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La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

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La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Jun 01, 2013 8:16 am

Tenía un buen puñado de motivos para sentirme satisfecha llegados a ese punto.

Me había alejado –por el momento, al menos- de las posibles broncas de mi queridísima madre, un chico guapo acababa de invitarme a tomar algo –cosa que celebraría más enardecidamente si no fuera lesbiana- y, para redondear, acababan de traer buñuelos en la cafetería del instituto, dejando su olor prendido en todo el aire. Embriagador, goloso, azucarado. Su dulzura se empalagaba en mi lengua. Casi era mejor que comerlos.

Husmeé el aire sin disimulo, como lo haría un perro de presa, con los ojos cerrados. Magdalenas de arándanos, café, chocolate, gofres... todo olía mejor que lo anterior, hasta que la racha perdió su efecto con...

- No te recomiendo el pastel de queso –le advertí a Dennis, pagada de mí misma. Hice un gesto de repugnancia- Huele... raro. Parece que esté cuajado o algo. Posiblemente esa bonita tarta este ahí desde el cretácico, pero como tiene buen aspecto... –me encogí de hombros- Me da que aquí se da demasiada importancia a la apariencia en este sitio.

Arrugué la nariz, fastidiada. La falsedad era una cualidad que siempre había detestado. E igual pasaba con la gente que pensaba en el “qué dirán”.

¡A quién cuernos le importa!

- Y no hablo solo de los pasteles –informé, echándome mi cortina de pelo sedoso hacia atrás. Crucé las piernas, una sobre la otra, sosteniendo el equilibrio en una silla donde los pies no me llegaban a tocar con el suelo.- Estos uniformes que lleváis, por ejemplo, perdona que te lo diga, pero son el colmo de la pijeria —suspiré- No me veo con falda. No creo haber usado una desde... mi comunión, tal vez, y ahora resulta que la voy a tener que llevarla día sí y día también. Ay, Elizabeth, con lo que tú has sido...

Mi lamento no pudo esconder la nota humorística en mi voz. Ya habíamos hecho los necesarios trámites humanos y se lo había dicho a Dennis, que prefería que me llamaran Elisa, o Eli en su defecto. Sonaba menos...señorial y era más rápido de pronunciar. Más familiar. No me gustaba ser rimbombante.

Pero menos me gustaba quedarme con dudas...

Clavé mis ojos en el hombrecillo transformable, abiertamente curiosa.

- Así que las cosas han cambiado, ¿hum? –tanteé con amabilidad, jugueteando con una hebra de mi cabello, que casi cayó sobre la mesa cuando me incliné hacia él para mostrar interés. Su olor también estaba mezclado ahí. El de Dennis, tan intenso, mareante- Empezando por tu colonia –susurré para mí misma.  Un olor desagradablemente potente a cambio de uno agradablemente potente. Supongo que era algo positivo a pesar de la asfixia continua que me provocaba cuando se movía en mi dirección.- Detrás de un trapicheo del destino, como parece ser este, siempre hay historia interesante. Cuéntame: ¿Cómo pasaste de ser un potencial suicida alcoholizado a un potente semental escolarizado?

Mi propia rima me hizo reír, aspirando el vapor de las pastas y el aroma del café.

Eso es un cambio positivo y lo demás son gilipolleces.
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Me encanta el título del tema. Tenía que decirlo. XD

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Sáb Jun 01, 2013 10:33 am

Había enarcado una ceja, un tanto sorprendido por esta información tan... útil que me proporcionaba Eli. Tomé nota mental sobre los pasteles. En todo caso tampoco es que comiese aquí. Demasiada azúcar perjudicial para el cuerpo y que podía llevar a cualquiera a tener diabetes, incluso al más sano. Y demasiados antioxidantes que en mi caso podrían llegar a matarme, dado que hacían lo contrario a lo que mis medicamentos: anitoxidaban*. Por eso últimamente había perdido la costumbre de almorzar. Apenas había comida aquí que podía consumir, ¿qué querían que hiciese? ¿Beber agua? Sí, eso ya lo hacía.

- De todos modos no pensaba probarlos, pero gracias por la advertencia - sonreí divertido. - Hablando de eso, qué quieres tomar? No te cortes - le guiñé el ojo, levantándome para pedir lo que ella me había pedido y un café con leche para mi. Era una de las pocas cosas que no me matarían, iba a aprovecharlo, desde luego. **

En menos de un minuto ya regresaba, tras haber hecho el pedido. - Sí, coincido, son horripilantes. Poco prácticos y además te ciegan completamente. ¿A quién se le ocurrió la genialosa idea de mezclar azul claro con rojo? Es asqueroso - era la primera persona con la que hablaba de los uniformes, por lo general no solía mostrar lo mucho que me importaba el verme decentemente vestido. O al menos de tal manera en la que no perjudicaba la vista de nadie. - Las faldas están bien... aunque no parezcan las de un colegio, son demasiado provocadoras - solté una pequeña carcajada. Me divertía pensar en las faldas cortas que solían llevar las chicas. Además de que me gustaba, hacía que en muchas de las ocasiones (cuando la señorita era potable) me cayese la baba. Eso estaba guay.

He de reconocer que Eli me caía bien. Era simpática, desde luego, y tenía sentido del humor. Y esa extraña capacidad para captar olores, cual perro policial. Y era verdad que yo tampoco me la imaginaba con el uniforme. Sería raro, desde luego. Me parecía increíble que tenían que obligar a la gente llevar uniforme diferente según el sexo. Era machista, denigrante, algo muy poco racional teniendo en cuenta el siglo en el que estábamos. Hombre, yo tampoco es que me quejase por eso - me parecía bien que las chicas llevasen falditas. Pero podrían dejarles elegir si llevar falda o pantalón, desde luego. Y que eligiese cada uno según su caso.

- Llevo esta colonia desde antes de entrar en la pubertad - me encogí de hombros. - La verdad es que en los primeros años parecía demasiado varonil para un chavalito, pero es como huelo desde que apenas puedo recordar, así que, no ha habido cambio - reí. Me había enredado con las palabras demasiado. Y no pude aguantar la risa cuando ella me preguntó eso último. ¿Fui el único que se dio cuenta que rimaba? Inconscientemente en mi cara había aparecido una mueca ligeramente torcida. - Hm... Es, digamos, un pelín raro de explicar. Yo siempre he sido el mismo bicho, ¿no? Pero todo lo que conocía se derrumbó de golpe, primero estuve un buen tiempo hospitalizado, que fue cuando por primera vez probé la delicia del coito, y después pasó lo que pasó con mis padres, que me convirtió en un suicida. Supongo que era el recluta perfecto para cualquier organización terrorista, pero consiguieron sacarme de este estado... Y soy... hm, "un potente semental escolarizado" durante todos los días del año, excepto uno. Que parece ser que fue cuando me conociste - sonreí. Era capaz de resumir, sin exagerar ni dramatizar. No me gustaba dramatizar. - Supongo que tuviste mala suerte, suelo estar sobrio el 80% del tiempo - era un porcentaje que de hecho había calculado. Parte de un trabajo de ya no recuerdo qué asignatura. El profesor se había quedado flipando, me había mirado con reproche y se había ido. Saqué una buena nota, porque había seguido, de hecho, el procedimiento perfectamente, pero el porcentaje del tiempo en el que estaba ebrio superaba en 17% a mi peor compañero. Divertido, ¿eh? Era un borracho sin remedio.

- ¿Y tú qué? Nerviosa por entrar al insti? Si alguien te molesta, ya sabes donde encontrarme - en cualquier lavabo - bromeé. Aunque en parte lo decía en serio. Era un buen ejemplo de figura de hermano mayor. Fuerte y sin estar sosegado por la explosión de hormonas, porque era el único que sabía expulsarlas de mi cuerpo sin tener que recurrir al onanismo (sí, lo digo a menudo, pero pajas, masturbación, fapeo y todos estos términos suenan feísimos, compréndanme). - Lo digo de verdad, cualquier cosa estaré por aquí, rondando - sonreí, aclarando por si las moscas.

----------------------------------------------------
* Es un hecho bastante poco divertido, cuento su historia en otro momento XD
** Para no demorar esta acción, lo dejo así colgando, y en el post siguiente tú dices lo que le apetece a Eli king
FdR: Imagínate a este chaval: click, con este olor XD Queda todo vacilón, eh? XD
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Dennis Martin Ingram

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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Elisa Espel el Dom Jun 02, 2013 2:13 am

Arqueé una ceja en dirección al Señorito Cullen, bicho transformable, potencial semental escolarizado y... ¿Mi futuro guardaespaldas? De inmediato, sentí crearse arrugas en mi frente ante la puñalada trapera que acababa de recibir mi orgullo. Gruñí, molesta.

- ¿Tengo pinta de ser una damisela en apuros? –quise saber, apartando la infusión que me había traído a un lado.

Era súper fan de las infusiones y en especial, del olor burbujeante de las hierbas calientes diluyéndose en agua, desprendiendo ese aroma tan suave, amable. Era una de las pocas cosas que entraba en mi dieta sin riesgo a que dañara el paladar por la intensidad del sabor.

Clavé una mirada desafiante sobre Dennis. Sabía cuál sería, más o menos, la respuesta que me daría antes de oírla. Siempre me pasaba igual.

Ten un cuerpo menudo y una cara redonda, con rasgos suaves, empapados por la inocencia de una niña pequeña, y estás condenado a que todo el mundo te tome por una inofensiva muñequita de porcelana. Esto es así.

Normalmente, por adorable que me considerara la gente, conseguía cargarme aquella imagen solo abriendo la boca. Recuerdo que mi padre solía compararme a los caramelos ácidos. Si miras el envoltorio, puede pasar como algo dulce, pero en cuanto lo pruebas... ¡Ah, cómo te pica la lengua!

Sonreí. Ser ácida era mi especialidad.

- Es un gesto muy noble, pero yo no necesito protección. Ni la necesito ni la quiero, sé defenderme solita –aseguré, con un punto de orgullo herido y otro de travesura. Volví a acercarme la infusión, jugueteando con la cuerda atada a la bolsita.- Cuatro años de judo –informé tranquilamente, después de olisquearla.- Puedo tumbar a cualquiera si me lo propongo –callé abruptamente cuando una imagen mental golpeó mi cabeza. Tuve que corregirme.- Bueno... a casi cualquiera.

