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Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Mar Mar 19, 2013 1:46 am

- Pues precisamente por eso no se lo he dicho. -iba a intervenir, pero la contuve poniéndole momentáneamente mi índice en sus labios- Eli, no quiero que se entere. Por favor, no se lo digas... -quizás ahora era yo Bambi y no Lucas... o eso pretendía con mi carita de cordero degollado- Él nunca se lo perdonaría y no pararíamos de discutir de por qué fui a la boca del lobo o no. No me apetece pasar por eso...

Extrañamente no habló. ¿Se lo estaría pensando? ¿Y si al final no me hacía caso y se lo decía?

Recordé las escenitas en plan padre que me montó cuando ya estábamos a salvo... Y no, no era bonito de recordar.

- A-Además -empecé con voz chica- No es para tanto... puedo mover el brazo sin problemas y... -callé abruptamente ante la severidad de sus ojos. La misma mirada que me echaba mi madre cuando cometí alguna travesura grave, como la vez que le di a Lima los filetes que nos íbamos a comer... Al final nos fuimos a comer a un restaurante, pero la mirada que me echó fue para no olvidar. Y, como con Eli, lo mejor era mirar al suelo y no decir nada.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Vie Mar 29, 2013 12:10 pm

- Ya, claro rubita... Lo que tú digas –me quejé usando mi tono más cansino, el que empleaba con mi madre cuando me pegaba la bronca por X motivos y yo considerada que darle la razón como a los tontos era lo mejor para dejar de oírla. Hice un gesto reprobatorio con la cabeza. – Pero sepas que no vas a ser capaz de proteger a tu cervatillo eternamente... Al final, la verdad volverá y os morderá en el culo, tiene un efecto boomerang la mar de cabreante –Silvia prensó sus labios, en claro signo de angustia contenida. Suspiré. Qué mujer más desesperante- Pero... bueno... supongo que la puedo retener un poco más...

Un poco, tan solo...en un sentido literal. Bambi no va a salir impune...

Silvia, al cabo de poco, despegó tímidamente la mirada del suelo, lo justo para poder esbozar una sonrisa que interpreté como de agradecimiento. Ya que estábamos puestos, puede que realmente fuera un buen momento que hacer algo por ella... a deferencia de cierto metamorfo que yo me sé.

- Y... en cuanto a la crema...–mi cara se descuadró en un gesto de repulsión mezclado con el resignado deber de ayudar. Cerré los ojos para darme fuerzas.– En serio, no me puedo creer lo que estoy a punto de hacer ...


Si no salgo de esta, buscadme una esposa y decidle que la quiero...

Reafirmé al agarré al brazo de Silvia con ambas manos y, antes de tener tiempo a arrepentirme más de la cuenta, incliné el torso e inhalé generosamente sobre la quemadura que devastaba su codo, llenando hasta mi lengua con el putrefacto olor de la carne muerta. ¡Náusea al cuadrado, ven a mí!

Giré la cara y cerré los ojos en el momento adecuado para evitar que la bilis subiera hasta mis carrillos. Santa madre de todas las pestes...

- ¡Oh, qué agradable! Tiene ese olor que me recuerda a los hogareños hornos crematorios de Auswitch... –contuve un estremecimiento de aversión.- y... también huele un poquito a lo que parece ser pepino y aloe vera. Deben ser los restos de tu crema... Veamos si tengo algo parecido.

Mi amiga con aspiraciones a muñeca súper modelo seguía aturdida cuando la arrastré hacia el armarito que nos servía de botiquín. Revolviendo con la mano que me quedaba libre de su milagroso tacto, no tardé nada en localizar un olor semejante dentro de un pote de plástico circular que apenas había sido usado.

- Esto servirá... apesta parecido... –leí de un vistazo rápido el reverso de la etiqueta. A mí no hacía falta acercármelo para descifrar la letra pequeña- ¡Ahá! ¿Qué te dije? Crema hidratante regeneradora... para quemaduras y piel muerta... Y la piel de tu codo a estas alturas está más que muerta... yo hasta diría que embalsamada y solemnemente incinerada. La usaremos después de la duchita, ¿hmmm?

Sonreí golosamente, feliz de poder dejar el tarro reposar en la pila del baño. Por fin empezaba la parte divertida del asunto...

Mis pupilas parecieron quemar la piel de Barbie como si estas fueran dos cigarrillos recién encendidos. Y esperé, expectante. Esperé a que se pusiera de los nervios, que los latidos de su corazón me acribillaran a martillazos el cráneo en cuanto entendió que ya no podía retrasar lo inevitable. Mi sonrisa se ensanchó. Me encanta jugar con la salud cardíaca de la gente...

Pero le daría cancha. Un poco de confianza no le vendría mal para evitar empezar a cacarear como una gallinita clueca y posiblemente, así me relamería más en mi triunfo.

Muy digna, susurré algo parecido a “Aguanta ahí”, a tiempo que conducía sus manos a la piel de mi cadera. Aproveché tener ambas extremidades libres para quitarme mis pantalones cortos (aunque no tan deliciosamente cortos como los de Silvia) y deshacerme de la camisa en dos movimientos fugaces e igual de felinos. Las bragas ya eran otra historia.

Eso me asustaba hasta a mí, y no precisamente por tener algún tipo de pudor... era como liberar a los Titanes del Tártaro. Mi mayor miedo se tapaba solo por ese pequeño pedazo de tela color lavanda... a conjunto con el resto de la ropa interior que llevaba.

Rescaté mi sonrisa y, asegurándome de que las manos de Silvia no me soltarían la cintura, le di la espalda, recogiendo, grácil, una melena que llegaba hasta casi la altura de los riñones. La mía. Le dejé a la vista el cierre de mi sujetador y una mueca de desafío hecha de soslayo, en su dirección.

- ¿Haces lo honores? –canturreé, divertida. Me quedé satisfecha al darme cuenta de la tremenda carga sensual que llevaba mi voz en aquel preciso instante.

Aquello iba a ser la monda lironda...
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 30, 2013 1:58 pm

Mi ritmo cardíaco se aceleró en cuanto supe que ya no tenía más excusas. La hora de la ducha y del desnudo ya era inevitable. Me puso más y más y más nerviosa cuando me miraba, me escrutaba y, por qué no decirlo, se regodeaba de la situación en exceso. ¿Ese comportamiento era normal en las lesbianas o era la marca de la casa?

Me costó reaccionar cuando plantó mis manos en su cadera y se dedicó a quedarse en ropa interior. Cualquier tío habría dado lo que fuese por encontrarse en esa situación y sin embargo, yo habría dado lo que fuese por no estarlo...

¡Maldición! ¡Que no es una tía cualquiera! ¡Que está por mí y está deseando verme desnuda!

Que estampase su sujetador lavanda prácticamente contra mis tetas era otra forma de ponerme a prueba. A prueba para no llorar de la desesperación.

¡Venga, Silvia! Que no es para tanto... Tan solo verás lo mismo que tienes tú.

Pero no pude tranquilizarme. Mi corazón, junto con mi rubor, iban más y más deprisa hasta llegar a un punto que no pude identificarme en el reflejo del espejo. Estaba asustada. Pero era un miedo muy distinto a todos los que había experimentado anteriormente y no sabía muy bien cómo explicarlo. No paraba de temblar y de recordarme a mí misma que lo había prometido y que, como tal, no podía romper una promesa. Pero claro... ¿Cómo evitarlo cuando la tía que sabes que está coladita por ti te dice con su registro más sensual que le desabroches el sujetador?

- Eh... -tragué saliva en un intento de salir del apuro. No hubo salvación de ningún tipo.- Eh... -pasé de mirar fijamente el dichoso enganche a los ojos retadores de la peor amiga de todos los tiempos por ponerme en esta tesitura. Elisa se partía a mi costa pero, aunque lo solía hacer siempre, esta vez era más palpable- Te odio -respondió mi bochorno a la vez que lo desabrochaba cuidando de que encima tuviésemos contacto directo.

Elisa reía feliz ante el nuevo mundo que me estaba enseñando. Un nuevo mundo que no tenía ninguna necesidad de descubrir. Es más, cuanto más enterrado estuviese, mejor. Lástima que su sujetador lo hubiese lanzado ya al suelo porque estaba más cómoda cuando lo tenía puesto. Apenas podía soportar la presión a la que me estaba sometiendo Elisa, la tía que estaba casi en pelotas delante de mí y que encima no tenía problema alguno en decir todo lo que le atraía.

Se giró sin siquiera darme un segundo para mentalizarme de lo que vería en cuanto pudiese ver su cara. Un segundo que habría sido la mar de oportuno para haber podido mantener el contacto por sus hombros y no por la cintura, tal y como ella me había guiado.

- Muy bien rubita, yo ya he cumplido. Es tu turno para enseñar la mercancía, procura no entretenerte demasiado mirando la mía...

En todo momento había pretendido no llegar a mirar sus partes, pero sus provocadores comentarios y, dicho sea de paso, que prácticamente me estuviese espachurrando como un sándwich hicieron un efecto un tanto inesperado. Y fue el hecho de observar a mi amiga en su máximo esplendor durante un nanosegundo. Lamentablemente, como no podía ser de otro modo, Eli se percató y no paró de recordármelo con sus continuos comentarios.

- Tranqui mujer... antes bromeaba, puedes mirar. Y si te apetece tocar, pues...¡ por mi no te cortes!

- ¡Eli! -me piqué de una forma realmente infantil. Era lo que me faltaba... ¡y encima no paraba de reírse!

¿Hace falta decir que me estaba poniendo casi al límite? Y lo peor de todo es que todavía no me había quedado ni siquiera en ropa interior. ¿Por qué tenía que estar por mí? De no ser así me habría dado igual volver a exhibir ese conjunto de Batman, pero ahora eran palabras mayores... Era exactamente igual a desnudarte delante de un tío que sabes que le molas pero que a ti no te atrae en absoluto. Y que encima no paraba de divertirse a tu costa.

¿Qué hacía? ¿Le decía que se pusiese ya la venda sin siquiera quitarme la camiseta? Lo mismo eso era ya de ser demasiado remilgada... Y más teniendo en cuenta que no vería nada nuevo...

- ¡Oh, vamos, Silvia! ¡Me aburro! Sabes que no puedo ponerte música para el streptease, así que espabila a...

- ¡Ya voy! -me quejé completamente azorada- N-No me metas prisa... -de nuevo se partió el culo, por lo que no me ayudó a ir más rápido.

¿Y dónde le dejaba poner sus manos en lo que me deshacía del pantalón y de la camiseta? Mierda... más le valía que no hiciese algo raro en lo que me lo quitaba...

Al igual que ella había hecho conmigo coloqué las palmas de sus manos en mi cintura.

- ¿Puedo fiarme de ti? -pregunté sin saber si la respuesta iba a ser mejor que el silencio. En estas ocasiones tendía a soltar unos chistecitos de los que solo ella se reía... Y esperaba que se quedasen en chiste, no en indicaciones de lo que iría a hacer...

¡Maldita sea! ¿Pero por qué tendré este poder?

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Lun Abr 01, 2013 5:11 am

La sonrisa más zalamera del mundo se desplegó por mi cara en modo de resorte ante su pregunta. Una pregunta tintada del hedor del pánico duro. Qué delicioso aroma...

- Hmmm...No sé. ¿Deberías? –lancé la cuestión al aire, como si fuera una gran incógnita filosófica, tras lo cual, no tuve otra que morderme el labio inferior con coquetería. Las manos que tenía puestas en sus caderas ardían. Me incliné sobre su oído, dispuesta a hurgar un poquito más en la llaga creada. Porque cuando soy buena, soy buena, pero cuando soy mala... soy mejor- Yo no lo haría ni por un momento... –ronroneé.

Solté una risotada traviesa ante la consternación que había en la mirada de mi buenorra amiga Barbie. Sentí que se le tensaba el estómago.

- Pero de todos modos, esa no es la pregunta correcta. Lo que deberías preguntarte es: ¿Tengo acaso alternativa? Y la respuesta es no, así que...

Encogí los hombros alegremente en cuanto pasó de estar abochornada a potencialmente cabreada... Parecía querer tatuarme un “Vete a la mierda” con rayos láser recién despedidos de sus preciosas pupilas. Una lástima que eso no hiciese otra cosa que aumentar su belleza y mis ganas de seguir chinchado... un tanto contraproducente, ¿no creéis?

- Considero que el haberme quedado prácticamente en porretas ya no admite dar marcha atrás, ¿sabes? –le sonreí, esta vez, un poco más amable y menos... pornográfica.- ¡Vamos, Silvia! Lánzate ya a la piscina, las muñecas de plástico suelen flotar...peor será que te lo pienses durante otro cuarto de hora.

Resopló, atacada. Tanto que eso le dio el impulso necesario para continuar, siguiendo mi consejo de ignorar las órdenes de “Abortar misión” que debía estar pitando en su cerebro. Un cerebro que quemaba y echaba humo...

Y eso es lo que expulsaron mis orejas al poder contemplar, de nuevo, la viva imagen de una Diosa griega de la salud. Contuve el aliento mientras la radiografiaba, extasiada. Carne blanca y tersa, más curvas que la cordillera de los andes, un ombligo que era como la condecoración a una obra de arte... y, por supuesto, no me iba a olvidar de las dos joyas de la corona. Sonreí de oreja a oreja, asomada a su escote.

- ¡Hola, Lolitas! ¡Os echaba de menos! -saludé, risueña.

