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Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Dom Ago 11, 2013 3:20 am

Mi enfado se desinfló ante esa última frase. ¿Cómo enfurecerse con una persona que te muestra su amor?
Sonreí, estúpidamente enternecida.
Lucas no era infiel, pero Eli no tenía que saberlo. Me pareció mejor resaltar otra parte de la conversación.
¿Así que es por eso? —me aproveché de nuestro tacto permanente para recogerla en mis brazos— Eres mi mejor amiga —a decir verdad la única—, pero ya sabes que no pasa de ahí. No te preocupes, Eli. Lucas me trata muy bien y me cuida más que nadie.— Le di un beso sonoro en su mejilla para después volver a estrecharla con fuerza.
Empezaba a conocerla demasiado bien como para saber que ya había tenido demasiada dosis de sensiblería. Tenía que volver a su terreno, al humor. Me despegué de ella lo suficiente para que nos mirásemos.
Así que ya sabes, busca a otra chica a la que tirarle los trastos. —Me habría gustado haberle sacado la lengua y después separarme de ella con rapidez, pero como ahora mismo eso lo tenía prohibido opté por estrecharle fuerte su mano derecha y acompañarlo con un guiño.
Eli rió como solo ella sabe hacer, muy natural.
A la orden, mi capitán —saludó como haría un marinero pasota— No me será complicado, mi capitán —se encogió de hombros, simple, alegre— ¡Quién sabe! Igual ahora voy a agasajar a la pelirroja. Se pone la mar de graciosa cuando se sonroja. Jamás creí que podría decir algo así, pero es hasta más tímida que tú. 
¿Qué? —elevé el tono de voz sin darme cuenta, tensa, asustada. Debía evitar que se acercase a ella—¿No es un poco mayor para ti? —quizás así hacía que no le interesase…
Ah, con que ahora aparecen los celos, ¿eh? —canturreó de forma juguetona. Siempre me quería picar la muy perra— Más bien, diría que yo soy demasiado ñaja para que se fije en mí... Pero no pierdo nada por hacerla sudar diciéndole lo buena que está, ¿no te parece? Es una tía la mar de especial —El tono que empleó para la última palabra me preocupó. Era demasiado travieso y fantasioso como para quedarme tranquila. En el poco tiempo que la conocía ya empezaba a identificar sus sonrisas. Y esa decía un 'como me retes, te cagas'.
Tragué saliva. ¿Qué podía hacer para que no le interesase?
Y vieja —sí, quería remarcarlo a falta de algo más—. De todas formas… —me acordé de lo más esencial. Bendita sea la legislación española— ¿De verdad le quieres hacer eso? Si la empiezas a piropear puede que alguien del pueblo se confunda y piense que estáis juntas. Y si no lo aprueba… —me recreé un poco en esta última parte, lo admito— lo mismo se lo dice a la policía y provocas que la multen o que incluso vaya a la cárcel… Porque sí, tú no tienes dieciocho años y hablarían con tu madre. ¿Y cómo crees que reaccionaría ella? —Sí. Era un buen argumento. Un argumento fantástico. Aunque a las malas esa persona que podría denunciar podría ser yo. O Lucas disfrazado en alguien mayor… Quizás así Erika iría a la cárcel…
 Mi amiga abrió la boca como si fuese un buzón, así como sus ojos. A la pobre la había dejado flipando. Normal… Lo mismo me había excedido demasiado.
Aaah... Guau —pestañeó, descolocada— ¿Y luego qué vendría? ¿Tercera guerra mundial, Apocalipsis zombi...? —puso los ojos en blanco, irónica. La imité. Lo mío no era tan descabellado— ¿No crees que exageras un pelín, Barbie? Dudo que se monte tanto pollo por un coqueteo inocente... Es más probable que acabe yo en la cárcel por acoso que ella por pederasta —sacudió la cabeza, divertida— Santo Dios, y yo creyendo que mi madre era la neurótica... Supongo que para ella eso supondría una terapia de choque. ¿Sabes? No es mal método. Podría probar de meter a la pelirroja entre rejas, a ver si la Doctora Bertrán se entera de una vez de que soy bollera... 
Desaprobé con la cabeza.
Haz lo que quieras, pero no creo que sea buena idea… —¿Qué pasa? ¿Tan fantástico lo había pintado o qué? Nada. Lo mejor sería cambiar de tema y había uno perfecto para que se le olvidase por mucho tiempo— Por cierto, Elisa —tanteé como pude— Sé que no es un tema que te guste, pero… ¿No crees que ya llevas mucho tiempo con el tampón? No te va a sentar bien dejártelo puesto…