La excepción que confirmaba mi regla tenía nombre, y se llamaba Erika.

¿Quién diría que esa apacible amazona sabría luchar tan bien, hasta el punto de enviar al cuerno la teoría de mi invencibilidad? Se me escapó una sonrisa ensoñada. Ella también engañaba con su aspecto, estaba segura... de lo que no tenía ni idea es qué se escondería tras las cerraduras de sus ojos verdes, casi transparentes. No tenía ni idea de quién era, de cómo era...

Y me moría por descubrirlo. Iba a tener que entrenar mucho para vencerla, para arrancarle el secreto de sus labios. Estaba decidida a hacerlo.

- Además, soy la reina de las peleas de gallos, sería una lástima si me privaras de enzarzarme en algunos piques. Tengo ganas de entrar aquí solo para ver si puedo sacar de quicio a algún pijo insoportable –reí, ya sin rastro de molestia en mi voz. Mi nuevo amigo, el Mister Potato, tenía muy buenas intenciones. Demasiadas, ¿no le había dicho que estábamos en paz?- Mucho me temo que me gustan los problemas... –Eso lo susurré más para mí que para él. Solté una risita y me encogí de hombros.- Quiero decir... ¿te habría encontrado si no el único día del año en que decides convertir tu hígado en una piscina de vodka? El porcentaje de posibilidades no era muy grande –esta vez, mi sonrisa sí que fue dulce. Acorde con mi aspecto. Una mano se deslizó por la mesa hasta encontrarse con la de Dennis. Le di un leve apretón.- No me debes nada. Cualquiera habría hecho lo mismo... Además, no iba a dejar que un individuo tan interesante estirara la pata, ¿verdad? –me eché hacia atrás, con naturalidad, como quien no quiere la cosa- Supongo que no hay muchos de nuestra especie. Hay que evitar que nos extingamos...

Menudo discursillo. Un día de estos deberé apuntarme al Green Peace.

Me escondí tras el humo que desprendía mi taza, intentando tragar mi gesto de diversión. ¡Ni siquiera para eso puedo ser seria, qué frustración!
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Perdón por la tardanza :S

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Vie Jun 14, 2013 9:54 am

Negué con la cabeza. Estaba ciertamente decepcionado. - Pues, vaya, y yo que quería sentir lo que era ser hermano mayor de una damisela en apuros... Supongo que tendré que acechar a tus futuros pretendientes, para sortear quien es la mejor opción - todavía me quedaban esperanzas en eso. ¿O no? En todo caso, iba más o menos de coña, vamos que, yo no era de los tipos que se metían en problemas... Al menos no mucho... Cuando quedaba inconsciente ya me retiraba... n... Retiraban. Aunque yo aguantaba lo que me echaban, desde luego, así que aunque no me sacasen de ahí al instante me podían sacar en unos minutos y no pasaba nada, no había daños severos experimentados. 

- Te apuesto esta corbata tan cegadoramente mal combinada a que a mi me puedes tumbar en dos segundos - reí. Resistir - resistía, pero tumbado, nunca dije que fuera un guerrero que se quedaba de pie para recibir todos los golpes. Podía ser gilipollas, pero era un gilipollas vago. Como todo adolescente normal y corriente, ¿no? La verdad es que mi hiperactividad se basaba en hacer tonterías sin sentido alguno, mientras que a la hora de hacer tareas de mayor importancia acababa por echarme una siesta, nadar, dormir, chatear por ahí... En fin, que sí, mis fuerzas no se dirigían a cosas productivas. ¿Pa' qué? 

La miré, escuchando cada una de sus palabras y reflexionando. En voz alta. - La verdad es que quería coger el whisky, pero resultó que no lo traían hasta la semana siguiente, así que, le eché mano al único brebaje que hallé en el minibar de mi tío - me encogí de hombros. No era muy de vodka, sinceramente. No me gustaba el olor. Mira que por otra parte el ron sí me gustaba, pero era una bebida "prohibida" en mi familia, nunca me contaron el porqué, y nunca traté de averiguarlo. Sería una de las muchas tonterías en las que los viejos pensaron de jóvenes, cuando eran ellos los pecadores, porque estoy seguro de que ellos también fallaron, por muy santos que hagan verse ahora. 

- Conozco el punto débil del director... Y de la mayoría de los profesores... A ellos puede que no los tumbes, pero yo te ayudaré a esconder las huellas del crimen si acaso consigues llevar a alguno de esos de por aquí al infierno - sonreí cual niño pequeño justo antes de efectuar una obra maestra que precede a la travesura del siglo y por la cual se quedará sin regalos de Navidad durante un largo tiempo. Menos mal que ya no dependía de adultos para comprarme los regalos por mi cuenta. Era [s]medianamente[/s] libre, y eso era divertido. Podía ser irresponsable a mi bola. Guay, ¿no? 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Elisa Espel el Mar Jun 25, 2013 3:30 am

 Sonreí de medio lado, burlona.

-          Dennis Caradura Ingram, ¿qué clase de hermano mayor se supone que eres?  -me reí.- ¿Acaso me estás instando a liarla haciéndome saber que voy a tener tu ayuda cuando  ocurra?  ¡Menudo ejemplo me das! –rodé los ojos dramáticamente para luego observarle unos instantes.- ¡Me caes bien, chico! –anuncié con energía.

Encogí los hombros mientras, con gestos dicharacheros, me encargaba de envolver en la cuchara la bolsita de té, escurriéndola. Me deleité con ese cargado aroma de herbaje diluido en agua, aún sin atreverme a probarlo.  Estaba demasiado caliente, el espeso vapor húmedo daba buena cuenta de ello.

-          El suicidio con whisky tiene mucho más estilo, dónde va a parar –me atreví a cachondear al cabo de un rato.  Arrugué la nariz.- .Sea como sea, no entiendo cómo te tragas eso... ¿Es que nunca te has parado a oler el pestazo que pega? Ya puestos a probar delicatesen, podrías beber gasolina, es más o menos igual de apetecible.

Hice un gesto de explícita repulsión, pero este quedó enmascarado nada más vi que esa chica de cabello rizado y cobrizo -que desprendía delicioso olor a chicle de fresa- se acababa de levantar de su asiento. Habría terminado ya su café. Era guapísima, me había fijado en eso nada más entrar. Pasó como un brisa fresca, justo en la otra punta de la cafetería, dejándome seguirla con mi mirada y mi olfato. Sonreí, traviesa.

-          Si quieres elegirme pretendiente –reposé- Mis requisitos acaban de irse por esa puerta.


Solté una risilla, mordiéndome el labio inferior. Esos uniformes tampoco estaban tan mal, después de todo... 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Mar Jun 25, 2013 12:17 pm

Me encogí de hombros, con una sonrisa traviesa pintada sobre mi cara. - Soy lo que soy - reí. - Borracho, provocador, el dios de la belleza, ganador de los premios Macho del Instituto, tres años consecutivos, Padre del Año y algunos otros, que no se puede alardear de ellos, pero que decoran bastante bien la pared de mi habitación - le guiñé el ojo, divertido. Obviamente que andaba bromeando. Y no por otra razón, sino porque acababa de inventarme los premios. Pero era una broma sincera, porque si existiesen, yo sería el ganador, claro está. - Métete en peleas, chica! - sí. Tal vez era mal ejemplo. Pero sólo tal vez. Lo malo es que no sabía hasta qué punto quería que de verdad se metiese en líos para que le ayude. Uh, malditas adicciones a lo de ser un superheroe! Tendría que limpiar mi armario por completo de los pijamas y ropa interior de superheroes. Y la ropa de cama. Y los posters que estaban en puntos claves. Y todo lo demás. Me estaba dando complejos de superheroe, y realmente tenía de alguien especial lo que las Coca Colas de hoy en día tenían de cocaína. 

No pude no soltar una carcajada cuando comentó lo del whisky. - Tenía también otras alternativas, pero ya sabes, si mueres joven al menos deja un cuerpo bonito. Así que, tuve que descargar el puenting, paracaídismo y demás saltos, porque me destrozarían la preciosa carrita; luego, utilizar una pistola es demasiado sangriento; y el incidente de tráfico está demasiado viesto... Por lo que al fin y al cabo, no tenía otro modo para efectuar mi plan - me encogí de hombros. Sí, mis alternativas habían sido espectaculares... - Hm... es cierto... Todo eso es un poco raro, no? Que la gente consuma cosas que ni siquiera le gustan... Pero todo es hábito, creo yo, igual que te acostumbras a comerte las espinacas te acostumbras a tragarte cualquier gilipollez - me encogí de hombros. La verdad es que hace unos años también pensaba que el alcohol era jodidamente asqueroso... hasta que comenzó a gustarme. Eso sí, nunca me gustó, y creo que nunca me gustará, la cerveza. Es una de las pocas cosas que no soporto.

Observé a Elisa despistarse y seguí su mirada. Tratando de hacerlo disimuladamente, pero la verdad es que al toparme con aquello con lo que los ojos de la chica con la que estaba charlando se había topado, se me olvidó el cómo actuar. Era una adolescente WOW que estaba yéndose. Y yo estaba todavía observándola irse cuando Eli soltó lo de sus requisitos para pretendiente. Bueno, era sorprendente, y algo decepcionante. Ahora no podría llevar a la chica WOW a la cama. Pero bueno, había otros peces en el mar, daba igual perder algunos, si es que llegabas a ayudar a la gente que te caía guay. Así que, en mi cara se dibujó una sonrisa torcida. Me levanté con agilidad y le señalé a Eli que esperase ahí, mientras yo iba a por la chica WOW. 