Barbie chasqueó la lengua. Fui lo suficientemente rápida para atraparla de la muñeca cuando se alejó un paso de mí, queriendo escapar. Era probable que no pudiese haber estado ni más roja ni más molesta de lo que la veía en ese momento. Su corazón estaba a punto de hacer vibrar las ventanas, seguro.

Aspiré el olor a rosas, que era todavía más intenso sin la barrera de la ropa taponándolo.

- ¡Está bien, está bien! Lo siento... ¿Acaso es pecado emocionarse? –me entrecerró los ojos, cosa que me dio la oportunidad de poner mi puchero de niñita adorable y malcriada que siempre lo consigue todo. – Lo siento... Prometo que ahora seré buena, de verdad que sí... ¿No irás a dejarme tirada cuando ya hemos llegado hasta aquí, verdad?

Era una pregunta retórica, por supuesto.

Silvia era demasiado buena para eso...corrijo, estaba demasiado buena para eso. Me tranquilizaba mazo saber que no tendría corazón para abandonarme. Pero, por desgracia, pude comprobar que tampoco lo tuvo para seguir con su apetecible streptease. La mano de mi amiga se alargó, rauda y cohibida, yendo a atrapar lo que sería mi condenado antifaz. Perdí uno de mis fantásticos sentidos justo en ese instante.

- Jooooo... –me quejé mientras sentía como Barbie forzaba el cinturón de Adriana alrededor de mi cráneo, tapando mis ojos. Me crucé de brazos sobre mis tetas al descubierto.- Yo te aviso, rubita, de que el rollo duro no es lo mío... si vas a sacar un látigo o algo así avísame, ¿eh?

Madre mía... si es que no puedo parar. Silvia es tan jodida y esquivamente erótica...

Incluso su olor lo era.

El estremecimiento de placer que provocaban las rosas rojas bailando en mi nariz era casi tan estimulante como contemplar su torso semidesnudo. Casi, casi...
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Mar Abr 02, 2013 4:16 am

Coloqué las palmas de mis manos en sus hombros en lo que hacía esfuerzos sobrehumanos por no perder los estribos. Era taaaaan difícil cuando no paraba de chincharme...

- Tienes que admitir que esta situación tiene su morbo sí o sí...

- ¡Agghhh! ¡Cállate ya! -Elevé el tono más de la cuenta, pero no tanto como para que su madre escuchase algo. Ya sería el colmo que aquella señora le entrase curiosidad y decidiese averiguar qué hacíamos... Elisa en cambio, no obedeció, tan solo se quejó unos instantes del volumen de mi voz y luego pasó a su habitual comportamiento: se cachondeó de la misma forma que llevaba haciendo toda la tarde. Esta mujer me desesperaba, de verdad. No tenía remedio.

Ya no sabía qué más hacer con ella... Cualquier respuesta o reacción ella lo transformaba en broma, pero en una bastante pesada. A este paso iba a morir por paro cardíaco.

Aunque tuve suerte de que me hiciese caso durante un breve lapso de tiempo. Hizo, al igual que cualquier crío, el gesto de cerrar los labios como una cremallera y tirarla después.

- Ya, ya... -gruñí enfadada- a ver cuánto te dura... -murmuré. A cambio me devolvió una alegre sonrisa de lo más resplandeciente.

¡Menudo morro la tía! ¿Pero cómo narices se lo montaba siempre para sacarme una risita? Ahí fue donde la cagué. Ya habría visto que podía vacilarme de nuevo y no dudó en seguir con su pervertido plan.

- Bueno Barbie girl, ahora que ya me has hecho la censura para menores de dieciocho, sabrás lo que te toca, ¿no?

El ritmo de mi corazón volvió a toda velocidad. Tenía razón la muy perra, todavía me faltaban más cosas... Aunque lo bueno era que no miraría nada. ¿O sí? Frente a ella como estaba, pero a una distancia relativamente prudencial, me puse a mover la mano en el aire.

- ¿Y eso? ¿Se trata de un nuevo saludo que desconozco por no ser del barrio o estás ensayando para meterme una leche si me paso contigo? Anda, deja la manita quieta...

Me quedé blanca.

- ¿C-Cómo lo has sabido? -¿Acaso veía con eso puesto? ¿Tenía rayos X o qué?

- Bueno, en primer lugar porque lo oigo, cariño. Y en segundo lugar, porque tu olor se extiende a la mínima que te meneas, eres como un ambientador de los buenos -sonrió en pose burlona.

Joder... No me extrañaba que lo pasase tan mal... ¿Quién podría vivir así? Aunque claro... Que levante la mano el que pueda vivir matando a la gente solo con tocarla... Yo no, desde luego. O al menos esta no era la vida que yo había esperado...

- ¿Y ahora podría espabilar, señorita Fest? No tengo todo el día para que mires mis tetas...y menos cuando no has tenido el detalle de devolverme el favor.

Mis mejillas empezaron a arder a un ritmo alarmante.

- No te estaba mirando -me piqué de nuevo, como una niña de ocho años.

- No, claro... ¿Estás segura que no tienes un puntito de bollera? Porque yo creo que...

- ¡Ay, Dios...! Qué pesada eres -me cabreé. Le puse una de sus manos en mi cintura y me quedé completamente desnuda, sin pensar.- Hala, ya estarás contenta, ¿no? -Empezó a hablar, pero no me apetecía escucharla- Calla -ordené tajante.

- Sí, Capitán; mi Capitán -respondió con sorna a la vez que hacía medio saludo militar a falta de no poder despegarse de mi piel. Puse mis ojos en blanco en respuesta. Prefería distraerla con algo...

No fue hasta empezar a guiarla al interior de la bañera cuando se me ocurrió.

- ¿Seguro que no quieres quitarte la parte abajo? -me extrañé- Se te va a llenar de jabón... -y si no estuviese yo le podría dar cistitis, claro... En eso sí que tenía ventaja...

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Miér Abr 10, 2013 10:03 am

Titubeé un segundo ante la pregunta de mi amiga. El suelo de la bañera estaba helado. Me desconcentró momentáneamente.

- Bastante segura, sí. Es que me da...un poco de yuyu, la verdad –admití. No pude evitar sentirme avergonzada... o más bien, un puntillo subnormal. Esa sería la palabra clave. – Al fin y al cabo, sigo teniendo la regla y... si me quito esto, puede que el olor... No sé... Es asqueroso.

Puse una mueca de aversión.

Era incluso más asqueroso que la quemadura de Silvia, me atrevería a añadir. Suspiré, frustrada. Los ruidos parecían aumentar a falta de poder poner ojos que escrutaran los estímulos que recibía sin pausa.

- La parte racional de mi cerebro sabe que es una santa gilipollez, te lo aseguro... ¡Joder, es que la sangre no muerde!, pero.... es que no puedo evitarlo. Si no tuviera tu perfume aquí cerca, ya estaría gritando como una nenaza. Necesito algo que tapone el tufo de la hemoglobina. Que me ayude a no pensar...

Avancé un paso a tientas, guiándome por el aroma a rosas y poniendo especial cuidado en encarnar mi sonrisa más provocadora, para compensar el momento de debilidad que acababa de tener.

- Y... bueno... ya sabes que tú eres experta en distraerme... Con lo cual... –mis manos llegaron a donde calculaba que estaba su cintura de avispa. No pude evitar que un escalofrío me recorriera con pasos de hormiga por toda la columna vertebral. Una idea deliciosa empezó a tomar forma en mi pervertida cabecita. Silvia estaba desnuda. Desnuda y en una misma habitación que yo. Desnuda y aferrada a mi cuerpo. Desnuda y casi dejándome sentir sus pechos contra los míos. Desnuda y... uff, la madre.- ¿Sabes? Me estoy poniendo bastante cachonda, no me da vergüenza admitirlo.

Me reí como una loca al oír sus latidos agolpándose y aplastándose los unos contra los otros, delatando su apuro. Habría pagado por observar su cara, aunque no me fuera difícil adivinar que la tía iba más roja que el demonio. Lo podía sentir en su temperatura corporal.

Estaba dispuesta ya a proponerle si le apetecía que le enjabonara ese cuerpo serrano cuando noté su fugaz movimiento, que iba más allá de mi espalda. Que pudiera intuir todas sus acciones no vino a decir, necesariamente, que entendiera lo que significaban. Lo pillé rápido, eso sí...

En cuanto aquel chorro de agua helada rugió y se precipito sobre mi cabeza, yo chillé, sobresaltada, destrozando mis pobres oídos. Esta vez era mi corazón el que podría haber servido para base de ritmos de alguna canción heavy. Pegué un saltito apurado, alejándome del origen de la fiera cascada.

- ¡Vale, vale! ¡Se me ha pasado el calentón!... ¡Ya se me ha pasado! –jadeé. Fue a mi buenorra amiga Barbie a quien le tocó reírse con malicia esta vez, viéndome arrinconada contra la pared como una gata que chorrea y no quiere volver a acercarse al agua. Prensé mis labios, sintiéndolos al borde de una morada hipotermia- Pero... ¡menuda perra estás hecha, Fest! Al final va a resultar que bajo tantas capas de niña buena tenemos a una mamona de las grandes...

Sacudí mi cabeza empapada, sintiendo espasmos atiesando músculo por músculo y su risa aún duradera en las vibraciones de aire. Rodé los ojos... por dentro mi venda, claro.

- No deberías hacerle eso a una chavala hipersensible, podrías matarla del catarro... A no ser que ella acabe antes contigo, claro.

Puede que yo estuviese ciega, pero ya conocía lo suficiente ese baño como saber sus trucos. Y era también lo bastante hábil como para, incuso a tientas, desencajar la alcachofa de la ducha y apuntar aquel ruidoso chorro en dirección a mi amiga, como quien tiene un arma de destrucción masiva en sus manos.

¡Que alguien me pare, tengo una manguera y no duraré en usarla! ¡Mira que estoy muy loca!

Noté como toda la extensión de su brazo se retorcía a falta de poder escapar. Silvia también soltó grititos, haciéndome reír... y lamentarme de que, además de cegata, próximamente me iba a quedar sorda como una tapia.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 16, 2013 5:45 am

Chillé como una nena en cuanto el agua me dio de lleno en la tripa.

- ¡Te vas a enterar! -Pronuncié con cierto tono de venganza. El juego había empezado y no iba a ser yo la que perdiese, no señor.

Le arrebaté con rapidez la alcachofa al estar limitada del sentido de la vista. ¿Quién había dicho que había que jugar limpio? Me reí como una loca en cuanto le devolví el golpe.

Tras esto nuestro comportamiento fue más y más infantil. Terminamos la guerra de agua cuando acabamos tan empapadas que ya no surtía efecto mojarnos. Fue un milagro que no nos resbalásemos porque el agua había llegado hasta fuera de la bañera. Menudo desperdicio habíamos montado...

- Eh... ¿Qué hacemos ahora? ¿nos salimos y limpiamos todo el agua que se ha salido? -pregunté en un intento por escapar de comentarios sobre quién enjabonaría a quién.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Jue Mayo 23, 2013 12:49 am

Sonreí, socarrona.

- ¿Limpiar nosotras? ¿Y negarle el entretenimiento doméstico a mi madre? ¡Eso sería cruel! –opiné. Todo el aire olía a humedad, así que no podría saber la cantidad de agua que había en el suelo, pero dudaba que hubiera suficiente para hundir nuestro barco. Silvia cada vez buscaba excusas más patéticas para intentar librarse de todo aquello...- Además, en tu país no sé, pero en el mío una ducha suele incluir aclarado y enjabonado. ¿Ves ese bote de ahí? –tanteé a ciegas en la dirección que creía recordar haber dejado el champú la última vez.- Uno que huele a... –oh, maldición. Estaba habituándome demasiado rápido a esto de guiarme por estímulos. Ya casi olvidaba que la gente normal no puede...- Bueno, un bote grande de etiqueta rosa. Es el champú, ponte las botas... Y, ¿sabes? Ya de paso me lo podrías echar a mí, ya sabes... A ciegas y con una mano no es fácil.

Le dediqué mi mueca más pícara, cosa que la hizo refunfuñar. Reí entre dientes apenas medio minuto después al empaparme del olor a champú de tintes químicos, afrutados, e impregnado de algo que me recordaba a la canela. Tenía un tacto cremoso y agradable, más todavía cuando una supermodelo en bolas es quien te lo esparce por la cabeza...

Las dos manos de Barbie, llegadas con oportuna sugerencia desde la espalda, se hundieron en mi pelo empapado hasta llegar al cuero cabelludo, masajeándolo a regañadientes.

- Niégame que no estás disfrutando esto tanto como yo –le reté, dichosa por mi victoria.

- Cállate ya –se quejó en un gemido apocado, guiando sus dedos para no perder nunca el contacto físico. Me mordí el labio inferior, tentadora.

- ¡Oh, venga! Seguro que con tu noviete nunca has llegado tan lejos...

Mi tono animado se apagó con su respuesta... que fue muda, básicamente. Silvia dejó el masaje capilar. Incluso pareció que el corazón se le detenía un solo instante. Llegué a preocuparme, la verdad. En cuanto entendí que me había pasado de la raya con las burlas –otra vez- me dediqué a maldecir mi bocaza. Llegará a ser mi condena un día de estos...

- Perdona... se me olvida lo sensible que eres al tema –me disculpé lentamente, en un intento de dulce conciliación. Más silencio. Suspiré.- Si el problema es que eres virgen, debes saber que yo también... Y que podríamos dejar de serlo ahora mismo si tú quieres...

- ¡Eli! –se escandalizó con el tono provocador que tomó mi última frase. Sus pulsaciones se aceleraron de nuevo, haciéndome reír otra vez. ¡Era la monda!

