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Rolatos varios. Un día como otro cualquiera (Silvia)

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Rolatos varios. Un día como otro cualquiera (Silvia)

Mensaje por Invitado el Mar Jun 11, 2013 10:31 pm

Bueno, gente... En vez de estudiar que es lo que tendría que hacer me ha dado por escribir partes del día a día de Silvia. El contraste entre su antigua vida y la nueva. Supongo que ya iré subiendo más trozos...
Espero que os guste Smile
_______________________________________________________________________________
Vivía en mi casa, en la de verdad. Mis padres estaban vivos, así como Lima. Tenía 15 años, como ahora. Sin embargo había un matiz importante: el accidente todavía no había ocurrido y tampoco pasaría.
Entró mi madre por la puerta a despertarme, como hacía siempre.
- ¡Buenos díaaaas! -saludó con entusiasmo y cariño. Subió la persiana, de tal forma que la luz me daba de pleno.
- Hmmm -me quejé, cubriéndome con las mantas.
- ¡Vamos, dormilona! -mi madre estaba muy animada, como cualquier mañana de sábado. Escuché que se reía- Uy... tú lo has querido -susurró en pose de falsa amenaza- ¡Lima arriba!
El colchón se hundió allí por donde mi perrita pasaba. El golpe de gracia lo hicieron ellas dos en una perfecta sincronización, como cada mañana. Rocío apartó las sábanas de mi cara y Lima se encargó de darme lametones por doquier. Me jadeaba en la cara.
- ¡Noo! -me quejé amodorrada. Y ahí fue cuando me desperté del todo, mi perra me acababa de dar un lametón en toda la boca- ¡Aghh! ¡Lima!
Mi madre se reía y mi amiga peluda movía la cola, feliz.
- No vale, siempre estáis igual.
- Porque funciona -se defendió mamá mientras acariciaba la cabeza de mi perra.
Callé un momento para luchar contra el sopor.
-Venga, Silvia -me animó- Arréglate pronto que hoy comemos en casa de Marta.- Eso sí que me despertó y para bien.
- ¿Sí? ¡Genial! -Me ilusioné. Era curioso, pero esas simples palabras hacía que me sentase de inmediato en la cama.
- Buenos días -pronunció de nuevo mamá dándome un fuerte abrazo acompañado de un beso.

***

Vi la verdad en cuanto abrí los ojos.
Había oscuridad salvo por la pequeña luz roja que iluminaba el reloj digital de la mesilla. Eran las once y media de la mañana y no se escuchaba ni un solo ruido en la casa, como de costumbre.
Fastidiada por la vida que me tocaba vivir opté a apartarme de ella lo máximo posible: cerré los ojos, deseando volver a sumirme a aquel maravilloso sueño. Ahora al menos lo era, lo añoraba tanto...
No te das cuenta de lo que tienes hasta que los pierdes...
Abracé con fuerza a mi peluche de Lima y le di un beso a oscuras en su cabecita. El único "ser" que podía tocar sin perjudicarle. Fue entonces cuando recordé aquel doloroso episodio. Lima había muerto por mi culpa. Me saludó y yo la maté.
Buenos días, Silvia. Bienvenida otro día más a esta maravillosa vida.
Se estaba notando la presencia de Eli en mi vida. Cada vez más recurría al sarcasmo.
Genial.
Encendí la luz de la habitación. Había lo de siempre, pero todavía no conseguía que se me hiciese familiar. Silencio. Absoluto silencio.
Marta estaría en el salón, como de costumbre. O quizás estaba en su habitación... no lo podía saber. Desde que llegué aquí había empezado a subir las escaleras con toda la cautela posible. La moqueta le ayudaba a conseguirlo.
La luz artificial me deslumbraba, impasible.
- ¿Qué, Lima? ¿No vas a darme un chupetón? -No, claro que no. No vivía, era un puto peluche.
Dejé a mi sucedáneo de perra en el colchón y me dispuse a abrir las contraventanas. El día se presentaba con un sol radiante y una brisilla que parecía ideal para que no pasase excesivo calor. El contraste con mi estado de humor era más que palpable.
Miré mis guantes con resignación. Los había dejado en la mesa, al lado de las matemáticas. Y ahí se quedarían ambas. Por ahora... 
Suspiré con melancolía.
¡A desayunar! 
Bajé las escalaras sin prisa. No tenía hambre. Si desayunaba lo hacía por rutina, al igual que el resto de las comidas.