- Hey, ¿qué tal? - pregunté, sonriéndole. - ¿Qué te parecería si te presento a una persona que enamora? - solté de golpe, refiriéndome a Eli. Pero la mujer esa con la que estaba tratando de hablar pasó por alto todo mi potencial, todo mi estilo, toda mi belleza y me propinó una buena torta. Auch. Y ni siquiera escuchó mi propuesta! ¿Acaso no se había enterado de que a Dennis Ingram no se le dejaba de prestar atención? Y que tampoco se le pegaba. Y menos en la cara. Vamos que, ¡qué poca consideración y qué mala educación! Enarqué una ceja. Estaba muy molesto, sinceramente. E indignado. ¿Qué clase de hermano mayor era por el amor de Merlín? Eso es deprimente. Miré rápidamente hacia Elisa, encogiéndome de hombros y mirando con cara de sorpresa. La confusión era máxima. Pero rápidamente regresé la mirada al pasillo por el que la chica indignada se iba. Buah, pedazo de trasero, eso hay que reconocerlo. Cuando desapareció de mi vista me dispuse a entrar, pero entonces apareció por el pasillo una señora que me dejó boquiabierto. ¿Pero qué le pasaba a las mujeres hoy? ¿Habían quedado todas en hacerme la vida imposible, maltratando a Will? 

Me sentía como un crío pequeño en una tienda de caramelos. Esa mujer que se aproximaba por el pasillo podría ser una profesora aquí, o madre de alguno de los pequeños, pero estaba de muerte. Regresé rápidamente a mi asiento. Avergonzado. Bueno, realmente no, no lamentaba ningún pensamiento, y tampoco creo que lo haría. Quería dominar a la bestia que llevaba en mi interior, pero cuando la gente aparecía así, pues como que no. No era un mago para hacer magia, ni Dios para hacer milagros... Me fijé en Eli, tratando de recobrar la compostura. Misión imposible. Y tal vez a Elisa también le costaba, porque estaba como tensa, nerviosa... - He de reconocer que tienes buen gusto - traté de tranquilizarla... de alguna manera... - El desastre WOW que acaba de abandonar regresará mañana también, ¿te apuntas a la persecución? - bromeé. Le iba a conseguir la chica, aunque me costase cincuenta propinitas más.


FdR: Ya sabes, cualquier cosa me lo dices y lo edito lol!
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Adriana Bertrán Costa el Mar Jun 25, 2013 11:18 pm

Reconocía los síntomas.

Estimulación simpática, -que provoca una liberación adrenalina y noradrenalina-, corazón acelerado,  aumento de la presión arterial, y por lo tanto, también de la frecuencia respiratoria...

Neurológicamente, es lo que ocurre cuando estás furioso. Yo lo estaba.

Preocupada también, pero eso quedó atrás cuando la vi sentada en la dichosa cafetería, con un gesto que daba a entender que sabía perfectamente que estaba metida en un buen lío. Mejor. Fruncí más el ceño cuando nuestras miradas colisionaron.

Había otro chiquillo sentado con ella. Le preguntó algo, no supe el qué. Solo oí la respuesta de mi hija.

-          ¿Mañana...? Ammm... no creo. Me temo que para mañana ya estaré muerta...

Elevé la barbilla en alto, sin detener mi desfile de tacones.

-          ¡Elizabeth Espel Bertrán! –anuncié su nombre. Ella respingó en respuesta y, de inmediato, saltó de su asiento, yéndose a esconder de forma infantil tras el chaval.

-          ¿Quieres protegerme de algo? ¡Sálvame de la bruja mala! –pidió, apretándose a su espalda.

Entrecerré los ojos, atacada.

-          ¡Ven aquí ahora mismo! –exigí, dura.

-          ¡Mamá, no me mates! –teatralizó haciendo un puchero que, para mi desgracia, era adorable. Luché para dejarme ablandar. Yo no podía ser tan manipulable como Jorge.- No te sale a cuenta, recuerda que fueron treinta y dos horas de parto...

-          Elizabeth, no agotes mi paciencia... –le advertí, poniendo una mano sobre mi cadera. Ya me tenía echando humo, me negaba a enervarme todavía más con ese sentido del humor tan propio de su padre. Dios.... ¿Por qué me recordara siempre a él? Cogí una bocanada de aire.-  ¿Tienes idea de la vergüenza que me has hecho pasar ahí dentro?

-          Solo quería destensar el ambiente... Estabais tan serios...

-          ¡Porque estábamos haciendo los trámites de tu matrícula, no un show de comedia!  -me desesperé. Algo había hecho mal a la hora de criarla, seguro. Avancé hacia ella, intentando agarrarle un brazo, pero fue más rápida que yo. Se desplazó al otro lado de la mesa, como si estuviéramos jugando al escondite. Solté un gruñido- ¿Por qué me lo pones todo tan difícil?

-          Porque sé que si no te aburres –me dedicó una sonrisa resplandeciente. Su sonrisa resplandeciente y traviesa. Esa que me sacaba de quicio.

-          ¿Es que no puedes comportarte por una vez en tu vida? –gemí, casi supliqué.- ¡Por favor! No empecemos con mal pie aquí... Este pueblo es muy pequeño, es el único instituto que hay. Si te expulsan no podré mandarte a ningún otro lugar...


Eli se quedó quieta un segundo. Luego soltó una feliz risotada.

-          ¿Te acuerdas de cuando me expulsaron del colegio ese de monjas? –se mordió el labio inferior y puse una mirada de brillante color dorado sobre el chico que había sentado con ella.- Me subí al tejado porque había colgado el balón de fútbol y la hermana Margarita creyó que me quería suicidar...


-          Eso no tuvo gracia –gruñí.

-          Pues papá se rio.

-          ¡Tu padre se reía de todo! –bizqueé exasperada. Me quise abalanzar de nuevo sobre ella, pero antes de poder atraparla, mi hija pegó un salto y corrió entorno a la mesa en dirección contraria. Me pellizqué el puente de la nariz, conteniéndome.- Deja de ser tan infantil, por favor.

-          ¡Habló la que me está persiguiendo alrededor de una mesa! Además, tan educadita que eres tú y no le has dicho ni hola a mi amigo... ¡Después quieres que yo sea una señorita! –se burló, con los brazos en jarra.

Un día de estos la mataré...


Sentí que las mejillas se me sonrojaban ligeramente al darme cuenta del ridículo que habíamos estado haciendo. Recuperé la planta como pude, clavando la mirada en el chaval por primera vez
.
-          Yo... Siento esto... –murmuré, incómoda. Eli se encargó de romper el hielo. Ella era mi rayo de sol particular. 

-          Mamá, te presento al bueno de Dennis Martin Ingram, mi amigo Mister Potato. Es medio vampiro –anunció Elizabeth, desenvuelta y encantadora. Siempre lo era- ¿Dennis? Este ogro a punto de devorarme es a lo que yo llamo mamá –le puse mala cara y ella me mandó un beso airado, divertida. De repente soltó un jadeo- ¡Oh-oh! Estoy segura de que aquí habrá flechazo médico-paciente...  Te encantaría tratar a Dennis, mamá. Es único en su especie.


-          Apuesto algo a que sí –suspiré. Sin embargo, luego le dediqué una sonrisa cálida. Extendí una mano hacia él como salutación.- Encantada. Me llamo Adriana...

Y no pude contenerme más. Es la fuerza de la costumbre...

Mis ojos lo escanearon, empezando con mi habitual análisis y descomposición de cerebros. Tenía presencia, planta... era atractivo. Su forma de mirar indicaba seguridad en uno mismo, autoestima. Estaba en esa edad en que todas las muchachitas estarían locas por él, claro. Parecía una persona viva, inquieta y...

Oh, por favor. Tengo que dejar de hacer esto.  Es de locos.


El colmo de una psiquiatra... 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Miér Jun 26, 2013 5:00 am

¿Qué decía esta chica? ¿Cómo estaría muerta en un día? Bueno, antes de que me diese tiempo preguntar escuché el rítmico paseo de unos tacones, y tuve que girar la cabeza hacia la persona que creaba el ruido. Era la mujer de antes. Y desde el momento en el que entró en la cafetería me quedé perdido, siendo sólo una parte de la decoración del lugar, como cualquiera de las sillas. 

Las cosas pasaban con tanta prisa, que antes de que me diese cuenta, Eli ya estaba detrás de mi, después se había echado a correr alrededor de la mesa con la mujer persiguiéndola. Lo importante era mantener la calma y no echarme a reír cual imbécil perdido, ¡pero no había manera! Si no me reía acabaría explotando. Y lo digo en serio! Nadie querría ver un chaval, por muy guapo que fuese, explotando, verdad? Por eso trataba de distraerme de alguna manera. Por ejemplo, intentando seguir lo que sucedía. Por lo visto Eli se había metido en problemas, y esa era... ¿su madre? Si fuese hijo de esa mujer desarrollaría el síndrome de Edipo, sin siquiera pensarlo. Bueno, tampoco es que eso tenías que pensarlo, pero... Bah, creo que se entiende. 

Y no conseguí pillar muco más del trama. Era como una opera, que cuando no hablabas el idioma y no tenías el resumen, no te enterabas de nada. Lo que pasa es que ellas sí hablaban un idioma que conocía. Tal vez necesitaba también el resumen para pillarlo todo. Seguí de decoración hasta que mi amiga y salvadora le recordó a su madre que yo también estaba por ahí. Por fin se percataban de mi, era bueno ser visto. 

- No pasa nada - respondí con tono divertido. Era adorable como la madre de Elisa se sonrojaba. Entonces la chica trató de hacer las presentaciones. Y no pude no soltar una carcajada, hasta que presentó a su madre, donde tuve que corregirla. - Tu madre no es un ogro - y era cierto. En todo caso sería ogra, pero tampoco. Los seres de esa especie, no eran tan atractivos, desde luego. 

Me levanté de la silla para poder presentarme como la persona educada que era. No era de buena educación presentarse mientras seguías sentado, y no a una dama. Estreché la mano, sin dar un apretón, como haría si me presentase a un hombre. Las mujeres eran más delicadas. - Un gusto conocerla, Adriana - dije, con una sonrisa traviesa dibujada sobre mi cara. - Y yo soy, como ya escuchó, Dennis - acabé la presentación. Había optado entre las posibilidades de decir mi nombre completo o sólo el típico, por el que me conocía todo el mundo. Al final me decidí por lo segundo. Tampoco estaba tan mal.
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Elisa Espel el Jue Jun 27, 2013 1:24 am

Solté una risilla entre dientes.

¿Qué no era un ogro? Eso es porque no la conocía recién levantada, está claro. Hasta el mismo Shreck la temería...