- Lo siento –me disculpé por quintillonésima vez en un solo día, arrastrando las vocales en tono cansino y notoriamente despreocupado.- Pero de verdad, no deberías rayarte... Tendrás tu momento con Lucas, ya verás. Solo reúne un poco de paciencia. Tendréis vuestro momento...

Conduje mis manos hasta cubrir las que ella tenía sobre mi cabeza y las hice descender un tanto, efectuando un movimiento que parecía propio de un baile para poder quedar cara a cara con ella. Le sonreí, pero si me correspondió, yo no pude darme cuenta. Realmente Silvia era una buena tía y se merecía lo mejor... lástima que, en mi opinión, Bambi no lo fuera.

Sujeté su muñeca mientras volvía a encender la ducha y dejaba que el chorro, esta vez templado cayera como una tormenta sobre mi cabeza. Era tan agradable...

- Una curiosidad que tengo... ¿Lucas también es...? Quiero decir... ¿Sabes hasta dónde llegó con la pelirroja? No me refiero a la mía, claro, me refiero a la zorra con la que te puso los cuernos –arrugué el entrecejo en claro signo de disgusto. Negué con la cabeza, fieramente indignada ante el silencio de Barbie- No tienes ni idea de cómo se rebota mi orgullo femenino cuando veo que te ha hecho daño y que tú ni siquiera le has echado bronca... ¡Esto clama venganza, Rapunzel! ¿No dejarás este crimen sin su castigo, verdad? Tienes que gastarle alguna putada a Bambi, es el karma, las cosas no se pueden quedar así... Yo haría lo de “ojo por ojo”... No sé... Sugiero que te acuestes con tu amiga lesbiana por despecho, que eso jode mazo...

Yo ya estaba en medio de una risa burlona antes de escuchar respuesta alguna...
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Mar Mayo 28, 2013 9:55 pm

- ¡Eli, ya! -Me piqué de nuevo. Esta tía tenía la habilidad de devolverme a la edad de cinco años.

Salió del chorro de agua con una espléndida sonrisa. ¡Cómo disfrutaba la muy perra haciéndome rabiar! Y lo peor es que era contagiosa. Si no llegaba hasta el final del día sin sentirme atraída por ella significaba que en era tremendamente hetero. O como poco que no era para nada lesbiana.

Sabía a la perfección que no me dejaría escapar de la ducha sin antes enjabonarme y, para mi desgracia, no le iba a valer que me lavase yo la cabeza. Lo mejor era desistir y distraerse con otra cosa.

Cambié nuestras posiciones para que fuese yo la que estuviese bajo el agua y le tendí el bote en su mano. Ese gesto y el tocarla por su cintura para que tuviese las manos libres era más que entendible. Por supuesto ella se lo tomó con un comentario jocoso de los suyos que preferí ignorar.

- No le voy a castigar -rescaté el anterior tema de conversación. Era lo mejor para pasar el apuro. Lo malo era que tendría que inventarme el numerito para no delatar a la loca- Él ya se dio cuenta de que quiere estar conmigo y no con ella. Eso vale más que cualquier otra cosa.

Mi amiga seguía con las manos en mi cabeza. Esperaba que no me dejase con champú en ningún lado...

- Además... Por lo que me ha contado esa tía está loca -¡Bien dicho! Dar pistas pero sin darlas. Quizás algún día sabría la verdad.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Jue Mayo 30, 2013 2:14 am

Mis cejas se elevaron, motivadas por una insaciable curiosidad. Dejé de masajear su cabeza.

- ¿Loca...? –repetí, paladeando la palabra. Me vinieron a la mente los libros de psiquiatría de mi madre y las típicas y blancas camisas de fuerza. Pero no podían ir por ahí los tiros, ¿verdad?- ¿Loca en qué sentido? ¿Empezó a acosar a Bambi? ¿A enviarle notas de amor escritas con sangre?

Sentí mi estómago gemir de asco nada más hube proyectado esa desagradable imagen en mi cabeza. Por eso tardé en darme cuenta del tiempo que se tomó la muñequita en responder.

- Eh... no, bueno. A ver, yo no sé demasiado. Al fin y al cabo me he enterado de esto ahora pero... –el corazón se le aceleró de repente, cosa que esta vez me pilló por sorpresa. ¿Qué mosca le habría picado? Sentí como sus dedos empezaban a practicar mecanografía en los huesos de mi cintura, dándome escalofríos gratis. Apostaba uno de mis sentidos a que ahora mismo se estaría retorciendo las manos si tuviera oportunidad, cosa que me olía terriblemente mal... Esta vez en sentido metafórico, claro.- Es... veamos. ¡Ah, sí! le vigilaba. Continuamente sabía qué hacía y no dejaba que el resto de las personas se acercaran a él -Fabuloso... ¿Es cosa mía o me está colando una trola tan grande como mi piano? Fruncí el ceño, suspicaz. El titubeó de su timbre de voz, cada vez más cargado de nerviosismo, se volvía agudo por momentos, delatando que me escondía...a saber qué. A saber por qué. - Muchos amigos suyos se fueron. Y esa tía intentaba alejarme de él diciéndome mentiras de él. Pero bueno... es pasado. No quiero hablar de ello.

Solté una carcajada. No fue una feliz, precisamente. ¿Acaso era necesaria una mentira para alejarlos? La sola fuerza de la verdad tenía que ser suficiente para aplastar el cráneo del cervatillo... Oh, por el amor de Dios... ¡Que le había puesto los cuernos!

- Pero resulta que de repente yo siento un fervor irreprimible de hablar sobre ello. No me puedes dejar así colgada a mitad de historia, esto es un coitos interruptus en todos los sentidos de la palabra –Silvia emitió un gruñido de queja, pero a tan poco volumen que difícilmente alguien que no fuese yo lo hubiera escuchado.- La curiosidad me mata, en serio... ¿Cómo pudiste ser tan...? Te llamaré inocente porque somos amigas, que si no... –acoté, antes de retomar con malicia y burlesca la pregunta que me rondaba.- ¿Cómo pudiste ser tan inocente como para no darte cuenta de lo que había entre ellos, si tan pegada estaba esa pava a tu pichurrín? ¡Joder, Barbie! Blanco y en botella es horchata, ¿sabes?

Me sorprendió oírla suspirar. Y más todavía que se mostrara exasperada y casi lapidaria cuando volvió a abrir la boca.

- Mira... no es tan fácil como lo pintas. Tengo demasiadas preocupaciones en mi cabeza como para notar todo eso. Gracias a Lucas cada vez me preocupo menos. Pero bueno... no me hagas hablar de ello, que ni siquiera tú quieres escucharlo.


Entreabrí los labios. Noté gotas de agua resbalando sobre ellos.

Había una clara advertencia implícita en sus palabras, algo que me dejó más cerca del mutismo de lo que había estado en toda la tarde. Noté un estremecimiento desagradable en los brazos, cosa que los accionó para seguir aplicándole el champú a Silvia. De repente me encontré deseando no haber sacado el tema. El agua rugió poderosamente, llenando el silencio.

Esperé pacientemente al cambio de manos, a que mis dedos cayeran sobre sus hombros y la rubita se diese la vuelta para aclararse el pelo, reuniendo así el valor que me hacía falta para poder hablar. Sabía que lo que iba a decir le molestaría, pero no podía morderme la lengua cuando había algo que gritaba de irritación en la base de mi cráneo.

- Lo único que quisiera escuchar es como envías a ese imbécil a la mierda –declaré, mostrándome fría, hierática. Más severa de lo que me había dejado ver hasta entonces. Sacudí la cabeza a disgusto, notando como las hebras de mi pelo se me pegaban en la columna. Podría contar cada una de ellas. Podría haberme distraído con el olor a champú y el rumor del agua, pero no lo hice. Tenía un objetivo muy claro. El enfado me quemaba la carótida- No le necesitas, ¿sabes? Si tienes problemas, lo lógico es buscar un psiquiatra, no un chico con pinta de mosquita muerta para que luego te apuñale por la espalda. Eso es algo rastrero e indigno. Mi madre es psiquiatra... pero no hace falta ser una para darse cuenta de lo poco que te valoras a ti misma cuando tu novio te pone los cuernos y ni siquiera puedes sacar una chispa de indignación.

No podía saber si estaba enfadada conmigo, no tenía pruebas suficientes con su ritmo cardíaco. Así que aproveche la duda y deslicé ambos brazos alrededor de sus clavículas, abrazándola desde su espalda. Incluso tuve el detalle de dejar cierta distancia entre nosotras para que no se sintiera violentada... no demasiado. ¿Verdad que soy un encanto?

Sonreí. Sonreí y bese el hueco empapado que había entre su hombro y su cuello, ahí donde más rosas habían, con ese olor que enervaba mi corazón y contraía toda mi carne, calentándola, mareándome por la intensidad. Por primera vez desde que nos habíamos metido en la ducha, no hice gesto por lasciva o por fastidiarla. Fue puro cariño.

- No estás sola, ¿lo sabes? Si te vuelve a fallar, yo estaré ahí a partir de ahora –para patearle el culo al ritmo de una canción de rock. Pero la cosa perdía efecto si decía algo así en voz alta, así que prefería callar. Cerré los ojos por dentro de mi antifaz, aunque el efecto fuera el mismo. Me sentía casi cohibida por lo que iba a decir, cosa estúpida por varias razones. La primera que yo no era así. La segunda, que ella ya lo sabía... pero era la primera que lo decía en voz alta sin que mi sentido del humor lo acompañara y eso me hacía sentir... desprotegida. Vulnerable. No era algo que me gustara sentir. Y la tercera... es que sabía que iba a ser rechazada. Otra vez. Pero no importaba.- Me gustas muchísimo, Silvia –susurré con dulzura.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Vie Mayo 31, 2013 8:10 am

No me esperé en absoluto ese gesto por parte de Eli. Siempre había pensado que era la típica chica que solo quiere pasarlo bien y pasa de los problemas ajenos. Pero parece ser que era más bien al contrario, una tía de lo más atípica. Era mi amiga.

¿De verdad me estaba abrazando con tanto sentimiento? ¿A mí? Sufrí un cortocircuito por no saber qué hacer.

Es que lo hacía ella, la chica de las bromas, la que para ella la vida era tan solo un chiste. Si vivías te lo tenías que pasar bien o si no era un desperdicio gastar tanto tiempo para luego morirte.

Me sentía dichosa de poder ser la que recibiese ese gesto. Estaba claro que no me lo merecía. Al fin y al cabo yo había sido la responsable de la muerte de mi familia y de la desdicha de mi tía. También es verdad que ella no lo sabía y probablemente nunca llegaría a saber la verdad. Pero sentir su contacto, piel con piel, había hecho que no perdiese la esperanza. Podía volver a sentir contacto humano, contacto de una amiga, la única que tenía. Su beso cerca de mi cuello me caló hondo. No quería picarme ni hacerlo pasar mal. Tan solo quería animarme. Me estaba demostrando que de verdad me quería.

Elisa y Lucas me querían. Esa revelación me emocionó. Aun así no quería mostrárselo. Verme llorar la incomodaba, lo podía presentía.

- No estás sola, ¿lo sabes? Si te vuelve a fallar, yo estaré ahí a partir de ahora. Me gustas muchísimo, Silvia –con esa dulzura no hubo manera de que pudiese contenerme.

- Jolín, Eli -pronuncié con dificultad a la vez que me daba la vuelta para abrazarla. En ese instante ni siquiera me importó estar desnudas y completamente pegadas la una a la otra. Es más, ansiaba no dejar un hueco entre nosotras. Sentía una presión en el pecho que desaparecía cuanto más fuerte la acercaba a mí- Te quiero. No como tú querrías, pero te quiero -susurré entre un llanto feliz.

Le importaba a ella. Tenía una amiga, mi mejor y única amiga. El ambiente se rodeó de silencio salvo por el agua de la ducha. Al menos fue así hasta que Eli no pudo evitar morderse la lengua.

- Oye, rubia... después no quieres que me haga ilusiones, pero que conste que eres tú quien me está aplastando las tetas... Lo digo porque como esto siga así no respondo de mis actos -contestó Eli con su toque vacilón para eliminar ese ambiente impregnado de sensiblería. Sin embargo sus palabras estaban acompañadas de unas palmaditas en mi espalda con el objetivo, supongo, de que supiese que lo que había dicho iba en serio.

Estaba claro que era la señal para que me apartase. No sé por qué la sonreí cuando ni siquiera podía verme, pero el caso es que le quería agradecer el gesto que había hecho por mí.

- Gracias -musité con más énfasis del necesario.

- De nada, mujer -contestó con toda su naturalidad a la par que me ofrecía su sonrisa más pura.

Me metí dentro del chorro de agua para limpiarme la cara y, una vez libres de cualquier resto de champú corté el agua y ayudé a Eli para que saliese de la bañera. El suelo también estaba bastante peligroso por todo el agua que habíamos esparcido, pero al menos la alfombrilla nos ayudaba a no resbalarnos.

- De verdad te digo que tenemos que limpiar esto -murmuré ante semejante escenario. Ella no lo veía, claro. Y no lo haría hasta que me hubiese puesto la ropa interior. El hecho de haber compartido un momento tan íntimo no significaba que dejase ya de vacilarme. Así que no. Ni aunque se desnucase la dejaría. Al fin y al cabo, cogidas de la mano como estábamos no podría correr ningún riesgo. En eso mi poder sí que era una ventaja.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Mar Jun 04, 2013 9:25 am

Tenía un dilema moral. No sabía si prefería soportar a la Silvia versión ñoña –aunque adorable, lo admito- abrazándome bajo la ducha o la que se comportaba como toda una ama de casa consumada y ya cercana a la menopausia. Ay, quién pillara a la menopausia...

