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Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

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Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Vie Ene 04, 2013 5:52 am

Hice rebosar mi caja torácica más allá de mi capacidad pulmonar, provocando que la cabeza que estaba apoyada sobre mi pecho se elevara. Luego espiré, desinflándome por dentro y llenándome a cambio de una absoluta y deliciosa paz. Mis ojos estaban cerrados, ayudando a mis labios a perfilar una sonrisa que, si llegase a ser vista por alguien, habría sido clasificada como de gilipollas rematado.

Pero me dio igual. No existía nada mejor que eso... y si lo había, no quería saberlo. Estaba a nada de palpar el sabor del cielo gracias a ella.

Mi corazón podría detener por completo su constante bombeo si no fuera porque los besos esporádicos que aplicaba Silvia sobre él servían como instrumento de reanimación cardíaca.

Mis dedos siguieron trazando formas imposibles en su espalda, anonadado, hechizado por cada escalofrío.

Pasar horas muertas estirado en su cama, en estado de duermevela, con el perfecto cuerpo de mi novia arrapado al mío y el ventilador revolviéndole el pelo contra mi mentón me llevaba a un estado pletórico que solo debería llegar a conseguirse con el uso de drogas... de las duras.

Bostecé, flotando en mi mundo perfecto de algodón y caricias esporádicas, donde llevaba quizás más de media tarde y de donde no tenía intención de salir...

Hasta que me sonó el dichoso móvil.

Silvia soltó un quejido ante la irritante musiquilla del tono de llamada, a lo que yo me uní con un chasqueo de lengua. Realmente no se podía ser más inoportuno. Hasta hacía nada en el planeta solo existíamos dos... ¿Cuándo le he dado yo permiso a la humanidad para romper esa ilusión?

Perezoso, desanudé uno de los brazos con los que la acunaba para usarlo hurgando a tientas en mi bolsillo.

- ¿Quién narices...? –abrí un solo ojo, dispuesto a maldecir a quien hubiera estropeado mi momento idílico. El brote de mal humor solo se redobló al descubrir al culpable escrito justo debajo de “llamada entrante de...”- ¿Mi madre?

La pregunta llena de desconcierto era para mí mismo, pero conseguí llamar la atención de Silvia, que se decidió a abrir sus ojos de color cobrizo para mirarme. Observé mi móvil, dudando. Era raro que algún miembro de mi antigua familia me llamara... y más extraño resultaba todavía que la cosa terminara bien. Algo en mis tripas dijo que tenía derecho a evadirme del mundo y también de ellos. Acabé negando con la cabeza.

No me apetecía contestar.

-Paso de que me amarguen... –gruñí en voz baja. Alargué el brazo hasta la mesita de noche que se apoyaba junto a la cama de Silvia y dejé mi teléfono sonar ahí, haciéndome el indiferente.- Ya se hartarán...

Esperaba que pronto.

No quería saber nada de los López; seguía profundamente resentido por cómo habían tratado a la persona que más me importaba, repitiendo en bucle el error que habían cometido conmigo y dejándome más que claro que jamás me querrían por lo que soy. No.

Me habían hecho daño demasiadas veces y yo estaba demasiado cómodo en mi mundo de algodón como para volver a exponerme a más cicatrices.

Abracé a Silvia de nuevo.


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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Invitado el Mar Ene 15, 2013 7:39 am

Sentir el abrazo de mi chico no hizo que volviese a mi estado de duermevela. A ese estado mental en el que, aunque tuviese tiempo para pensar, sentir los latidos de su corazón impedían que asociase conceptos como: padres, perra, tía, casa y responsabilidades. Con él mi pasado hacía que perdiese importancia. O al menos casi siempre.

Escuchar de su boca que la llamada fuese de su madre hacía que en mi interior se creasen sentimientos contradictorios. Por un lado de miedo y angustia y por el otro de repugnancia y menosprecio.