Con un gesto de caballerosidad tan simple como lo fue levantarse para tomarle la mano, Dennis ya tenía más que ganada la aprobación de Adriana... eso de canteo.  Sabía jugar bien las cartas, el muy canalla...

Quizás hasta me conseguiría librar del castigo gracias a él. Solo tenía que conseguir distraer lo suficiente a mi madre... y sabía cómo.

Le sonreí con dulzura, tomándola de la muñeca libre.

- Siéntate con nosotros –invité, tirando de ella hasta que dejó caer el trasero en la silla que quedaba libre entorno a nuestra mesa.-¿Qué tal si te pides algo dulce para contrarrestar tu amargura?

La capa de pestañas de mamá cubrió con un manto fúnebre sus iris azulados. Solté una risotada antes de inclinarme a besar su mejilla. Seguro que así le hacía olvidar parte de la mala leche que llevaba acumulada...

Como cabía a esperar, Adriana acabó suspirando y pude ver cómo escondía una sonrisa de media luna.

- ¿Qué voy a hacer contigo, eh?

- Quererme, mimarme y nunca abandonarme –hice la lista de inmediato, encogiendo los hombros.

- De mimarte nada –contrarrestó, dándome un golpecito cariñoso en la nariz con el índice. - Te recuerdo que el consentidor es tu padre... A mí no me vas a torear tan fácilmente, señorita.

- Eso está por ver...

La implacable doctora Bertrán, después de un suspiro dramático que consistía en “puede que yo también me tome un café”, decidió que lo más productivo era ignorarme. Eso le ayudó a caer en la cuenta de algo.

- ¿De dónde has sacado dinero para pagarlo? –quiso saber, señalando mi té con un golpe de cabeza.

- De ningún lado. Invita él...  ¡Aprovecha y ponte las botas!

Mamá arqueó una de sus perfectas cejas en dirección a Dennis, con sorpresivo interés. Y ...¡ahí estamos otra vez! Bizqueé.

- ¡Oh! No te preocupes por esa mirada, Dennis, ahora está calculando las posibilidades que hay de que seas un violador que se dedica a drogar a las chavalas echándoles cosas raras en el té y-...

Una mano corrió de forma aturullada a aplastarse contra mi  boca. Era suave y olía a avellanas. El corazón acelerado de mi madre me indicó que la había avergonzado de nuevo antes de poder captar de nuevo el sonrojo de sus mejillas.

- ¡Yo jamás pensaría eso!

Lamí mi mordaza de carne y huesos sin ningún miramiento, consiguiendo que Adriana arrugara la nariz en gesto de repugnancia antes de apartarla a toda prisa.

- ¡Agh! ¡Elisa! –se quejó, inclinándose a por el servilletero. Era la reina de la pulcritud y no tuvo reparos en demostrarlo cuando se limpió concienzudamente los dedos con esa hoja de papel.

- Cómo si pudieras resistir la tentación de poner al chaval en una mesa de disección–me burlé. Mamá negó con la cabeza. Pasó de mí.

- Es muy amable por tu parte invitarla, Dennis, pero no tenías por qué...

- No, no tenía. Pero, además de ser un encanto, parece que posee la ridícula idea de que me debe algo por... haberle salvado de su intento de suicidio. Qué cosas, ¿eh?

Casi se me escapa la risa ante la expresión de contenido asombro en aquella metódica mujer.

- ¡Anda! Más o menos es el geto que puso la hermana Margarita...  –indiqué.

Sabía que Adriana ya no me estaría escuchando. Sus orbes del azul del cielo se clavaron con interés  sobre los de mi colega Cullen y el labio superior se le descolgó milimétricamente del inferior.

- Ve rezando lo que sepas, colega. Eres su próxima víctima.

Más que psiquiatra, cualquiera diría que anunciaba a mi madre como una asesina en serie...

Nah. Era una diagnosticadora en serie... y ahora que había encontrado un nuevo juguetito, mi caso –y el de mi castigo pendiente- iba a quedar en segundo plano. Seguro.
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Mensaje por Dennis Martin Ingram el Jue Jun 27, 2013 3:21 am

Esperé a que Elisa arrastre a su madre hasta la silla y después me senté yo. Mientras tanto observaba lo que hacían. Era interesante ver esa relación que tenían, tal vez porque me recordaba a la que yo tenía con mis padres. Claro que, yo no solía darle besos a mi padre, pero sí a mi madre, a modo de soborno. Igual que Eli. Antes de darme cuenta sobre mi cara había aparecido una media sonrisa. Había recordado aquel día en el que volví al personal del hospital loco... Pero no lo habría conseguido si no fuese por mi doctor, quien me ayudó con bastante interés. Al final, cuando mis padres se enteraron de todo lo que había hecho, casi me matan. Claro que, comprendieron con demasiada facilidad que no tenía otra cosa que hacer ahí, así que me dejaron sin castigo. Era uno de los muchos cancer perks que recibía en aquél tiempo, y estaba guay, desde luego. Apenas tuve que hacerme el bueno e intentar distraerlos. 

Me había olvidado casi por completo de dónde estaba, hasta que sentí la mirada de Adriana posarse sobre mi. ¿Me habían dicho algo? Espero que no, porque no me había enterado, y pedir que repitan la pregunta me parecía de mala educación, porque mostraría que no había estado atento a la conversación... Pero, ¿qué remedio me quedaba? Justo iba a preguntar, cuando Eli me adelantó y me salvó de hacer el ridículo. - Oh... - solté una carcajada, mientras las observaba. - No creo que a los jefes les guste que me meta en las drogas y las violaciones... Después de las últimas sorpresas que les serví, sería el colmo - bromeé, dejándolo así, sin explicar a lo que me refería exactamente. Si es que tampoco es que me conociesen mucho, al menos Adriana no sabía nada de mi, así que tendría que explicarlo todo para que supiesen realmente lo que pasaba. Así al menos no me convertía en un aburrido. No del todo. - Aunque, si no me confundo, esto de pensar primero lo peor, en todas las ocasiones, es un mecanismo de defensa de las madres, ¿verdad? - apunté, para ayudar un poco a la madre de Eli tranquilizarse. Y también es que lo sabía de primera mano. Un día llegué tarde a casa, porque se me había hecho simplemente tarde y no me había dado cuenta de que tenía el móvil apagado, y digamos que por poco comienza una búsqueda a nivel nacional con todos los rangos policiales metidos por ahí, a causa de mi "secuestro". Hm. Lo que son las madres y sus paranoias.

Esas dos eran divertidas juntas. En serio. Observé como Eli en el gesto más infantil posible le daba un lametón a la mano de su madre, y después a esta, cual aquel detective Monk, buscar rápidamente una servilleta para limpiarse la mano. - No, sí tenía que... - pero me quedé a medias porque Elisa soltó toda aquella frase y contó todo acerca de nuestro primer encuentro. Qué interesante, probablemente jamás lo habría resumido así, pero bueno, no era un mal resumen. Al menos me había halagado... hasta mencionar lo del suicidio... Pero bueno, no era un secreto, ¿no? ¿Qué más daba? 

- Bueno es saberlo... pero cuando llevas años sin ir a la iglesia, ¿cómo se hace eso? Soy el pecador por excelencia en el infierno, ¿le rezo al Diablo entonces? - pregunté, divertido. A veces creo que le doy demasiado poca importancia a las cosas que suceden. ¿Pero no es eso lo que hay que hacer? La mujer, la madre de Elisa, probablemente me estaba tachando de un chaval problemático y mimado que había tratado de suicidarse, y sin embargo, yo aquí, tan feliz. La verdad es que es probablemente por haber liberado mi sistema endocrino y la tensión en mis órganos reproductivos; eso ponía a cualquiera de buen humor, ¿no? O al menos a mi, vamos que, si no fuese por eso probablemente sería un tipo realmente amargado. En todo caso, no esperé respuesta. - Bah, paso - me encogí de hombros. De todos modos tampoco había necesidad. Si total, estoy seguro que Eli iba de broma. O eso espero. Aunque, ¿qué es lo peor que podía pasar? ¿Que esa bella mujer hiciese de doctora? Si llevaba falda corta, escote bien marcado y tacón, me ofrecía voluntario como paciente!  Y si no, ¿qué más da? Igual me ofrezco voluntario. Tan simple.


Última edición por Dennis Martin Ingram el Jue Jun 27, 2013 9:37 am, editado 1 vez (Razón : Pequeña incorporación de un último párrafo :D)
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Adriana Bertrán Costa el Vie Jun 28, 2013 9:50 am

 
Sonreí de medio lado.

-          Rezar es algo altamente innecesario. Estás a salvo de mí. Además, soy atea, no me ofenderé si no me dedicas un padre nuestro... –encogí los hombros como había hecho él antes. Torcí un poco la cabeza para aleccionar a mi hija.- Elizabeth, hay cosas que no se cuentan a la ligera, ¿sabes? Cosas que debes tomarte en serio. Un suicidio es una de ellas.

-          Ah, ya... Esta sociedad y sus temas tabú... Siempre olvido cuáles son...Sexo, muerte, tortura... ¿Los teletubbies?

Rodé los ojos.

-          No está bien ir contando las intimidades de la gente por ahí. Dennis tiene sus razones para-...


-          Y tú te mueres por saberlas, ¿me equivoco? –Elisa me dedicó una sonrisa... Esa que me recordaba lo bien que me conocía sin necesidad de haber estudiado mi carrera. Me mordí el labio inferior a tiempo que clavaba la mirada en la mesa.

Laa verdad es que me parecía algo tan... contradictorio... El comportamiento de ese chiquillo distaba en mucho de ser el de alguien que había intentado acabar con su vida. Era tan joven y su fachada resultaba tan despreocupada como la de mi hija... aunque no podía descubrir que había bajo la primera capa de su piel. Si era Eli la que había impedido el supuesto intento suicidio, cuando hacía relativamente poco que estábamos en el pueblo, no parecía factible que hubiera pasado el tiempo suficiente para una recuperación emocional de ese calibre.



Salí de mis cavilaciones para clavarle la mirada a los ojos color oro macizo. A los de Jorge.

-          ¿Se puede saber cómo te involucraste tú en medio de un intento de suicidio? –quise saber de repente, con las cejas juntas.- Podrías haber salido herida –escarmenté. Nadie podía predecir de lo que eran capaces la personas una vez tocaban los límites de su existencia y de su salud mental. Resultaban inestables como poco.

