el que a la mínima ráfaga de viento, al mínimo problema, abandonaría. Me cubrí la cara con mis manos y resoplé.

¿Por qué me hacía esto? ¿Tan necesario era ducharme? O lo que es peor: ¿Tan necesario es ducharme con ella? Ya había dicho que me prometía no mirarme, pero... ¿diría la verdad? Y si así fuese... ¿lo haría menos incómodo?

¿¡Por qué!? ¿Por qué me metía en esta encrucijada?

Me masajeé la cabeza en un intento por calmarme. Me estaba alterando un poco.

Yo era un poco vergonzosa y el que me dijese continuamente lo buena que estaba no me ayudaba demasiado. Quería pasar desapercibida y con ello quería que mi cuerpo también lo hiciese. Y sin embargo ella estaba cada dos por tres piropeándome...

Mierda, estaba entrando en un bucle.

No sé si yo ya no escuchaba a doña charlatana o es que realmente me estaba dando tiempo para pensar. Supongo que sería lo último porque estaría convencida de que accedería. Porque claro... ¿Cómo iba a dejarla tirada? Con sus poderes tener olfato se le debía de complicar su vida una barbaridad y tampoco podía decirle que se aguantase. Ya sabía yo lo que significaba la resignación y eso era algo que no le deseaba. Es más... aun en esta situación el poder sentir su tacto, estar piel con piel, hacía que me desdicha se esfumase un poquito. Y lo adoraba. Así que... si yo quería sentirme conmigo misma lo más cómoda posible, ¿no es lógico que ella quiera lo mismo para ella?

Mierda. Tenía que ducharme.

Pero... ¿y si hago vendarle los ojos? Así no me vería... y ya había dicho que tampoco se extralimitaría tocándome.

Chasqueé la lengua en señal de derrota y, cómo no, Eli lo interpretó como que había accedido. Elevé mi rostro a la altura de sus ojos, intentando que, bajo mi rubor, me tomase en serio.

- Está bien, está bien. ¡Pero tienes que llevar una venda! -la señalé como una niña pequeña- ¡Prométemelo!

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Vie Feb 01, 2013 2:55 am

Me mostré incrédula ante la condición que exigía a cambio de la ducha. Incluso dejé escapar un punto fingido de indignación, reincorporándome en pose herida.

Todo mi gozo en un pozo...

- ¿Vas en serio? ¿Quieres que me duche con una venda? ¿Tan poco te fías de mí? –Silvia volteó las pupilas bajo su capa de espesas pestañas. Parecía que no hacía falta más confirmación por su parte...y tampoco por la mía.- Tienes razón... –acabé por admitir después de debatirme contra mí misma.- A quién quiero engañar, ni siquiera yo me fío de mí... ¡Pero es que así le quitas toda la diversión al asunto!

Inflé los carrillos como si fuera una niña pequeña y caprichosa, a lo que ella mantuvo un semblante intransigente, en un contraataque perfecto. Algo me dijo que no iba a pasar por el aro esta vez. Le puse mala cara. Era más sosa que la cáustica...

- Bueeeeno, está bien... Me pondré una maldita venda, ¿contenta? Y si quieres hasta puedo ir a por unas esposas para hacerlo todo más erótico –la vacilé. Su garganta rezongó de exasperación. El rictus de su cara denotaba que se moría por poner tierra (y mar y montaña si era menester) entre ambas pero, como de costumbre, su sentido de la responsabilidad se lo prohibía.

La gente con conciencia tiene una existencia complicada, por lo que se ve...

Acaricié mi labio inferior con los dientes, juguetona.

El motor se me había encendido y echaba humo.

- ¿Vamos allá, pues? –tiré de su muñeca y ambas nos pusimos en pie gracias al efecto péndulo. No tardé en guiarla hasta mi cuarto de baño, aún impregnado de ese olor a pachuli del perfume de mi madre, filtrado en las baldosas, intoxicando el aire con una densidad atronadora.

Mi mano libre se deslizó hacia la puerta, cerrándola tras nosotras por precaución. Si mi madre veía esa escena, sabía que jamás tendría que decirle “Soy lesbiana”. Ella solita lo deduciría.