¿Y si le hubiese pasado algo a alguien de su familia? ¿Y si hubiesen sufrido un accidente de tráfico como me pasó a mí? ¿Acaso no me gustaría a mí que hubiesen informado de aquello? ¿Acaso me podría perdonar no coger el dichoso teléfono? ¡Por supuesto que no!

Esa gente eran los familiares de Lucas y puede que a mí no me cayesen bien, pero eso carecía de importancia. Lo importante era que Lucas intentaba engañarse a sí mismo haciendo que no le importaban nada, pero era mentira. Los López son su familia y les quería. Daba igual lo que le hiciesen, porque eso era un hecho. Y puede que él no lo viese, pero estaba clarísimo que más adelante lo descubriría... Tenía que hacer algo.

- Cógelo -ordené angustiada. Él se rió, como si hubiese perdido los estribos. Me escapé de su abrazo para mirarle fijamente- De verdad, cógelo. Puede que sea importante -No, los remordimientos no se apoderarían de él. Me negaba.

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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Jue Ene 17, 2013 9:59 am

Entrecerré los ojos, mirando su expresión prendida por la angustia, sin comprender bien la causa de esta. Silvia parecía darle mucha más importancia a esa llamada de la que yo le estaba otorgado. Era tan simple como que no me apetecía hablar con mi madre, fuese cual fuese el motivo...

No creía que aportara nada bueno para mí, y la verdad es que me resultaba raro que mi novia pensara lo contrario. Ella misma había comprobado la clase de ponzoña que desprendían mis padres frente a alguien con poderes...

Incluso si ese alguien es su propio hijo...

Una punción me hurgó entre costillas y me estremecí, incómodo. Sabía que jamás podría deshacerme de ese lazo, ni de la marca que había dejado su rechazo en mi piel. Justamente, esa mácula que ahora me escocía era la que me hacía saber (para mi profundo fastidio) que a pesar de todo, aún me importaban... aún les quería...

Pero dudaba mucho de que ese sentimiento fuese mutuo. Por eso me resistía a contestar.

Menudo palurdo sentimentalista estoy hecho...

Observé el móvil vibrando sobre la madera, indeciso hasta que, por efecto rebote, mi vista fue a parar sobre la de mi chica. A ella también la habían herido. Muchísimo. Y sin embargo, ahí estaba, alentándome a contestar con esos preciosos ojos de color avellana puestos en mí...

No tenía sentido.

Suspiré en profundidad, viéndome vencido por la intensidad de su mirada.

- Está bien –cedí finalmente, incorporándome a regañadientes.- Pero ya verás como no es nada...

¿Otro cumpleaños, tal vez?

Intenté hacer memoria del día del mes en el que estábamos a tiempo que alargaba el brazo hacia mi teléfono. Desde que habían empezado las vacaciones de verano, mi mente había dejado de darle importancia las horas y las fechas. Estaba demasiado ocupado disfrutando de Silvia, de los Castillo, del tiempo libre para leer cómics...

Y tenía que renunciar a todo ello momentáneamente a cambio de un malestar que no me apetecía sentir. Fantástico.

- ¿Qué quieres ahora, mamá? –reconozco que mi resignado saludo no fue demasiado alentador. Pensar en todo lo bueno que tenía solo me hacía estar todavía más distanciado de los López, cosa que cargaba mi garganta de un frío impermeable que habría hecho colgar a cualquiera inmediatamente. Pero ella no lo hizo.
- Oh, Lucas...

Pasó algo realmente extraño entonces. Varias cosas, en realidad...

Que la forma en la que mi madre pronunció mi nombre fragmentó mi hielo y derrocó mis defensas al instante. Que, por algún motivo, se abrió una brecha en mí, esa sensación que te hace saber, de algún modo, que algo realmente horrible está por venir. Y que cuando ella siguió hablando, yo entendí palabra por palabra, pero fui incapaz de darle un sentido global a todo ello.