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Jue Sep 05, 2013 12:17 am

Mi sonrisa se hundió con más rapidez que el Titanic. O así sería si el Titanic se hundiese en medio de un mar de hemoglobina, claro.

¡Todos los óvulos a los botes, sálvese quien pueda!


Argh. Qué asco más grande.

Oh, mierda... Yo... N-no...no había... caído —gemí, poniendo un gesto de apuro gracias a mi nariz arrugada. Sentí una sensación espantosa atravesando mi columna vertebral, algo parecido a un lametazo de hielo. Mi cuerpo se contrajo en un escalofrío un punto exagerado y mis ojos se cerraron con esfuerzo, todo con tal de no querer afrontar la que me caía encima. — Sangre... —farfullé— ¿Se puede saber a quién se le ocurrió la brillante idea de descomponerse una vez al mes? Si Dios existe no es que sea precisamente un lince...

Tener que enfrentarme a ello tarde o temprano era algo de manual, pero yo habría preferido que fuese tarde, mucho más tarde, con la vista puesta en el “no mientras siga con vida, gracias”.  

Me sentí idiota, además de potencialmente ridícula, con la situación en sí. Por si no fuera penoso acojonarme solita con el hecho de tener que quitarme un tampón que estaría teñido en carmesí y que me iba a hacer trillarme de los nervios, debía hacer el show con público incluido.

Quién te iba a decir a ti que tendrías cena con espectáculo, ¿eh? Este es tu día de suerte —Mi intento de burla se quedó en eso, en un intento. La voz me temblaba demasiado como para fingir naturalidad y, si eso no me delataba, lo harían los latidos que se agolpaban en mi garganta.

Tragué. Ya no tenía opción de la marcha atrás, habíamos llegado al lavabo, -funesto escenario para una tragicomedia como aquella- y ambas de pie frente al váter, aguardábamos que algo pasara. Silvia supongo que esperaba a que me quitase el tampón. Y yo que saliese un cocodrilo del váter y que me devorase antes de que tuviera que hacerlo.

Antes era más fácil. Antes, cuando no podía oler la sangre hurgando en la parte posterior de mi cerebro como una exhalación fantasma, recordándome su presencia constantemente, martirizándome. 

Me cubrí la cara con las manos, sobrepasada. Estaba demasiado acojonada por nada, lo sabía... pero también estaba segura de que, en cuanto viese aquel putrefacto líquido, el más genuino terror se apoderaría de mis constantes vitales, cerrando mi tráquea y nublando mi mente.

Cuando se trataba de eso, no había lugar para la lógica.

Silvia... —gimoteé como una cría— No quiero hacerlo... no voy a poder...

Creo que no tienes otra opción —susurró ella, con una simpleza que me sacó de quicio— A no ser que quieras esperar un poco más y arriesgarte a que el tampón no pueda con todo. Pero me da a mí que con eso sí que no podrías…

Sentí nuevos escalofríos en la nuca. Puse una mueca.

Tu apoyo incondicional siempre resulta un alivio para mí —refunfuñé con un redoble sarcástico. Me toqué la frente, producto de una gran resaca imaginaria, antes de atreverme a llevar mis manos a cinturilla del pantalón, al igual que al elástico de mis braguitas—. Malditos sean mis cromosomas XX... con lo bien que estaría yo siendo un tío y rascándome las bolas ahora mismo –gemí.

Era mejor no pensarlo, y yo lo sabía, así que actué con rapidez. Como quien se tira a una piscina de agua helada, el proceso fue chocante y desagradable a partes iguales. Sin nada de ropa de cintura para abajo, podía empezar a intuir el olor de la sangre filtrándose desde mi interior.

Subí un pie al retrete.

Puaj. Me quiero morir...

 —Ánimos.