***

Bajé las escaleras con energía. Competía con Lima para ver quién bajaba los escalones más rápido. Esta vez gané yo, pero porque hice trampas.
Mi risa llegaba hasta los ojos. Mi perra se había tomado como venganza morderme los bajos de los pantalones.
- ¡Lima, ya! -La regañé risueña. Nunca me hacía caso, como era de esperar. Mi opción fue cogerla en brazos para detenerla y ella, como respuesta, mi dio un lametón en el moflete. Yo la acaricié y le di un beso en su cabecita.
Cruzamos el umbral de la puerta de la cocina y mi padre fue a recibirme con un abrazo. Dejé a Lima en el suelo y fui derechita corresponder a mi padre. Era la tradición de cualquier fin de semana. Siempre que estaba en casa lo hacíamos.
- ¿Qué tal la cama, ceporra? -me estrechó fuerte en sus brazos
- ¡Papá! -me quejé con un toque infantil. Él se rió con picardía, pero me dio un beso en mi pelo. No protesté, era imposible con ese ambiente tan fantástico en mi casa.
- ¡Te he preparado tortitas! -proclamó una vez el abrazo se deshizo.
- ¡Hala, qué guay! -le di un beso en la mejilla como agradecimiento. Era mi desayuno favorito.
Fui con rapidez a sentarme. Mi padre se me unió con un simple café. 
- Deja que te ayude con el sirope -sonrió. 
Mi reacción fue la de siempre, puse los ojos en blanco.
- Ya no soy una niña, Papá... -él me ignoró y empezó a ponerle caritas sonrientes con el sirope de chocolate a todas las tortitas.
- ¿Y? ¿No quieres empezar el día con unas sonrisas? -los dos nos empezamos a reír de su chiste malo.
- Un día te van a matar por ese humor -me cachondeé mientras le daba el primer bocado.

***

Encendí la luz de la cocina. Había migas de pan de la noche anterior y los restos de lo que hubiese comido Marta a lo largo del día.
Al menos lo lleva a la cocina todos los días...
Fui al armarito de los dulces y me pillé cuatro galletas de mantequilla para acompañarlo con el zumo de naranja. Suspiré con nostalgia al recordar a mi padre en la cocina.
Ahora no tardaba mucho en comer, pero más que por ser rápida era por la cantidad. Con una galleta estaba más que llena. Guardé las otras en el bote que tenía Marta para las galletas y me terminé el zumo con pesadez.
Era hora de limpiar la cocina. Metí las cosas en el lavavajillas y quité la grasa de la encimera. Más tarde barrería.
Volví a sentarme en el taburete de la cocina. Contemplé sin ganas la decoración. 
Menudo contraste con nosotras.
Hace un año habría afirmado rotundamente que esa cocina era la mejor que podría haber tenido Marta, pero eso se acabó en el mismo instante en que me quedé a vivir a su casa. Los colores alegres no pintaban nada con el estado de ánimo de las dos. Ahora me parecía algo artificial y vacío. Un burdo intento por conseguir alegrarnos a ninguna de las dos. Ahora preferiría una cocina con colores oscuros. El negro o el marrón le iría de perlas.
Suspiré de nuevo. 
Había muchas cosas por hacer: ir a la compra, barrer, fregar, quitar el polvo de las estanterías, limpiar los cristales llenos de polen, poner la lavadora... Pero no me apetecía nada de eso. Esas obligaciones no estaban mal cuando no tenía más cosas que hacer, pero ahora era distinto.
Había quedado con Lucas a las cinco de la tarde. Quedaban poco más de cuatro horas, pero no veía razón alguna por pensar qué me iba a poner.
Subí las escaleras de buena gana. En menos de cinco horas quedaría con él y dejaría de pensar en mi familia. Abrí el armario y medité a fondo qué ponerme. De pronto me fijé en el espejo que había en una de las puertas de la cómoda. No me terminaba de acostumbrar a verme con ese aspecto. Esa sonrisa parecía no encajar en absoluto con mi nuevo aspecto. Me encantaba, eso sí, pero era atípica. Mis ojos mostraban cansancio. Estaba claro que haber conseguido dormir casi nueve horas todavía no había compensado la falta de sueño de los meses anteriores. ¿Sería por eso que he conseguido dormir tanto? Esperaba seguir así. El sueño de hoy era mejor a los que acostumbraba a tener.