Sentía mi cara en rictus por el estupor y mi carne artificial, hecha de cartón. Sabía que a voz seguía hablando, a pesar de que yo estaba totalmente fuera de mi propio cuerpo. A kilómetros luz, en algún punto del planeta que se sentía como un desierto espantosamente vacío. Me envolvía en medio de la nada una sensación horrible, distante, desoladora. Daba miedo, porque yo me hundía en la arena imaginaria, hasta que me cubría la cara para asfixiarme.

Quizás fuese por eso por lo que tardé tanto en darme cuenta de que me llamaban, casi a gritos, balanceando mis hombros para sacudirme el shock que me había dejado rígido en mi sitio. Silvia me observaba con la preocupación marcando arrugas en su frente.

Había dejado caer mi móvil al suelo sin darme cuenta.

Un quejido salió de mis labios, porque al volver a mi cuerpo, la brecha que se había abierto en mi pecho se llenó de un dolor tan sorpresivo que tuve que clavarme las uñas en las rodillas para no echarme a llorar.

Vagué con la mirada perdida hasta que se encontró con la de Silvia y pude mostrarle mi conmoción. Se la notaba inquieta. Supe que quería respuestas, pero no estaba muy seguro de poder dárselas.

- M-mi hermano... –articulé, con la voz propia de un afónico. Tragué saliva. Me supo amarga- Mateo... Mateo se... se muere...

Y a medida que acababa la frase entrecortada, yo mismo fui consciente de su significado.

Me hundí más en la arena.


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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Invitado el Dom Ene 27, 2013 8:22 am

La angustia me comía, al igual que la preocupación.
Lucas parecía estar en otro mundo, en uno horrible. Sus ojos no respondían, en realidad nada en él lo hacía. De no haber escuchado sus respiraciones se me habría destrozado mi vida.

- ¿Lucas? -Probé. Sentada en la cama, cogí su mano con suavidad con el fin de espabilarle. Pero él no respondía.

Su rostro hizo que retrocediese a hace unos meses, más concretamente al día en el que mis padres murieron. Podía apostarme cualquier cosa a que la cara que tenía mi novio era la misma que tuve yo al ver a mi padre inerte y recubierto de sangre.

Sentí frío en ese mismo instante, producto de la lenta circulación de la sangre por mis venas. Algo malo les había pasado.

- Lucas -empecé a menearle por los hombros de la preocupación- Lucas, despierta- Ni caso- Lucas... Lucas -sin darme cuenta estaba empezando a subir demasiado el tono- ¡Lucas! -La última sacudida que le propiné surtió efecto.

Mi chico parpadeó. Nunca le había visto de esa forma. Me preparé mentalmente para cualquier tipo de noticia inesperada. Quizás no era tan grave como yo suponía, algo como que toda su familia estuviese muerta y su madre agonizante; pero para Lucas la noticia era demasiado mala como para estar tranquila.

Me propuse ser todo lo paciente posible, todo por descubrir qué había pasado.

Solo cuando habló pude comprenderle completamente. Habría sido ridículo no haberlo hecho teniendo en cuenta que yo mismo había pasado por ello meses atrás. Aunque había un detalle que marcaba la diferencia: Mateo seguía vivo.

Él no me caía bien así como el resto de su familia. Pero era familia, sangre de tu sangre, gente que te había criado y educado. O al menos eso hicieron con él hasta su adolescencia. Y Lucas les quería. Por mucho que rechazase ese sentimiento quedaba claro que era en balde.

Yo no quería que sufriese tanto como lo hice yo. Sería una abominación desearle ese a cualquiera y mucho menos a la razón de mi vida. Eso era inviable.

- ¿Y si voy a curarle? -lo dije sin pensar, sin siquiera sopesar en los pros y en los contras.

Sus ojos, prendidos de esperanza ya decidieron por mí. Ya no podía retractarme. El transporte estaba segura de que sería un verdadero problema, pero eso solo era mi problema. Esperaba que no hiciese falta el coche o el autobús, pero estaba claro que iba a tener que apechugar con mi elección.

Sin embargo, por Lucas haría lo que fuese. Con él hasta iría de cabeza hasta el mismísimo Infierno si hiciese falta.