-          Creí que estaba prohibido hablar de eso... Ya sabes, tabú...

-          No juegues conmigo –rugí entre dientes, mostrándome ya más potencialmente amenazante ante su gesto sobrado. Mi hija era lista. Sabía bien hasta donde podía tensar mi cuerda sin romperla. Suspiró.

-          Estaba paseando, me perdí, llegué hasta una central eléctrica y le vi en el suelo intentando ahogarse con alcohol. Lo más peligroso que había en él era el pestazo que pegaba –intercambió una mirada cómplice con el chavalín. Aquello me llevó a la exasperación.

-          Ya... ¿y por qué no me llamaste? –pregunté, dura. Encogió sus pequeños hombros, jugueteando con la cucharilla en su té.

-          Porque eres atea...

Aquello me pilló totalmente de sorpresa. Arrugué todavía más la frente, intentando descifrar el puzzle que era mi hija... era el que más se me resistía.

-          ¿Qué tiene eso que ver?

-          Tiene que ver en que hay cosas que no creerías si no las vieras –susurró. Sabía que la frase tenía doble sentido... pero se escapaba. Titubeé, haciendo saltar mis pupilas de Dennis a ella repetidas veces.- Aunque eso se soluciona cuando le conozcas –me animó Elisa, de nuevo con ese misterio desquiciante y esa sonrisa capaz de encender calidez esporádica en mis venas.

Suspiré, entrelazando las manos sobre la mesa.

-          Dejar que le conozca o no es algo que debe decidir él –reposé con calma.


Para dar fuerza a mis palabras, le concedí una mirada inquisidora a mí... nuevo objeto de estudio.

Me odié por ya considerarlo de ese modo. Pero no podía evitarlo...
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Vie Jun 28, 2013 12:24 pm

Sonreí, admirando la mujer. Era bastante interesante encontrar que había gente que podía vivir sin creer en un ser superior, de cuya existencia se dudaba. Yo lo había intentado, pero había acabado dejándolo. No podía. Necesitaba creer en este algo superior. En algo que podría ayudarme o perjudicarme, porque la vida era así. Iba a añadir un "tampoco es secreto de estado" cuando Adriana riñó a Eli, pero me contuve, observándolas conversar. Apuesto una rana de chocolate con cromo incluido a que podría acostumbrarme a verlas hablando. Era interesante. Reconfortante, de alguna manera. No sé la razón de eso, pero sí, me gustaba. ¿Era raro? Espero que no. 

Pero sin embargo, mientras las escuchaba, me había entrado la sensación de culpabilidad. Esa que te carcome por dentro y te hace sentir miserable. La anotación de la madre de mi amiga era digna de consideración, había puesto a Eli en peligro, quiera o no. Y gracias a algo no había resultado todo mal, pero que podría haberle hecho mucho daño. Fui recordando aquella jornada, disparos de imágenes. Imagen en casa. Luego una cuando robaba el minibar de Jason. Después la moto, la llegada a la central y la aparición de una figura difuminada. Durante un tiempo maldije a esa figura, pero luego llegó Daniel, y más tarde Theodore. Eso cambió mi perspectiva y pasé de las maldiciones a los agradecimientos. Era algo raro, ¿no? Como un par de hechos podían cambiarte por completo. 

Y cuando Adriana me miró fijamente, de aquella manera, sostuve su mirada, sin dejarla escapar durante un sólo momento. El contacto visual era importante. Sonreí de medio lado. - La verdad es que me encantaría - respondí. Con un tono que emanaba seguridad. ¿Por qué tenía que demostrar que estaba seguro de mi mismo? ¿Desde cuando era necesario caerle bien a la gente? Yo no era así. No me influía la opinión de la gente. Bueno, sí, cuando entraba en juego el señor orgullo. En estas ocasiones lo mismo podía hacer la mayor gilipollez de mi vida que la cosa más sensata. Pero esto es que eran minucias, que probablemente nadie notaría. Vamos, nadie se fijaría en esas tonterías y gestos pequeños, ¿verdad? Eran prácticamente inútiles. - Creo que sería interesante conocerla - añadí, con una fugaz chispa traviesa atravesándome la cara. Me encantaría conocer a esa mujer. - Probablemente averiguar qué vino le gusta más, sus flores preferidas y... - me reacomodé en la silla, para acercarme un poco más a la mujer y poder añadir: - Su chocolate favorito... El chocolate es un punto importante

Sí, el chocolate era lo más importante. Todo el mundo amaba el chocolate, y aunque el que te guste un tipo de chocolate no te marcaba de una manera diferente a cómo te marcaría el que te gustase otro tipo de chocolate, sí era importante a la hora de conocer a la gente. Una buena caja de bombones siempre era un buen detalle que quedaba bien. Por otra parte, el gusto por los distintos tipos de vino sí definía a las personas. O eso es lo que siempre me enseñaron los señores abuelos. 

Dejando de lado las preferencias de Adriana, podría decir que no tengo ni la más remota y puñetera idea de porqué estaba tratando de flirtear. O probablemente sí: esa mujer tenía esa clase de carácter que la hacía deseable. Su comportamiento era deseable, si es que se dejase de lado el físico que tenía, claro está. Sinceramente, dejando atrás el querer hacer el amor con ella (que está bastante mal visto desde el punto moral y social, y también está el hecho de ser la madre de una amiga), que vamos, mi cuerpo me pedía hacerlo continuamente y si me dejaba llevar por el impulso, acabaría mal; dejando atrás esto, parece ser una persona difícil, y probablemente si la invitaba a cenar, sólo para disfrutar una bonita velada y charla, lo negaría. Así que habría que ir poco a poco, ¿no? Poco a poco... A saber cómo se hacía eso. Tal vez me han malacostumbrado mis compañeras, siendo todas ellas tan fáciles de conquistar. Me habían quitado la oportunidad de aprender a tratar con una mujer de verdad. 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Elisa Espel el Sáb Jun 29, 2013 3:34 am

Me debatí entre la sonrisa de desbordante diversión tironeando de la piel de mis mejillas y el peso muerto que quería descolgarme la mandíbula a base de asombro. Mi vista no paraba de saltar del uno al otro. Dennis; mamá, mamá, Dennis...  Vaya, vaya, ¿pero qué tenemos aquí? No daba crédito.



Aquello era insólito como poco y fuese cual fuese el juego que había empezadoel señorito Cullen, este no dejaba de sorprenderme. ¿Mi nuevo amigo le estaba lanzando los tejos de forma descarada a mi madre o es que yo soy demasiado remilgada para estas cosas? Estaba acostumbrada a que mis amigas babearan por papá, pero-...

Por el gesto de entumecimiento de Adriana y sus ojos abiertos de forma repentina, adiviné que no era solo yo la que había llegado a esa conclusión.

Carraspeó, incómoda.

-          Ah... ya... Bueno, no funciona exactamente así –aclaró, recuperando el temple tan rápidamente como lo había perdido. Me eché a reír entre dientes.- La cosa más bien va de que yo pregunto y tú eres el que contesta. Raramente ocurre a la inversa. Y no me gusta el chocolate –intentó ser tajantemente suave en la última frase, pero mi resoplo no la dejó.

-          Embustera... –susurré.  

Ni se molestó en ponerme un gesto de desagrado. Estuvo demasiado ocupada revolviendo en el pequeño bolso que había sobre su regazo y en el hilo de unos pensamientos que debían estar en plena ebullición llegados a ese punto. Tuve reflejos suficientes para aprovechar el momento de análisis de la doctora e  inclinarme entonces hacia Dennis. Acerqué los labios curvados de forma juguetona a su oído.

-          Tinto. Pensamientos. Blanco –dejé caer cada susurro como un tiro conciso. Como migas de pan para que él siguiera el camino. Era divertido poner a mi madre de los nervios y cualquier cosa que lo hiciera me parecía más que adecuada. Incluso si esas pistas fuesen a caer en saco roto. 

¿Vino? Tinto. ¿Flores? Pensamientos. ¿Chocolate? Blanco, sin duda. A mi madre le volvían loca los bombones de chocolate blanco. 

Sonreí, satisfecha cuando me aparté, recolocándome en la silla para aparentar normalidad.

-          De nada –canturreé, traviesa.

Mamá arqueó una ceja en mi dirección, interrogante, antes de tender una tarjeta que tenía prensada entre el anular y el índice hasta Mister Potato. Le sonrió, amable.

-          Mi tarjeta. Tienes mi número apuntado en el dorso... así que si de verdad te interesa que te trate puedes contactar conmigo cuando quieras –hizo una pausa, mordiéndose el labio.- Aunque... te prevengo que cobro caro. Si no tienes recursos es probable que el hospital local tenga un psiquiatra asignado también y éste entra gratis dentro del servicio médico...


Oh, sí, claro. Aunque me apostaba una pierna que no era ni la mitad de eficaz ni tenía una cuarta parte de la dedicación a sus pacientes que mamá. Lo que cobraba era más que justo, se veía claramente en la preocupación inmediata que desprendía hacia un desconocido como podía serlo Dennis.

Suspiré.

Si solo hubiera dedicado la mitad de ese interés en su matrimonio, posiblemente papá aún estaría...

Descarté ese pensamiento. No valía de nada hacerse mala sangre. Eso sería tan poco útil como los intentos de Dennis de encandilar a Adriana. Yo bien lo sabía.