Sentí una presión en mis hombros por parte la rubita y cuando me giré a mirarla, la encontré con los ojos fuertemente cerrados, además de con la cabeza girada hacia un lado que la dejaba totalmente ajena a lo que pasara entre mis piernas. Soplé.

Estoy muerta. Muerta, muerta, muerta...

Agarré aquella cuerdecita con el dedo índice y pulgar, asqueada, como si estuviera cogiendo una rata nauseabunda de su rabo. Mucho antes de dejar que mi corazón se acelerara lo suficiente como para provocarme una taquicardia severa, me decidí. Y tiré. Y todo se volvió de un vomitivo color rojo.

¡Qué asco! —chillé, histérica. Extendí el brazo que sujetaba aquella cosa sangrante lo más lejos posible de mí. Sentí náuseas. Me tapé nariz y boca con la otra mano— ¡Quéascoquéascoquéascoquéascoquéascoquéasco!

La carrerilla de mis palabras acompañó a la de mis inquietos pies, que tropezaron con la ropa atada a uno de mis tobillos, se desprendieron de ella y se abalanzaron hacia la papelera más cercana, donde lance rápidamente aquél saco de pestes. Cerré la tapa con un doloroso golpe seco antes de volver a correr (con Barbie pisándome los talones) hasta el grifo. El agua diluyendo aquellas manchas de color granate y el ronroneo que hacía al caer me consiguieron calmar al cabo de un angustiante minuto de latidos alocados. Lo suficiente como para dejar ir la ingesta cantidad de aire, aliviada.

Vale... Vale... Ya me lo he quitado... Ya está...uff... —empecé pausadamente. Mi voz, aún trémula, era un aliciente para que me tranquilizara— Ya está... —volví a susurrar.


Emmm... Eli... No está —oí que me decía una voz tentativa.

Me giré para encontrarme con Barbie, a la que dediqué un gesto de confusión. ¿Cómo que no...?

¿Y el de repuesto? —susurró, echándome una mirada precavida- Aún tienes que-...


Oh, no... —gemí al comprender. Me giré hacia ella, tomándole la muñeca. Sentía las pupilas dilatadas de profunda angustia- Oh, no, no, no... ¡Dime que no es verdad! —supliqué.

Lo siento...

Ay, Barbie, por favor... —sacudí la cabeza y me acerqué algo más a ella, al borde del vahído—. ¿Alguna vez has visto a alguien sufrir una crisis nerviosa? ¡Porque te juro que no es divertido y yo estoy al borde de una! Esto no, esto no...


Yo... —No parecía saber dónde meterse. Pero de repente, yo supe lo que quería que me metiera.

Era mi única esperanza. La miré a los ojos, enardecida de los nervios.

¡Eso! ¡Tú! ¡Tú! -¿Es solo cosa mía, o igual me pasé con la presión que ejercí a sus brazos? Solté un asfixiante sonido de súplica- Por favor, ponme tú el tampón, Silvia –gimoteé.
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Vie Sep 06, 2013 2:11 am

¡¿Qué!? —Me quedé flipando. Esto tenía que ser una pesadilla— ¡No, no, qué dices! ¡Ni de coña! —negué en rotundo. Apurada y decidida a partes iguales— Una cosa es que tenga que estar contigo mientras esto te pasa, pero otra muy distinta es que encima me obligues a ponértelo. Ni de coña, vamos... Eso es cosa tuya... —me ruborizaba a pasos agigantados.

Por favor... Por favor, por favor, por favor, rubita... —la pobre se degradó hasta límites que jamás pensé que llegaría. ¿Dónde estaba ahora su orgullo? Reconozco que por poco me entraron ganas de reírme de semejante trauma— ¡Te juro que por una vez no es para flirtear contigo! —su angustia iba a más. Todo por la desesperación de no ver sangre. Su propia sangre. Dio pequeños saltitos con los pies, inquieta— De verdad, que no puedo, no puedo... Si esto sigue así me echaré a llorar, lo digo en serio —la pobre empezó a hiperventilar, apuradísima. Y ahí me preocupé. Me recordó a mí cuando quieren hacerme entrar en un coche. Pobrecita. Tenía que actuar.