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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Lun Feb 11, 2013 5:24 am

Las palabras de Silvia me despertaron el alma.

A través de la calidez de sus ojos me llegó un tenue halo de luz, reconfortante. Fue como abrir una ventana en una habitación llena de humo...pude volver a respirar. Me tuve que aferrar a esa sensación para no morir de pena.

Sacudí la cabeza.

¿Cómo olvidar que salía con una sanadora capaz de hacer milagros dignos de mención en la Biblia?

Por supuesto. Lo podía salvar. Ella lo iba a salvar...

Porque era así de increíble. Porque era capaz.

Porque me negaba a que mi hermano se fuera de este mundo. Ni siquiera podía concebir la idea de un Mateo muerto. Me sonaba ridículo, surrealista, y más si tenía en cuenta que no existían casos perdidos con Silvia a mi vera.

Aparté la desesperación que quemaba en el pecho de un manotazo, cambiándola por la urgencia que me apremiaba a recoger el móvil del suelo. Apenas atiné a llevármelo a la oreja.

Supe lo que debía hacer.

-¿Mamá? ¿Mamá, sigues ahí?...Sí... Escucha... no, no, no... Tranquila... V-voy para allá, ¿vale? Voy para allá... N-no sé, ahora mismo... sí... T-todo va a salir bien, ¿eh? Te lo prometo... –dudé un segundo, pero finalmente decidí no nombrar el papel decisivo que tendría Silvia en la captura del final feliz. Si es que lo había.- Aham... Sí. Yo también.... Vale, sí... te quiero, mamá... Hasta ahora. Todo va bien, ¿vale? Ya voy...

El pecho se me congestionaba de un modo horrendo y arrollador incluso antes de pulsar la tecla de colgar. No supe muy bien qué hacer con mis manos en ese momento. Guardé el móvil. Imprimé la uña entre mis labios. Me alboroté el pelo con la otra mano, delatando mi histeria.

Mateo, Mateo, Mateo... como te mueras juro que te mato, hermano. No puedes morirte. Tú estás más vivo que nadie. Tú eres mi modelo a seguir, no puedes irte. No estoy preparado. No puedes...

Apenas si fui consciente del seísmo que asolaba mis vísceras y me entumecía las yemas. Sentía pánico. No se me hizo notorio hasta que Silvia volvió a tomar mis manos, evitando así que me llegara al hueso con los dientes. La miré, consternado.

- ¿Estás...? –tragué de forma ardua.- ¿Estás segura de que quieres hacer esto? Q-quiero decir... A Mateo lo han ingresado en un hospital en Santander. Y...y eso está muy lejos y... Es que ni siquiera sé cómo vamos a llegar –me lamenté. Porque era cierto y no me había dado cuenta hasta entonces. No tenía maldita idea de cómo llevar a cabo ese desesperado plan cuando estábamos a horas de camino y la pieza esencial en todo aquello sentía pánico por cualquier medio de transporte.- Mierda...

Solté un gimoteo, observando atentamente mis rodillas. Era como si estuviese cargando una piedra en las cervicales.

Una angustia enfermiza se abrió paso en el hueco que había entre mis costillas.


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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Invitado el Lun Feb 25, 2013 9:27 am

No podía verle así, simplemente no podía. ¿Dónde estaba su alegría y su vitalidad? Me negaba a que se quedase así. Ahora tenía que ser la fuerte.

Me acerqué más a él y le siseé de forma tranquilizadora mientras apretaba sus manos para que se fijase en mí.

- No te preocupes, de verdad -intenté que mi sonrisa fuese lo más segura posible, pero no sé si lo conseguí. Al fin y al cabo el tema del transporte me preocupaba más incluso que el efecto que pudiese producir en su familia- Todo va a salir bien -y le besé en su hombro a falta de la cercanía de su corazón. Ahora más que nunca necesitaba cariño.

En muy poco tiempo el ambiente se había cargado por la tensión, la angustia y la ferviente necesidad de actuar rápido. De no ser así quizás su hermano no aguantase lo suficiente como para esperar a nuestra visita.