Última edición por Silvia Fest Fox el Sáb Jun 15, 2013 4:58 am, editado 1 vez

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Re: Rolatos varios. Un día como otro cualquiera (Silvia)

Mensaje por Sandra Castillo el Miér Jun 12, 2013 9:28 pm

Bueno, aquí va un breve rolato del pensamiento de Marta Fox (la tía de Silvia). Dado que no tengo un personaje con ella publico con el avatar de Sandra. Total... ¿Tampoco importará, no?

_______________________________________________________________________________

Marta

Me desperté en la butaca del salón con el televisor encendido. Solo ponían basura, aunque es normal a las seis de la mañana. No lo apagué ¿Para qué? Eso no cambiaría mi vida.

Mi vida... ¿Por qué había cambiado tanto? ¿Por qué Rocío había muerto?

Rocío, te echo de menos.

Había pasado tantos buenos ratos con ella... Había sido toda una vida. Me acuerdo de la vez que empezaron a salir Marck y ella. Estaba muy preocupada por la posibilidad de que ya no fuésemos a hacer cosas juntas, el primer día que se lo dije mi hermana me abrazó. No necesitaba palabras para saber que lo que me estaba diciendo era que nunca me iba a hacer eso. Resulta paradójico el hecho de que eso fuese una de las causas de su muerte, de sus muertes más bien. Si ese fin de semana no me hubiesen visitado seguirían aquí.

Marck era un hombre como pocos había. Tuvo suerte de encontrarle cuando fue a estudiar Alemania. Era guapo, formal, protector, alegre, inteligente... La clase de hombre que me había dedicado a buscar toda mi vida. Era un poco frustrante no haber encontrado más personas de este tipo, y por eso a veces había dicho en el trabajo que Marck era mi marido. Les enseñaba una foto en la que se daban un beso mi hermana y él y siempre se tragaban la mentira. Al fin y al cabo no nos distinguían en las fotografías.

Ahora ya no había nada más. Silvia había matado a mi hermana con esa habilidad que tiene. ¿Por qué no se murió? ¿Y yo? ¿Por qué no me deja? Quería destrozarme con el alcohol, poder tener un coma etílico o algo que me impidiese pensar. Y ahí estaba ella, siempre curándome. Ni siquiera despreciándola me dejaba en paz, o cuando le enseñaba mi miedo hacia ella y ese chaval con tanto pelo. Era muy valiente ¿Por qué no huía de mí? Yo no avisaría a los Servicios Sociales. Jamás. Tan solo quería pudrirme en mi casa, sin hacer otra cosa más que lamentarme y beber. Antes lo hacía con botellas buenas, ¿pero al final para qué?  La destrucción sería más rápida con alcohol barato. Esa muerte describía mi patética vida a la perfección.

Pronto opté por comprar cajas en vez de unidades. El pueblo me miraba mal ¿y qué? Era un buen método para morirme.