Le cogí bien de las manos y me llené de tranquilidad.

Elisa, mírame —hizo caso de mis instrucciones, desesperada. Me aferró con más y más fuerza. Al final me iba a romper la mano, ya lo estaba viendo— Tranquila, esto es normal —Bueno, quizás no, pero no creo que eso le calmase— Tú solo piensa en cosas divertidas, como cuando te ríes a mi costa. ¡En la ducha! Acuérdate de lo que me ha hecho pasar, ¿de acuerdo? —Parece que haberla distraído de esa manera empezó a funcionar porque cada vez me apretaba con menos fuerza— Eso es —la felicité cuando empezó a dominarse. Empezó a hacer respiraciones profundas. Primero aspiraba por la nariz y luego lo expulsaba por la boca- Muy bien –le sonreí en señal de aprobación. Ella no me quitaba los ojos de encima, concentrada.

-          Esto es asqueroso... Asqueroso... –susurró para ella misma- Silvia, por favor. A mí tampoco me mola de idea... No era lo que tenía en mente cuando aseguraba querer abrirme de piernas contigo –se rió para acompañar el chiste. Lástima que su tono delató ese punto histérico-. No puedo con la sangre, he cumplido mi cupo por hoy. No puedo más... –lloriqueó como si fuese una niña pequeña. Admito que me daba pena. Pero no la suficiente como para cumplir sus deseos. Puaj.- Por favor, ponme el tampón, por favor. Yo ya no puedo más...

La muy perra pretendía coaccionarme con su carita de cordero degollado, pero le iba a costar más de la cuenta. Le puse mala cara.

- ¡Porfa, porfa, porfa! No me hagas esto, Silvia. ¿Quieres ver como devuelvo ahora todos los ingredientes del pastel de mamá? ¡Por favor! 

- ¿Quieres ver como lo hago yo? –me empezaba a contagiar su desesperación- ¡Elisa, cómo voy a hacer eso! Que no, que es demasiado. Te toca a ti, es tu cuerpo. Mi papel es que no tengas dolor. Solo eso.

- Te lo juro, Barbie, te lo juro: si me haces este favor seré buena. ¡Lo prometo! ¡No volveré a tirarte los tejos nunca más!... Palabra -hizo una pausa- Solo cuando lleves un escote muy abierto... ¡Por favor! 

- Ambas sabemos que en cuanto todo esto se pase volverás a ser la misma. Lo siento, pero no –desvié esa mirada que tan suplicante. Al final caería como siguiese así y después me arrepentiría-. Además… será solo un segundo si eres tú la que se lo pone.

- ¡Odio la sangre! –se excusó. El lloriqueo que lo acompañó casi consiguió que me arrepintiese de mi decisión. Solo casi-. ¡Yo quiero tener horchata, maldita sea! –me puso ojitos. Casi superó al gato de Shreck.

Ya está. O daba el argumento definitivo o me veía poniéndole el tampón.

-Eli, puede ser que al final me convenzas, pero si eso ocurre será después de mucho discutir –hice una pausa. Quería que asimilase mis palabras-. Es decir, que correrá el tiempo y tú empezarás a manchar –admito que el tono que empleé no fue el mejor ante alguien que tiene un trauma. Pero ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas-. Así que tú decides. ¿Quieres olvidarte del tema ya o prefieres seguir así durante horas? –Con la cara que me puso supe que había ganado la batalla. O al menos la mía. Sus ojos estaban más que angustiados. Me podía jugar el cuello sin perderlo si decía que era la misma mirada que ponía cuando estaba dentro de un coche.
Tragué saliva, preocupada. Quizás me había excedido…

O quizás no. Al menos el odio que me dedicó después fue digno de trofeo. Cerró los ojos con tanta fuerza que pensé que la habría dejado KO con mis palabras. Al cabo de un rato soltó un sonido de asfixia seguido de muchísima rabia. Fue impresionante ver cómo pasaba por tantas fases en pocos segundos hasta que, finalmente, se rindió con un suspiro.

- No sabes cómo te detesto ahora mismo -gimió, aún con los ojos cerrados- Pásame una de esas cosas... –la obedecí con gusto. Saber que, por una vez en mi vida, había ganado una batalla hacía que mi autoestima se elevase. O al menos que no cavase entre piedras hasta quedarse sin uñas.