Puse los ojos en blanco, de nuevo por dentro mi cinta.

- Claro. Deberías fregar... ¿en bolas, verdad? Reconozco que el argumento para una peli porno no está mal, pero no me parece demasiado práctico para la vida real...


Esa era mi forma de hacerle entender lo inoportunas que resultaban sus preocupaciones domésticas, pero, sobre todo, fue su excusa ideal para recuperar la ropa, asegurándose de no dejarme disfrutar ni por un momento de las maravillosas vistas que escondía en su carne.

Lo que fácilmente viene, fácilmente se va...

Qué putada.

- ¡Ding-dong! Les informamos que en estas instalaciones el secador de pelo queda terminantemente prohibido a nuestros clientes por motivos obvios; gracias –le informé, pinzándome la nariz para imitar la voz cantarina e inexpresiva que se podía oír anunciado productos en el súper o a través del contestador de un teléfono.

Era agradable tener permiso para ver otra vez, aunque la imagen no fuera la anhelada por mis ojos. Con ambas vestidas ya, mi fuente de diversión parecía haberse quedado sin agua potable. Una pena.

Me dediqué a observar de reojo los quehaceres de Barbie, mientras yo pasaba el cepillo de púas a lo largo de mi melena humedecida, tarareando entre dientes “On the top of the world”, dicharachera. Cualquier posible nudo se deshacía como mantequilla, sin dolor ni presentar pelea. Siempre había tenido un cabello que se merecería salir en un anuncio de Pantene, así que no debía concentrarme demasiado para que me quedara perfecto.

En cambio, la pobre Silvia parecía algo más apurada que yo. Arrugué la nariz ante el olor a pepino y aloe vera de la crema, siguiendo el recorrido de sus dedos sobre la masa carbonizada de su codo. Las curas a aquella herida resultaban patosas como poco...

- Sé que me voy a arrepentir de decir algo así pero... ¿Necesitas ayuda con... esa cosa a la que llamas codo? –pregunté, inclinándome un tanto hacia ella.

Nos habíamos sentado, la una en el bidet y la otra sobre la tapa del váter, de modo que teníamos las piernas entrelazadas pero las manos oportunamente libres. Así que no había excusa para librarme de...

Observé la carne hecha girones y arrugué la nariz. Ecs. Ojalá la hubiese.

- No, no te preocupes, gracias. Puedo yo sola –aseguró concentrada.

Sola. ¿Ella yo alguien para negárselo? Su negativa me alivio, lo admito.

Por los pelos, Eli. Te estás volviendo de un samaritano que asusta...

Intenté seguir cuidando de mis propios pelos, hasta que tuve la desgracia de caer en la cuenta de que la buenorra de mi amiga se las veía y las deseaba fingiendo que no necesitaba a nadie para cubrir ese angustiante cráter. Mi cepillo se detuvo.

- ¿Estás segura que quieres que te eche una mano? –insistí, arrugando la frente ante las contorsiones que hacía para envolverse el brazo con la venda. Era patética, la pobre. Como ver un perro persiguiéndose la cola. Si solo hubiese resultado la mitad de graciosa...

- No, de verdad que...


Solté un suspiro exasperado al extender las manos hacia las vendas de su brazo. Hasta para eso mentía como el culo, la pobre. Se las arrebaté.

- Déjalo, Barbie. No pretendas hacerte de rogar conmigo. Y estate quieta, lo de momificar no se me da bien...

- Pero...

- ¡Ah-ah! Las momias no hablan –aleccioné con una sonrisa traviesa irrumpiendo en mis labios. Silvia se mantuvo ceñuda, estúpidamente orgullosa porque le hubiese negado su capacidad para envolver sus cicatrices. Segundos más tarde, la oí suspirar un “gracias” resignado, tímido, casi hecho solo de hálito. Hay que ser idiota- En serio, alguien debería estar ahí contigo cuando te pongas estos potingues. Ya sabes, las adolescentes solemos estar rodeadas de adultos responsables que se encargan de tales marrones –puse una mueca, evaluando si era correcta la presión de la venda sobre su hueso.- Pero está claro que de ti han pasado mazo, guapa. Si no tienes padres, ¿con quién vives? ¿Con El Coco y El Mataniños?

Sería una manera de explicar tal negligencia parental. Realmente, Silvia no podría clasificarse en la lista “Chicas independientes que pueden cuidarse solas”, por lo que esa falta de atención que parecía sufrir me resultaba, como poco, sospechosa...

Y más teniendo yo una madre todoterreno, neurótica y divorciada apunto de llamarnos para cenar. Era un contraste demasiado grande.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Lun Jun 10, 2013 11:53 am

Genial, no podía haber hecho una pregunta mejor. Era la clave para averiguar que era una asesina. Tras saber que estaba con mi tía, después vendría el porqué de su falta de atención y como no lo entendería me tocaría decir cómo murieron mis padres. Entonces vendría la revelación de que me había cargado a mi madre y a mi perro.

Puede que ni supiese ni me gustase mentir, pero eso no significaba obligatoriamente que le tuviese que contar toda la historia. Había métodos mejores.

- Con mi tía -susurré. En ocasiones como esas habría estado muy bien pasar de Eli y el no poder hacerlo porque necesitaba permanentemente el contacto era una verdadera molestia. No me apetecía contárselo. Estaba revelando mucho de mi vida en realidad. Y, sinceramente, dudaba de que le apeteciese oírlo. Esa era la razón por la que nunca le contaba mis problemas o al menos no hasta que ella me lo preguntase.

Eli no dijo nada, tan solo estudió mi comportamiento, mi seriedad y desgana por hablar del tema. Yo en cambio prefería hacer algo útil, algo como limpiar todo el agua. No sabía dónde podrían estar las fregonas, por lo que recurrí a emplear la toalla que había usado como absorbe-líquidos. Estaba claro que antes de un próximo uso por parte de alguna posible visita a la casa de los Bertrán iría a la lavadora.

Me agaché sin necesidad de que ella lo hiciese tan bien. Podría limpiar ese estropicio con una mano. Obviamente lo limpiaría con la que tenía el brazo sin herida alguna, el codo aún me dolía. Bueno, para ser sinceros me dolía continuamente, pero a unos niveles que te podías acostumbrar con el tiempo. Lo malo era cuando había más presión de la normal por esa zona, como cuando alguien me sujetaba por ahí. En esos momentos sí que empezaba a preocuparme.

- Puedes dejarlo ya, Cenicienta, llegan los refuerzos de Don Limpio... -comentó al poco tiempo de ponerme con esas labores. Era increíble su poder pues, en cuestión de segundos su madre ya estaba en el piso de arriba y llamando a su hija. Estaba claro que ahora avisaba con tiempo para evitar otro momento embarazoso. Aunque en este momento tampoco podría haber muchas sospechas... ¿O sí? Al fin y al cabo seguíamos cogidas de las manos. Algo que duraría hasta vete a saber tú cuándo.

- ¿Elisa? ¿chicas? La cena ya está lista -avisó desde el pasillo. Casi parecía que le diese miedo entrar. A mí me lo daría conociendo a su hija, desde luego.

Lo malo era que todavía ni me había cepillado. Afortunadamente tampoco solía tardar demasiado... Cinco minutos a lo sumo. Pero con eso de que el secador estuviese prohibido y de que hacía mucho calor, agradecía poder tener el pelo empapado. Era una gozada.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Dom Jun 16, 2013 4:17 am

-         Soy una chica afortunada –comenté como quien no quiere la cosa, mientras obligaba a Silvia a bajar las escaleras en medio de un alegre trote cochinero.- Si no llegas a estar aquí, posiblemente me habría visto obligada a comerme el asqueroso suflé chamuscado. Pero claro, ¿hay que quedar bien con los invitados, no? –lancé una sonrisa mordaz por encima de mi hombro, apuntando a la mujer que nos seguía a cuatro escalones de distancia. Adriana entrecerró los ojos, haciéndome reír entre dientes.- Al final ha cocinado arroz a la cubana... –informé.

-          ¿Cómo lo has...?  

Ignoré la perplejidad de la doctora Bertrán, irrumpiendo con energía en el comedor para empaparme del fuerte olor de la comida caliente. La cocinera pasó de estar atolondrada a exasperada cuando le pedí que a mí me sirviese un plato insípido, a especialidad de la casa.

-        ¿Arroz solo? ¿Sin nada? Eli...

-         Me estoy volviendo muy sibarita con la comida, ¿qué pasa? –encogí los hombros, haciéndome la importante.  Mi madre negó.

-          Yo diría más bien que te estás volviendo algo rarita con la comida –contrarrestó, entrecerrando de forma milimétrica los párpados. — .Si no te conociera pensaría que... Porque tú te sientes a gusto con tu cuerpo ¿verdad? ¿Has desarrollado algún tipo de complejo o...?

-          ¡Oh, cielo santo, no! ¡Mamá, no! ¡Para! ¡Para ya! ¡Vade retro! –no habría quedado tan jodidamente raro el hecho de que elevase ambas manos para sacudirlas y detener su estúpida verborrea si hubiese soltado la mano de mi amiga. Al parecer, mamá no perdió detalle de ello. La oí tragar saliva.-¡Eres una neuras! Ni tengo problemas con lo que como, ni me preocupa ganar peso, ni me veo como una vaca burra... Es más, creo que estoy buenísima –hice amago de sonrisa traviesa hacia la buena de Silvia.- ¿Tú no crees que estoy buenísima? –Y como, tal y como esperaba, se quedó sin respuesta por sentirse en un aprieto, volví a atacar a mamá- ¡Además, prometiste que no me volverías a hacer eso!

-         Lo sé, lo sé. Mia culpa. Perdona... - sonrió levemente.

Fue entonces cuando pude relajarme lo suficiente, poniéndole una mueca de burla, para atender a la cara de “¿Qué me he perdido?” de mi amiga súper modelo de plástico.

-         Te he comentado que es psiquiatra, ¿no? Me estaba psicoanalizando. No puede evitar hacerlo todo el rato, con todo el mundo. Es una lata... 

-         Oh, Elisa, no exageres... Tampoco lo hago todo el tiempo. Sería agotador.

Mamá soltó una de esas risas casi mudas, incluso para mí, y nos hizo un gesto para que nos sentáramos en la mesa. Yo pude aguantar mi sonrisa dicharachera con aplomo, casi con orgullo. Barbie lo tuvo más chungo para no encogerse de incomodidad ante la atenta mirada de mi madre a nuestras manos entrelazadas. Reí entre dientes.
 
-       Estee... ¿Te gusta el arroz, Silvia? Puedo prepararte otra cosa, si no...

-         No, no. Está bien...

Ese tono excesivamente tímido que la rubia usaba con mi madre era encantador. Aprovecha sus titubeos para poder soltar su mano bajo la mesa, a tiempo que me encargaba de que mi muslo al descubierto quedara en contacto con el mío. Ay, cómo me gusta la carne...

Pero solo hay arroz. Lástima.

-         ¿Sabes? Adriana es muy buena en eso... –comenté distendidamente, mientras alargaba la mano para coger la garrafa de agua.

Eso, naturalidad. Como si tu madre no mirara a Silvia como a un subproducto de hamster susceptible a experimentos...  Me pregunté qué conclusiones habría sacado de vernos tan pegaditas aunque, fueses cuales fuesen, sabía que no le habían gustado demasiado.

-       ¿Buena... en qué? –Silvia parecía sentirse demasiado apabullada como para seguir la conversación. E incómoda. Sonreí, en una lucha para que los múltiples olores mezclados no me distrajeran.

-       Analizando a la gente. De cualquier situación te puede hacer un diagnóstico... –hice una palmada entusiasta en dirección a ella. Una idea de lo más maliciosa acababa de cruzar mi mente. Vamos a reírnos un rato...- ¡Mira, te pondré un ejemplo! Mamá, hipotéticamente hablando, –aclaré- si tú tuvieras una paciente que... tuviera un novio claramente inferior a ella, ¿no? Y que encima el chico le pusiera lo cuernos, a lo descarado, vamos... y tu paciente no reaccionara a eso más que llorando y diciéndole que le perdona porque lo necesita mucho en su vida y blah, blah, blah... chorradas así... ¿Tú qué diagnóstico le darías a esa persona?

Una de las perfiladas cejas brunas de mi madre se alzó más arriba que la otra, hacia la frente.  Masticó unos momentos su arroz, cavilando en grave pose pensativa, antes de responder al test.

-         Pues... yo diagnosticaría a esa persona de tener una grave carencia de autoestima, además de inseguridad en sí misma, dependencia realmente obsesiva hacia la pareja y... quizás un punto de descontrol en el sistema anímico... Es el perfil de la típica chica que podría tener como pareja a un maltratador.

Mi boca se agrando, igual que mis ojos. Todo por mi voluntad de fingir sorpresa, claro. Llevé una mano a cubrirme los labios, sobreactuada.

-          Vaya, vaya, vaya... ¡Pero qué interesante! –le hinqué a mi amiga la mirada tras varios segundos de falsa fascinación. Como si todo fuera un juego. Como si fuera hipotético- ¿No te parece  realmente interesante, Silvia?

 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Lun Jun 17, 2013 12:22 am

Fulminé a mi amiga con la mirada como muestra de mi indignación.