Silvia... ¿Por qué sigues aquí? Ya no puedes más con esta vida... Vete con el novio ese que tienes, escápate. A tu edad lo habría hecho.

Mi tristeza era muy grande, pero el dolor por haber perdido a mi hermana lo era aún más. Toda la injusticia, el odio que sentía lo descargaba contra ella. ¡Quería que se fuese de mi casa! La herencia iba a ser para ella, ¿qué más quería? Ya sabía que no era bien recibida, le tocaba en la llaga para herirla. Y, aun así, seguía por aquí.

Me serví una copa de coñac.

- Ya te irás, Silvia. No podrás aguantar mucho más.


Última edición por Sandra Castillo el Sáb Jun 15, 2013 5:00 am, editado 1 vez


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Re: Rolatos varios. Un día como otro cualquiera (Silvia)

Mensaje por Invitado el Miér Jun 12, 2013 9:58 pm

Por querer hacer las cosas bien

Quedaban tres horas para ver a Lucas. Tiempo más que de sobra para adecentar un poco la casa o, mejor dicho, el salón. Necesitaba hacer algo por mi tía y limpiar ese trozo de la casa por el que no se movía me parecía lo más correcto. Las pelusas ya empezaban a notarse con intensidad y digo yo que ni siquiera Marta querría estar de ese modo. 
El salón era amplio y luminoso o al menos lo fue en otra vida. Aunque nada de eso importaba ahora, las pelusas no eran a las que me enfrentaba, sino a mi propia tía. Con el recogedor y la escoba en mano me preparé mentalmente para mi próxima aventura.
 Llamé con suavidad a la puerta.
 - Tía, yo...
- ¡No me llames así! Tú no puedes ser de mi familia -bajé la mirada, sumisa. Vaya... la había pillado en mal momento. Lástima que ya no pudiese dar marcha atrás.
- Como quieras -concedí. Preferí hacer oídos sordos- Vengo a limpiar un poco el salón, he pensado que...
- Está bien, pero que sea por ahí al fondo, lejos de mí -indicó con gestos casi agresivos.
 Hice caso a sus instrucciones y empecé a barrer con rapidez. No me sentía nada cómoda. Marta me observaba, como si un fuese un experimento con ratas. Ella siempre había odiado a las ratas. Le parecían feas y peligrosas ya que eran portadoras de enfermedades. Justamente como yo. A decir verdad hacía mucho que no decía mi nombre. Daba la sensación de que quería olvidarme. Y por mí estaría encantada de que lo hiciese, pero no tenía un lugar alternativo en el que vivir. Esa era nuestra maldición, que mientras viviésemos en el mismo techo ninguna de las dos podría pasar página.
 - Termina rápido -ordenó tajante. De no ser por la televisión el ambiente sería aún más tenso.
 El salón estaba que daba pena. Es más, había mugre por doquier. Si no estuviese aquí no me importaría limpiarlo a conciencia, pero estaba claro que no era bien recibida.
 Genial... no soy bien recibida ni en el lugar en el que vivo.
 Con cinco minutos bajo el escrutinio de mi tía me eran más que suficientes.
 - Bueno, yo... -tragué saliva, tímida- me voy ya.
 - Fabuloso.
 Dicho esto me ignoró y siguió con sus quehaceres, es decir, con la televisión y el coñac.
 Cerré la puerta tras de mí y tiré la suciedad en la papelera de la cocina. Bueno, ya había hecho mi buena acción de la casa, lo mejor que podría ahora sería salir. Ver personas que no se quieren autodestruir.
 ¿Por qué siempre me hacía lo mismo Marta?
 Lucas me dice que no le haga caso, que lo de mi madre no fue por mi culpa, que jamás podría haberlo sabido. Y si es verdad, ¿Por qué me sentía tan culpable? ¿Por qué deseaba desaparecer tan a menudo? ¿Por qué no paraba de preguntarme la razón de por qué no había muerto junto a mi familia? ¿Tenía que matar a Lima para que no sufriese la convivencia de mi tía? Esa teoría no me convencía.
 ¿Por qué tenía esta vida? ¿Por qué no podría ser normal, como el resto de las personas? Quería preocuparme de los exámenes, de por qué mis padres no me dejaban salir, de algo que no fuese apenas relevante. ¿Por qué tenía que aguantar la soledad? ¿Por qué tenía este poder? ¿Por qué me tenían que perseguir unos tipos de lo más siniestros? ¿Querían lo que yo podía hacer? Pues mira, que se lo quedasen. Una niña no puede aguantar tanta responsabilidad. Joder, es que ni siquiera podía ir al hospital para curar a gente porque me esperaban ahí.
 Menuda frustración.
 Quería ir a lugares donde se demostrase que había ruido, vida, ganas por vivir. El parque sería mi mejor opción. Fui a la roca gigante, el lugar que protegía a los perritos de la otra vez. Allí podría pasar la hora y pico que faltaba para ver a Lucas a falta de no poder estar Eli. Creo que ahora estaba ocupada, aunque supongo que notaría de inmediato que había llorado o al menos a punto de hacerlo. ¿Para qué iba a amargarla con mi vida? Se merecía ser feliz.
 Abracé mis piernas para calmarme. No podía explotar en lágrimas. Tenía que acostumbrarme de una vez por todas a que esta situación no iba a cambiar. Llorar no serviría de nada, tan solo haría que me doliese la cabeza y me sintiese agotada. Aunque ya dudaba si era por el simple acto de hacerlo o por llorar tantas veces al día. Es más... ¿Cuántas veces se habría pispado Eli de mis lágrimas? Supongo que tantas como las que había hecho el payaso más que de costumbre.
 Me soné los mocos con una sonrisa. Era una tía guay.
 Estaba claro. Mi mejor opción era la resignación. A ver si la ponía en práctica pronto.