Pasé mis manos a sus hombros. O, al menos, a la zona de sus hombros que podía tocarla para que no sufriese. Nos quedamos paradas un instante. O un largo instante más bien. Ambas teníamos que prepararnos. Nunca había tenido en mis planes ver cómo alguien se quitaba y se ponía tampones, pero estaba claro que ya estaba condenada a hacerlo hasta el resto de mis días. O de los suyos, todo según se mire. Quise darle ánimos, pero no se me ocurrió nada demasiado adecuado.

-          Solo será un momento y entonces ya te podrás olvidar –o al menos hasta la mañana siguiente…- Además… no te va a doler –no sé si eso era un alivio o no. Pero pensé que sería eso mejor a nada.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Elisa Espel el Lun Sep 30, 2013 9:29 am

-           ¿Te puedo sugerir por dónde meterte tus milongas? -refunfuñé, gruñona.- Para que te hagas una idea, es un lugar parecido a por donde me meteré yo esto. 
Elevé un segundo el tampón antes de girarle la cara, cabreada. Muerta de nervios. 
El dolor, en ese momento, me daba me era tan indiferente como el calentamiento global. Por mí como si me pillaban los dedos con el resquicio de la puerta quince veces seguidas, era preferible a volver a enfrentarme al matiz carmín y ese repugnante olor que lo acompañaba. Si las amigas no están para ayudarte durante los malos tragos menstruales, ¿para qué están, entonces?
 ¡Anda y que le den!
Apreté con tanto ímpetu el tampón que mis nudillos se pusieron de color hueso. Gemí quejicosamente, abriéndolo y observando ese artilugio de Satanás con claro desagrado, como si él tuviese la culpa de todo lo malo que me ocurría ese día. 
Al contrario, el tampón contiene la sangre;  es tu amigo, el tampón es tu amigo... Oh, Dios, ¿qué el tampón es mi amigo? Se me está yendo la perola...

Lo observé. Ya me lo había puesto otras veces, pero nunca me había parado a cuestionarme de dónde sacar valor para no oler la sangre. Al menos antes bastaba con cerrar los ojos... Y ahora...
-          Venga, Eli –murmuré para mí misma, volviendo a separar las piernas con un suspiro ritual. Me sentía como un samurái apunto de efectuarse el harakiri. Luego me sentí idiota por tener peligrosos mareos ante la imagen de las tripas de esos orientales atontados desparramándose por doquier. 
Sayonara, baby... 
Cogí aire, escuchando los latidos de Barbie por encima de la marabunta de los míos.
-          Tú puedes, tú puedes... Se trata del movimiento inverso de antes, tú puedes...

Yo puedo. Yo puedo desmayarme en cualquier momento, sí.

Digamos que el show fue muy parecido al anterior. Ciertamente, lo único que me dolió fue el orgullo por montar tal espectáculo, -que tenía como protagonistas mi intimidad haciendo dúo con lo que más me intimidaba-; pero después de un pequeño ataque de ansiedad y una ristra de palabrotas que subieron a mi boca mientras frotaba mis manos insistentemente con jabón, me sentí muchísimo más aliviada.
Y agotada, debería añadir.
De vuelta a mi habitación, me dejé derrumbar, llevando a Barbie conmigo, sobre el colchón donde pensaba dejar descansar mi traumatizado semicadáver, al son de “neveragainneveragainneveragain...”. 
Pillé de soslayo –buena vista que tiene una- la sonrisa casi burlona de la rubia, que me observaba semirecostada sobre su codo. Fruncí el ceño. Mi orgullo quiso atacarla con algún comentario puñetero, pero mi mala racha, por lo visto, no había acabado tan pronto... De golpe y porrazo, una musiquilla de tintes agudos, atronadores y jodidamente molestos empezó a brotar de su bolsillo, sobresaltándome. Me revolví, maldiciendo a todos los politonos  de móvil de la historia.
-          ¡Argh! –me quejé, tapando mi oreja izquierda, a tiempo que apoyaba mi otro lateral contra el brazo ocupado- ¿Qué pasa contigo? ¿Te has propuesto verme muerta hoy?