Me alegré de ser tan desastre como para tener el ordenador siempre encendido. Internet iba a convertirse en nuestro mejor aliado y, dicho sea de paso, la herencia de mis padres también. Con auténtica premura empecé a planificar los horarios necesarios para llegar hasta su familia. Tuve que tragarme mi angustia interna al ser consciente de que el autobús era imprescindible para llegar hasta la estación de Chamartín y ya desde allí coger Renfe y aguantar cuatro horas y media de trayecto. ¿Cómo decírselo?

- Vamos a tardar más de seis horas... -susurré un tanto desanimada al recordar que los horarios del autobús y del tren no encajaban a la perfección. Lo mismo tardábamos más de siete horas... Me peiné con los guantes en un intento de conservar la calma. Tenía que recordar mi nuevo mantra.

Tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte. Lucas te necesita, así que tienes que ser la fuerte.

- Bueno, no te preocupes, todo saldrá bien -el autobús saldría en media hora, por lo que me daría tiempo a hacernos una pequeña maleta con ropa de recambio. Eché un ojo a mi amado.

- Vamos -le tendí mi mochila- coge un poco de ropa para los dos- Con todo el tiempo que llevaba viviendo en mi casa ya había amontonado suficientes cosas como para que no hiciese falta visitar la suya. Y entretenerse con algo era lo mejor para él. Al menos eso me decía su desesperación. Estaba segura de que se hacía el fuerte, pero no sabía cuánto tardaría en derrumbarse del todo.

Él respondió con rapidez, moviéndose como un loco por todo mi cuarto en lo que yo me entretenía en recoger mis pastillas. Las miré detenidamente en el baño, sin que me viese. Corría un riesgo muy grande haciendo este viaje tan largo y con mi trauma cargado a mi espalda. Esperaba que no tuviese que abusar en exceso con mis calmantes, aunque teniendo en cuenta que ya había sobrevivido a una sobredosis, tomar un poquito más de lo recomendado tampoco me haría excesivo daño...

Me tomé mis dos pastillas antes de rajarme con mi decisión de ayudar a Mateo. En este momento yo no importaba en absoluto, lo primordial era salvarle a él para que así Lucas fuese feliz. Me miré al espejo dos segundos y descubrí que mi cara pálida no se había ido. No hacía falta ser Sherlock Holmes para saber que no se me hacía demasiado fácil realizar esta excursión.

¡Vamos, gallina! Lucas te ha dado mucho, así que no seas egoísta y haz esto por él.

Me quité los guantes a todo trapo y me eché agua en la cara. Tenía que aclarar las ideas.

Tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte. Lucas te necesita, así que tienes que ser la fuerte.

Sí, era verdad. Eso era lo más importante, tenía que serlo.

Resoplé sin darme cuenta de toda la tensión que estaba soportando. Me guardé los calmantes en mi bolsillo y me puse los guantes de nuevo.

Al regresar de nuevo a mi habitación descubrí a un Lucas hecho polvo. Ya tenía la muchila a punto y se había derrumbado en mi cama. Se me encogió el alma.

- Oh, Lucas, no te preocupes -me habría gustado haber acudido en su ayuda de inmediato, pero necesitaba una chaqueta para protegerle completamente. Me la abroché a toda velocidad y le di el abrazo más fuerte y seguro que pude darle. Ahí no pudo aguantar mucho más el tipo y se puso a llorar desconsoladamente. Yo no era muy buena haciendo caso omiso de los sentimientos del resto de la gente, pero mucho menos de mi novio.

Tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte. Lucas te necesita, no puedes derrumbarte, tienes que ser la fuerte.

- Ya verás cómo lo solucionamos, de verdad. -Hubo un silencio de esos que se dicen todo, uno de esos silencios que me encantaría congelar y no hacer lo que venía a continuación- Venga -a mi tono tierno le secundó una fugaz caricia allá por su barbilla y mi mano cogió la suya para levantarle de la cama- que no hay tiempo que perder.