Última edición por Silvia Fest Fox el Sáb Jun 15, 2013 4:56 am, editado 1 vez

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Re: Rolatos varios. Un día como otro cualquiera (Silvia)

Mensaje por Invitado el Sáb Jun 15, 2013 4:52 am

Rolato. Sin Lucas no hay nada que hacer



Me desperté con calor. Hasta en sueños me había destapado.
 Dios... ¿Cómo puede hacer tanto calor?
 Comprobar la hora que era lo peor que se me podría ocurrido.
 - ¿Solo las nueve? -gemí.
 ¿Qué iba a ser de mí cuando el sol se pusiese en lo más alto? Qué digo... ¿Qué va a ser de mí hoy sin Lucas?
 La tarde anterior me había dicho que había quedado con Ilta. Desde el día que fuimos a Madrid no había vuelto a verla, pero apostaba lo que fuese a que no estaría cómoda. Bastante odioso es cuidar cada movimiento que haces como para encima ver cómo te vigila otra persona... Estaría de muy mal humor y no le puedo hacer eso a Lucas. Bastante que me aguantaba ya sin tener motivos para estar de morros como para ahora tenerlos.
 Suspiré. No sabía qué hacer sin él.
 Por lo menos me queda Elisa...
 Aunque era muy pronto para llamarla. Estaba casi segura. ¿Cuándo sería una buena hora? Decidí que a las once de la mañana. Hasta entonces tenía tiempo, tiempo que no sabía aprovechar. Pese a estar a oscuras completamente sabía que no conseguiría dormirme de nuevo. Desde el accidente nunca me había pasado.
 ¿Y si desayuno? No, más tarde. No tengo hambre.
 ¿Qué haría Lucas en estos momentos? ¿Dormiría? Ojalá pudiese saberlo. Vivir juntos el uno al lado del otro sonaba terriblemente tentador. Y terriblemente peligroso también.
 Pufff... Por mucho que estemos en verano este calor no puede ser normal.
 Pasaba de abrir la ventana. Seguro que el sol me fastidiaría.
 Marta... Vale que seas friolera pero... ¿tanto como para no haber comprado nunca el aire acondicionado?
 Con este clima no podría ni salir a la calle. Por mucha tortura que me hubiesen hecho ya quedó demostrado que los golpes de calor me seguían dando.
 Opté por encender la lamparita de noche e intentar leer el libro que se me había quedado atascado. La culpa no era de la lectura, sino mía. Cada vez me costaba más concentrarme. Hacía tiempo que los libros no me entretenían tanto como antes y ahora no me quedaba otra que dejarlos a un lado. Me costaba atender una vez hubiese pasado la primera página. Hoy tampoco pude enterarme de qué le pasaba al protagonista. Lo aparqué a un lago y me encogí con Lima y el oso de peluche de mi infancia. Me había abrazado a ellos con fuerza.
 Lucas, te echo de menos...