- Lucas no es un maltratador -me piqué. Mierda ¿Por qué para esas cosas soy tan impulsiva? ¿Por qué no habré podido cerrar la bocaza? ¿Y por qué estoy hablando sola? Dios... estoy perdiendo el juicio.

Ambas me miraron. Evité todo lo posible la de su madre, aunque fue ineludible la risita de victoria de Elisa.

- Maldita manipuladora -gruñí entre dientes a la vez que me tapaba la boca. No quería que su madre lo escuchase, aunque me daba a mí que aun así se habría dado cuenta. Disimulo las cosas de pena. Menudo fastidio.

Abochornada por mi comentario tan infantil, opté por poner toda mi atención en la comida. Pillé un buen trozo de arroz y lo mastiqué quizás con más rapidez de la habitual y entreteniéndome demasiado en no tragar. Sabía que Adriana me analizaba, que había dado en el clavo menos con lo de Lucas y que ella sabía que yo era consciente de todo eso. Me sentía muy incómoda. Demasiado. ¿Hasta qué punto descubriría todo sobre mí a lo largo de la cena? ¿Y de la noche? ¿Y de la mañana?

Madre mía... Su madre no me va a tragar y no va a querer volverme a ver. Tenía que intentar hacer algo para que no ocurriese eso. De lo contrario quizás me quedaba sin esta chica tan chinche. Sin ella se haría todavía más horrible las horas de espera hasta el momento en que pudiese quedar con Lucas.

¡Piensa algo, corre!

- Está muy buena la cena -sonreí con educación una vez había liberado mi boca. La miré un segundo. El justo para ver que todo seguía igual que antes.

Genial... Me estoy volviendo loca. ¿Por qué la presión me afectará tanto? ¡Esto es insufrible!

Intenté hacer como que no me daba cuenta bebiendo un poco de agua . Madre mía... ¿Tan largos son los silencios incómodos aquí? ¿o es que lo hacen aposta las dos para alterar mi ritmo cardíaco? Podía estar segura de que Eli se daba cuenta de ese detallito, pero no sé hasta qué punto lo haría también su madre.

Joder, en estas ocasiones está claro que mi madre tenía razón. Soy demasiado transparente.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Jun 22, 2013 10:01 am

Menudo espectáculo. Y yo sin pagar entrada. 
Reí entre dientes un segundo antes de coger una cucharada de arroz blanco y llevármelo a la boca, la mar de orgullosa del lío que había montado. Mastiqué, sin saber qué me parecía más gracioso... La mirada, entre perturbada y analizadora de mamá, o la indiscutiblemente esquiva e incómoda de la rubita. 
Adoraba meterla en apuros.  
Su corazón casi hacía retumbar los cristales. 
-          Lucas es... ¿tu novio? –tanteó Adriana tras un largo silencio que les sirvió a ambas para recomponerse. Las observé con una chispa de travesura. Luego acabó balanceando la cabeza en gesto negativo.- Lo siento, no quería... no quería inmiscuirme... Soy una entrometida –se disculpó mami.  
-          Oh... No... si... si no pasa nada –empezó mi apocada amiga. Carraspeó.- En realidad...sí... sí que lo es. 
-          Ah... 
Señoras y señores, he aquí un diálogo de besugos. 
Mamá soltó el aire y vi cómo me mandaba una mirada por el rabillo del ojo antes de que sus hombros se relajaran un tanto. Como si hubiera perdido parte de una carga muy pesada. Rodé las pupilas.
¿Cuánto tiempo más debería esperar para hacerle saber mis... particulares gustos sin que se le parara el corazón? Cómo si no fuera evidente, independientemente de Silvia. Mira que era suspicaz, la tía, pero cuando no se quería dar cuenta de algo...
Ocurrió igual con papá. Era evidente para el mundo entero excepto para ella que él la engañaba. Fue demasiado lenta a la hora de detectarlo a tiempo... Lástima. 
Suspiré.
Adriana parecía tener especial interés en ella. Sabía la mirada que ponía cuando analizaba a una persona y era justamente aquella... Las pestañas milimétricamente tornadas sobre sus ojos y una capa brillante, casi lacrimógena, alrededor de su iris. Casi podía oír los engranajes de su cerebro trabajando. 
Y, aunque no conocía tan bien a Silvia, sabía de sobras que aquella situación no la podía hacer sentir excesivamente cómoda, que se diga. Me lo demostraban ese sudor frío en su nuca y los baches de su irregular corazón, el cual casi estalló cuando tocaron el dichoso timbre. 
Gemí y me tapé los oídos, llena de dolor. Claro que sabía que estaba llegando alguien, pero ni siquiera había tenido tiempo de inventarme una excusa factible para explicar ese conocimiento a mi madre. ¿Cuánto tiempo debería esperar a hacerle saber que su hija era... un monstruo?
Mejor indefinidamente. 
-          Voy yo –se apresuró Adriana. 
Sonreí con descaro al verla cruzando el comedor, en dirección a la puerta. 
-          De la que te has librado, rubita. 
Aún y poniéndome su peor cara, Silvia estaba guapísima. Su pelo mojado y oloroso por el champú, sus mejillas sonrosadas, su ceño fruncido... Nada podría haberme distraído de aquello. Nada excepto... 
-          ¿Erika...? –susurré, extrañada. Sentí a mi amiga respingar incluso cuando yo me había girado sobre mi propia silla, en dirección a la conversación que se mantenía en la entrada de mi casa. Fruncí el ceño. 
-          ¿Q-que...? ¿Qué está...? –el corazón de Silvia se volvió un colibrí. Y yo inspiré con fuerza el olor de los lirios en la puerta, con la frente arrugada.- ¿Ella...? ¿E-está aquí...? 
-          No... Es el mensajero –murmuré, concentrada. Separé los labios, perpleja por lo que oía.- Alguien me manda...flores... 
Ni los pasos de mamá de vuelta ni el fuerte olor de aquel ramo con doce lirios ayudaron a que mi mandíbula volviera a encajarse. Eran increíblemente hermosos... 
-          Vaya... Según esto...parece que tienes un admirador secreto, Elizabeth...
Lo podía ver incluso desde lejos. Aquella nota enredada en los tallos, con el suave trazo de mi nombre escrito en tinta, elegante, decorando la estampa final y olorosa de un conjunto de flores que resultó como una caricia cuando extendí los brazos para tomarlas, extasiada. 
Estaba sonriendo tanto que empezaron a dolerme los carrillos. La nube de aquel aroma lo envolvía todo de forma encantadora. Hundí la cara en el colchón de pétalos. 
-          ¡Oh, cielos! ¿Habéis visto esto? ¡Es enorme! Son... ¡son preciosas! Y huelen tan bien... 
-          ¿Alguna pista de quién te las manda? –quiso saber mamá, con una ceja en alza. La encontré un punto recelosa. 
Alguna... pero no era posible que la primera persona que pasara en mente me... 
Encogí los hombros. 
-          Ni idea, pero molan mazo –con eso me contentaba, despreocupada. Mi querida madre no. 
-          Eli, acabamos de llegar al pueblo y...
-          Y ya estoy arrasando, ¿eh? –me burlé.  
-          ...solo digo que lleves cuidado con estas cosas. Si un desconocido te manda lo que sea, hay que... 
-          ¡Denunciarle a la policía! –reté cómicamente.- ¡Eso por patán! No vaya a ser que me corte con el filo de estos mortales pétalos... 
Adriana bizqueó. 
-          ¿Qué te tengo dicho? 
-          En esta casa no se toleran los sarcasmos después de las ocho de la tarde, lo sé –sonreí de medio lado. Me sentía más que contenta con ese tacto y ese olor envolviéndome. Demasiado para preocuparme por algo.- ¿Y yo que te tengo dicho?
-          ¿Qué...?
-          Que no conviertas a mis posibles pretendientes en carne de manicomio –la escarmenté, para luego reír con alegría. Le lancé una mirada a Silvia sobre el muro de flores que ahora se interponía entre nosotras. Pero no entre nuestros muslos, claro.- Eso te incluye a ti también, faltaría más. Intentaré no ponerte muy celosa, Rapunzel... 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Mar Jun 25, 2013 11:05 am

Ni siquiera reaccioné ante su intento de ponerme de los nervios. Ya lo estaba. Era ella, la loca que nos había amenazado la que le había enviado las flores. Estaba en peligro ¿pero cómo se lo decía? Mis latidos seguían con la misma intensidad a las que la buena de mi amiga me había sometido. Al menos por ahí no me podría pillar de buenas a primeras.

- ¿Y si tu madre tiene razón? -tenía que ir con mucho cuidado para ocultar mi excesiva información, de ahí que no mirase a los ojos de ninguna de las Bertrán. Todo el mundo podría hacerme sacar las cosas cuando me sometían a sus miradas. Era patético. Por eso jugué a mi favor y opté por sorber un poco de agua. La clave estaba en intentar que pareciese todo algo de lo más cotidiano.

- Ya... oye, Barbie, ¿intentas insinuar algo? Si es así, habla ahora o calla para siempre. A mí me gustan los lirios, las cosas claras y el chocolate espeso, ¿sabes? -como es habitual en ella me lo dijo con su sonrisa resplandeciente acompañada de una pose burlona.

Me encogí de hombros, disimulando todo lo posible la horrible situación en la que estaba. Tenía que intentar que Lucas estuviese a salvo.

- Lo único que digo es que hay gente de todo tipo y no es muy normal que te regalen flores de buenas a primeras cuando no llevas ni un mes en Valle Perdido.-De nuevo no mentía y no traicionaba a la que nos quería hacer sufrir. El único traicionero era mi corazón, que no paraba de latir.

Me llevé un poco de arroz a la boca, concentrada en saborear la cucharada. Era una buena manera de intentar recuperar el escaso control que me quedaba. Sin embargo ese arroz me recordó a mi madre. Le había salido tremendamente parecido. ¿Hace cuánto que no comería este plato? Seguro que hace más de un año... Tendría que apuntarme la receta para hacérsela a Lucas. Una cosa es que no tenga hambre y no me apetezca cocinar cuando no hay gente, pero con Lucas todo cambiaba.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Adriana Bertrán Costa el Vie Jun 28, 2013 8:20 am

Aquello estaba mal. Mal, mal, mal.

Los lirios, y la actitud de la amiga de Eli al verlos, me decía que algo iba... mal. Mal, mal, mal. Pero que muy mal.
Era una impresión empírica, no la propia de una neurótica, por mucho que dijese mi hija.

Seguí observando a la chiquilla de bucles dorados. Daba la impresión de ser... La clasificaría de esquiva. En todos los sentidos de la palabra. En que quería escurrir el bulto y en que se le daba bastante mal hacerlo. En que no buscaba en ningún momento el contacto visual directo ni conmigo ni con mi hija. Al principio podía atribuir todo eso a la timidez, pero... No.

Había  más en sus gestos de nerviosismo. Podía detectarlo. Ocultaba algo, lo supe sin amago de duda en cuanto estudié esa contracción de espanto ante las flores que le habían mandado a mi niña. Lo vi  en el casi invisible temblor de sus manos. Parecía asustada... ¿Irracionalmente?  

No sabía por qué me parecía una reacción desproporcionada cuando yo pensaba igual, pero estaba claro que Silvia tenía algo que decir. Algo que se callaba.

Me alegré a pesar de todo de que me diera la razón con el tema de las flores. Ya éramos dos contra una, la presión de grupo solía incidir en los individuos que...

-          Genial,  chicas, gracias por convertir un gesto precioso en un thriller de terror –Elizabeth rodó los ojos, exasperada. Casi olvidaba que ella solía saltarse todas las normas de mis libros.  Miró las flores que guardaba en su regazo.- Quizás deberíamos esperar a que, sea quien sea el que me manda esto, empiece a enviarme miembros cortados que configuren un I-LOVE-YOU para preocuparnos, ¿no?


-          Puede empezar a considerarse acoso mucho antes que eso –rodé los ojos de forma agria. La inconsciente de mi hija siempre me obligaba a preocuparme por doble, por el simple motivo de que ella se negaba a hacerlo.- He tratado con muchas mujeres y hombres que han sido acosados y te aseguro...

-          ... que estás exagerando. Otra vez –completó ella. Bizqueó observando a su amiga Silvia.- ¿Qué pasa? ¿Celosas de que yo tengo un admirador y vosotras no? ¡Oh, vamos! Tú estás recién divorciada y ahora vivirás la vida loca... Y tú tienes novio... ¡A mí también me toca disfrutar!


-          Pero...

-          ¿Tan malo es que alguien se interese por mí?  -me retó, fastidiada.

Suspiré. No había forma de razonar, pero supuse que eso era porque tenía su parte de lógico. Eran solo flores... pero empezando con eso había visto tantos casos que entraban en obsesión... y Elisa era tan pequeña y adorable que sería blanco fácil para...

Sacudí la cabeza. Solo son flores.

-          Supongo que no –tuve que conceder, resignada.

-          ¿Verdad que entonces me harás el favor de meterlas en agua y subirlas a mi cuarto, mami? –sonriendo de forma resplandeciente y vacilona, Elizabeth me tendió el regalo que le habían mandado a través de la mesa. Arqueé una ceja.

-          ¿Es que no tienes piernas?

-          Mis piernas están ahora ocupadas. ¿Verdad, rubia?

No quise ni mirar el gesto picaruelo que tuvo hacia su amiga. Y mucho menos el sonrojo de esta. No... no podía ser. Ella tenía novio, ¿verdad? Lo había dicho y repetido... Además, Elisa no...