Y era cierto. Los calmantes ya estaban introducidos en mi cuerpo y Mateo no nos esperaría eternamente. No podíamos arriesgarnos a perder ese autobús.

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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Lucas Castillo el Dom Mar 10, 2013 10:57 am

Me picaban los ojos cosa mala. De rabia, de frustración.

Hice un mohín, esforzándome por ver a través de lágrimas y hojas la esfera atrapada tres metros más arriba. Probablemente, si Mateo no estuviese conmigo, ya me habría liado a patadas con el tronco del puñetero árbol. Era lo único útil que se me ocurría en ese momento...

- ¿Y te la han colgado ahí a propósito? –mi hermano puso los brazos en jarra, entrecerrando los ojos.
- No le caigo bien a la gente –tuve que deducir, con voz pequeña.

Le vi chasquear la lengua, mostrando disgusto. No sabía cómo conseguía siempre mantener la calma suficiente para arreglarse el flequillo con un golpe certero de cuello. Era como si nada le sobrepasara. Era... increíble.

- No entiendo... ¿Desde cuándo te gusta a ti jugar a la pelota?

Me encogí de hombros.

Desde nunca, pero aquel día me había obligado a salir a la calle con ese armatoste redondo en vez de quedarme en casa leyendo cómics, como solía hacer... Debería haberme quedado en casa leyendo cómics, como solía hacer, ahora lo sabía.

- No sé. Quería... quería probar. Ser c-como tú...

Después de susurrar la frase atropellada, corrí a mordisquear mi índice, huyendo de su mirar perplejo. Soy idiota, mis mejillas ardiendo se encargaban de recordármelo. No es necesario ni mencionar lo imposible que resultaba llegar a ser tan guay como mi hermano; por mucho empeño que pusiera en imitarlo...

Mateo era mayor que yo, más alto que yo, más guapo que yo, tenía un montón de amigos en el instituto y era la estrella del equipo de baloncesto. ¿En qué me parecía yo a él? En el flequillo como mucho. A Mateo jamás le habrían colgado la pelota en un árbol al son de “¡Cógela, friki!”, ni se habrían reído en su cara cuando se quejara por ello. Esas cosas no le pasaban a Mateo. Porque él era guay y yo no.

- Y pensaste que para ser como yo tenías que perder la pelota de Santiago... –recapituló, guasón.- Buen plan, genio.

Gemí. Ahí estaba el problema. Que el dichoso balón ni siquiera era mío.

- Me matará.

Diez años de vida me parecían más bien pocos.

Conocía a Santi, y su recelo respecto a dejar las posesiones era famoso en mi casa. Se ponía como una mona cuando tocaban sus cosas. Y como un chimpancé si se las cogían sin permiso. Imaginaba que cogerle algo sin pedírselo y colgarlo en un árbol equivaldría a la rabia de un orangután como mínimo.

- ¡Anda ya! ¿De verdad crees que dejaré que maten al lastre de mi hermanito? Por favor, no caerá esa breva.

Eché un vistazo a mi derecha, sorprendido.

Mateo apuntaba hacia mí esa sonrisa de gamberro tan apabullante. Como si lo tuviese todo bajo control. Porque siempre lo tenía todo bajo control.

- ¿Y qué vas a...?

No tuve ni tiempo a terminar la frase cuando (hablando de monos) mi hermano pegó un gran bote, aferrándose con las manos desnudas a la rama más cercana a su alcance. Solté una exclamación ahogada al verlo ascender entre la espesura de las hojas.

- ¿Q-qué haces? ¡Mamá te dijo que dejaras de escalar, que es peligroso...! –le recordé, con un nudo en el estómago. Me dirigió una mirada de ceja encarnada desde las alturas.
- ¿Quieres seguir vivo a la hora de la cena, verdad? –desafió, sin cambiar su posición aferrada al tronco. Asentí.- Pues calla la boca y deja al maestro.

No podía evitar pensar que, como el “maestro” se cayera y se partiera la crisma, la culpa iba a ser toda mía. Eso era bastante peor que cargársela por perder una estúpida pelota.