 No sabía qué hacer. ¿Para qué iba a limpiar la casa si no iba a venir él? Elisa tampoco, por supuesto. Siempre me había mostrado reacia a que viese la casa por mi tía. Con ella quería olvidarme de todo, no enfrentarme a los problemas. El humor y el buen rollito era una buena estratagema para conseguirlo. Y ella era el significado más próximo a esos conceptos. 
Miré el reloj de nuevo. Tan solo habían pasado cinco minutos.
 Así no hay quien viva...
 Era una impaciente. Necesitaba saber al menos si tenía opción a salir con mi amiga. Opté por un mensaje de móvil. No tardó nada en contestarlo. Desgraciadamente hasta pasadas las siete de la tarde no podría quedar. Tan solo pude aceptar y quedar con ella a esa hora.
 - ¿Dios, qué puedo hacer? -me mortifiqué aún con la lucecita que había encendido. Decidí apagarla y quedarme ahí quieta hasta que pasasen las horas. Nueve horas como poco me quedaban para la vida. Y no me apetecía nada limpiar. Me encontraba vacía y ella tan solo hacía que me olvidase de ese sentimiento por un tiempo, pero hasta entonces no tenía salvación.
 Me quedé tumbada en la cama durante horas, hasta que el calor empezó a hacerse completamente insoportable y me trasladé a la bañera. La había llenado de agua fría y se estaba genial. La piscina no me apetecía. Requeriría demasiado esfuerzo.
 Me puse sales y dos velas para crear ambiente. No me apetecía nada ponerme la luz del baño. En todo ese tiempo no dejé de pensar en Lucas y en qué haría. ¿Se lo estaría pasando bien? Se me ocurrió llamarle, pero estaría ocupado. ¿Y un mensaje al móvil?
 No, tampoco.  Silvia, no puedes ser una acosadora. Bastante que está contigo así que compórtate. 
 Pasé todas las horas que pude hasta que comenzó a dolerme la espalda a horrores.
 Las bañeras las tendrían que hacer acolchadas...
 Luego fui a la cocina a beber todo el líquido que me faltaba y una galleta para desayunar. O como comida más bien... Seguía sin haberme entrado el apetito todavía. En cambio seguía con un cansancio tremendo. Volví, con el pelo empapado y con el albornoz a mi cama.
 Todavía faltaban cuatro horas. Tres para empezar a movilizarme a falta de no poder llegar demasiado temprano a su casa. La condenada lo escuchaba todo y quedarme frente a su puerta más de media hora le resultaría demasiado siniestro, por lo que me conformaba con esperarla solo diez minutos de más. ¿Hasta cuándo me serviría la excusa de tener un padre alemán? O de haberlo tenido al menos. Ahí no mentía, razón por la cual creo que esa excusa seguía sirviendo.
 Pero hasta entonces... ¿Cómo rellenaba las tres horas que me quedaban? Pensé en Lucas.
 Todos los días me ocurría igual.
Asco de inexistencia.

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Re: Rolatos varios. Un día como otro cualquiera (Silvia)

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