-          ¡Es Lucas! –La rubita esboó sonrisa resplandecientemente tonta que acompañaba a la perfección ese tono tan lleno de infantil ilusión. Rodé los ojos.
 
-          ¡Oh, qué chupi! –celebré, imitando su tono con voz aguda y deje sarcástico.
Sí, de fábula...

La tía no me hizo ni caso. Demasiado ocupada estaba en babear por ese pedazo de...

-          Hola... –oí la apocada voz de ese ciervo gilimemo nada más Silvia hubo descolgado. Arrugué la nariz, asqueada, casi tanto como si me hubieran propuesto  volver a ponerme un tampón.
-          ¡Hola, cariño! –canturreó mi amiga de plástico, alegre.
-          Hola pimpollito –mascullé entre dientes, burlona.
-          Oh, Lucas, ¡no sabes lo que me ha pasado!
-          Espera...¿no habrá...?
-          No, no; no se trata de eso, tranquilo –Arqueé una ceja ante tanto secretismo. El tono del metamorfo era casi alarmado y estaba claro que Rapunzel era un hacha a la hora de  interpretar a su amorcín, porque lo que es yo, no había entendido ni “a”. Fruncí un tanto el ceño- ¡Es Elisa, Lucas! ¡No te lo vas a creer! ¡La puedo tocar!
El suspiro ensoñado de Barbie me obligó a arrancar una sonrisa cómplice en su dirección. Parecía encantada, pero yo lo estaba más, seguro. Era tan adorable... 
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
-          ¡Qué! ¿Cómo que la puedes...? –los titubeos que oí a continuación me parecieron más graciosos que nunca.
-          ¡Lo que has oído, Transformer! –anuncié inclinándome hacia el teléfono, traviesa y muy pagada de mí misma- Estamos disfrutando como marranas tocándonos, ¿sabes?

-          ¡Eli!
-          ¿Qué? ¡Es cierto! Cada uno que interprete a su manera...

Silvia entrecerró sus ojos de tonos cobre sobre mí, intentando meterme una silenciosa bronca antes de hacerlos rodar, divertida. ¡Ja! ¡Sabía que la divertía!
-          Pero... ¿c-cómo... cómo puede ser...?
Por si el cachondeo no fuese suficiente, aquél tono dubitativo, sorprendido, asustado y, -¡sí!, no se me había pasado por alto-, celoso de ese cabeza de alcornoque me inspiró un escalofrío gozoso que definiría como “chincharabiña”.
-          Oh, porque yo le doy algo que tú no le puedes dar –tarareé, divertida.
¿En concreto? Yo le puedo dar unos miembros internos en descomposición constante y tú no.
Chúpate esa, Bambi. 
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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

Mensaje por Invitado el Lun Oct 21, 2013 9:16 am

- Y es la regla –le puse mala cara a mi amiga. No me gustaba que le diese envidia de esa manera. No estaba bien y menos cuando el pobre no había hecho nada malo. Se lo tenía que explicar- Es que al poco de irte tú le ha empezado a doler mucho y… -se ha lanzado a mí para que la matase. Y si lo hubiese hecho ya sí que no sabría qué habría sido de mi… Sacudí levemente mi cabeza para volver del ensimismamiento.- Bueno, a la fuerza –fulminé a mi amiga con la mirada y para colmo ella sonrió como si no pasase nada. Esta tía era imposible-nos hemos enterado de esto. –continué, esta vez más alegre. ¡La podía tocar! Había una persona en el mundo a la que no hería ¡Y encima era mi amiga!- Así que ahora estamos juntas a la fuerza.

- Ya... ya veo…-  contestó sin mucho entusiasmo. Entonces caí. Era ella y no él. Tenía razón. Eso sí que era una mierda, pero debía animarle.

-Pero no te preocupes, ¿eh? Que si esto pasase contigo las cosas serían mucho más distintas –mi novio se calló y fue cuando caí en que la estaba cagando más. Claro, qué fantástica idea la mía la de decirle que no estaríamos montando el rollo del siglo si le pudiese tocar. Fantástico, Silvia. Simplemente fantástico. Mi amiga corroboró mi pensamiento con una de sus risas maliciosas. Carraspeé de los nervios y me puse a hablar deprisa. Siempre me ocurría lo mismo - Bueno, que estoy bien, así que no te preocupes  ¿Y tú? –No lo decía por decir. Me encantaba saber qué cosas hacía mi novio cuando yo no estaba.-  ¿Qué has hecho mientras?