La Doctora Bertrán era un hueso imposible de roer... 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Sáb Jun 29, 2013 12:59 pm

¿Desde cuándo en una conversación preguntaba sólo una de las partes y la otra se dedicaba a responder? ¿No era acaso aburrido? Y no era un diálogo en todo caso. Era un monólogo intervenido. Nada más. Eso es lo que hacía con el psiquiatra que me pagaban los abuelos. El cual los informaba de cada cosa que le contaba. Un tío bastante ingenuo, cabría destacar. Estuve investigando por mi propia cuenta en algunos libros de psicología sobre síntomas peligrosos que denotaban poca cordura. Una vez hice que creyera que me metía cocaína. Le conté como desde hace días siquiera me apetecía comer; me mostré hiperactivo; de vez en cuando farfullaba... Y para hacer a los viejos creerme, comencé a esconder pasta, para que pensaran que de verdad me compraba drogas... Fue interesante cuando vieron mi análisis de sangre y no había siquiera alcohol en los resultado, y no hablar ya de cocaína o cualquier otro medicamento. Más limpio que un recién nacido. Luego le metí una burrada de gilipolleces sobre sueños raros; dejaba manchas pequeñas de sangre falsa sobre las mangas de mi camisa y debajo hacía heridas falsas con técnicas de maquillaje para Halloween... Digamos que el tío no quiso volver a verme al mes de haber comenzado a tratar conmigo. Y estuve castigado medio año más por haber maltratado psicológicamente al psiquiatra. Pero realmente no lamento nada, aquel hombre apestaba a tabaco, y tenía un carácter débil, se lo mereció; y además cobraba lo suyo el muy inútil. Si fuese un psiquiatra de verdad, me hubiese pillado mientras le mentía, pero ese tenía un título más comprado que la mitad de los políticos.  

Cuando Eli me sopló las respuestas de mis preguntas hacia su madre, quien ahora estaba aparentemente concentrada en otra cosa, buscando algo en su bolso, en mi cara apareció una mueca traviesa. Gesticulé un "Gracias" con la boca, pero no sé si ella llegó a percatarse de ello. Ahora ya tenía la llave y el acceso directo a la conquista de Adriana. Me sentía poderoso. No pude no ensanchar mi sonrisa cuando Eli dijo aquel "De nada" en aquel tono tan particular. Me caía bien esa chica, ¿lo he mencionado ya o todavía no he tenido la ocasión de hacerlo? Porque si no, no sé a qué he estado esperando para hacerlo. 

Luego su madre me tendió un papel, parecía una tarjeta de visita. La observé fijamente mientras ella hablaba. ¿Qué demonios era eso? ¿Ella era psiquiatra? O-lé. ¿Debía retirarme ahora o luchar un minuto más merecía la pena? - Realmente, no quiero que me traten... Estoy perfectamente - apunté. - Pero a los jefes les gustará saber que existe un psiquiatra que podrá resistir más de un mes conmigo como paciente - reí por lo bajo. A esa mujer no me podía permitir hacerle ninguna broma, no era como los imbéciles que llevaban tratándome ya unos años. Levanté la vista del papel y me fijé en la mujer. - Eeees una larga historia - expliqué rápidamente. Una larga y divertida historia para mi; una larga e interminable pesadilla para los locos que se me acercaban. He conseguido hartar a los abuelos, sinceramente, tanta búsqueda de gente que "puede ayudarme" y tanta pasta desperdiciada... No aprendieron que no me pasaba nada, realmente. 

Bueno, sí. Entre el cáncer, el accidente y la pérdida de mis padres, el mudarme con Jason, alcohol, coito, Daniel... Se habían juntado muchas cosas, la verdad, y era comprensible que pensaran que necesitaba ayuda, y de hecho de vez en cuando la necesitaba, pero no iba a confesar cual pecador a un tipo que no sabía cuidarse ni a si mismo. Era demasiado pedir. - Y, el dinero no es problema - sonreí, mientras buscaba mi cartera en los bolsillos del pantalón. Había que guardar la tarjeta. - Seguro que cobrará menos que las marionetas de mis abuelos - rodé los ojos. Y mientras tanto, mis dedos sacaban mi tarjeta* de la cartera y metían a la de Adriana. - Aquí tiene también mi tarjeta, si le parece - deslicé el cartoncito gris por la mesa, para dejarlo delante de ella. Era de la primera edición de mis tarjetas de visita. La que quedó descartada por los jefes... Lo que no saben es que aún a pesar de sus negaciones de utilizar yo este modelo, yo seguía repartiéndolo. Me gustaba más que el otro, con tonalidades marrones y deprimentes. Era demasiado oficial para mi gusto.

- Así que, llevan poco tiempo por aquí? - pregunté, cambiando de tema. No hacía falta ser Sherlock Holmes ni mucho menos para darse cuenta de eso, sino Eli ya estaría inscrita en el instituto. - Es un lugar pequeño y bastante tranquilo... Sólo manténganse lejos de las cotillas... Hay algunas que no saben dónde meterse y podrían fastidiaros el día... - expliqué, recordándome de aquella señora, Rosa, con la que me había cruzado en el parque. - Atacan a la primera oportunidad y se ponen a curiosear acerca de las vidas privadas de cada uno en menos tiempo aún... Y podrían traumatizaros de por vida - añadí, divertido. Sí, mi hijo tal vez lo estaría. Vaya, y yo que guardaba esperanzas de que fuese el cuerdo de la familia... Pero en fin, el destino no habrá querido que esto pase, ¿verdad? Observé mi taza de café durante un instante. Lo cierto es que no me apetecía para nada. Me entraban nauseas al pensar en beber, por muy bueno que se viese. Bah, ¿qué más da? Ya me hidrataría cuando llegaba a casa. En algún momento lejano del día. - En todo caso, si tienen expediente limpio, probablemente se cansen rápidamente de husmear - me encogí de hombros. Por desgracia no era mi caso, por lo cual podían enfocarme cuando les parecía bien y aún así pillarme con las manos en la masa. Pero tampoco es que tratase de guardar en secreto lo que hacía, ¿para qué? ¿Para entretener a esa gente sin ocio? Mejor dejarlo todo clarito y no darles ese pasatiempo. 

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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Adriana Bertrán Costa el Dom Jun 30, 2013 6:10 am

Cuando tuve ese cartón plastificado en mano, realmente no supe qué hacer con él. Me pregunté cómo se supone que  debes reaccionar cuando un niño te da una tarjeta para... ¿qué, exactamente? Estaba acostumbrada a repartir de esas cosas, no a recibirlas...



El desconcierto dio paso a la diversión cuando leí el reverso de la tarjeta. Escondí una sonrisa.

Este chaval perfecto que os atenderá en un segundo... Tal vez.


Realmente, era un chico con autoestima. Parecía tener sentido del humor y una capacidad para coger confianza con los demás bastante desarrollada. ¿Haría esto con todo el mundo...? Tener tarjetas personalizadas decía mucho de una persona y de... el círculo de amistades que pudiese llegar a tener. Jugueteé con ella entre mis dedos, dándole vueltas al asunto hasta que comentó cómo peligraban los secretos en un pueblo.

Suspiré. Justamente por eso los había estado evitando toda mi vida... Hasta entonces.

Humear en la vida del resto sin que te hubieran dado permiso para abrir esa puerta era una falta de consideración tan gigantesca como entrar en su casa sin llamar. E ir contando sus intimidades a viva voz todavía más. 

Yo era curiosa, sí. Yo hacía mis cavilaciones continuamente, sí. Pero en la vida, jamás, compartiría mis teorías con los vecinos. La intimidad de cada individuo es algo a tener muy en cuenta. Lo que a mí me decían mis pacientes, no saldría de las cuatro paredes de la consulta ni bajo pena de tortura.

-          Te agradezco la advertencia. Y la tarjeta –sonreí suavemente, guardándomela en un compartimento de mi bolso. No creía que la fuera a usar nunca, pero resultaba un detalle entrañable de ese chiquillo.- La verdad es que las... manchas de mi expediente no son algo que me preocupe mucho en ocultar. No es ningún secreto el porqué estamos aquí.


-          ¿Tú conviviendo con manchas? ¡Anda ya! –se burló Eli. Rodé los ojos.

-          Llevo una vida bastante tranquila. Somos de Gran Canaria, de las Palmas, y... hemos venido a empezar de cero, en eso se resume todo –continué en dirección a Dennis, obviando la intervención de mi hija.- Las correveidile que puedan rondar por aquí no van a tener  mucho material conmigo.

-          Porque eres una aburriiiiiiiida... Aburrida-aburrida-aburrida –canturreó aquella irritante y encantadora adolescente.- He visto aguacates más graciosos que usted, doctora Bertrán. Tu parte divertida era papá y lo dejaste atrás...


De inmediato, mis uñas se crisparon contra la carne de mis manos, haciéndome sentir un calambrazo. Inconscientemente, formé puños sobre la mesa. Siempre me ocurría una reacción física semejante a la que nombraba a Jorge. 

Para mi desgracia, Elisa lo adoraba, así que... solía ocurrir a menudo. Y entonces podía sentir como se reabría un boquete en el centro de mi pecho.

Respiré, cerré los ojos un minuto. Era lo que me hacía falta para recomponerme. Cuando hablé, lo hice con voz de escarcha.

-          ¿Es necesario sacar el tema del divorcio todo el rato?


-          Acabas de decir que no es un secreto –cuando elevé las pestañas, la vi haciendo un gesto de indiferencia. Decidió darle un sorbo a su té, haciéndose la superior.- ¿No te preocupa que me haya quedado un trauma por ello?


-          Aunque así fuera, sé que me no permitirías tratarte –Encogí los hombros con fingida indiferencia.- Ni siquiera me dejas que te remedie la hemofobia...


-          ¡Porque yo no estoy loca!

-          Tu amigo tampoco lo parece y bien que ha tenido varios psiquiatras –apuntalé.  De inmediato, mi propia frase me llamó la atención.

Aquello logró que volviera a clavarle una mirada analítica sobre Dennis. 

La clase de problemas le que hubiesen hecho pasar por más de un par de manos expertas eran un objeto de estudio la mar de estimulante. Me pregunté qué había querido decir con eso de que no le duraban ni un mes... ¿Paciente conflictivo? ¿O es que se rendían con él?

Mordí el labio inferior.

No lo hagas, Adriana...


Tenía que dejar de radiografiarle, maldita sea... es amigo de Elizabeth. Un amigo que parecía necesitar ayuda, pero que... no la quería. Y yo ante eso no podía hacer nada.

-          Ya ves... Soy tan dicharachera como una fruta –solté la conclusión con una risita y entrelacé las manos como lo haría alguien que va a rezar, para luego apoyar el mentón sobre los nudillos. Se me hacía raro no sentir la alianza. Su ausencia se marcaba demasiado en ese tramo de piel más blanca. El recuerdo de lo que hubo y lo que nunca volvería a ser. Suspiré.- Lo más interesante que poseo ahora mismo es un demonio con cara de angelito, ¿eh?