Ninguneé mi intuición. Era casi tan innecesariamente angustiante  como lo había sido con los lirios. Tal vez tenía razón y eran un gesto inocente. Ojalá que lo fuera, pero subirlos a su cuarto dentro de ese jarrón barato y hortera que compró Jorge no me pareció, ni de cerca, algo que una persona cuerda haría.

Las observé con el ceño fruncido. Eran doce, de calidad. Las había comprado alguien con dinero. Tallo perfecto, blancas, frescas, olorosas. Y esa nota, esa hoja enredada de caligrafía perfecta...

Era una letra oscilante, elegante, casi en cursiva,  se inclinaba ligeramente a la derecha y la tinta negra dibujaba solo tres letras. Gruñí, lamentándome de dos cosas. La primera es no haberme apuntado al módulo de grafología cuando tuve oportunidad...quién sabe si hubiera podido sacar algo de eso.

Eli...


La segunda es que mi ex marido jamás me había regalado unas flores tan caras. Él tenía otro estilo. Cuando empezamos a salir, Jorge prefería seguir “impulsos románticos”, como él los llamaba, que le animaban a saltar las vallas de las casas para arrancar pensamientos en mi honor. Aunque no siempre era así. A veces se molestaba a ir hasta el campo a coger tulipanes y margaritas... Entonces volvía siempre con esa sonrisa de chico malo que acaba de hacer una travesura y me las tendía. Con esa sonrisa...

La misma que tenía mi hija. La nuestra...

Me llevé una mano al pecho, atormentada. Dolía.

Sabía que era normal, que todo tenía su proceso de curación... Mi red neuronal aún asociaba el concepto de Jorge con una sensación de desgarro interno que debía evitar a toda costa. Eso se solucionaba no pensando en él... La pena es que no era algo tan fácil de hacer como de proponerse.

-          ¿Qué tal estaba el arroz? –les mostré mi mejor sonrisa improvisada cuando regresé al comedor y recogí los platos, el mío incluido. Casi no lo había tocado, pero de repente ya no sentía nada de hambre.

-          Muy bueno. Gracias –Silvia me sonrió, tímida. Esta vez sí que se atrevió a mirarme, así que le devolví el gesto. Mírala, qué educadita...

-          Ya lo puedes jurar, solo te faltaba rebañar el plato, Rapunzel... ¿Cuántos años hacía que no comías caliente? –se burló mi hija.

-          ¿Y qué tal si rematamos eso con mi famoso pastel de chocolate? –invité, animada.

Eli agrando sus preciosos ojos y su sonrisa. Era tan bonita...

-          ¿Has hecho el pastel? ¡Alabado sea el Señor! ¡Creí que lo que olía esta tarde eran más brownies para las vecinas! –se contentó. Enseguida, pero, un brillo de sospecha le caló los iris. Caviló con lentitud- Eh, un segundo... tú solo haces tu pastel en los cumpleaños o cuando... –el labio inferior mordido detuvo su cháchara, divertida- ¿Esto es una especie de prueba para comprobar si me he vuelto anoréxica, doctora Bertrán?


Me encogí de hombros.

-          Nunca está... de más asegurarse.

-          Nunca llegará el día en que rechace tu pastel –contrarrestó, dicharachera. No pude soportar más el cariño que guardaba dentro. Con una sonrisa, me incliné a aplastarle un beso de adoración en la mejilla y, acto seguido, le revolví el pelo mojado, girándome hacia Silvia.

-          ¿Tú quieres? Te gustará, ya verás...

-          Vale –cedió, tímida.

En esos momentos me pareció casi tan tierna como mi Eli. Fue inconsciente, pero mi mano iba a acercarse también a palmear su cabeza de color arena...

Pasaron tres cosas alarmantes. Silvia saltó de forma sorpresiva de la silla, asustándome con su cara teñida de horror. Se alejó de mí lo que puso y más. Elizabeth soltó un grito sordo que acabó de poner mis pelos como escarpias. Cayó de la silla con los dientes apretados, prensándose la tripa a tiempo que a los platos resbalaban entre mis dedos. Estallaron contra el suelo.

Entonces dejé de pensar. Solo pronuncié un nombre.


-          ¡Eli! 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Lun Jul 01, 2013 12:21 pm

Ahí estaban de nuevo.


Filos afilados como dientes de sierra masticando mis vísceras. Chillé. Tenía mis motivos.

Lo que no alcancé a deducir es por qué mi madre y Silvia hicieron igual. 

-          ¡Eli! –ambas habían pronunciado mi nombre a destiempo.
Pasos a la carrera. Una mano en mi brazo. Alivio.
Respiré. Fue instantáneo y reparador.

-          ¡Eli! ¡Elizabeth! ¡Elizabeth! ¡Cariño, di algo! ¿Qué te...?


-          Deja de gritar –gruñí, abriendo los ojos para dedicarle una mirada de aburrimiento a la histérica de mi madre, desde la posición fetal que había adoptado en el suelo. Adriana vació sus pulmones. Pude oírlo.

-          ¿Estás bien? ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ha pasado? ¿Estás...?


-          Bien, sí. No seas tostón –intenté elevarme sobre mis codos, echándole mi mirada de “ya te vale” a la rubia que me sujetaba desde la espalda.

Apenas fui capaz de reaccionar cuando mamá me puso la mano en el estómago y la otra la usó para punzar mi barbilla, obligándome a clavarle la mirada. La suya estaba rebosando en preocupación.
 
-          ¿Qué? ¿Es que una no puede tirarse tranquilamente de la silla sin que se monte un drama a su alrededor? –bromeé, con una sonrisa pícara.

Si la tensión tenía un olor, era... ese. El que desprendía mi madre al tocarme la barriga, angustiada, y en el gesto envarado de Barbie mientras la seguía con la mirada.

-          ¿Te duele aquí?  -prensó un tanto el costado derecho de mi abdomen, llena de ansiedad.

-          No.


-          ¿Y aquí?


-          Mamá...


-          ¿Sientes nauseas o...?


-          No.


-          ¿Pero te dolía?


-          Sí, pero...

-          ¿Qué tipo de dolor era? ¿Cómo un pinchazo o como...?

-          Ahora mismo lo que me duele es la cabeza –bufé, elevando la vista al techo por la exasperación.- No ha sido nada, de verdad... Me habrá dado un calambre.

-          ¿Un calambre? –repitió, sacudiendo la cabeza con nerviosismo. Parecía escéptica. Siempre lo era.

-          Sí.

-          No –negó en rotundo, preocupada. Era como si hubiera fallado en el test de conducir, no admitía discusión. Genial... La vi cavilar, recorriéndome todo el cuerpo con una expresión propia de un investigador forense.- Quizás... Debería llevarte al hospital, Elisa. Podría ser apendicitis o un ataque de piedra al riñón o algo...

-          O lepra. Podría ser la lepra. Eso entra dentro del abanico de posibilidades de “o algo” –opiné, cómicamente fúnebre. Mamá me fulminó con la mirada y yo aproveché para sonreír todavía más.- No sea plasta, doctora Bertrán, o tendrá que acabar diagnosticándose  de hipocondría a usted misma... Estoy perfectamente.


-          Estabas gritando de dolor hace solo un minuto –me corrigió, dura.- ¡Eli, eso no es normal! Deja que...

-          Era un grito agónico porque estás tardando demasiado en traer tu pastel –apunté con diplomacia. Ella iba a contestar. Pero la interrumpí.- Mi estómago está perfectamente bien. Déjame a solas con la tarta y una cuchara y si quieres te lo demuestro...


Mientras iba diciendo esto, mis piernas se habían flexionado lo suficiente para ayudarme a despegarme del suelo con energía. La rubita se aseguró de no soltarme esta vez y mamá no se perdía detalle de nuestros gestos, con esa mirada indagadora hurgando en mi piel. Le sonreí de nuevo, para que se cerciorara de que estaba bien.

-          Si te quedas más tranquila me puedo ir a tumbar ya al cuarto... –sugerí.- Puedes traernos el chocolate a domicilio. Eso lo cura todo, ¿no?


-          Un dolor de barriga desde luego que no...

-         Vale, me has pillao... Estoy preñada y mi hijo necesita azúcar, a eso se reduce todo –hice la sobreactuación propia de una tragicomedia de esas venezolanas, llevándome dramáticamente la mano a la frente. Volví a hablar, usando acento argentino – Tráete un pedazo grande, boluda, que Armando me acaba abandonar  y necesito algo de consuelo en las propiedades mágicas de vuestro pastel. El cacao es re-lindo para las depresiones...


Mamá encogió sus hombros, todavía seria.

-          No exactamente... De alguna forma el cacao hace que la serotonina se multiplique. Es una sustancia que regula miedos, ansiedad... Por eso la gente dice que el chocolate va bien en los casos de depresión. No es del todo cierto, pero... Quién sabe. Puede que te cause un alivio momentáneo, Silvia
.
Apenas si la miró al decir aquello.

Mejor. Así no pudo fijarse en mi mandíbula descolgada como si le hubiesen arrancado las bisagras a una puerta, ni piel descolorida por la falta de sangre en las mejillas. La mirada aturullada que le lancé a Silvia me bastó para cerciorarme de lo que acababa de oír.

No puede ser...

 Mamá prometió traernos el pastel a la habitación en cuanto acabara de recoger el estropicio de los platos, aunque repentinamente, eso ya no era lo que me interesaba. No pude quitar mi vista de mi amiga mientras subíamos las escaleras, con las manos cuidadosamente entrelazadas.

Tragué saliva. Y no tardé más en preguntarlo.

-          Tú... ¿no estarás deprimida, verdad? 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Miér Jul 03, 2013 10:53 am

Abrí los ojos de la sorpresa.

¿Deprimida? Nunca me había puesto a pensarlo, pero lo cierto es que reunía todos los requisitos para serlo.

Giré la cara, mirando el lado opuesto. A falta de no saber qué contestar opté por el silencio. Sí, estaba deprimida. Seguro que esa era la razón por la que cuando estaba sola me sentía vacía y sin fuerzas para hacer nada.  Sin fuerzas para limpiar o comer a no ser que Lucas fuese ese mismo día. Mi novio era el centro de mi vida, pero probablemente lo sería porque lo había perdido todo y, como tal, había conseguido depresión. Quizás no era así y simplemente echaba de menos a mis padres, quién sabe. Pero había algo seguro. Y es que me daba igual lo bien que me cayese Elisa y que fuese mi mejor y única amiga: no quería contarle mis problemas. Seguramente me apoyase, pero para eso tenía a Lucas. Lo bueno de Eli era su alegría de vivir, que me contagiaba. Me hacía sonreír y preocuparme de cosas tan absurdas como puede ser que me vea desnuda. ¿Qué es eso comparado a un genocidio sin siquiera proponértelo? Por eso la respuesta era clara.

- No -fue seco y con demasiado destiempo para que colase. Ella lo notó, abriendo aún más los ojos. Era imposible engañarla. Lo mejor era dejar las cosas claras. -No quiero hablar de eso.

Mi amiga se calló incluso cuando nos tumbamos en su cama. No paraba de mirarme. Demasiado fijamente para mi gusto. Me tumbé de la do en la cama, dándole la espalda. No quería que mirase dentro de mí, que notase lo desgraciada que era. Quería que me tratase como a otra más.

- Pues deberías -pronunció en tono seco.- Las amigas se suelen contar este tipo de cosas. ¿De qué tienes miedo? ¿De contagiarme el pesimismo? Mi campo de fuerza es como un limpiaparabrisas, ahí me rebota todo, así que cuenta...

Suspiré, alicaída. Qué suerte tenían algunas...

- Pero a mí eso no me pasa -repliqué-. Mi vida es una basura y es pensar en ella y hundirme en la miseria. Así que no, no me apetece hablar de eso.


- Oh, Dios... Dramón adolescente en tres, dos... -me giré en su dirección para ponerle una mala cara. Se quería reír de mí- ¡Oh, buah, mi vida apesta! ¡Oh, qué pena de mí! Oh-oh-oh, qué triste es todo- teatralizó con unos burdos pucheros, como si hiciese una obra dramática. De pronto el dolor en mi pecho fue creciendo. Cobraba mayor fuerza con cada palabra que pronunciaba. Fruncí el cejo.- ¡Oh, o sea, tengo un trauma tan superhorrible, chica, que es que no puedo ni hablar de ello porque me tiemblan las piernas! -Ahora le tocó el papel de pija asquerosa. La fulminé con la mirada. De pronto me empezó a caer mal. Muy mal. La que se suponía que era mi amiga no paraba de provocarme dolor. No, era peor, conseguía que tuviese todo: pena, rabia, odio, repulsión... Apreté los puños. De pronto me apetecía pegarla, pero no debía. Tenía que controlarme.- Qué mal, qué supermal está todo... ¡Yo antes era la reina del baile de mi insti y ahora solo soy una pringada con guantes que no puede ni tocar al palurdo de mi novio...! ¿Se trata de eso, Doña Vidapestosa?

¿Qué? ¿Pero qué se había creído? Sí, ojala fuese solo eso. ¿Quería mierda sobre mí? ¡Muy bien! Tenía para dar y regalar.

- Pues mira, se trata de mucho más. -Pronuncié con excesivo rencor- ¿Quieres saber qué me pasa, no? -solté una risa sardónica- Muy bien. Tú lo has querido. - Mi tono era medio. No gritaba, pero desde luego tampoco susurraba. Tan solo me controlaba para no estamparla contra la pared- Me pasa que eres la primera persona en meses a la que toco de esta forma. No sabes lo duro que es tener que pensar constantemente que a la mínima puedes matar a alguien. ¿Y sabes qué? -la miraba a los ojos. Quería soltar todo el veneno que había acumulado- Adivina quién fue la última persona a la que estuve abrazada durante más de diez minutos? -Volví a reírme de esa forma- ¡Mi madre! -Elisa se quedó helada. Pero continué- Exacto. La tuve en mis brazos muerta y empapada de sangre. Así que ni se te ocurra decir que es un "dramón adolescente" -hice el símbolo de las comillas en el aire, completamente iracunda.