- Me parece que esto como venda cuela –murmuré distraídamente, a tiempo que tiraba de la cinta que servía para abrochar el albornoz de Adriana, elegantemente colgado tras la madera. Me giré hacia Silvia con una sonrisa traviesa, desafiante casi.- ¿Y bien? ¿Te desnudo yo o prefieres hacerlo tú solita?

De una cosa estaba segura: Fuese cual fuese la respuesta, lo iba a disfrutar... mucho.

Demasiado, diría yo.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Lun Feb 11, 2013 1:28 am

Sus últimas palabras penetraron en mi corazón. Lo habían vuelto más rápido y arrítmico. Mis nervios y mi incomodidad competían para que decidiese salir por patas. Y, sin embargo, cada vez más encontraba menos razones para quedarme. Es más, se me ocurrían un montón de excusas para escaquearme:

- ¿Y la toalla? ¿Yo no tengo o qué? Además... e-eso no sirve como venda... Yo lo veo muy fino, excesivamente fino. Y... y... ¿y si te tropiezas? Seguro que quieres resbalarte aposta para tocarme, y... ¿Y qué pasa con mis vendas? Seguro que no tienes la pomada que necesito... Joder, no quiero hacerlo... ¿No hay otra forma? ¿No tienes piscina en tu casa?

¡Que diga que sí, por favor!

Hasta que no dijese que no pasaba nada mi corazón seguiría a la velocidad de un ratón. Aunque visto cómo estaba resultando la estancia en su casa ya empezaba a dudar que recuperase mi color natural. El sonrojo no me entusiasmaba, precisamente...

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Lun Feb 25, 2013 10:00 am

Si mi amiga hubiese llegado a estar más tiesa, habría jurado que había comido una ración de escoba para desayunar.

Hice un gesto exasperado ante su histerismo.

- ¿Podrías... repetirme la pregunta en sí, por favor? –me cachondeé. Con rapidez, la detuve taponando su boca con mi mano en cuanto quiso hacerme caso. No se iba a librar tan fácilmente de mí... De eso nada.

Sonreí, traviesa.

- Veamos...Tenemos un montón de toallas en el armario, chiquitina. Pierde cuidado, que no te quedarás sin. Y no te preocupes, que a la cinta le puedo dar hasta dos vueltas de campana si eso te hace feliz... Incluso puedo cometer la insensatez de cerrar los ojos, fíjate –canturreé, irónica. Silvia arrugó la frente con desconfianza más que explícita.- Además, y sintiendo en el alma herir tu ego, te diré que... me temo que no estás tan buena como para que quiera resbalar, romperme la crisma y llenar todo esto de lo que tú ya sabes. ¡Oh! Y no, no tenemos piscina, ni spa, jacuzzi, aunque me ofrezco voluntaria para hacerte un hidromasaje siempre que quieras...

Solté una risilla tentativa antes de retirar mi mordaza de sus labios.

- En serio, si sigues poniendo excusas así voy a acabar pensando que en realidad no quieres ducharte conmigo –hice un puchero lleno de sarcasmo y añadi, irónica.- Espera, me suena haber oído algo parecido en tus labios...¿Será un deja vú?

Aunque tampoco habría sido necesario expresar sus inhibiciones en voz alta. Los latidos de sus constantes vitales se dedicaban a delatarla.

Sin pedir un permiso protocolario, cambié mi contacto con ella, agarrándole la mano contraria. Entonces colé mis dedos por su brazo, deslizándome por la muñeca hasta llegar más allá del pliegue del codo... donde se escondía la prueba de todo lo que la Barbie había sufrido y de que Lucas era muy inoportuno por, simplemente, existir.

Suspiré con pesadumbre ante la imagen de sus vendas.

- Bien, hoy he cogido gusto por lo gore... Enséñame la herida, a ver si tengo algún potingue por ahí que puedas echarte.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Vie Mar 08, 2013 11:15 am

Me mordí el labio inferior, indecisa. En verdad no sabía a qué se iba a enfrentar al querer que hiciese eso... A mí al menos me resultaba tan repugnante que intentaba curarlo lo menos posible, aunque quizás ese fuese el verdadero problema: que ni quería tratarlo en condiciones ni que me lo curasen... Y mucho menos Lucas.

Eli no tardó en dejar claro que quería que me diese prisa y, como la presión me mataba, al final accedí. Algo bastante común, a decir verdad.