Mateo se encaramo unos metros más arriba, con una temeridad realmente digna de admirar.
Oí un crujido y no pude evitar jadear por el sobresalto. Una rama seca acababa de impactar contra el suelo... la misma en la que se había estado apoyando el hombre-mono.

Me pareció oír algo parecido a “Uff, por qué poco”, y quedé alucinado con la ligereza con la que recuperó la estabilidad y la colocación del flequillo, como si aquel rifirrafe con la muerte le resultara de lo más gracioso. Abrí la boca. Mateo era alucinante.

- ¡Bola va, enano!

Un segundo objeto cayó del cielo. Y por suerte, no era ningún miembro de mi familia. Sentí que se me iluminaba el rostro.

- ¡Lo has conseguido! –proclamé, sonriéndole de oreja a oreja al gran balón granate que rebotó hasta quedar atrapado entre mis manos.
- ¿Lo dudabas? –el tono de Mateo confirmaba el orgullo de su triunfo. Se deslizó hasta llegar al suelo, regresando de su misión de rescate en pose de autosuficiencia y manos enrojecidas.- Nunca subestimes a tu hermano mayor, Lucas. Y, sobre todo, a partir de ahora no le cojas las cosas a tu hermano mayor-mayor sin pedir permiso, ¿vale?
- Vale –abracé el recién rescatado objeto como si estuviese hecha de oro, risueño. Mis ojos, en cambio, tomaron atención de como mi héroe se arrancaba astillas de sus dedos. Sentí un punto de incomodidad en medio de la alegría.- M-mateo...Gracias, pero... ¿Por qué lo has hecho? Me iban a echar las culpas a mí y...no te he pedido que... No tenías que hacerlo.
- Lo sé. Pero eres mi hermano–compuso un gesto de indiferencia.- Estoy genéticamente dispuesto a protegerte... Incluso de mis otros hermanos.

Y se rió de aquel chiste que no acabé de entender. Solo supe que me encantó como me alborotó el pelo después de ello.


Dios, temía tanto no volver a sentir su risa...

Silvia se removió a mi lado, devolviéndome a la realidad con un choque directo. Me apresuré a limpiar la lágrima que se deslizaba hasta mi mandíbula antes de que abriera los ojos.

- Hey... –saludé, colocando una mano sobre su brazo. La voz tomada me delató de todos modos.
Mi chica pestañeó, paseando una mirada lánguida y perezosa a su alrededor para intentar situarse. Intentó incorporar el cuerpo en el asiento de forma un tanto patosa. Sus calmantes siempre la dejaba atontada perdida, como si alguien acabara de golpearle la cabeza con una sartén. Decidí ser paciente.

- Acabamos de subir al tren –le recordé pausadamente. Traducción: Te acabo de arrastrar medio en coma hasta los asientos del tren. El tío que picaba los billetes había flipado.

Después del viaje en autobús, estaba convencido de que ningún trayecto podría resultarme más horriblemente largo, ni siquiera el que íbamos a emprender en ese momento. Había perdido los nervios varias veces con la lentitud que le conferían a Silvia aquellas pastillas, hasta el punto de tener que repetirme una decena de veces por minuto que ella hacía todo lo que podía, que no debía gritarle, ni ponerme histérico, ni pensar en todo lo malo que le pudiese pasar a Mateo mientras perdíamos el tiempo, ni...

Mordí mi uña, vigilando el reloj que se podía divisar en la estación. Tendríamos que haber salido hace diez minutos. Gruñí. Maldito sea el servicio de RENFE y sus retrasos inoportunos atrasos...

Aferré mi propia pierna impulsado por el desespero, intentando detener los temblores que la sacudían sin control. Volví a morder mis uñas. Antes de llegar a Santander me iba a quedar sin ninguna, lo presentía. Cogí aire. Y recibí una caricia en la mano que tenía sobre la rodilla.