No tardé en volver a darle la espalda y quitarme las lágrimas que ya amenazaban con salir a borbotones. Era un círculo constante: pena, lágrimas, mucho dolor de cabeza. Pena, lágrimas... y así continuamente. Era agotador, así como también lo era decir en voz alta tus problemas de vez en cuando. De repente me sentí completamente expuesta, a la espera de que Eli volviese a ser tan insensible como lo había hecho antes.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Mar Jul 09, 2013 7:59 am

Ups.
Dejé el buzón abierto por el shock. Aquello no estaba dentro de la lista de posibilidades...
¿Moraleja? No metas las narices donde no te concierne o te quedarás chata.
A eso se le llama ser una bocas. Pero de las grandes.
Puse un mohín de apuro cuando el aire se enarboló con el aroma a lágrimas... ¿otra vez? ¿Cuánto podía berrear esta chica? De un momento a otro su capacidad de producir líquidos debía verse reducida, era física pura...
O al menos rezaba para que así fuera. Aquello no me resultaba para nada divertido, todavía menos si tenemos en cuenta el picazón de culpa trepando por mi columna.
 Me mantuve tensa por la incomodidad de estar pegada a su piel mientras Silvia lloriqueaba dándome la espalda, abrazada al peluche de Stitch que me había regalado papá el día que me llevó el cine a ver la peli. Me encantó.
Tanto la película como el detallito de después.
Y este último estaba quedando arruinado por un drama que yo misma había provocado sin querer. Qué desperdicio...
-          ¿Te importaría no llenar de mocos a Stitch? Enjabonarlo no es fácil y si lo meto en la lavadora se encogerá... –informé. Sabía que era estúpido preocuparse por eso después de lo que me había dicho, simplemente solté lo primero que paso por mente y empujó mi inoportuna lengua.
Y creo que la cagué. Otra vez.
-          ¡Vete a la mierda!
Pegué un respingo, sobresaltada.
El castigo vino por doble. Primero en forma de horribles vibraciones estallando en mis oídos, causadas por el grito de Silvia, y segundo porque usó mi propio peluche para golpearme en toda la cara, dejándome aturdida con ese olor a pelo sintético. Por si no fuera poco- que, por lo visto, no lo era- la muy zorra tuvo la genial ocurrencia de ser la que se desplazara.
 Porque no, aunque ella me había enviado a un sitio que era de todo menos bonito,  no podría haberme movido de donde estaba. No cuando me soltaba, porque sin su milagroso tacto, las agujas en llamas volvían a reunirse en mi abdomen y en los riñones, deshilándome desde dentro.
Esta vez fui lo suficientemente inteligente como para no gritar. Sabía que mi madre podría oírme... y si eso pasaba, ya me veía de cabeza en urgencias, intubada y con hora para quirófano.
Convulsioné sobre la cama, clavando con desespero dientes y uñas en la masa blanda del peluche y acordándome de la madre muerta que parió a esa rubia hija de puta. Las agujas exprimieron mis órganos. Sollocé secamente.
Mis ojos se habían cerrado, ardorosos, sabiendo de sobras que no existe alivio suficiente cuando te mueres de dentro hacia afuera... o al menos, no lo hubo hasta que sentí de nuevo su mano sobre mi muñeca, acompañado de un suspiro que me pareció cargado de resignación.
Fui rápida. En cuanto pude recomponerme, escupí el pelaje azul de Stitch de entre los dientes, a tiempo que me aferraba también a ella. Mi pierna hizo un movimiento de sega contra las pantorrillas de Silvia, uno que me habían enseñado en judo. Bastó para hacerla caer sobre mí y darle la vuelta a la tortilla en cuanto me puse encima de ella, iracunda. Luego también le agarré la otra muñeca, inmovilizándola. No creo que pasaran más de cinco segundos durante el proceso.
La fulminé con la mirada. Aquella situación me habría puesto mazo de burra si no sintiese la sangre hervir por la putada que me acababa de hacer.
-          ¡Niñata sádica y estúpida! ¡¿Crees que yo tengo la culpa de lo que pasó, eh?! ¡Al menos yo no te hiero a propósito!  ¡Ni se te ocurra volverme a...!
Me obligué a callar. Tuve que hacerlo... La visión de aquellos ojos almendrados, tan dulces, acuosos, tristes...
Silvia le habría robado el alma a cualquiera con esa expresión. Era tan atractiva, incluso cuando lloraba....
Prensé los labios, notando como, de nuevo, la culpabilidad trepaba, picajosa, a través de mi espalda, como hielo que lamía las brasas de mi enfado. Lo apagó. Solté un gemido, apenada, antes de dejarme caer sobre ella y abrazarla fuerte, procurando que nuestras mejillas se mantuviesen pegadas. La suya seguía mojada.
-          Lo siento... Lo siento mucho, Silvia. Lo siento... –canturreé en su oído, inspirando las rosas.- Es que... yo... No sabes lo mala que soy para estas situaciones, nunca sé qué decir, así que... Bueno, suelto la primera chorrada que se me ocurre casi siempre. Luego he de pasar la vida disculpándome. Lo siento. No me puedo ni imaginar esa clase de... dolor...
Y lo peor de todo es que mentí. Sí podía imaginarlo, claro que sí. Estuve muy cerca de sentirlo cuando apenas cumplí los cinco años...
La imagen de mi padre con la camisa empapada en sangre me puso los pelos como escarpias. Aproveché el estremecimiento para bajar de encima de mi amiga, sin soltarle por eso una de sus manos.
-          Yo que tú aparentaba normalidad –le recomendé, aclarando mi garganta.- Ahora mismo la doctora Bertrán está subiendo las escaleras con el pastel... 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Sáb Jul 13, 2013 9:55 am

Hice caso a mi extraña amiga y me limpié la cara a toda velocidad, concentrada en poner una expresión que no fuese la de tristeza y emoción. Lo de mis padres era como un hueso roto sin tratar y las palabras de Eli, completamente inesperadas, hicieron un efecto de anestesia.

Percibí a Elisa por el rabillo del ojo quitándose mis lágrimas de su mejilla e improvisando su mejor rostro. Era una especialista en el arte de la mentira. Yo no llegaba ni a la suela de sus zapatos. Era patética.

En pocos segundos escuché los pasos de su madre aproximándose a la habitación. No tardó en abrir y pararse en seco. Me propuse esquivar esa mirada analítica que sabía que me estaría dedicando en este mismo instante. Era lo único que no paraba de hacer desde que me había visto y no me hacía gracia que se fijase en mí. Me ponía de los nervios. Quería ocultar mi vida y ella no me dejaba. No cabía duda de que era una gran psiquiatra.

- ¿Va todo bien? -Parecía una pregunta inocente, pero no la conocía lo suficiente como para asegurarlo. En respuesta afirmé con la cabeza en lo que me entretenía a mirar el peluche que le había lanzado a Eli hace un momento. Me gustó mucho la peli cuando la vi, aunque tampoco hasta el punto de tener uno de Lilo o de Stitch.

- Sí, mejor que bien. Todo en orden por esta zona, mi capitán -contestó su hija con plena naturalidad, como si hubiésemos estado hablando de vaqueros. Envidiaba su desparpajo. Jessica, mi antigua amiga, también tenía un poco, pero no hasta tal punto, por supuesto. Ella era única en su especie.

No llegué a alcanzar la expresión de Adriana con exactitud, tan solo un rastro de sonrisa. Me costaba muchísimo aparentar naturalidad y creo que no lo conseguí ni por asomo. Sentí su mirada clavada en mí a la par que dejaba el postre en el piano. Se quedó ahí unos instantes, casi juraría que indecisa.

- Si necesitas más solo tienes que decírmelo, Silvia -esta vez no pude evitarlo y le dediqué una mirada desconcertada. ¿Cómo podía ser que me leyese con tanta facilidad? Ella me respondió con un rostro dulce. ¿Hacía cuanto que un adulto no me miraba así? ¿Marta era así antes de que se enterase que era una enfermedad con patas? ¿O fui mi madre la última?- Por cierto, Silvia. Yo estoy encantada de que te quedes a dormir, ¿pero tus padres lo saben? -¡Zas! Golpe bajo. Me encogí casi sin ser consciente de ello y, como respuesta, apreté más intensamente la mano de mi amiga- No querría que se preocupasen por ti -Esta última frase la soltó más despacio. ¿Me seguía analizando o qué? ¿Era incansable?


Me negaba a contarle mis penas a cualquiera, así que eché una mirada de socorro a mi amiga lesbiana. Menos mal que lo entendió a la perfección.

- ¡No! ¡Qué van a saber! ¡Por Dios, mamá, no se lo cuentes, les estropearás la sorpresa del secuestro! -dramatizó, vacilándola. Adriana la fulminó con la mirada. Me imaginé que sería porque no respetaba su autoridad delante de mí. A mi madre le habría pasado igual de estar en su lugar. Y viva, claro.

Ese pensamiento me metió más tristeza en el cuerpo. No me beneficiaba nada recordarles tanto. Cada vez más les echaba de menos.

Elisa suspiró. Me imagino que dándola por perdido por alguna razón que solo ella entendería.

- Claro que lo saben, pierde cuidado. No se te van a quejar, de eso estoy segura... -contestó más dulce esta vez.

No. Y tanto que no se quejarían. Ni siquiera Marta se preocuparía, que es peor. Me apostaba lo que fuese. Y, aun sabiéndolo con tanta seguridad, no hacía que disminuyese el dolor en el pecho. Este aumentaba. Siempre.

- Está bien -suspiró. Seguro que seguiría analizándome la tía- Entonces me voy ya. Buenas noches, vida -eso último estuvo cargada de un tono de absoluta adoración y amor en dirección a su hija. Fue imposible no perder detalle de ese momento tan bonito e inalcanzable para mí. Ahora tan solo era un sueño.


Adriana se acercó a nosotras, dispuesta a hacer una cosa que no sentía desde que tenía cuatro añitos. Dar besos de esquimal no era muy corriente a nuestra edad, aunque a ellas les parecía de lo más natural. Suerte para ellas que podían. Yo misma daría lo que fuese por volver a mi infancia. De ser así mis padres me podrían coger en brazos, arropar, darme las buenas noches y decirme que me querían. La única persona que ahora me lo decía era Lucas. Había cambiado todo tanto...

Cambié el contacto para pasarlo del brazo a la pierna para que pudiese abrazar sin ninguna dificultad a esa madre tan cariñosa. Presenciar esa escena hacía que el dolor me inundara hasta hacerlo casi insoportable. Tenía que luchar conmigo misma para no ponerme a gritar, insultar o llorar desconsoladamente. Ella tenía vida. Yo no. Era así de simple, por lo que tenía que facilitarle su existencia y la relación que compartían ellas dos. Yo no era una persona que quisiese complicarles las cosas. Tan solo tenía que concentrarme en no dejar que mi infelicidad se contagiase. Pero, aun así, era muy complicado luchar contra mis instintos. En ocasiones deseaba que todo el mundo fuese desgraciado. Que lo perdiesen todo. Así no me sentiría tan incomprendida.

Para rematar la jugada de pastelosidad maternal la ahogó en un abrazo interminable que ansié con todas mis ganas. ¿Podría tener algo así aunque fuese con Lucas? El agujero en el pecho me lo suplicaba y un flash de lo que soñé unos meses atrás me vino a la cabeza. Fue la primera vez que dormimos juntos. Cuando le mataba. Bajé la mirada abrupamente, analizando todas las probabilidades.

¿Controlaré algún día? ¿Podré revivir a personas y así traer de nuevo a mis padres? ¿Se me quitarán los poderes? ¿Podré tener un abrazo como el de ellas en algún momento sin que haya peligro de muerte? ¿Y un beso? ¿Y sexo? ¿Nunca tendría una vida normal?
- Hasta mañana, Silvia -Adriana captó mi atención desde la lejanía. ¿Cuando había andado hasta el marco de la puerta? Miré a Eli, intentando que fuese ella la que me diese la información.

- Hasta mañana -contesté por educación. Siguiendo su protocolo.

Su madre se marchó con una cara que no supe identificar. Me giré hacia la hemofóbica, en busca de respuestas, pero tan solo encontré una sonrisa resplandeciente. Se la devolví, aunque no tuvo el mismo efecto.

Supe que querría decirme algo, pero ahora no quería ser la protagonista. Quería preguntarle acerca de su padre. ¿Qué había pasado para que se hubiesen divorciado? Elisa no parecía afectada, así que suponía que no sería mal tema de conversación.
La bola del pecho me incomodaba más que de costumbre, así que debería aplacarla antes de algún modo.

- Oye, Eli -mantuve mi atención en nuestras manos, ahora entrelazadas- No sé cuánto más podremos estar así -las levanté un poco para hacerlo más evidente-. Así que en cuanto te empieces a sentir mal, aléjate de mí de golpe, por favor -me entretuve en los pliegos irregulares que hacían las sábanas- No quiero que te pase nada...

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Jul 20, 2013 8:01 am

Sonreí, burlona.