- Está bien, tú lo has querido... -musité fastidiada- Pero que sepas que te vas a arrepentir...- Aunque como sabía que más me valía irla preparando, primero me deshice la venda del tobillo que, por suerte, estaba prácticamente sanada. Era un alivio que esa parte no fuese tan grave... Pero la del codo eran palabras mayores y, como era idiota y al final siempre accedía a sus evidentes razonamientos, no podía negarme. Empecé a deshacer esa venda tan asquerosa y destapé una herida de lo más nauseabunda a medio curar y, encima, de camino a ser mal curada. Aunque claro, teniendo en cuenta que ya sufrí aquella fiebre y que además estaba más que claro que esa parte de mi cuerpo estaría marcada de por vida... ¿Qué más me daba? Al menos lo curaba de alguna manera... Sí, de forma rápida e irregular a falta de no poder decirle a Lucas que tenía que curarme eso. Si no, él querría ayudarme y al final, aparte del peligro que correría, tendríamos discusiones y remordimientos por culpa de mi brazo. Y eso era algo que nunca dejaría que ocurriese.

Preferí guardarme cualquier comentario cuando lo empezó a ver, pero tampoco es que tuviese demasiada oportunidad... Eli no paraba de hablar, pero lo que no llegué a entender del todo era si hablaba sola, si no quería que la respondiese o que, al contrario, sí que quería que interviniese...

No sé si ya lo he mencionado, pero... ¿Acaso Elisa no es una chica especial?

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Lun Mar 11, 2013 3:14 am

- ¡Oh, madre mía, pero qué...! –apreté los dientes, arrugando la totalidad de mis fosas nasales.
Se puede decir más alto, pero no me puede causar más asco.

¡Bienvenidos al País del Pus! ¿Próxima parada? La bilis retorciéndose en mi estómago. El olor ácido de algo que me recordó a la carne podrida (Por favor, que Silvia no se esté descomponiendo como una zombi) casi consigue subirme las arcadas hasta la garganta.

No sé cómo lo resistí el asqueroso espectáculo de la piel devastada de su brazo. Era una masa que entretejía pedazos rotos de costras granates y ásperas con una extensión de lo que parecía ser el músculo que había bajo la epidermis, rosado, repleto de grumos blancos y de apariencia reblandecida que indicaba, sin duda, que aquello requería urgente asistencia médica. O un exorcismo en su defecto.

- ¡Pero... Dios! ¡Argh! ¡Qué... qué puto asco! ¡Tiene aspecto de que vaya a salir un alien de ahí dentro! –me seguí quejando, componiendo unas muecas de lo más expresivas.

De nuevo, era una lata eso de mis sentidos súper desarrollados... Mis ojos no podían perder detalle de la más mínima fibra en esa masa nauseabundamente carbonizada. Menos mal que ya no quedaba rastro de sangre ahí. Era de suponer que ya no le llegaba ni la circulación.

- Silvia, en serio, ¿has estado partiendo nueces con tu codo herido o qué? ¡Es vomitivo! –tuve que acabar apartando la vista. Mantuve el contacto con ella en la zona más alejada posible de su quemadura.- ¡Esto no es cosa de risa, hay leprosos con mejor aspecto que tú! ¿Es que Lucas no se ha dignado a echarte una mano con... eso? Vale que no es agradable de ver, ni de oler y seguro que de tocar mucho menos, pero... ¡Joder! Podría haberte ayudado a... –fue en ese momento, en el que mi amiga desvió la mirada de mí tan abruptamente como yo lo había hecho con su marca, cuando caí en la cuenta. Entrecerré los ojos, inquisitiva.- Un segundo... tú... ¿no le has contado nada sobre esto, verdad?

No hacía falta ser yo para notar que su incomodidad por la pregunta no hacía más que darme la razón. Si fuera un poco menos disimulada, justo entonces la rubita habría sacado un cartel de luces de neón que pusiera escrito algo como: “No, mi novio no tiene ni pajolera idea de la gravedad de las heridas que me causaron por su culpa”.

Bufé, fastidiada.

- Pues, ¿sabes? Más le vale a Bambi sentirse fatal cuando se entere de esto... ¡Gracias a él ahora tienes un cráter donde antes había hueso! ¡Puaj!

Indignante. Repugnante.

Repuindignante.
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