No eran esos dedos los que necesitaba en ese momento, pero al menos me reconfortaban lo suficiente como para no acabar de derrumbarme. Silvia intentó enfocar la vista en mí. Configuré la sonrisa más insulsa de mi registro.

- M-mateo no se parece a mí. Él... es... fuerte. Aguantará... -¿estaba dándole información a Silvia o tan solo intentaba auto convencerme? Suspiré.- Y p-por lo visto, también es idiota perdido. Está... ¡loco!, nunca se para a pensar las cosas y... no sé... Supongo que no le pareció nada del otro mundo coger la moto sin su casco...

Se me revolvió el estómago.

Subirse a un árbol enorme, coger la moto sin casco... A mí tampoco me habría parecido nada si hablábamos de Mateo. Pero ahora las cosas eran muy distintas, ahora ya no era mi héroe indestructible. Ahora, por aquel terrible accidente de tráfico, estaba en coma. Con un pie en la tumba... Y como Silvia y yo no moviéramos rápido los nuestros, pronto los tendría los dos.

Ambos respingamos al oír el traqueteo que indicaba que el motor del tren acababa de arrancar.

Por fin.


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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

Mensaje por Invitado el Jue Mar 28, 2013 4:16 am

Justo cuando escuché que el tren iniciaba la marcha me tensé.

Estás en un tren, no va a pasar nada. No es un coche o un autobús, así que nadie se va a chocar contra nosotros, el tren no va a salirse de la vía...

Abrí los ojos un tanto rápido y solté todo el aire que había acumulado sin darme cuenta de golpe. A mi alrededor había plena tranquilidad, todos los pasajeros estaban atentos a sus cosas: leían, trabajaban con el portátil, estaban con sus móviles, hablaban entre ellos... Todo era normal. Pero cuando giré la cabeza en dirección a Lucas me dio un vuelco el corazón. Se estaba mordiendo las uñas de los nervios, tanto que hasta se había hecho sangre.

De forma un poco patosa por mis pastillas decidí acariciarle la barbilla. Me miró, sin saber qué decir o qué hacer.

No estaba segura de hasta qué punto podría vocalizar correctamente, así que procuraba hablar lo menos posible.

Sostuve la mano que estaba más cerca de mí. Temblaba de los nervios.

- Yo le curaré, no te preocupes -no sé hasta qué punto había seguridad en mi voz, pero yo trataba de, si no sacarla a la luz, al menos inventármela. Pisar tierra firme era lo mejor que se podría hacer, las ruedas (por pequeñas que fuesen) eran peligrosas.

No sabía exactamente lo que hacía, tan solo quería que Lucas estuviese bien, así que no lo pensé: besé sus dedos con ternura y se curaron en el acto.

- Tan rápido como te puedo curar a ti, lo haré con él -sentencié entre oleadas de sueño, producto de los calmantes. No sabía qué más hacer, así que cogí su mano y me apoyé en su hombro. Los ojos se me cerraron solos.

¿Y si el tren de repente se para? ¿Y si hay una bomba? ¿Y si hay un fallo humano y nos empotramos contra otro tren? ¿Y si...? Mierda, no. Silvia, tienes que ser fuerte. Hazlo por Lucas, te necesita. Así que no seas una gallina. No va a pasar absolutamente nada.

Cuando volví a ser algo más racional me percaté en que había estado acumulando la tensión y, desgraciadamente, se lo había transmitido a Lucas. Sin siquiera abrir los ojos decidí apartar su mano.

- Ya lo verás -seguí, continuando con lo que le había dicho. Lo mismo ya sonaba demasiado a destiempo, pero no sabía qué más hacer. Quizás lo mejor sería no molestarle y ocuparme de mis miedos en silencio... Al menos de ese modo no le contagiaría...

Contenta por esa decisión, opté por quedarme quietecita en los brazos de mi asiento y seguir con mi mantra:

Tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte, tienes que ser la fuerte. Lucas te necesita, no puedes derrumbarte, tienes que ser la fuerte.

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Re: Cuando ya es muy tarde... (Silvia)

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