-          Oh, qué tierna, Barbie. ¿Te da miedo lo que pueda pasarle a tu amiga bollera? –musité con un toque de ironía.-  No sufras por ella, sabe cuidar de sí misma. Además, no tengo ninguna intención de comprobar el lado chungo de tu poder, así que me separaré de ti como si fueras un tío y me estuvieras tirando los trastos... ¿contenta?
Dicho esto, me levanté de la cama con el rebote de mi trasero, obligando a mi buenorra amiga a seguir mis pasos, que conducían a la cubierta de mi piano, por supuesto. Agarré mi porción de pastel a tiempo que le tendía amablemente el suyo. Le podía prometer sin duda alguna que no volvería a probar nada igual de rico en su vida.
-          ¿A que efta guenísimo? –pregunté con la boca llena de entusiasmo y  delicioso sabor a cacao. Era más intenso de lo que recordaba, casi arrollador. Se filtraba en cada papila gustativa y redoblaba su sabor hasta que casi se impregnaba en mis fosas nasales. Tragué con dificultad. Malditos sentidos, esto no me lo vais a estropear...- Hacía mazo que no comía... Creo que la última vez fue en el cumpleaños de Jorge...
Silvia se mantenía sentada frente a mí en la cama. Estábamos en la cómoda posición de piernas entrelazadas al estilo indio, manteniendo el contacto por las rodillas y el plato con la tarta apoyado en el hueco que había entre nuestras piernas.
-          ¿Jorge? –repitió, extrañada. Acabé de tragar antes de hablar. Mamá habría estado orgullosa de ello.
-          Mi padre –expliqué con ligereza.
-          Oh...  –los ojos de color tostado de Rapunzel se entretuvieron a observar su postre, todavía intacto a pesar de haber hincado ya el tenedor en la blanda masa marrón. Esperé que su pose pensativa se deshiciera en una pregunta mientras yo degustaba mi pequeño capricho achocolatado.- Oye, Eli... ¿Y por qué tu madre y él se han divorciado?
Que me esperara aquello no lo hacía menos doloroso. Sentí una pequeña punzada en el pecho, pero logré disimularla en media sonrisa un tanto decaída. Demoré un tanto la respuesta.
-          Pues...Si quieres saberlo, vamos a decir que mamá llevaba un poco al extremo su profesionalidad y que papá estaba más abandonado que un huerfanito sin su tutor legal. La cosa es que... ambos son humanos. Y los humanos tenemos tendencia a cagarla mucho, ¿no? Adriana falló cuando dejó de darle lo que necesitaba y  él lo hizo a la hora de buscar el cariño en otra parte –encogí de hombros, haciendo menoscabar mi vista también sobe el pastel. Después de tanta dulzura, la amargura era lo que se acrecentaba. Suspiré- Más o menos lo que te ha pasado a ti con Bambi, solo que tú eres lo suficientemente lerda para no quejarte al respecto. Al final, Jorge se sentía tan culpable que acabó contándole a mamá que le había sido infiel y, ¡ta-chán!, ahí ella pilló un rebote de los gordos y decidió que lo mejor era terminar. Huir –encogí los hombros- Así que... ¡Aquí me tienes! –improvisé un tono falsamente alegre- Si por mí fuera seguiría en las Palmas, con mi padre, pero...es que jamás había visto a Adriana tan destrozada. Me necesita. Aunque no lo parezca, me necesita más de lo que yo a ella... Por eso vine hasta aquí. ¿Suficiente? 
-          Emm... yo...
-          Suficiente –confirmé secamente, como si me hubiera contestado. Me metí otro trozo de pastel en la boca, intentando concentrarme en el sabor. No en el sorpresivo nudo en mi nuez.
Papá, te echo tanto de menos...
-          ¿Sabes, rubita? Eso no se va a comer solo –informé, señalando su propio plato con un golpe de cabeza. Hasta la fecha no conocía a nadie que hubiera rechazado el pastel de mamá... 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Dom Jul 21, 2013 11:05 pm

Mordí mi labio inferior. La pobre intentaba aparentar fortaleza, pero se notaba que estaba hecha polvo. Pobrecita. Tenía que hacer algo.

Mi bola del pecho llevaba diciéndome largo rato que me lanzase hacia ella para abrazarla, pero era ahora cuando sería el momento más adecuado.

Aparté con cuidado mi postre intacto e hice lo mismo con el suyo. Se empezó a quejar, pero la hice callar en cuanto avancé para darle un fuerte abrazo. Conseguí pegar mi cuerpo al suyo cuando nos derrumbamos en su cama.

Lo siento mucho —susurré con mi tono más cargado de sentimiento. Sabía lo que era no ver a tu propio padre. Mis palabras fueron acompañadas en seguida de un fuerte beso en su mejilla y luego volví a mi anterior pose. Mi amiga me apretó fuerte, compartiendo la emoción.

Adoraba ese momento. Me sentía como antes. Era humana y no un arma letal. Podía dar un abrazo y olvidarme de los segundos, de que mi piel se tocase con la suya. Es más, adoraba sentir su contacto tan estrechamente. Me hacía tanta falta… Mi bola del pecho se hizo tan pequeña como para volverse del tamaño de un guisante y no de una pelota de tenis.

Dios, sentaba tan bien respirar sin esa carga tan pesada.

No hay nada que sentir —musitó con simpleza—. Al final resulta que venir aquí me ha aportado unas cuantas cosas buenas. —Fue con esas dos últimas palabras cuando me estrechó con más fuerza.

Me emocioné al caer en la cuenta que lo decía por mí. Se alegraba de conocerme, de estar conmigo. De nuevo, me decía que me quería.

Gracias, Eli —susurré de nuevo cargada de sentimentalismo. Por tonta se me cristalizaron los ojos. Había perdido la costumbre de estas muestras de cariño tan gratuitas. No sabía hasta qué punto los necesitaba tanto.

No la solté en ningún momento. Ni siquiera quité presión. Simplemente disfruté del momento, feliz.

Oye, rubia —apeló, un punto divertida—. No es por herir sensibilidades, créeme. Pero, aunque adore sentir el contacto de tus tetas junto a las mías, me estás asando de calor. Son los efectos de que se haya estropeado el aire —mi amiga lesbiana aflojó la tensión a la par que me dedicaba unas leves palmadas en mi espalda.

Ay, perdona —pronuncié natural. Hacía mucho calor y también lo notaba, pero prefería exprimir hasta el último segundo de contacto humano. Por lo que pudiese pasar en el futuro. Me quité lo más disimuladamente que pude el tono cristalino de mis ojos. Aunque no parase de hacerlo no me gustase que me viesen llorar. Y mucho menos ella, que era doña felicidad.

Mi amiga no dijo nada, pero me jugaba el cuello a que sí se había percatado de mi gesto. Ella era un perro policía y no se le escapaba nada, por muy bien que lo intentases evitar.
No tardamos en volver a nuestra posición para seguir con nuestros postres. A Eli le quedaban tres bocados para terminarlo mientras que yo no le había dado ni uno. No dudaba de su fama, pero este plato me recordaba demasiado a mi tía. Hacía poco más de un año hicimos juntas esta receta.

Probé un trocito por educación y me maravillé.

Hmmm… —di su aprobación aún en la lengua. Para no hablar con la boca llena le hice un gesto con mi mano derecha de mi aprobación. No igual al de Marta. Ni mejor ni peor, tan solo diferente.

Lástima de que esté tan llena para no poder acabarlo.

Desde que vivía en Valle Perdido se había reducido muchísimo mi estómago. Mi talla del pantalón también, por descontado. Más del que me gustaría, incluso. Antes me habría encantado poder entrar en una 34 en vez de una 36. Ahora sería una gozada estar en una 34 y no en una 32 y bajando. Ya no solo por la dificultad de encontrar pantalones, sino para dejar de notar tanto mis huesos. Al menos me consolaba al poder ajustarlos por mí misma los que me compraba, aunque era una suerte que hubiese tantas tallas pequeñas para vaqueros. Era lo único que no necesitaba manipular para no parecer una anoréxica consumida. Quizás esa era la razón por la que tendía tanto a llevar ese tipo de pantalón. Cada vez que me quejaba de mi aspecto, Lucas decía que estaba guapísima. Pero no sé si eso lo decía para que me sintiese bien o porque de verdad lo pensaba.
Di dos bocados más a pesar de notar cómo se quejaba mi estómago. La educación iba a hacer que vomitase en su cuarto y dudaba mucho que mi amiga lo viese con buenos ojos. Y su madre menos, por supuesto. ¡Menuda vergüenza pasaría!

¿Quieres más? —Sería una excelente forma de librarse del resto del delicioso aunque pesado pastel. Elisa arqueó sus cejas en pose sorpresiva.

¿No quieres más? ¡Vaya, Barbie! Eres la primera persona de la faz de la Tierra que no repite. Pero no te angusties, que yo te lo quito de encima sin mucho sufrimiento —Dicho esto me arrebató mi plato y me depositó el suyo ya limpio. Casi pude notal el placer que era para sus sentidos esa simple receta. Con los ojos cerrados y paladeando de forma casi inacabable ese trocito que se había metido.

Opté por mantenerme en silencio ante ese pequeño paraíso que estaba viviendo mi amiga con la comida.

¿Podría llegar al punto algún día de poder disfrutar de esa manera? En ocasiones sentía hambre, aunque el hecho de tener que pensar en una comida que encima no compartiría con nadie hacía que perdiese apetito en seguida. En otras sin embargo comía porque Lucas me acompañaba y se ponía muy pesado. Le entendía perfectamente. Si nos ponemos en su lugar no es normal que tu novia, habiéndola conocido apenas seis meses, haya perdido más de una talla. Al menos no es normal cuando peso menos de lo que debería. Eso y mis ojeras no hacía que reluciese por mi aspecto. Eli era la única que me piropeaba tanto.

¿Tus padres eran felices? —asaltó la hemofóbica, rompiendo el silencio. Me fijé en su plato y vi que ya se lo había terminado.

Menuda fiera está hecha.

Eh… pues sí —susurré en un intento de sonar distraída. Aunque puede que el resultado fuese otra cosa muy distinta. Al fin y al cabo todavía no me acostumbraba a hablar de mis padres con alguien que no fuese mi novio— Bastante —completé—. ¿Por? —algún motivo habría para sacar a relucir a mis padres muertos, ¿no?

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Dom Ago 11, 2013 2:50 am

Encogí los hombros, despreocupada.

Pura curiosidad. Me preguntaba si todos los matrimonios son como el de Adriana y Jorge o si existen -lo pensé un instante- … excepciones. Ya sabes, finales felices y esas patochadas en las que llega el príncipe, despierta a la princesa con un beso y todos son felices… -de repente, volví a quedarme callada, esta vez tan solo para hacerme la interesante con un arqueo de cejas juguetón.- Aunque, sinceramente, yo siempre me quedé con las ganas de que la madrastra se liara con ella después de todo por lo que habían pasado, ¿tú no?
Silvia soltó una risilla y rodó los ojos, en muestra de profundo exaspero. Le enseñé la totalidad de mi sonrisa, divertida.
 —La vida es corta, Rapunzel… -suspiré en un tono profundo que camuflé, haciéndome la despistada con la vista de los ácaros revoloteando alrededor de mi ventana, como preciosas volutas brillantes y potencialmente antihigiénicas- .Demasiado para gastarla al lado de alguien que te engaña... Por eso no puedo culpar a mi madre de lo que ha hecho. Y a mi padre tampoco, él… Era algo que necesitaba -encogí los hombros- Tú al menos tienes la suerte de saber que tus padres estuvieron juntos hasta el final. Eso ya de por sí supondrá un alivio… Debería suponerlo, porque querer a alguien hasta tu último respiro no debe ser fácil. Yo no creo ser capaz…
Sus ojos de tonos almendrados se me clavaron de forma dubitativa en el rostro. Hizo un mohín, pensativa, antes de que sus hombros se elevaran un tanto.
Supongo que tienes razón… —concedió.
Oh, yo siempre la tengo —rodé los ojos, un punto exasperada, antes de inclinarme hacia ella como si le tuviese que contar un gran secreto— .Ahora viene esa parte en la que tú tienes una gran relevación y te das cuenta de que tienes que dejar al gilimemo de Lucas.
¡No voy a dejar a Lucas! —se rebotó, picada como una cría. Hay que ser idiota.
Pero eso no es lo que pone en el guion —me quejé en un resoplido, mirándola como si acabara de fallar la respuesta más obvia del examen más tirado del mundo— ¿Es que no has oído ni una palabra de lo que te he dicho, Barbie? ¡Mira que eres dura de mollera! ¿Para qué vas a estar con alguien que te engaña, eh? ¿Solo porque no tienes más opciones? –fruncí el ceño con seriedad, otorgándome ciertos grados de prepotencia- Yo creo que si pudieras elegir, si pudieses tocar a la gente, no estarías con alguien como él. Estar al lado de algo que te hace sufrir es masoquismo barato. Tú necesitas a alguien que... que te haga reír. Que te cuide, que te diga siempre lo guapa que eres y lo bien que te quedan las mejillas cuando te sonrojas –le sonreí, enternecida- Alguien que te aprecie, que no te engañase nunca. Ya sabes, el tipo de persona que te regala flores todos los días...
De forma seminsconcieste, mi vista vagó hacia donde se acumulaba el delicioso perfume de los lirios, que se extendía como dulce ponzoña por todo el cuarto y relajaba mis músculos hasta deshacerlos, extasiados, sobre su fragancia. Adoro los lirios.
Yo te compraría flores —murmuré, con la vista clavada ahí, en sus delicados pétalos.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

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