Le hice una caricia a la suave mejilla de mi hija, reconociendo en ella mis rasgos de cuando era joven. Era preciosa...

-          Esos somos los más peligrosos –ella sonrió de oreja a oreja, como si le acabara de hacer el mejor cumplido de la historia. – Oh, no te preocupes, mami, yo les daré tema de conversación a los cotillas por las dos –añadió, vivaracha.

-          Lo sé. Eso es justo lo que me preocupa... –le puse una mano en el hombro, buscando el contacto visual. Solía servir cuando querías incidir en la conducta de un paciente.- Intenta no meterte en líos, Eli. De verdad te lo digo.


-          No te prometo que lo intentaré, pero intentaré intentarlo –declaró con la barbilla en alza.

Me fue imposible mantener la pose de seriedad cuando recitó la frase de los Simpson. Solté una risotada muda, echando la cabeza hacia atrás.

-          Dennis, hazme un favor y si estás por aquí vigila a este terremoto... Yo sola ya no puedo controlarlo –acabé optando por la resignación, sacudiendo de forma reprobatoria de cabeza.

Tampoco se puede decir que antes tuviera la ayuda de Jorge para hacerlo, eso en absoluto. Pero claro, quizás para entonces es que estaba más... motivada. Tantas peleas con mi ex marido me habían dejado sin fuerzas para pelearme con nadie más. 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Dom Jun 30, 2013 8:31 am

FdR: Conozco a una persona que utilizará la tarjeta... Bastante XD :º 


Sonreí, inclinando un poco la cabeza, como diciendo "No hay de qué". Y la verdad es que tampoco había. Luego, y de nuevo, las observé discutir. Me hubiera encantado meterme en la discusión, pero había una cosa que cumplía, no meterme en los asuntos ajenos. Y esos lo eran. Asuntos propios de Eli y su madre. Su preciosa e interesante madre que se acababa de divorciar. Esa mujer es que enamoraba más con cada minuto que pasaba, en serio. ¿Cómo es que la había dejado ir su marido? Era una joya, y a las joyas había que tratarlas bien y cuidarlas, no dejarlas marcharse. Había que estar ciego para no verlo, y tonto para no saberlo. Y sordo, para no escuchar esa melodiosa voz. 

Observé el cambio en Adriana, el cómo se tensaba. Y cómo se relajaba, volviendo al estado normal de antes. No pude contenerme y una sonrisa traviesa apareció sobre mi cara cuando mencionó los psiquiatras. Yo era como el chico malo al que temía todo el mundo, centrando "el mundo" en los psiquiatras. Al menos guardaba el recuerdo con orden cronológico, a través de las órdenes de alejamiento. Tíos listos, pero cobardes. La discusión se volvía interesante, pero mientras, yo estaba jugueteando con la taza de café que tenía delante, apartándola a un lado. El olor me mareaba cuando me daba directamente a la cara, y no quería correr el riesgo de marearme ahora, a dos profesores por atemorizar para acabar con el día y regresar a casa y echarme una siesta, junto a Daniel. 

- Oh, no sé si sería demasiado sensato encargarme a mi esta labor - reí por lo bajo. Claro, el chaval que no salía del despacho del director y que prácticamente tenía un armario entero a la disposición para su expediente. Por lo visto, no se podía entrar con alcohol en el instituto, ni en estado ebrio; no se podía ligar con las profesoras; no se puede ir quejándote del profesorado en general; ir con uniforme tuneado también estaba prohibido; utilizar el recinto del centro para hacer el amor (hah); dormir en clase, aún cuando te sabes el material mejor que el profesor; el móvil en horas de clase; no estaba permitido fingir que tenías un ataque de nada, porque por lo visto ponía a la gente de los nervios... Bah, si casi que estaba prohibido respirar! Y fue por eso por lo que casi lleno el centro de helio. Iba a ser divertido, pero me cortaron el grifo y no pude recibir el pedido que había encargado.


De todos modos, pronto (en el tercer trimestre) volvería al ataque. Estaba buscando una fuente viable de globos para rellenar con agua. Una diversión veraniega. - Como mucho uniremos fuerzas y acabaremos con el colegio - bromeé. A medias. Yo ya tenía a Theodore como cómplice, que no podía negarme la ayuda, pero él era de la familia, no era lo mismo. Aunque eso sí, ver la cara de los profesores cuando nos localizan andando los dos juntos, eso no tiene precio! Es descojonante. - Pero bueno, mi tío se entiende bien con los profesores, él podría ayudar si acaso se presenta algún problema - me encogí de hombros, sonriendo ampliamente. Sí, Jason no tenía precio. Menos mal que lo perseguían como profesor de Biología desde que escucharon dónde había acabado la universidad, que sino yo estaría fuera hace mucho. Y también porque pagaba todos los inmuebles que acababan destrozados. Eramos como los principales patrocinadores del centro. Si no fuese totalmente raro, probablemente podría alegar que el director tiene el teléfono de Jason en marcación rápida. - De todos modos ya casi que está más tiempo por aquí que la mayoría de los profesores, le daría igual estar un par de minutillos más o menos, estoy seguro de ello -  solté, divertido. Sí... Tener a dos sobrinos que tenía la misma edad era algo peligroso. Y más cuando uno de ellos era un terrorista en serie y mala influencia que arrastraba al otro también.

 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Elisa Espel el Mar Jul 02, 2013 1:22 am

-          Oh, venga Dennis, no me seas chaquetero... ¡No puedes venderme a tu tío después de los planes que hemos hecho! –me quejé, inflando los carrillos.  Miré de reojo a mi madre, con un toque ceremonial en mis gestos.- Queremos dominar el mundo, pero empezaremos por el instituto Astoria. Luego ya extenderemos las raíces del mal adolescente por el país entero...


-          Ya veo. No sé por qué será que no me extraña verte junto al gamberro del instituto el mismo día que venimos a hacer la matrícula –se exasperó mamá, negando con la cabeza. Supe enseguida que no encontraba mácula en mi nuevo amigo, a pesar de haber quedado demostrado que no podía ser el mejor ejemplo a seguir. Dennis le debía caer bien. - Menudo par, qué peligro tenéis... –acabó bufando, sin ocultar una sonrisa serena.

-          ¡Eh! Cada uno descarga la energía como puede: –opiné, pizpireta. Me acerqué el agradable olor a té a los labios, degustando las hierbas  sobre las almendras y el perfume de Dennis antes de sonreír de forma diabólica- A unos nos gusta meternos en problemas, otros se entretienen en los lavabos del instituto... –canturreé.

-          ¿Cómo? –mamá pestañeó, desorientada.



-          Nada –me reí. Sentí que me acariciaba distraídamente los mechones de pelo que caían por mi mejilla. 

-          Si quieres descargar energía te puedo buscar un gimnasio donde hagan judo. Para algo te apuntamos...

-          ¿En serio? ¿No fue para que patease culos a destajo? –quise saber, con cómica inocencia.

-          Solo en caso de autodefensa –me aleccionó, amable. Puse morritos en respuesta inmediata.

-          ¿Ves como eres una aburrida insufrible? –le saqué la lengua.- Karate Kid no lo tuvo tan difícil como yo.


-          Apuesto algo a que su madre tampoco  –gruñó Adriana. Me reí de nuevo, adivinando cómo sus cavilaciones volvían a centrarse en el señor Ingram. Las pestañas de mamá medio cubrieron sus pupilas añiles mientras le sonreía, siempre calculadora. Era una auténtica máquina, la doctora.- Así que... vives con tu tío, ¿ah? Pues pregúntale si conoce de algún gimnasio, o en su defecto, algún conservatorio donde pueda enviarla a tocar el piano. Ya sabes, la música amansa a las fieras...


Supuse que era algo empíricamente cierto, o que debía serlo, al recordar las vibraciones relajantes en mi cabeza, ese estado aletargado de dulce paz que electrificaba mis músculos cuando los dedos recorrían las teclas...

Se me encogió el estómago. Sentí mi sonrisa cayendo en picado, así que me apresuré a ocultar el desazón con la taza humeante de té. Sabía que no podía tener esa sensación ahora. No sin que sintiera como se deshilaba mi cerebro...  

Y era algo que me ponía irracionalmente triste. 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Mar Jul 02, 2013 11:29 pm

 Preguntarle a mi tío. Preguntarle a Jason. ¿Preguntarle qué? Si conocía a un gimnasio o a un conservatorio cerca? Hah. Qué chistaco! Si mi querido tío el único deporte que hacía era el amor, y para eso no se necesitaba gimnasio. 

- Mejor me ocupo yo de buscar - solté una leve risa. Divertido. - Digamos que Jason no es muy de deportes, es más bien de... digamos que es un soltero que aprovecha su tiempo como tal - gesticulé con las manos mientras iba explicando. Sí, eso era mi queridísimo tío. Y en eso probablemente me parecía a él. No era de compromisos. Podría serlo, pero todavía no había encontrado la persona adecuada. - Por otra parte la música no calma a las bestias... Puede llegar a aburrirlas cuando se convierte en clases repetitivas, pero nunca calma...

Era la más pura y refinada verdad. Yo había estudiado música con profesor particular desde los cuatro años hasta los catorce. Y había sido aún así el hiperactivo de la familia. Las clases de música sólo habían servido para que me eche una siesta y regrese con más fuerza que nunca al ataque. De vez en cuando todavía echo de menos esas clases, pero decidí dejarlas en el pasado. La música era pasado. Un pasado en el que todavía estaban ellos. Un pasado que deseaba con toda mi fuerza y que aún así no podía llegar a ser verdad nunca más. Un pasado lleno de huellas. Había que dejarlo atrás. Reducido a las cicatrices repartidas por mi cuerpo. No podía permitir que llegase a recobrar fuerzas  y convertirlo en algo más, porque el momento en el que lo hacía, acabaría con el presente y estaría viviendo y anhelando dos pasados diferentes. Lejano de todo. 

No. No iba a permitirlo. Está claro que no. Había que vivir y ver en el futuro. Ser feliz y no lamentarse por lo ocurrido. Nada pudo cambiar los hechos y nada podría cambiarlos. No había sentido.