 - Desde luego, nada más interesante que lo tuyo –dijo de forma amable aunque con cierto de fastidio.- Ya sabes, no mucho... Preparar la merienda a Carlos y a Lucía, leer cómics, jugar al básquet con Culebra... –rió de manera resignada- Me ha dado una paliza brutal.

- ¿Una culebra te ha dado una paliza jugando al básquet? –intervino en la conversación Elisa. Pude ver por el rabillo del ojo cómo arrugaba la nariz. Estaba claramente extrañada- Acabas de cruzar los límites del patetismo...-puse los ojos en blanco. A mí también me pasó lo mismo cuando me enteré.

- Culebra es mi primo, Eli –le explicó picado.

- ¡Anda! Él “El Culebra”, tú “El Ciervo”... dentro de nada podréis montar una banda callejera. O un bosquecito, en su defecto –se burló sin quitar esa sonrisa que tanto la caracterizaba. Mi amiga me rodeó el cuello de repente y pegó su mejilla junto a la mía. Sonreí de una forma que no acostumbraba a hacer. Esas muestras de cariño significaban mucho más de lo que cualquiera podría pensar. Me alegraba de que al menos mis poderes me diesen esta tregua. Era maravillosa- ¿Eso te distraería de saber que ahora mismo estoy pegada a la piel de tu chica?

Supe que a mi pobre Lucas le había sentado como una patada en el culo cuando le oí suspirar. En cambio Eli lo contrarrestó dándome un beso de los que suenan en mi mejilla. Me sentí culpable de sonreír y sentirme feliz.

-¿Has oído? Es el sonido del amor –le volvió a picar. Eso no me gustaba, aunque decidí guardar silencio- Aunque a ti solo te llegará el eco muy de tanto en tanto, ¿ah?

- ¡Eli! –no podía callarme. O no cuando tenía tan mala sombra. Le di un suave golpe en el brazo que con el que me rodeaba el cuello. Mi amiga me puso una de sus sonrisas resplandecientes con las que hacía que mi seriedad se fuese al garete. ¿Cómo lo hacía?- ¡No le chinches! Ignórala, Lucas.

Me habría encantado haberle dicho más cosas, pero desgraciadamente Eli me arrebató el móvil.

Bambi, tienes suerte de que no sea un tío. Si no, no tendrías nada que hacer con ella —tal como lo dijo la fulminé con la mirada. Paciencia, Silvia, paciencia. Recuerda que es hipersensible. La tengo bien loquita… —susurró como si fuese un secreto. La tía se rió, pícara.

Abrí la boca, me había dejado de piedra. ¡Pero cómo puede tener tanto morro! Estaba indignada.

Y bien accesible —se regodeó. Lo primero que se me ocurrió fue ir a pegarla, pero antes siquiera de poder intentarlo la tía me pilló por banda y me dio un morreo de esos que hacen historia. Me costó apartarme de su boca, asqueada.

¡Pero cómo puedes tener tanta cara de besarme! —me quité las babas de mi boca, furiosa. Sin embargo no podía dejar al bueno de Lucas en espera, así que le arrebaté el móvil con rapidez— Lucas, te dejo, que se va a enterar —y colgué.

Estaba que echaba chispas. Ella, la única persona que me puede tocar a sus anchas y lo primero que se le ocurría era besarme sin mi consentimiento. Me deshice de su contacto y le di varios almohadazos mientras la llamaba de todo menos bonita. Tras el cuarto golpe fui consciente de que estaba agonizando y me detuve en seco. Me planteé la idea de verla sufrir, pero ella se me adelantó al engancharme a la parte más cercana de mi cuerpo. Le puse mala cara, pero se lo permití.

En la vida vuelvas a repetirlo —mi tono estaba cargado de seriedad.

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Re: Un asunto sanguinolento (Silvia, Elisa, Adriana)

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