En mi cara todavía estaba la huella de aquella sonrisa - no habían pasado ni unos instantes, y era el único que se había percatado de mis reflexiones fugaces. Ideas atadas a cometas que irrompían en la ionosfera, produciendo un espectáculo sólo para los más atentos observadores. Inspiré una bocanada de aire, algo que lamenté al instante de haberlo hecho. Había hecho que mi pecho aumentase su peso en unos Newtons, aumentando la presión en él y produciendo la sensación de asfixia que tanto me perseguía. Me recosté en la silla, tratando de parecer lo más natural posible. - A qué curso va Eli? - pregunté, intentando cambiar de tema. Pronto se acabaría la hora de la que me fugaba (adivinen cuál es y se llevan premio... sí, es inglés... lo más innecesario para mi y que no pude sustituir por nada) y podría ir a alguna parte... No necesariamente a clase. Simplemente acabaría utilizando la excusa del timbre y el aula al que tenía que acudir para salir pitando, pillar la moto y regresar a casa. No podía ser tan débil, por el amor de Merlín.  - Así la vigilo mejor - sonreí travieso; contando como muchas veces antes mis respiraciones, buscando un ritmo que no me marease. Maldita sea, ahora que todo salía bien. Espero que ninguna de ellas se diese cuenta. Cuando la gente se daba cuenta, dejaba de verte igual y comenzaba a verte cual cachorro perdido o algo así. Y yo era Dennis Ingram, el chaval fuerte, seguro y saludable. Uno, dos, uno, dos. Respira.

 
FdR: Sé que es un post malo. Muymuymuy malo. Pero es la tercera vez que lo escribo y cabe destacar que la primera era mucho más divertida XD
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Adriana Bertrán Costa el Miér Jul 03, 2013 9:21 am

Hay estudios que demuestran que la combinación de la terapia cognitivo conductual junto con ciertos psicofármacos, tiene efectividad en aproximadamente el 80 o 90 por ciento de las personas con trastornos de pánico. Quise recetárselo a Elisa cuando la vi desarrollando hemofobia, pero nunca estuvo de acuerdo con que se  lo hiciese.


Conocía las características de esos ataques de ansiedad, por haberlo visto antes tanto en ella como en otros pacientes: Sensación de mareo, sequedad en la boca, temblores, sudores fríos, taquicardia, ahogo, ganas de vomitar...

Así que fue inevitable preguntarme si la forma en la que respiraba Dennis, vaciando e hinchando sus pulmones en abundante cantidad y cuidadosa lentitud, era una forma de prevenir que se produjera algo por el estilo. Una represión de sentimientos encerrados que no parecía querer enseñar. Autocontrol. Lucha contra sí mismo.

Una lucha más épica de lo que él mismo creía...


Me acuné en una sensación de intensa preocupación por él. No sabía cuál había sido el detonante, pero me sentí en el deber de ayudarle antes de que la angustia le fuese a más.  Era instintivo y... necesario. 

Mi mano se deslizó por la mesa hasta apretar su hombro con delicadeza, llamando su atención. Busqué el contacto visual directo, sin pestañear. Mirar a la calma de otra persona podía inspirar la tuya...

Preguntarle un "¿Estás bien?" iba a meterle en un compromiso inútil, era de prever.

 Supe lo que debía hacer. Sin mediar palabra, empecé a tragar aire acorde a los ejercicios respiratorios de relajación que me habían enseñado. Inspirar por la nariz, espirar por la boca, con un chorro constante y aletargado que extendía las costillas y le daba espacio al corazón para correr hasta que no le quedaba oxígeno. Entonces debía ralentizarse.

Si las neuronas espejo de Dennis funcionaban como era debido, cosa de la que estaba bastante segura, aquello le debería ayudar. Las bases del comportamiento humano se aprenden por imitación; aunque esta fuese de forma inconsciente.

Tenía los ojos vivos y dulces, jóvenes... Llenos de desasosiego demasiado viejo para él por aquel entonces.

-          Elizabeth tiene quince años. Va a tercero, pronto empezará cuarto... –hablé, con lentitud y monotonía. Había aprendido con los años a adoptar un tono de voz que se podía clasificar de hipnótico y soporífero, realmente útil en situaciones como aquella.- Tú pareces bastante mayor que ella, no creo que coincidáis.

Sonreí, amable, mientras continuaba con una terapia de relax improvisada en la cafetería del instituto. Aplastar las emociones causa un efecto horrible en el cerebro, pero desatarlas como quien abre un grifo de agua helada tampoco es la idea más brillante del mundo... y menos cuando no se está preparado para ello.

-          Todo va bien –confirmé distraídamente, poniendo esfuerzo en sonar distendida. Conseguí que pasase como un comentario casual.- Creo que mi hija se va a sentir muy a gusto aquí... ¿verdad?


Al fijar la atención en ese par de ojos dorados, que me recordaban a mi ex todo el tiempo, fui consciente de que Dennis no había sido el único quien se había visto afectado por mi pequeño trance. Mi hija pestañeó, alelada.

-          ¿Cómo haces eso?

-          Magia de bruja mala –me reí.

Di un apretón maternal en el hombro de su amigo una vez lo sentí más relajado. Luego lo solté...

Y puede que la carga sensorial en el ambiente hubiese ganado en ligereza si el timbre no hubiese saltado en ese mismo instante, sobresaltándonos. Pegué un respingo, pero Elizabeth tuvo una reacción fuera de lo predecible: se llevó las manos inmediatamente a las orejas, con un gesto de dolor era, como poco, curioso. Aunque a mí me parecía preocupante...

-          ¡Argh! ¡Qué horror! ¿Voy a tener que aguantar esto cada día? ¿Quién regula el volumen? ¿Jack el destripador? 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

Mensaje por Dennis Martin Ingram el Miér Jul 03, 2013 12:11 pm

¿Qué estaba haciendo la mujer? Al sentir su mano sobre mi hombro me fijé en ella. Observando su cara. Fijando mi mirada en la suya. 

¿Qué demonios hacía? ¿Me había pillado? 
Joder, uno ya no podía enfermar con tranquilidad. 

He de reconocer que relajaba. Me dejaba embobado, ahí, con la mente vacía. Pero eso no apartaba el dolor. Ni un nanómetro cúbico se vio afectado, quedándose ahí todo el sufrimiento. Mi pulmón derecho estaba siendo atacado, la tranquilidad no ayudaba en eso. No era el milagro que combatiría a Charles (Charlie para los amigos, claro). No, lo que lo haría desaparecer para siempre era otra cosa. Probablemente muchas sustancias químicas (que ya habían comenzado a fluir por mi organismo), radiaciones, y probablemente, pero espero que no, intervenciones. No quería entrar de nuevo en el hospital. No era mi lugar. Mi lugar era la piscina, en alguna fiesta, con Daniel, y no el asqueroso hospital. 

Sin darme cuenta comenzaba a respirar más hondo de lo que me gustaría. No, tenía que recobrar el ritmo fuera de peligro. O aquí mismo mister Punk (caracterizado con el dolor pleurítico) me atacaría. Entonces ya sería imposible frenarlo. Comenzaría a toser secamente, mientras mister Punk me apuñala. 

- Sí... - respondí con voz ronca. Luego traté de aclararme la garganta. - Voy... voy a segundo - añadí. Como si importase realmente. Lo que trataba era irrumpir el ritmo de mis respiraciones. No debía... Respirar tan profundamente era más doloroso. No... tenía que reencontrar mi ritmo... Eso es lo que el doctor dijo... 

¿Se podía estar igual de aterrado que tranquilo? Porque realmente estaba asustado. Si pudiese concentrarme, iba a pedir ayuda a ese ser que tranquiliza a la multitud. Ayuda, compasión, socorro... Como sea que quieras llamarlo. 

- Estará genial - asentí, hipnotizado. 

Todo iba bien. ¿No es cierto? Bien... Pero seguía acojonado. Mi pecho seguía sintiéndose magullado. ¿Por qué no podía hacer nada por mi cuenta? Estaba tan... embobado, confundido, desconcertado, o como mi amigo Platón diría: ofuscado... Y no era a causa de los estados del Símil de la línea, era a causa de otra cosa: la influencia de la mujer. Y lo descubrí cuando Adriana volvió a presionar sobre mi hombro. De un modo similar a cómo lo había hecho mi madre hace años, cuando todos pensaron que era el momento de las despedidas; justo antes de que el tratamiento diese resultados óptimos y redujese el puñetero invasor. Pero no era igual. No. 

Y entonces sonó el timbre. Demasiado tarde. Me habían pillado en mi intento de aparentar tranquilidad. Normalidad. Y me despertó. Si es que me hubiese quedado dormido. 

Necesité un par de segundos para recobrarme. 

- Casi - me dirigí a Eli. - Son los jefes de estudio, que despiertan a los dormidos - solté rápidamente, levantándome de la silla y dejando un billete sin fijarme en el valor que tenía, para pagar a la encargada de la cafetería. 

Tenía que salir. Ya. Hacer que esto pare, porque se volvería en algo insoportable. - Si me perdonan, tengo que irme ya... - miré el reloj. - Si llego otra vez tarde a clase de matemáticas, me van a integrar hasta las orejas - bromeé, como si nada hubiese pasado. - Doctora Bertrán, ya contactaré con usted - le sonreí a Adriana, para luego dirigirme a su hija: - Y Eli, nos veremos por aquí... No te metas en travesuras sin mi - solté una mini carcajada fugaz. Era una despedida cutre, pero necesitaba recostarme y dormir. Dormir curaba. 

Me despedí de nuevo con la mano, y casi salgo corriendo. Si no lo hice fue porque no me alcanzaba el aire, no por otro motivo. Y no quería caer inconsciente ahí. Sería raro de cojones. Y además, en medio de una carrera de adolescentes y demás bichos que transitaban los pasillos del instituto, era peligroso. Por eso con paso rápido pero sin llegar a correr me dirigí a mi moto: una decisión poco sensata, pero a pesar de todo era la única.


FdR: Chico cobarde... ts. XD Cualquier cosa que no te parezca bien, me lo dices y corrijo What a Face 
 
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Re: La vida: Cambio y movimiento, juro que no miento (Dennis Martin Ingram, Adriana Bertrán Costa)

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